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‘In memoriam’: Alice Munro (1931-2024)

‘Maestra del relato contemporáneo’, la escritora canadiense ha fallecido el pasado 13 de mayo, a los 92 años de edad; deja tras de sí 14 colecciones de relatos

Mayo, 2024

“Maestra del relato contemporáneo”. Así lo dijo la Academia Sueca cuando, en 2013, anunció el nombre de la canadiense Alice Munro como la Nobel de Literatura. El pasado lunes 13 de mayo, la escrita falleció en su natal país a los 92 años. Y sí: Munro destacó sobre todo por sus cuentos, que le valieron el aplauso de la crítica por su realismo, personajes y estilo directo, al punto que se le llegó a considerar una de las más directas sucesoras de Antón Chéjov. Como señaló el periodista Gregory Cowles: Munro “reveló con autoridad y dominio implacables que las vidas de las niñas y las mujeres eran tan ricas, tumultuosas, dramáticas y relevantes como las de los hombres y niños”. Autora de 14 volúmenes de relatos, varias antologías y una novela, Iris Lucio-Villegas e Isabel Navarro recuerdan a la escritora canadiense.


Alice Munro: escribir sobre lo extraño y lo marginal

Isabel Navarro


A los 82 años, la escritora canadiense Alice Munro anunció que dejaba de escribir. Entonces no lo explicó, pero la culpa no la tenía la edad, ni la falta de deseo o el cansancio, sino la demencia. Pero este dato no se había hecho público hasta ahora, cuando hemos sabido que el pasado (lunes) 13 de mayo falleció en Ontario a los 92 años, en la residencia donde vivió y fue cuidada los últimos años de su vida.

Reconocida con el premio Nobel de Literatura en 2013, como “maestra del cuento contemporáneo”, en su despedida ha sido calificada por el británico The Guardian como una “titán del cuento”, y no ha habido medio que no la comparase con el ruso Antón Chéjov. Grandiosos adjetivos que contrastan con otros que durante décadas se dedicaron a empequeñecerla: cuando en 1968 publicó su primer libro de cuentos, Danza de las sombras, los críticos dieron la bienvenida con condescendencia a una “ama de casa que escribe”; también se quejaban a menudo de que escribía “de gente vulgar” como maestras o bibliotecarias solteronas en entornos rurales; decían que en sus cuentos “no pasaba nada”, que eran “cotidianos”, como si lo cotidiano no pudiese ser simple y sencillamente extraordinario. O bien le reclamaban que escribiera “por fin” la novela, como si el cuento fuese un género infantil o adolescente, un menor de edad o un entrenamiento para el auténtico tour de force del género más respetado y vendido.

En realidad, sus obras —que de cortas tenían poco, porque sus cuentos pueden llegar a las 30 páginas— tenían la capacidad de condensación psicológica máxima, construidas en función de escenas o momentos que podrían considerarse sinécdoques de la vida (una parte se toma por el todo) capaces de revelar lo sutil de forma inesperada. Como destacaba el crítico Sergi Sánchez en El Periódico, “siempre hay un momento violento, arisco, brusco, que nos informa de que la narradora sensible que hay en Munro percibe el mundo fijándose en sus notas asonantes o en sus gestos de desafección”. Ese momento podría darse, por ejemplo, cuando un personaje hace cola para que una joven autora le firme un libro al final del cuento “Ficción” de Demasiada felicidad (2011): ha escrito un cuento basándose en una experiencia que vivió con ella, pero no la reconoce. Y sin embargo antes nos ha llevado por otros derroteros: hay un adulterio, hay alcoholismo… pero lo importante no son esos sucesos, sino las emociones —la negociación con las expectativas y el hecho de que todos acabamos dañados por otros y a su vez dañando— como antesala de una cámara de eco llena de reverberaciones temáticas sutiles y de largo alcance.

