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¿No somos nosotros, quizá, los antepasados de los personajes de esta historia?

Reseña de «Fuga», la reciente novela de Carlos Herrera de la Fuente.

Diciembre, 2022

Fuga (Neolog / Ediciones SdE), la reciente novela de Carlos Herrera de la Fuente, es una invitación a reflexionar sobre las posibilidades presentes y futuras de nuestras sociedades contemporáneas a partir de una ficción distópica. Sus niveles de interpretación y exégesis son múltiples y heterogéneos. En esta reseña, David J. Lozano propone leerla como una variación articulada de las nociones que implica su título: huida, salida a presión, polifonía.


Fuga es una novela de ficción situada en un futuro incierto y en un lugar indeterminado. A su forma, el libro explora los paisajes de un mundo desgastado que ha abandonado los sueños del progreso. Su tema es sencillo y directo: los seres humanos, sin ninguna explicación aparente, han comenzado a abandonar las ciudades (y todo lo que ellas implican: comodidades, tecnologías, avances científicos y médicos, etc.) para experimentar nuevas formas de vida y convivencia. Éste es el contexto desde el que el personaje principal, Hugo Escors, un editor en decadencia, abandonado por su mujer, da cuenta, a través de una serie de reflexiones, de la monotonía de su vida, la crisis de sus pensamientos y la situación general de la que es testigo. Con el paso del tiempo, sin embargo, conoce a otros personajes (en especial, a Lina, una joven con la que tiene un amorío, y a José Manuel Kast, un cínico escritor desencantado) que lo hacen dudar de sus actividades cotidianas y lo animan, poco a poco, a arriesgarse a lo que más teme: el abandono de su vida pasada. Dividida en dos partes, Fuga invita a reflexionar sobre lo que nos mantiene unidos a una sociedad y a una civilización que, para continuar, tiene que ser capaz de limitar los sueños y la libertad de los miembros que la conforman.


Me gustaría empezar diciendo que la intención del presente texto no es, de ninguna manera, explicar o hacer un análisis riguroso de la novela Fuga de Carlos Herrera de la Fuente. Al contrario, este escrito surgió de la forma más natural posible: fue la descarga de inquietudes que produjo la lectura de la obra. Por ello mismo, antes que cualquier otra cosa, es un cuestionamiento abierto, un repaso de las posibilidades que el libro plantea. Su objetivo no es más que retener, para mí, pero también para cualquier otro que comparta estas ideas, la indescriptible sensación de asombro y conexión que se siente al ir descubriendo las dimensiones más sutiles de la obra.

Claro que Fuga es principalmente una novela, pero no puede dejarse de lado que, por el bagaje de su autor, se trata necesariamente de una novela filosófica: cada página invita a permanecer ahí, a desmenuzar el texto, a tomar partido en lo que se está planteando. Así, por su carga y contenido filosófico, la novela despierta automáticamente en el lector la necesidad de realizar un trabajo deconstructivo, de explorar su planteamiento, sus ideas y lenguaje. En mi caso, fue tanta la inquietud que produjo, que, una vez terminada la lectura, tuve que regresar hacia atrás, página por página, revisando y buscando lo que se me había escapado, hasta que esa lectura en reversa me guio de nuevo hasta el título y entendí que justamente desde ahí debía comenzar.

