ArtículosSociedad y política

La muerte de un priista centenario

Luis Echeverría, el clásico político impune.

Julio, 2022

El pasado 8 de julio falleció Luis Echeverría Álvarez: abogado, diplomático y político mexicano, se desempeñó como presidente de México del 1 de diciembre de 1970 al 30 de noviembre de 1976. Nadie como él —como Luis Echeverría— para representar ese priismo impune, corruptor, cómplice de fechorías. Durante su mandato, no dudó en reprimir movimientos sociales para mantener la estabilidad del sistema político del partido único. Y no sólo eso. Como recuerda en el siguiente texto Víctor Roura: en su sexenio, la «mafia cultural» rebasó sus expectativas financieras y se extralimitó en sus poderes oficiales…

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Es el primer presidente mexicano que llega a la edad de un siglo, cien años de vida pacífica a pesar de su profesional simulacro político, que lo condujo a una cotidianeidad sin alteraciones aunque en su vena circulara con naturalidad el despotismo: responsable, o encargado, de las matanzas del 2 de octubre de 1968 y del 10 de junio de 1971, autoritario censurador del rock practicado en México luego de la farsa festivalera del 11 de septiembre de 1971 en Avándaro y promotor de la compra simulada de intelectuales: durante su mandato la mafia cultural rebasó sus expectativas financieras y se extralimitó en sus poderes oficiales, enriqueciéndose —la mafia cultural— a granel, acotando sus urgencias permanentemente salvaguardadas, explorando el mundo a costa del erario, engrandeciéndose con galardones y reconocimientos a su entera disposición.

Nadie como Luis Echeverría Álvarez (Ciudad de México, 17 de enero de 1922 / 8 de julio de 2022) para representar el priismo impune, corruptor, cómplice de fechorías y de peroratas que no se extinguen, así como orador que propala siempre las buenas causas rigiéndose fehacientemente en decir una cosa y hacer precisamente, en las sombras, lo contrario: la teoría como práctica de la libertad, parodiando a don Paulo Freire.

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Los súbditos del presidencialismo en el ámbito de la cultura, en la era moderna, surgieron, en caudal vertiginoso —desarrollando un curioso comportamiento contradictorio entre la apócrifa dignidad y el arrojo simulado—, precisamente en el sexenio (1970-1976) de Luis Echeverría Álvarez, quien viviera más de medio siglo en una sorprendente impunidad con su disciplinado silencio que lo culpaba no sólo del halconazo durante su administración presidencial sino también, durante aquel aciago 2 de octubre de 1968 con la vestidura de secretario de Gobernación, del artero crimen masivo en la Plaza de las Tres Culturas ubicada en Tlatelolco, mientras transcurría el periodo trágico de Gustavo Díaz Ordaz, hecho que Echeverría Álvarez siempre negó (o, mejor, callado, más que negarlo). Porque este político supo congraciarse con la “mafia” (denominada así en un libro por Luis Guillermo Piazza, escritor argentino radicado en nuestro país) de la cultura nacional, a la que sirvió, Echeverría Álvarez, con bonhomía y destreza. Carlos Fuentes acuñó, entonces, la frase lisonjera: “¡Echeverría o el fascismo!”, indicando la total absolución (acomodamiento, entrega, cooptación) de la cargada intelectual. Hace ya más de medio siglo.

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El consentimiento a manos llenas a la mafia cultural (paseos, obsequios, componendas, designaciones oficialistas, puertas abiertas, corrupción concebida como satisfactores ególatras, cochupos, guiños, lealtades compensadas, becas gananciosas) duró hasta un poco antes de finalizar su sexenio, cuando, con su aquiescencia, permitió la escisión del diario Excélsior: la tolerancia tiene su propio límite.

Mas la Corte cultural de los Milagros se hizo de la vista gorda: los intelectuales, como aquella cofradía francesa, poseían los dos básicos requisitos que los protegía gremialmente: en el día aparentaban infortunio social, pero en la noche brindaban cálidamente con el principado; en el día la crítica ajustada a los barómetros de la contienda política y en la noche el solapamiento reverencial.