Nacida en plena depresión económica como Alice Ann Laidlaw en Wingham, Ontario, el 10 de julio de 1931, era la hija mayor de Robert y Anne Laidlaw, dueños de una granja de zorros y visones que aparece en algunas de sus narraciones como un lugar digno, pero sórdido, donde la prioridad de la gente era sobrevivir. Según contó en una entrevista con The Paris Review, en su pueblo su literatura no era muy valorada… “Se sabía que se habían publicado historias aquí y allá, pero consideraban que mi escritura no era elegante. El periódico local llegó a publicar un editorial sobre mí donde decían que tenía una visión amarga e introspectiva de la vida y se quejaban del sexo y las palabrotas, algo que nunca habrían escrito si mi padre siguiese vivo”. En los noventa, cuando concedió esa entrevista, contaba con humor que esa granja se había convertido en un salón de belleza llamado “Total indulgencia”.

A los 21 años se casó con James Munro, de quien tomó su apellido, y en 1951 se mudó a Victoria, en la Columbia Británica, donde regentaron una librería y tuvieron cuatro hijas. En esa misma entrevista cuenta que tardó quince años en escribir su primer libro, que publicó a los 36 años: tenía cuatro niños a su cargo, trabajaba dos días a la semana en la librería y escribía hasta la una de la madrugada, además de hacer todas las tareas del hogar y preparar los bocadillos, algo que no dejó de recordar nunca, ni cuando recibió el Nobel.

“La lectura fue realmente mi vida hasta los 30 años. Las escritores del sur de Estados Unidos fueron los primeros escritores que realmente me conmovieron porque me mostraron que se podía escribir sobre pueblos pequeños, gente rural y ese tipo de vida que conocía muy bien. Realmente no me gustaba mucho Faulkner. Me encantaban Eudora Welty, Flannery O’Connor, Katherine Anne Porter, Carson McCullers. Con ellas adquirí la sensación de que las mujeres podían escribir sobre lo extraño, lo marginal”.

La escritora canadiense Alice Munro. / Foto: Derek Shapton / Penguin.

Los años setenta fueron una década de transformación para Munro: volvió a vivir a Wingham tras la ruptura de su primer matrimonio en 1973, se casó de nuevo en 1976 con el geógrafo Gerald Fremlin y en 1977 publicó su primer relato en el New Yorker: “Royal beatings” (“Palizas soberanas”), una historia basada en los castigos que había recibido de su padre cuando era niña. A continuación, publicó en revistas como Paris Review y Atlantic Monthly.

El cine le ha dedicado algunas adaptaciones (Julieta de Almodóvar es una versión muy libre de tres de los cuentos de Escapada) pero la más recordada es la película Lejos de ella, dirigida por Sarah Polley y protagonizada por Julie Christie. En el cuento titulado “El oso atravesó la montaña”, Alice Munro cuenta la historia de un profesor jubilado cuya esposa, Fiona, tiene los primeros síntomas del Alzheimer. Ella misma decide que lo mejor será internarse en una clínica y tras un tiempo de separación, cuando va a verla, descubre que se ha enamorado de otro enfermo. Pero de nuevo la cámara de eco conducirá a los personajes hacia lo inesperado. Sin buenismo, sin sentimentalismo, pero en el límite de la emoción y con uno de los temas fundamentales que atraviesan toda la obra de autora: la vida como un sistema de intercambios y compensaciones secretos.

Como Fiona, Alice Munro ha acabado sus días en una residencia, y quién sabe cuál habrá sido su último secreto. (Fuente: elDiario.es)


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‘Finale’: el cierre literario de Alice Munro

Iris Lucio-Villegas Spillard


El pasado lunes 13 de mayo, tras una década de demencia, fallecía Alice Munro a los 92 años. La Premio Nobel de Literatura canadiense —en 2013— situó de manera conjunta el cuento corto y la narrativa de autora en un primer plano literario, sugiriendo, o quizá confirmando, el fuerte nexo existente entre la visión y experiencia de las mujeres y la ficción breve.

Sin tener una agenda feminista, Munro se convirtió en la cronista por excelencia de las vidas de las mujeres del mundo occidental en el cambio de milenio. Su trabajo presenta posicionamientos epistemológicos alternativos, una hiperrealidad íntima que conforma una conciencia femenina colectiva.