¿Por qué “Fuga”? ¿Es relevante el título? Yo creo que sí. A pesar de que en un primer momento podría pensarse en la posibilidad de reemplazarlo, sin consecuencia, por algún sinónimo como “huida” o “escape”, analizando las cosas más de cerca, se descubre que ello no es posible, que la obra abarca tres nociones de la palabra elegida y que ésta se vuelve, por ello mismo, irremplazable. Las acepciones de “fuga” como huida, escape de un lugar o situación amenazante; como salida accidental derivada de una presión inaguantable, casi imperceptible, que lleva al vaciamiento de algo por error o negligencia, por abandono; y, finalmente,  la noción de fuga como género musical, multiplicidad de voces, de sujetos que se sobreponen para unirse polifónicamente en una sola melodía —el contrapunto, que llegó a su máxima expresión en Bach—, se unen en la novela para producir una extraña y atractiva sensación de fin y de inicio, de escape y permanencia, de vacío y complejidad, de presión y liberación, de contención y explosión, soledad, abandono, compañía, resignación y lucha, sentido y sinsentido. Todo puede ser, de alguna manera, percibido y detectado en la complejidad de una trama que invita a seguirla cambiando, una y otra vez, de rol; que llama a sumergirse en la lectura, como sujetos activos, para odiar o armonizar con los personajes, pero también para encontrarnos ahí, para volvernos objetos de la narración. ¿No somos nosotros, quizá, los antepasados de los personajes de la novela? ¿No es Fuga la narración de un futuro más que posible para nosotros?

Fuga como huida

De entre todas las preguntas que debemos hacernos al leer la novela, parece que hay una que es vital para comprender su espíritu más íntimo. Si no se resuelve, nos quedamos sin saber si Fuga, la novela, critica a aquellos que se van o a aquellos que se quedan. ¿Será la fuga una acción aventurada y valiente, o totalmente lo contrario, la huida cobarde para no enfrentar un problema?

En el contexto de la novela, surge otra pregunta inevitable: ¿no es la fuga, la de aquéllos que abandonan la civilización, las comodidades, la vida “resuelta”, contraria al instinto? La fuga, aparente huida, cobardía, también puede ser vista como la superación del temor instintivo a la naturaleza, el miedo por el cual se han construido las sociedades y todo lo que llamamos cultura. “Sin ese miedo no hubiera existido jamás nuestra cultura”, reflexiona hacia el final Hugo Escors, el personaje central (p. 183). ¿O será, al contrario, la fuga, la rendición final al miedo? La fuga como el ser humano mismo dejándose  absorber finalmente por la naturaleza, dejándose devorar, integrándose de nuevo a ella. Un regreso a la identidad entre hombre y naturaleza; el fin de la escisión entre el sujeto y el objeto.

Ahora bien, si la fuga significa la superación de un miedo ancestral, un acto de valentía, ¿cómo se logra? Tal vez la valentía es el acto de unos cuantos, de los que lideran la fuga, mientras que los otros sólo buscan protección y compañía de la mayoría que huye; puro instinto gregario. ¿Terminarán todos por huir? De ser así, las ciudades vacías, solas, comenzarían a transformarse en esa naturaleza peligrosa, impredecible, desconocida y amenazante. Los papeles se invierten, la nueva seguridad está afuera, en la naturaleza, con los otros. En este caso, la fuga puede no significar un cambio radical, sino tan solo, como lo propone otro de los personajes principales, José Manuel Kast (un cínico desencantado), el traslado de un lugar a otro dentro de la misma humanidad.

Cualquier forma de vida humana es igualmente destructiva y dañina. No hay por qué preferir este mundo tecnológico y moderno al mundo de las cavernas. Las dos opciones son igualmente desastrosas” (p. 178).

La crítica de Kast parece aproximarse más al antihumanismo. No es sólo la crítica heideggeriana a la técnica y al abuso del ser humano sobre el planeta; a la visión de la naturaleza como reservorio para su uso (Bestand), sino la crítica al ser humano como una especie condenada a cargar irremediablemente con una naturaleza defectuosa, patológica, egoísta. “Mientras los seres humanos sigamos siendo seres humanos, estamos condenados al dolor, a la confrontación y a la decadencia. No hay”, subraya Kast, “salvación posible”. Lo que insiste en demostrar el personaje es que cualquier cambio, cualquier modificación, acabará siendo otra manera de introducir lo mismo en el mundo. Otro lugar, tal vez otro momento, otra historia, pero lo que se inserte será siempre, al final, producto del hombre, con sus características y estructuras ya conocidas, quizá fundamentales.  ¿Pero qué nos ata a esas características?

