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Celebración teatral: las ocho décadas de Luis Martín Garza

No sólo es la historia viviente del teatro regiomontano, es, también, figura indispensable y trascendental en la escena cultural de su estado.

Agosto, 2022

Nació el 31 de agosto de 1942 en Monterrey, Nuevo León. Hoy, a sus (casi) 80 años cumplidos, el maestro Luis Martín Garza es la historia viviente no sólo del teatro regiomontano sino una figura indispensable en la escena cultural de su estado, pues lo mismo ha ejercido de actor que de director teatral, maestro de actuación, periodista, historiador, promotor cultural o funcionario. En el siguiente texto, el periodista y crítico teatral Fernando de Ita repasa la vida y la obra de este polifacético hombre…

Luis Martín Garza Gutiérrez es, a sus 80 años, la historia viviente no sólo del teatro regiomontano sino una pieza clave en el devenir cultural de su estado. Desde mediados de los años cincuenta del siglo XX en los que el maestro entró en contacto con los Talleres de Teatro del INBA y los salones de clase de la Universidad de Nuevo León —hasta 1971 se hizo Autónoma—, Luis Martín no ha parado de ejercer sus habilidades como estudiante, profesor, abogado, periodista, actor, director, promotor cultural, historiador y funcionario.

Hoy que existe teatro para bebés, niños y jóvenes es difícil dimensionar la voluntad que debió tener un adolescente de las provincias para formar su primer grupo de teatro experimental en la Preparatoria No. 1 de Monterrey. Los plebes de entonces jugaban algún deporte y fumaban a escondidas, pero no hacían teatro. Luis Martín comenzó como aprendiz de los maestros fundadores de la pedagogía teatral en Nuevo León —destacadamente Pablo Aguirre y Lola Bravo—, y le gustó tanto esa edición de la vida que es el teatro, que ni el tiempo ni los males del cuerpo lo han bajado del escenario.

Como estudiante nuestro homenajeado cursó teatro, derecho, y luego de licenciarse en la carrera de periodismo fue cofundador del Colegio de Ciencias de la Comunicación de la ya Universidad Autónoma de Nuevo León, UANL. El dato es relevante porque entre 1981 y 1987 fue el director de “El Volantín”, suplemento cultural de El Diario de Monterrey, pionero de la difusión cultural en el estado. Como comunicador también incursionó en el cine y la televisión sin dejar se hacer teatro a diestra y siniestra, lo mismo en el terreno experimental que en el escolar y de aficionados. En los años sesenta sólo el teatro comercial merecía el nombre de teatro profesional porque era el único que les pagaba a sus ejecutantes. Como tantos artistas de la escena, Luis Martín no vivió del teatro sino de sus derivados. En su caso, la recompensa a su precocidad y actividad febril fue la dirección del Teatro de la Ciudad de Monterrey de 1987 a 1995.

Yo lo conocí en esa etapa de su vida y de su obra, pero antes de reseñarla debo recordarle a los posdramáticos que en los años sesenta Luis Martín dio a conocer en su rancho a Beckett, Ionesco y Arrabal, lo que no es poca cosa en un país cuya cultura regional era como la que ha impuesto el gobierno actual: folclórica. Simplemente no había público para el rompimiento del canon que fue el teatro del absurdo. Fue la época en la que había más gente arriba que abajo del escenario, pero gracias a ese asalto al costumbrismo flotó la idea de que algo estaba cambiando en el teatro porque algo ya había cambiado en el mundo. Lo curioso es que veinte años más tarde, cuando la generación de Luis Martín estaba en los puestos clave de la cultura regiomontana, estos adelantados de su época se volvieron devotos de los autores dramáticos que treinta años atrás ajustaron la dramaturgia de sus maestros a la lírica de su lugar y de su tiempo. Ni Sergio Magaña, ni Emilio Carballido o Luisa Josefina Hernández rompieron con la poética de sus mayores; sólo modificaron la retórica de Usigli, Novo, Villaurrutia, Gorostiza, y dieron un paso al entreabrir la puerta de la homosexualidad que Carlos Pellicer había cerrado en un célebre poema.

Aquellos jóvenes audaces que se la jugaron con los poetas europeos que trastocaron la dramática del siglo XX, maduraron lo necesario para amar a los primeros dramaturgos mexicanos que se atrevieron a ser únicamente escritores, no licenciados o periodistas o funcionaros del gobierno. En los ochenta Carballido, Magaña y Argüelles eran recibidos en las provincias como soñó ser recibido Usigli para decirle a la muchedumbre que un pueblo sin teatro está perdido: con vítores. Los tres campeones del dramatismo autóctono que en la Ciudad de México eran soslayados por costumbristas por los directores del teatro universitario, eran montados en los estados con esa fidelidad al texto que exigían los usiglianos. Luis Martín montó diversas obras de Carballido y el año en curso está de gira el montaje Te juro Juana que tengo ganas, de don Emilio.

El maestro Luis Martín Garza.

Para calibrar su jefatura de la cultura institucional como director del teatro más importante del Norte del país, hay que considerar que en Nuevo León la iniciativa privada se ocupó en ese periodo (1980-2000) de levantar museos, centros culturales, bibliotecas y de patrocinar la música culta y la danza clásica. En Monterrey oponerse o tan solo disgustarse con los grandes capitales era suicida. De ahí el auge de las artes escénicas en Nuevo León que tenía como eje el Teatro de la Ciudad, porque el apoyo a la producción así fuera menor y selectiva, la formación de cuadros para el teatro y la cultura espectacular de las grandes compañías nacionales y extranjeras eran del dominio de Luis Martín. No sería entonces la primera vez que el poder lleva a buenas personas a ser generosos con unos y ojetes con otros. En mi experiencia, Luis Martín sí ejerció el cacicazgo cultural en esos años, a favor suyo por supuesto, pero también en pro del teatro local, la formación de públicos, la preparación de actores y directores y el salto de la cultura provinciana a la cultura cosmopolita.

