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Las sorpresas que ofrece el ‘primer amor’

Marzo, 2026

No hay duda de que Banana Yoshimoto es una de las voces más prestigiosas de las letras japonesas de la actualidad. Cuentista, ensayista y narradora, ya circula otra novela suya traducida al castellano, Primer amor: High and dry. En ella, un adolescente muy particular vive su primer amor y descubre, tras la agitación del corazón, las dificultades de convertirse en adulta. Es su ‘Voces Insurrectas’, Estefania Ibañez se detiene en esta obra de crecimiento y autodescubrimiento.

[Sugerencia: acompañar esta lectura con la música de Lofi Girl, particularmente con la melodía Snowman’.]

Aun cuando siento que la novela Primer amor: High & Dry (Tusquets Editores, 2026), de Banana Yoshimoto (Tokio, 1964), nunca encendió realmente motores, una consecuencia agradable después de leerla es que me invitó a beber un café con el pasado, con lo extravagante, con lo a veces incómodo.

El libro, traducido por Juan Francisco González Sánchez, llegó a mí como un generoso obsequio; inesperado, pero oportuno. Pues, con cierta ternura, gracias a la voz honesta de la protagonista japonesa Yuko, de 14 años, me estremecí evocando mis lazos con la naturaleza, con la cultura y con la familia biológica.

Las 165 páginas de la obra perteneciente a la ‘Colección andanzas’ —ilustrada con elegancia y belleza por Borja Bonaque— mantienen un ritmo vertiginoso, al grado de que las puedes leer justo antes de que se enfríe el café.

Y claro, el título no miente: se conocerá a una figura central abandonada y enamorada por primera vez. Sólo que Banana juega con las expectativas de los lectores: con finura desborda sin aviso los embrollos en las relaciones filiales y los torbellinos anímicos que genera crecer física y mentalmente. Nadie está preparado 100 % para eso.

Transformación familiar y personal

Yuko, apasionada de las bellas artes y posible artista, posee un lenguaje y una capacidad de análisis superiores a las de sus contemporáneos; y, lo que más atrapa de ella, es su sensibilidad especial: puede ver criaturas fantásticas y enigmáticas, y percibir las emociones y pensamientos de la gente a su alrededor.

La experiencia de la soledad la conoce muy bien. Al ser hija única y convivir más con adultos, suele ensimismarse en sus pensamientos, en los libros y en otras disciplinas creativas.

Esa sensación de “lugar inhabitado” que siente Yuko es alimentada por sus padres —quizás de manera involuntaria. Él, dueño de una tienda de antigüedades, vive más en Estados Unidos (país donde obtiene sus objetos y anticuarios) que en Japón; ella, empleada de una librería, se esfuerza por salir de embestidas personales y maritales, aunque trata de ser cómplice de libertad para su hija.

Los días de Yuko brillan diferente cuando ingresa a una academia para estudiar dibujo y pintura. En el lugar conoce a quien fuera su profesor durante un tiempo, Kyu, un artista profesional cuya edad oscila entre los veinticinco y los treinta años.

Pese a la diferencia de edad, ambos crean una relación genuina, más de amistad que de romance. Aunque es evidente que Yuko realmente siente amor, pasión y admiración por él… entre otras emociones agridulces.

Velada tras velada, fortalecen su vínculo entre representaciones sensoriales, cuadros, charlas, cafés, comidas y recorridos —siempre autorizados por la madre de ella. En esas andanzas, la adolescente también se fortalece a sí misma y, traspié tras traspié, es consciente de que todo lo que experimenta se trata de su crecimiento y de su evolución, es decir, de su antesala a la vida adulta.

Aprender a crecer solos

Con todo y que la lectura no me enamoró por completo, valoro que la autora confeccionó con detalle los caracteres e historias de todos los personajes. Y ofreció un maravilloso universo de paisajes naturales y platillos japoneses —como la sopa de mochi y el encurtido de nozawana— que definitivamente deseo conocer y degustar.

Es significativo que, para hablar de escenarios emocionales, especialmente los de Yuko, la escritora tomó con fuerza elementos artísticos, como la pintura en sí, la gama de colores, el arte sacro mexicano y figuras talladas a mano, como los kappa —criaturas del folclore japonés— que en la pieza literaria son elaboradas por la madre de Kyu.

En Primer amor: High & Dry, Banana Yoshimoto, entre líneas, expone otras temáticas inesperadas, como la autonomía femenina y los diferentes climas que se viven en las relaciones familiares, además de algunos secretos emocionantes y divertidos que, si interesa esta obra, merecen descubrirse. Aun así, lo más conmovedor (y que puede resonar en el corazón de muchos lectores) es que, incluso rodeados de camaradas, debemos aprender a crecer solos.

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