Fuga como salida a presión

Algo se fuga en el mundo de Hugo Escors. Poco a poco, de manera imperceptible al comienzo, evidente al avanzar la narración, el sentido de su mundo se va fugando por un agujero o fisura. El mundo, tal como lo describe Escors en la primera parte de la novela, se ha ido vaciando. Justo al inicio, despertado por un ruido que no logra identificar, Hugo corre a mirar por la ventana con la esperanza de ver a alguien más, pero lo único que encuentra es el resto de un mundo en ruinas: “me sentí solo, muy solo” (p. 11).  ¿Por qué permanece ahí? Se siente esclavo del pasado, de su inercia. Pero ¿qué es el pasado sin la gente cercana, sin sus conocidos, sin las personas que amó? Solo es un tiempo sin nombre, un recuerdo inútil. No le queda nada por hacer. El mundo que nos presenta la novela no es más que abandono, herrumbre de carros, edificios y barcos que se pudren a la orilla del mar. Mundo en el que todo se revela inútil. Futilidad absoluta que sólo tenía valor en un espacio común creado por todos, habitado por todos.

La sensación que domina la primera parte, quizá toda la obra, es que, descubierta esa fuga de sentido, pareciera que la humanidad  “está destinada a perecer”, y siendo así, no hay más que un tiempo entre la vida y la muerte que puede o debe ser llenado con cualquier cosa, conclusión que es extrapolada a la civilización entera. Al mismo tiempo, se revela paulatinamente el carácter del personaje principal: ¿se trata sólo de un personaje o de toda una sociedad? Hugo es, en cierto nivel, un hipócrita, un cobarde. Su sentimiento de soledad no es suficiente para moverlo a buscar a los otros, a sus vecinos; siente la soledad, pero no está dispuesto a hacer ningún compromiso. En la primera parte, todo va perdiendo su sentido y se vislumbra que el mundo creado por el hombre quedará poblado únicamente por “máquinas que no servirán ya a nadie”: la automatización final, la creación que sustituye al creador hasta eliminarlo ¿Cuál es el sentido? Sólo la absurda ilusión de nuestra propia eternidad. A Hugo comienza a poseerlo el deseo de detenerse, de acabar con el movimiento frenético que ahora descubre sin sentido. Todo se frena; queda sólo el silencio, la oscuridad. Una paz cubre el espacio: ha terminado una de las eras del hombre. Ahora la ciudad está habitada exclusivamente por abandonados: “únicamente los solitarios pueden acompañarse” (p. 28).

¿Qué sentido tiene seguir? Todo ha sido una farsa, un delirio colectivo que llamamos cultura, sociedad, civilización. Delirio condenado necesariamente al olvido. Descubierto esto, ¿qué es lo que nos mantiene unidos en sociedad? Puede ser solamente el compromiso, el miedo a perder lo invertido. Nuestra sociedad se ve reflejada en Fuga: una sociedad maniatada por un sistema que creemos que “garantiza” la seguridad, la permanencia, y con cual nos sentimos en deuda. ¿Qué le debemos? Obediencia, principalmente, y por lo tanto, libertad, como se ha probado en estos tiempos con la pandemia. Frente a la inconformidad, el instinto, o más bien la cultura: se empuja a aguantar, a soportar más y más (“si ya aguantamos dos semanas, ¿qué más da otra”? No podemos tirar a la basura lo que ya hemos “avanzado”.  Así, la sociedad que se retrata en Fuga (¿y por qué no, la nuestra?), parece subsistir por miedo a perder lo ya invertido en el camino del “progreso”; un progreso comenzado desde la modernidad y que permanece, hasta el momento de la narración, inacabado. “El anhelo de una inmunidad más allá de la vida, de una esfera de protección que nos asegure una vida simbólica a prueba de toda vejación y toda fractura” (p. 86).

Se descubre la falsedad de la promesa de la modernidad. Se trasluce, así, algo nuevo: se abre la puerta a la posmodernidad. ¿Expresa Fuga el fin de una historia global, de la Historia como continuidad suprema e integradora, el inicio de miles de nuevos “microrrelatos”? ¿Será que después de la fuga quedarán tan sólo las historias de los pequeños grupos de migrantes, pero ya no una Historia general de civilización?