Como yo soy de rancho y me siento muy a gusto con ello, me divertía el odio al adjetivo “provinciano” que tuvo esa generación de artistas regiomontanos cuando llegaron al poder cultural. Efectivamente, el epíteto era empleado generalmente para afirmar que fuera de la Ciudad de México todo era Cuautitlán, aunque el estado que guardaba la cultura en los estados en todos sus órdenes lo justificaba. En el terreno del teatro solo Xalapa, Guadalajara y Monterrey eran contemporáneos de la ciudad capital, gracias a que seguían las pautas capitalinas. Pero ni los xalapeños ni los tapatíos se ofendían por el calificativo. Claro que no es lo mismo vivir en el sur y occidente del país que en la frontera con Huston. Fueron los años en que Monterrey tenía el agua suficiente para sentirse más cerca de Texas que de Aztlán, la tierra prometida.

Si en verdad un hombre es él y su circunstancia, Luis Martín tuvo el arrojo y la capacidad de aprovecharlas para abrir varias sendas para el teatro, el periodismo y la actividad cultural de su estado cuando era un camino tan incierto y poco transitado. Si vemos su trayectoria observamos que desde los 15 años se formó como un hombre de teatro abierto a otras disciplinas y responsabilidades. El magisterio y la función pública son dos formas de servicio intelectual y cívico que dejan huella. No se pasa impunemente por ese territorio. El maestro puede formar o deformar a sus alumnos; el funcionario público puede servir o servirse de la función. El afecto que le tienen sus paisanos a Luis Martín nos habla de que fueron más los aciertos que los errores en ambos campos.

Y queda lo más importante, su teatro: 250 producciones escénicas nos dicen de inmediato que fue incansable en un oficio tan fatigoso, pues consume por igual cuerpo y mente, tiempo y espacio personales; porque el teatro es, sobre todo, un ejercicio colectivo. Tuvo la ventaja de vivir muchos años en un teatro magnifico, o si se prefiere, de disponer de él para hacerlo su verdadera casa. Como ya había estado en todo tipo de espacios haciendo ficción como si fuera cierta, cuando salió de ahí volvió a las escuelas, las casas de cultura, los espacios independientes y los teatros más modestos a ejercer aquello que lo mantiene vivo desde hace tantos años. En la última década se ha interesado por el teatro de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (Legom): estrenó una obra suya y llevó a escena otros de sus títulos. En otras palabras: escogió la irreverencia social, política y de género para cumplir sus 80 años como un espíritu libre y soberano de todo aquello que no sea la bendición del teatro. Si alguien se merece en “las provincias” no la medalla sino el parentesco con Molière, por haber hecho del teatro el sentido de su vida, es Luis Martín. No hay duda.

Esperando a Miller

Fernando de Ita

Luis Martín llega a sus 80 años de vida como un compendio de lo que ha sido el teatro de Nuevo León de la segunda mitad del siglo XX a la fecha. Ha estado presente en los más relevante episodios de la cultura del estado como estudiante, actor, director, dramaturgo, maestro, periodista, promotor cultural y funcionario. Su incansable actividad lo ha convertido en un referente del desarrollo artístico de su comunidad. En esas tareas tuvo lugar el plantón que nos dio Arthur Miller, uno de los mejores autores dramáticos de Estados Unidos, más conocido sin embargo por la multitud como el último esposo de Marilyn Monroe.

Principio de los años noventa. Luis era director del Teatro de la Ciudad de Monterrey que gracias a él se había convertido en la sede fija de la Muestra Nacional de Teatro. Por esa fecha yo era el coordinador del Programa Nacional de Apoyo al Teatro del INBAL, encargado de organizar las muestras estatales y regionales en las que se elegía a los participantes de la MNT. Para el evento de ese año se me ocurrió invitar al señor Miller porque mi pareja de entonces era sobrina de la fotógrafa alemana Inge Morath, casada con el dramaturgo desde 1962.

Primero Miller dijo que no por motivos de salud, luego dijo que sí por presión de su mujer. Todo estaba listo para su llegada. Suite en el Hotel Ancira; comité de recibimiento con lindas edecanes con ramos de flores en los brazos; expectación de la República del Teatro reunida en Monterrey, yo con mis fachas de siempre, Luis con su mejor traje. Llegó el avión correspondiente y a todos se nos dibujó sinceramente una sonrisa en los labios. No era para menos. El autor de La muerte de un viajante y Las brujas de Salem estaba por pisar tierra regia para convivir con los cómicos del país.

Bajaron varios gringos tan altos como Miller y en cada ocasión pusimos cara de circunstancia, pero el señor Miller no apareció. Se marchitaron las flores, se amargaron las sonrisas, se endureció la mirada de Luis. No me cortaron la yugular porque al regresar al Teatro de la Ciudad encontramos un fax en el que Miller se disculpaba por su ausencia.

[Nota bene: esta breve anécdota de Luis Martín, aparecida en la edición de septiembre de la revista Quincena, de Monterrey, dedicada íntegramente al homenajeado, la reproducimos con autorización tanto de la editorial como del autor porque viene a cuento con el ensayo que el mayor crítico de teatro del país nos proporcionó para rendirle merecido homenaje al dramaturgo regiomontano.]

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