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Emilio Rabasa, 170 aniversario natal

Yo no me moví... por no moverme

Mayo, 2026

Visionarias en su momento, el ciclo llamado “Novelas mexicanas” que Emilio Rabasa publicó entre 1887 y 1888 definitivamente ha resistido al paso del tiempo. Hoy las recordamos al recordar —con el perdón de la frase— precisamente a Emilio Rabasa Estebanell, al cumplirse su 170 aniversario natal —nació en mayo de 1856 y partió de este mundo en abril de 1930. Jurista de renombre, político, periodista y (gran) escritor, varias de sus obras —algunas ya clásicos de nuestras letras— han sido el fundamento para reconocerlo como uno de los pilares del realismo en México. El periodista Víctor Roura aquí lo evoca.

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En el pueblo de San Martín de la Piedra, donde asienta sus reales Juanito Quiñones, se gesta, tras un altercado político, una gresca revolucionaria donde lo que menos cuenta son los verdaderos revolucionarios. En su novela La bola (colección “Biblioteca Clásica y Contemporánea”, Océano, 2000), el chiapaneco Emilio Rabasa —de quien este año se conmemora su 170 aniversario natal (nació en Ocozocoautla el 22 de mayo de 1856 falleciendo el 25 de abril de 1930, 33 días antes de cumplir 74 años de edad)— nos aproxima al México anarquista de finales del siglo XIX. Siendo él un hombre acomodado en los poderes oficialistas (era junto con Rafael Reyes Spíndola —1860-1922—, fundador de El Universal —que apareciera en octubre de 1916, hace 110 años—, instrumento del porfirismo), Rabasa trasladó su propia experiencia a la literatura, de ahí que en La bola (publicada por vez primera en 1887) apreciamos, de manera invariable y pertinaz, todo un correcto ensamblaje de oportunismos y envilecimientos en las diversas escenas finalmente realistas y cotidianamente simbólicas del México político.

La historia comienza un Día de la Independencia (¿del año 1870 o 1880?) en San Martín de la Piedra, un pueblo animado por el comandante Mateo Cabezudo. Desde el comienzo, las atmósferas de lo advenedizo imperan en la trama: “La murmuración hizo cundir en aquella indisciplinada tropa el descontento, pues alguno de ellos expresó la idea de que si Pepe García llevaba la bandera, lo debía a que era sobrino del jefe político”.

O cuando el síndico Abundio Cañas se dirige, con “adulación indirecta y disimulada”, al jefe político Jacinto Coderas, enviado por el gobierno central a San Martín para controlar con mayor firmeza a Cabezudo, lo hace “en tono resbaloso como piel de gato, en esa entonación que parece que trata de rozar blanda y flexiblemente la nuca del que escucha”, tal como, hoy, se sigue hablando a los personajes de altas jerarquías.

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Cabezudo arribó a los sitios cupulares por su arrojada valentía: “Un nuevo movimiento revolucionario llegó a sus noticias, y sintiéndose inspirado por el dios del éxito, armó de machetes y garrochas a una docena de pedreños, tomó de propia autoridad el grado de teniente, salió de San Martín y se incorporó a la primera fuerza organizada que encontró a su paso, sin averiguar si era de tirios o troyanos. Creo que nunca llegó a saberlo; sólo supo que triunfó su partido, que hizo maravillas de valor y estrategia, y que volvió a San Martín un año después, con el despacho de comandante de escuadrón, de autenticidad no comprobada, y con el nombramiento de recaudador de contribuciones que atrapó sabe Dios cómo”.

No en balde, el gobierno central envió a Coderas, de la Guardia Nacional, “hombre duro si los hay y de pocas o ningunas pulgas, mala fama y peor catadura”, para someter de grado o por fuerza al cacique.