La teoría nunca se empataba con la práctica. De ahí, probablemente, ese perdón eterno que le supieron fincar los prestigiados hombres de las letras y las artes a Echeverría Álvarez. Asimismo, indirectamente, por los sucesos estrepitosos habidos en el Excélsior de 1976 es que, sin quererlo Luis Echeverría, la prensa empezó a tomar un rumbo independiente… nunca autónomo en su totalidad, como puede apreciarse en las decisiones externas y vigilancias internas de los distintos medios de comunicación, atentos a las afiliaciones políticas por conveniencia, dependencias eternas de la caridad política, sobrevivientes de la repartición monetaria gubernamental, sustentados en los privilegios concedidos por el mandatario en turno, razones que los tiene hoy (durante el sexenio obradorista) en la visible ira por la reducción —para ellos carencia— presupuestaria, por estar —o sentirse— desvalidos económicamente, por el retiro sustancial de los miles de millones de pesos a los que los medios estaban acostumbrados a recibir cada sexenio, lo que ha definido el raquítico estado actual de la prensa nacional, a la que el ensayista mexicano Edgar Morín (homónimo del sociólogo francés) ha denominado “prensa inmunda” en su reciente libro.

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Porque se recuerda, aún, cómo los directores de los medios debían de congraciarse con la figura presidencial cada 7 de junio (entonces considerado en México Día de la Libertad de Expresión) para que el gobierno continuara financiándolos: se sabe que Julio Scherer García y Juan Francisco Ealy Ortiz, por ejemplo, recibieron con honores a Gustavo Díaz Ordaz sólo ocho meses después de la matanza de Tlatelolco, y no se diga del trato laudatorio, y vehementemente lisonjero, a Echeverría Álvarez en todo su sexenio por esa Corte, otra vez, de los Milagros que se lamentaba de su condición de desahucio social para aparentar progresismo literario pero acatando, a espaldas del espectro ciudadano, las ineludibles órdenes presidenciales sin el menor atisbo exaltado.

Cada 7 de junio, en orden disperso, recibían premios nacionales de periodismo —con alto valor económico— los más fieros y denodados y connotados críticos del sistema establecido (¡además ellos pedían el galardón porque para ser elegidos ganadores tenían que inscribirse, pues en el país es inexistente el reconocimiento periodístico: nunca se premia a quien no pide su premio!) en una rutinaria corroboración de que la incongruencia ética era (es, porque acaso sigue siéndolo) un factor que debiera comprenderse como un acto de valerosa tolerancia, jamás de sometimiento a las normas instituidas.

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Así eran —con reticencias renovadas, temores alentados, simulaciones interesadas y cautelosas sumisiones— aquellas festividades de la libertad de expresión en México. Echeverría Álvarez, sin quererlo, exhibió el escaso decoro intelectual mimetizándolo en una clave excepcional orientada con discreción —victoriosa, invicta, demoledoramente acertada en su uso políticamente correcto— para no generar daños colaterales en el rumbo/rubro personal: se puede ser crítico, sí, pero consecuente con el poder político, aparentar rebeldía pública pero concretar en la privacidad intereses particulares (Joaquín Sabina, por ejemplo, se mimetizó con prontitud en estas directrices disfrazadas: durante un concierto en el Auditorio Nacional echaba pestes contra el gobierno de Felipe Calderón, pero horas después cenaba junto a la comitiva presidencial panista con la risa batiente en todos los comensales).

La enseñanza de Echeverría Álvarez todavía tiene discípulos en la contemporánea cúpula intelectual: ahora que se les ha retirado el sustancioso dinero, que los ha obligado a apretarse los cinturones, nombran “pendejo” —con todas sus letras— los críticos al presidente Andrés Manuel López Obrador a sabiendas de que ahora sí pueden hacerlo, porque su silencio, como antiguamente sucedía, no les va a acarrear caudales de dinero del erario, ni tampoco, como antes sí ocurría, van a ser censurados o privados de su libertad. Hasta el señor mayor de 65 años que recibe su compensación pensionaria en su nueva tarjeta proporcionada por el gobierno se siente con la capacidad de exhibir su disgusto por la “miseria” económica que “este cabrón nos otorga por compasión”. ¡En los tiempos de Echeverría ay de aquél que se atreviera a levantarle la voz al Señor Presidente!