“La oscuridad del lugar era tan penetrante que parecía que el mundo acababa de ser inventado” (p. 102).

Fuga como polifonía

A lo largo de la obra se va sumando una multiplicidad de voces, cada una esbozando deseos, perspectivas, anhelos; cada una expresión o interpretación de lo que sucede en el mundo; cada una manifestación de emociones, ideas, miedos, culpas que el fin de la civilización y la consiguiente necesidad de crear un mundo nuevo despiertan en todos los personajes. Voces diversas que, a veces, se enfrentan y, a veces, se unifican armónicamente para producir las complejidades del contrapunto, enmarcado por el sentido general de la melodía: la crítica a la modernidad, a la literatura, a la cultura occidental, a las nociones de subjetividad y a la sociedad. La tensión la generan las direcciones repentinas, impredecibles, en que fluyen las voces que, como si transcurrieran entre agudos y graves, construyen un diálogo polarizado, cada vez más profundo, en el cual los argumentos a favor y en contra revelan la imposibilidad de encontrar un punto sólido al cual aferrarse. Al mismo tiempo, el contexto se une como otra voz, como un elemento sonoro que establece el ritmo de la “melodía” entonada por los personajes. Si en la primera parte todo ha sido miedo a la soledad, desesperanza y tensión, en la segunda asistimos al nacimiento de un mundo que, aunque no reconforta, libera la tensión acumulada por la inminente cercanía del final. Si en la primera parte se intuye un destino inevitable e inminente, en la segunda todo es apertura, posibilidad ilimitada. El contexto crea un mundo para los personajes y, por ello, en alguna medida, también los recrea. Ahora bien, sus voces, las que los constituyen como sujetos, ¿son las propias o tan sólo una creación externa, la determinación de un mundo ajeno, de un orden de realidad y de los ritmos que ella les impone? “Nada conserva su antiguo orden”.

Así, a pesar de lo que acontece en la primera parte, en la segunda, Hugo y Lina demuestran un apego a la ciudad: “algo los mantiene unidos a ella”. De mano de los personajes, asistimos a la inauguración de un mundo nuevo: ya no es el final, sino el principio. Todo ha cambiado, se exploran novedosas formas de vivir, de ocupar el tiempo. Los nuevos rituales se van generando, se sacrifica “lo que más amamos”. Pero ¿qué es eso? El rito en sí mismo. La destrucción es la base sobre la que van creando su mundo nuevo, la destrucción de las costumbres.  “Lo que condenó a la sociedad moderna no fue ni la limitación de sus alcances ni la injusticia que acarreóla gente se hartó del futuro” (pp. 105-106). Abandonan la idea de futuro, del progreso, del provenir. Hugo y Lina son testigos de la derrota del tiempo. Sólo testigos, porque no hacen nada: los paraliza el miedo. Hugo no considera que así han sido todos los principios, que todas las civilizaciones han nacido de un momento de quiebre, de ruptura. Lina, en cambio, es una defensora de la cultura, una idealista que comprende a la sociedad cohesionada por los hilos invisibles de la cultura. Kast es todo lo contrario a ella. Pronto se revela un juego entre los dos. Hugo parece quedar en el limbo, consecuencia de su carácter débil, cobarde; no se integra a la dinámica, todo le sucede siempre como a un observador. Deja que los dos discutan sin intervenir y que Kast agreda a Lina, la maltrate, la viole.