El suceso grave, en un país donde “la opinión está siempre en favor del desorden”, aconteció un 16 de septiembre. En el momento en que Mateo Cabezudo tomaba la bandera para presidir el paseo cívico de costumbre, un decidido Coderas se interpuso en el camino y, arrebatando de las manos de Cabezudo el lábaro patrio, dijo con voz irritada: “Esto me toca a mí”. Ante el desconcierto del cacique, el nuevo jefe político todavía tuvo el atrevimiento de gritarle a Cabezudo que no era nadie en ese distrito: “Los asistentes se habían quedado de una pieza, deseando en su mayoría convertirse en ratones y escapar por cualquier agujero —narra Juanito Quiñones, el protagonista de Rabasa—, para no verse en el fatal compromiso de quedarse con el comandante o seguir a Coderas; pero su vacilación no podía ser larga, porque el jefe político se iba alejando, y los más tomaron el partido de ir con él. Los Llamas creyeron encontrar el medio justo: saliendo de la sala, se escurrieron pegados a la pared hasta la esquina, y tomaron a buen paso el rumbo de su habitación; resultando de aquí que don Mateo creyese que habían ido con Coderas, y éste que se habían quedado con aquél. Yo no me moví… por no moverme”.

El desaire fue el inicio de la sublevación.

Los revoltosos estaban a punto de alzarse: “La revolución es ya un hecho en San Martín —refirió don Agustín a Quiñones—. ¡Es decir, que ya los hombres trabajadores y honrados vamos a comenzar a sufrir de nuevo los estragos de la gente desordenada y sin oficio! Lo mismo fue hace pocos años, y eso que la gente de San Martín no se ha metido en todas las bolas. Mañana echarán un préstamo los de la revolución y pasado mañana los del gobierno, y ésos mejor se debieran llamar dádivas o robos, puesto que nunca se los pagan a uno”.

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En resumen, decía Carlos Monsiváis (1938-2010) en el prólogo, “el joven Rabasa expone su idea de México, país lastrado por el primitivismo; ésta será casi la primera de las quejas, aún hoy rituales, contra el México bronco”.

Quizá Rabasa fue el primero, a decir de Monsiváis, en advertir “las posibilidades satíricas de una sociedad nueva, crédula, demagógica, sólo apta para la falsedad”. Porque ese “primitivismo” halla en los teóricos su eje fundamental. Después de recrear pasajes en donde las colectividades actúan en una franca confusión, Rabasa, en el capítulo XXI de su novela —el penúltimo—, explica, en una definición única e irrebatible, el concepto de Revolución: “¡Y a todo aquello se llamaba en San Martín una revolución! ¡No! No calumniemos a la lengua castellana ni al progreso humano, y tiempo es ya para ello de que los sabios de la Correspondiente envíen al Diccionario de la Real Academia esta fruta cosechada al calor de los ricos senos de la tierra americana. Nosotros, inventores del género, le hemos dado el nombre, sin acudir a raíces griegas ni latinas, y le hemos llamado bola. Tenemos privilegio exclusivo; porque si la revolución como ley ineludible es conocida en todo el mundo, la bola sólo puede desarrollarse, como la fiebre amarilla, bajo ciertas latitudes. La revolución se desenvuelve sobre la idea, conmueve a las naciones, modifica una institución y necesita ciudadanos; la bola no exige principios ni los tiene jamás, nace y muere en corto espacio material y moral, y necesita ignorantes. En una palabra: la revolución es hija del progreso del mundo, y ley ineludible de la humanidad; la bola es hija de la ignorancia y castigo inevitable de los pueblos atrasados”.

La revolución, para Rabasa, era, es, imposible, como tal, en México ya que la arrastran “tantas pasiones como cabecillas y soldados la constituyen; en el uno es la venganza ruin; en el otro una ambición mezquina; en aquél el ansia de figurar; en éste la de sobreponerse a un enemigo. Y ni un solo pensamiento común, ni un principio que aliente a las conciencias”.

La bola, aparte de contarnos la relación, también imposible, de Juanito Quiñones con Remedios Soria, es, asimismo, la narración de las políticas advenedizas, las marrullerías de la corrupción y la cosecha, inacabable, de los triunfos azarosos de los que jamás se alzaron con convicción: la revolución la ganan los menos aptos.

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