Sus cuentos revelan una epifanía o comprensión emocional, una percepción momentánea y subjetiva de la realidad resultante del conglomerado de personajes y circunstancias de la ficción breve, tan distante de la representación objetiva —y masculina— de la novela.

Una despedida literaria previa

Tras cinco décadas como escritora y catorce colecciones de cuentos cortos, Munro se despide de nosotros sólo en términos físicos, puesto que ya lo hizo en el ámbito literario en 2012 con la publicación de Mi vida querida.

En esta colección incluyó “Finale”, un cuarteto de cuentos —‘El ojo’, ‘Noche’, ‘Voces’ y ‘Vida querida’— que introdujo como “una unidad distinta, que es autobiográfica de sentimiento, aunque a veces no llegue a serlo del todo. Creo que es lo primero y lo último —y lo más íntimo— de cuanto tengo que decir sobre mi propia vida”.

Qué sorpresa se siente al comprobar que las líneas temáticas de estos cuentos coinciden con las de sus dos primeras colecciones —Danza de las sombras (1968) y La vida de las mujeres (1971)— y que sus palabras aclaran la ambigüedad del origen personal de su obra.

Resulta curioso además que “Finale” se lea como el cierre voluntario a un corpus literario que explora todas las facetas de ser mujer —hija, niña, amiga, mujer, esposa, madre, amante, persona— pero que reitera el énfasis, por su posicionamiento como última declaración, en los aspectos vitales que la autora considera de importancia.

Hijas y madres

La narrativa caleidoscópica de estos cuentos resulta visual y proyecta un álbum fotográfico de la trayectoria biográfica de Munro, ayudándonos a entender quién es y de dónde procede. Su lectura nos traslada al primer autorreconocimiento de una niña como un ente independiente de su madre.

Esto coincide con su primera comprensión de la muerte. Nos transmite que la memoria perdona los defectos y aumenta las cualidades positivas de las personas a las que queremos —con especial mención a su padre. También, que la transición de niña a mujer revela la dualidad y naturaleza sexual de nuestra existencia. Entendemos que esto es parte de la vida, por oscura que la revelación pudiera parecer en la niñez y adolescencia. Es una parte esencial de nuestro despertar que somos capaces de discernir desde la perspectiva adulta.

En este cierre, las relaciones sentimentales o las experiencias de la madurez no tienen cabida. La autora se centra en hitos existenciales que cobran significado en el contexto de toda una vida, con su madre como protagonista. La despedida literaria de Munro cierra su ciclo personal y literario rindiéndole homenaje. Así encuentra paz en su memoria. Percibimos la complejidad de sus sentimientos, que dieron forma a su vida y a su arte, a su biografía y ficción, a menudo confundiendo los límites en un ejercicio literario de expiación y reconstrucción del pasado para encajar el presente.

La diada madre-hija envuelve “Finale”. Ahí está la ineludible figura de su madre descollando sobre los sucesos, a veces censora, otras embarazosa, pero siempre decisiva, con su enfermedad siempre próxima.

En ‘Vida querida’, el último cuento, y quizá el más conmovedor, Munro describe cómo era su madre antes de sufrir la enfermedad de Parkinson: una mujer que protege a su hija y proporciona una anécdota a la que aferrarse, una conexión entre un pasado desconcertante y su proyección en el futuro. En su propia conclusión, Munro la echa en falta: conversar con ella, compartir, perdonar y ser perdonada.

Munro declara que al final de la vida ya no necesitamos justificar nuestro comportamiento ante las personas a las que queremos. Afirma que, en ese momento, disculpamos nuestros fallos y alcanzamos el cierre y el perdón. Ambos están, de manera difusa, en nuestros orígenes.  (Fuente: The Conversation)

[Isabel Navarro: periodista y escritora. Autora del poemario Cláusula suelo y del monólogo Poesía de viejas para chicas listas. // Texto publicado originalmente en elDiario.es; es reproducido bajo la licencia Creative Commons — CC BY-NC 4.0.]
[Iris Lucio-Villegas Spillard: profesora de Filología Inglesa, Universidad Rey Juan Carlos. // Su texto apareció originalmente en The Conversation. Es reproducido bajo la licencia Creative Commons.]

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