Poco a poco, otros personajes van aportando su propia voz para iluminar la situación decadente, la realidad moribunda del viejo mundo, el nacimiento del nuevo. El asesino del edificio vecino es “la expresión más coherente de nuestro tiempo, un tiempo suicida” (p. 116) ¿Lo es así en verdad? ¿No es el asesino un aferrado al viejo mundo, el único que, en una reacción esquizoide, cree que tiene sentido seguir matando como se hacía antes? ¿Qué sentido tiene asesinar a unos pocos rezagados que, eventualmente, se fugarán igual que todo el mundo? Paradójicamente, asesinándolos, les devuelve su importancia. Revive, por un momento, a la sociedad en la que el humano moderno y tecnificado, habitante de la gran ciudad, era amo y señor, creador y destructor, aliado, opositor, amigo, enemigo, ciudadano, máximo representante del progreso civilizatorio; el humano que transita en su coche entre gigantescos edificios, o se arrastra entre callejones miserables, consumiendo o siendo consumido, devorando la ciudad o siendo devorado por ella, siempre victima o victimario, siempre símbolo de algo, de alguien, símbolo que vale la pena destruir, asesinar. Kast cree que el asesino mata para castigar al hombre, pero ¿a qué hombre? La civilización ha terminado. El asesino, en su delirio, sigue creyendo que su acción representa algo, que tiene sentido “seguir luchando”, que aún existen ideales, creencias o dioses por los cuales matar y morir.

De esta manera, la multiplicidad de voces va tejiendo una “trenza” a lo largo de la obra. Por un lado, se juzga a la cultura y a la literatura, se pone en evidencia su inutilidad; al mismo tiempo, la intervención de Kast retrata y denuncia la “realidad” que describe la novela, el absurdo del mundo creado por el ser humano. Literatura y realidad se critican la una a la otra, muestran las contradicciones y los sinsentidos mutuos, se exigen exponer su valor. La obra real, Fuga, incluye a las dos; reproduce el espacio en el que ambas luchan, con la finalidad de deconstruir y hacer su propia evaluación del conjunto. Realidad, literatura y ficción se enredan en un duelo a muerte; un duelo por el sentido del cual difícilmente alguna saldrá vencedora. Cada voz aporta algo, cada voz invita a tomar partido, a involucrarse en un debate ficticio que irremediablemente se vuelve real.

Al final, detrás de todo esto, como espectro musical, como voz imperceptible pero vital, el silencio, sin el cual la música no tendría sentido. En Fuga, ese silencio parece ser la voz de la alteridad, la voz ausente, callada, pero al final viva, de la pura posibilidad, de lo otro que irremediablemente llegará, lo que está detrás o después del final. La novela abre, así, un espacio para pensar en lo otro, deja un espacio para que la posibilidad de lo diferente irrumpa, acontezca, demostrando que todo lo que se creía sólido, fundamental, no conduce inevitablemente a algún destino certero.

¿Qué queda?

La estructura de Fuga parece marcada por una dialéctica fatal: todo encuentra necesariamente su contrario radical; la novela abre una ventana hacia el abismo del sin sentido, donde cada cosa, cada idea, puede ser y no ser. ¿A qué conduce esta perspectiva? Todo, desde este mirador, se vuelve contingente. Unos se fugan, abandonan un mundo que consideran carente de valor; otros, como Ricardo, el jefe editorial de Hugo, no pueden ni si quiera imaginar la vida sin su mundo y lo que lo constituye como tal. Unos luchan por quedarse, otros por irse. Los edificios se derrumban ante la impotencia de los habitantes de la ciudad, de los rezagados, mientras los descreídos, los que se van fugando, generan un mundo nuevo de esos escombros. Kast y Lina, Hugo y Kast, Hugo y Lina. Hugo ama a Lina, Kast la violenta y la maltrata; Hugo hace el amor con ella; Kast la sodomiza. Valentía, cobardía, entradas y salidas. La vida nueva se hace presente en Lina, en su embarazo; la muerte aparece crudamente en los niños violados y torturados. La estructura objetiva del viejo mundo se extingue y los sirvientes de Kast siguen trabajando como si nada hubiera ocurrido. ¿Cuál es el bien? ¿Cuál el mal? ¿Qué es lo verdadero? Al final, Hugo abandona su propia cobardía. Atormentado por el sueño de la farsa terrenal, civilizatoria, se niega a aceptar que las cosas se hayan dado así, de esa manera, movidas por una simple farsa, por la leyenda de la Historia y su progreso, que de ninguna manera atan, sino tan sólo invitan. Por fin despierta para gritarle a Kast, para exigirle una postura, para revelar lo que piensa y tomar una decisión. En su conclusión, la novela bosqueja un escenario esperanzador. Sabemos que Hugo está narrando la historia: ¿por qué lo hace? El hecho de que Hugo narre devuelve súbita e inesperadamente el sentido a las cosas. Hugo escribe, sigue creyendo en la literatura, deja algo para alguien más, para que alguien lo encuentre un día y lo lea. Su personaje oculta la esperanza de que todo vuelva a nacer, de que la literatura se vuelva la clave para retomar el hilo del mundo. La literatura y la poesía como expresión máxima de la capacidad creativa del ser humano.

