ArtículosLa Mirada Invisible

‘Peleando por mi vida’: las aguas negras de la deshumanización

Septiembre, 2022

Ni el acomplejado que se derrota en la cumbre del éxito de Campeón sin corona; ni el martirizado veterano Sparring que se autosacrifica brutalmente para sostener a su familia; ni mucho menos el desconocido lerdo semental italiano de Rocky; en Peleando por mi vida, el protagonista intenta reconstruir su existencia en Nueva York tras sobrevivir a Auschwitz gracias a los virulentos y despiadados combates a puño limpio que fue obligado a sostener. Así, lo que comienza siendo una cinta más de box, deviene en una película sobre la deshumanización atroz ocurrida en los campos de concentración gobernados por el Tercer Reich.

Peleando por mi vida (The Survivor), película
coproducida por Canadá, Hungría y Estados Unidos,
dirigida por Barry Levinson, con Ben Foster, Billy Magnussen,
Vicky Krieps, Peter Sarsgaard, Danny DeVito. (2021, 129 min.).

¿Es posible hacer todavía en estos tiempos un filme de manera eficaz, dentro del sobrepoblado subgénero de las películas sobre boxeo, y que éste resulte no sólo original, sino que además aspire a cierto grado de perdurabilidad? El reto actual para el cine de boxeadores, siempre atractivo para productores, actores y taquilla, estriba quizás en erradicar el heroísmo del personaje y bordear el archisobado modelo del miserable talentoso que, a partir del sufrimiento, alcanza la cumbre del éxito para luego despeñarse. Un ejemplo contemporáneo y acertado es la decorosa Creed: corazón de campeón (Coogler, 2015); en cambio Revancha (Fuqua, 2015) resulta fallida porque no ofrece nada nuevo al tema. En este sentido, la cinta más reciente del ultraveteranazo Barry Levinson (El mejor, 1984 / Cuando los hermanos se encuentran, 1988), titulada en México con el ordinario Peleando por mi vida (The Survivor), afronta el riesgo, elude el lugar común antes mencionado, y entrega una obra por demás sumamente interesante.

Estamos en el Nueva York de 1949. El inmigrante boxeador polaco Hertzko Harry Haft (Ben Foster) es un sobreviviente de Auschwitz incapaz aún de poder leer inglés. Mientras entrena arduamente bajo la tutela de su entrenador bailarín Pepe (John Leguizamo) para buscar la oportunidad de retar al temible campeón mundial de peso completo Rocky Marciano (Anthony Molinari), es asediado por el pertinaz periodista deportivo Emory Anderson (Peter Sarsgaard), quien busca convencerlo de contarle a detalle todo lo que fue capaz de hacer para sobrevivir cuando estuvo cautivo en el campo de extermino de Auschwitz. Ignorando la reticencia y el desacuerdo del hermano Peretz (Saro Emirze) en develar el pasado, el boxeador finalmente cederá y contará su historia con el propósito de matar dos pájaros de un tiro: lograr que Marciano se fije en él para convocarlo a combate; y aspirar a que su novia de preguerra Leah (Dar Zuzovsky) —quien fuera capturada por nazis mientras ambos daban un paseo campestre— lea su historia y lo contacte para reiniciar el vínculo, pues él mantiene la creencia que ella también logró sobrevivir. Sin embargo, pese a la publicación de su historia, los resultados no se darán exactamente como él espera, en parte debido a la relación amorosa que sostendrá con Miriam Wofsoniker (Vicky Krieps), la empleada judía de la oficina de búsqueda de desaparecidos de guerra.

Basada en el libro de memorias Harry Haft: Survivor of Auschwitz / Challenger of Rocky Marciano (2006), la cinta —aunque en principio se inscribe en el subgénero del box— es en realidad un pretexto establecido de manera cuidadosa durante la primera parte de la misma, porque aquí no hay un humilde nevero de Campeón sin corona (Galindo, 1946) que se derrota solo en la cumbre del éxito porque sus complejos de origen abruman su talento; tampoco es el martirizado veterano Sparring (Jouy, 2017) que se autosacrifica brutalmente para sostener a su familia; mucho menos el desconocido lerdo semental italiano Rocky (Avildsen, 1976), que de ser un donnadie, se convierte en modélico héroe pugilista del sueño americano; distanciado además de El peleador (Russell, 2010) irlandés, oriundo del pueblaco de Jack Kerouac, quien al final disputará combates de bolsas millonarias; no cercano a El luchador (Wise, 1949) honesto y avenjentado, cuya única recompensa por negarse a perder adrede será terminar con una mano rota para acabar así con su carrera; ni existe el interés de visualizar un sueño donde los otros no son capaces de hacerlo, como sí sucede en la excelsa y trágica boxeadora de Golpes del destino (Eastwood, 2004). En este sentido, pese a la naturaleza compartida en la cinematografía del pugilato —mostrada aquí como la aparente historia primordial—, por alternacia con las secuencias del pasado en Auchswitz, y de manera subrepticia, se irá revelando el trasfondo de la verdadera historia que gradualmente emergerá vuelta un relato sobre el Holocausto.

A partir de este adusto y traumatizado boxeador Haft, con rasgos físicos muy semejantes al De Niro de El toro salvaje (Scorsese, 1980), el acierto del filme de Levinson consiste en situar una espléndida y sutil fotografía, creada por George Steel, en color para las secuencias de la época neoyorkina de la posguerra, y contraponerla a una áspera fotografía en blanco y negro para los flashbacks —al principio meros flashes y conforme avanza la cinta éstos se irán expandiendo— en Auschwitz, donde acontencen los virulentos y despiadados combates a muerte patrocinados por el desalmado y esquilmador teniente de la SS Dietrich Schneider (Billy Magnussen), los cuales, editados de manera elíptica, reconstruyen y completan la historia para hacer que ésta rote y, de comenzar siendo una cinta más de box, deviene en una cinta sobre la deshumanización atroz ocurrida en los campos de concentración gobernados por el Tercer Reich. Si Noche y niebla (Resnais, 1956) documentaba y cimentaba de manera general el horror del campo de concentración y exterminio, en tanto Kapo (Pontecorvo, 1960) indivudualizaba dicho horror en la muchachita ingenua convertida en despiadada celadora judía para sobrevivir, y La lista de Schindler (Spielberg, 1993) lo pormenorizaba, la película de Levinson reduce al mínimo dicha experiencia desventurada en donde literalmente se sobrevive a puño limpio, así sea combatiendo durante treinta extenuantes asaltos continuos o matando en el cuadrilátero improvisado al propio entrañable amigo Jean (Laurent Papot).

Es en la adherencia a esa violencia inútil que definiera Primo Levi, lo que permite al boxeador Hefner atravesar con vida las aguas negras de la deshumanización, vejación y crueldad que anidaban en los campos de extermino. Sin embargo, los traumas del pasado pervivirán, en especial esa inquietud lastrante por ese amor malogrado que sólo hallará respuesta veintidós años más tarde, con esos últimos apacibles planos redentores de colores suaves en la playa frente al mar, y en cuyo oleaje parecen resonar las palabras de Günter Grass: “Auschwitz, aunque se rodee de explicaciones, nunca se podrá entender”.

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