En el desenlace de la novela, Herrera de la Fuente nos deja una idea inesperada, una que calla a lo largo de la novela y que sólo se manifiesta hacia el final, aunque no de forma evidente. El autor deja que seamos nosotros mismos los que la encontremos como un destilado de la narración; una idea a la cual no se puede arribar de manera directa y que sólo se descubre por la forma en que las palabras gravitan sutilmente a su alrededor, sin tocarla siquiera. Es una idea destinada a permanecer en nuestro interior. Algo la encierra y le permite avanzar únicamente hasta la punta de la lengua; esquiva el lenguaje y, por lo tanto, persiste en la ligereza del pensamiento, flotando en la mente. A riesgo de contaminarla al rebajarla a la dimensión de lo escrito, me parece que la idea que emana del último párrafo se puede resumir así: Hugo lucha, desde la poesía, por recrear nuevamente el mundo.

Fuga, de Carlos Herrera de la Fuente, ya se puede adquirir en librerías de la Ciudad de México. Asimismo, dejamos el enlace de la página de Amazon (venta en formato digital o en pasta blanda): aquí.

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One Comment

  1. Tal vez fui uno de los afortunados de leer “Fuga” antes de su publicación. Mis impresiones entonces fueron paralelas a las de esta reseña. Pensé que era una novela distópica, sí, pero más que nada filosófica. Es el tipo de novela que al leerla me invita a cerrar el libro y a reflexionar sobre su contenido y lo que está detrás de su contenido, de volver a leer entre líneas. El autor me hizo cavilar sobre los aspectos que tejían la trama y el lenguaje con el que la trama se desarrolla. También me pregunté el por qué del título “fuga” y no “huida”, exilio, “escape” o algún otro como “súbita salida de un sueño” o “súbita salida de una pesadilla” o, como el nombre de esta revista “salida de emergencia”.
    Una de las muchas paridades entre la reseña y mis ponderaciones fue la cita que nota David Lozano sobre la crítica de Kast: “Mientras los seres humanos sigamos siendo seres humanos, estamos condenados al dolor, a la confrontación y a la decadencia”. Debido a que no soy crítico literario, ni filósofo, sino médico y científico, no pude evitar pensar en la evolución humana. Múltiples descubrimientos se han hecho en los últimos años en primatología, específicamente en chimpancés y bonobos, nuestros parientes evolutivos más cercanos. Ellos y nosotros provenimos de la misma rama taxonómica desde hace más de 5 millones de años. Las diferentes culturas, sí, “culturas” de nuestros primos evolutivos contiguos asemejan mucho las nuestras que, probablemente ya no serán heterogéneos en el futuro. Y, como apunta David al citar la novela “…la gente se hartó del futuro”. Yo añadiría que se hartó de la estúpida selección negativa de las personas con personalidades egocéntricas y psicopáticas que se cuelan y se seguirán colando en posiciones de liderazgo hasta llevarnos a ese sombrío futuro predictible. La salida de Hugo Escors de la futilidad inexorable de la cultura humana es un escape esperanzador de lo que hemos hecho con los obsequios de nuestra evolución, para rehacernos con el arte.

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