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Tan arraigada está la sociedad en estos contextos de suntuosidad corruptora que, en los debates en torno a la posible reforma eléctrica, la mayoría temía —o se sustraía, u omitía, o se cuidaba de no platicar de, o con reticencias se refería a ello, o eludía, o se mantenía cautamente a la distancia— hablar de nacionalización o expropiación de la respectiva industria sino se prefería aludir, acaso por una costumbre de años que ya ha quedado instituida como idóneo molde del pasado, a la participación de empresas privadas extranjeras, porque curiosamente (por lo menos a mí me parece algo curioso el asunto) lo que antes pasaba como nacionalización o expropiación, ahora a esta jerarquización la llaman, los críticos que siempre andan viendo moscas en las sopas, “monopolio” por parte del Estado. Que yo recuerde, nadie dijo en los tiempos de la expropiación petrolera de Lázaro Cárdenas que dicho presidente quería monopolizar el uso del petróleo para usufructuar sus ganancias…

Pero los de ahora son otros tiempos.

Las corrientes priistas y panistas le han otorgado otras confianzas a los actos antes atribuidos a la malsanidad: en efecto, la corrupción en México es innegable, pero hay que cuidarnos de no señalar a los corruptores ni a los corrompidos, porque las tradiciones priistas, acaso sin quererlo el pueblo, se han amoldado soterradamente en las costumbres del mexicano.

Porque con las casi eternas prácticas políticas incluso los sabios refranes se vieron en la necesidad de trastocar sus significados. Minucias de la jerga cotidiana. Por ejemplo, el clásico “Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón” se vio sutilmente modificado por “Quien roba a un pueblo tiene cien años de perdón”.

Y Luis Echeverría Álvarez es un ejemplo literal de esta humilde —pragmática, aleccionadora, emotiva, estimulante, contagiosa, irremplazable, conmovedora— enseñanza priista.

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Todas las mujeres priistas en el Congreso de la Unión exhibieron, en julio de 2022, su lealtad y respaldo al líder de su adorado partido —cuando éste, priista de corazón, sin temblor en la voz, pescado en varias conversaciones privadas que, como en el caso de las filtraciones de Assange en su WikiLeaks, en realidad incumben a la sociedad entera por la suciedad en que están arropadas de corrupción— no sólo mostrando un retroceso femenino justamente en los tiempos de la búsqueda de equilibrio en cuestiones de género sino, primordialmente, demostraron que la lección del echeverriato es, al parecer, inclaudicable: la sordidez o el descaro político bien puede disminuirse, u olvidarse, o posponerse tras la fortaleza del poder omnímodo, intocable en las entrañas del sistema social. Luis Echeverría no sólo es la figura ejemplar de la impunidad, sino el idóneo benefactor de la prensa nacional que incluso puede callarla si así es su deseo intrínseco, como lo hizo, ante el silencio, o la complicidad, de toda la otra prensa, con Excélsior, sembrando a la vez la visible discordancia en el gremio: Julio Scherer García jamás perdonó la omisión de Televisa cuando su revista Proceso salió a las calles en noviembre de 1976… ¡pero aceptó Scherer García, encantado, entrevistar para Televisa al subcomandante Marcos en los noventa en uno de esos curiosos e inexplicables (por una incongruencia que se afilia a los parámetros comprensivos de la teoría periodística ajustada a una ética circunstancial que convenga a los objetivos del osado insurrecto) giros de la historia!

Si la prensa y la intelectualidad que la rodea han pertenecido prácticamente a las nóminas del presupuesto federal, es evidente entonces vislumbrar las razones por las cuales los mandatarios en turno preferían no contestar a los medios sino, sólo, calibrarlos castigándolos o imponiendo su poder sobre ellos retirando o aumentando la publicidad oficial, de ahí que cuando algún presidente se ha atrevido a bufar por algún estropicio periodístico, ja ja ja, se lo tomaba, ja ja ja, como una situación humorística, ja ja ja, nunca como una contestación o una altanería, como aquella milagrosa ocasión, ja ja ja, en que José López Portillo les dijo, ja ja ja, enanos del tapanco a los periodistas (y les recordó, enojado, que él no pagaba para que le pegaran refiriéndose, sobre todo, a la revista Proceso que dirigía su primo distante Scherer García), ja ja ja, o aquella vez en que Peña Nieto se salió de sus casillas, ja ja ja, para decir que a los periodistas ningún chile les embona, ja ja ja, haciendo reír, cómo no, a toda la prensa presente en la improvisada conferencia de prensa, ja ja ja.

Antes las cosas, ja ja ja, eran tan distintas: ¿cómo iba a atreverse un presidente a cuestionar a la misma prensa que alimentaba, protegía, patrocinaba? ¡Las calumnias que proferían los mandatarios, ja ja ja, a todos se les resbalaban porque se trataba, a final de cuentas, de exabruptos ocurrentes de los mismísimos patrones de la prensa en días de humorismo improvisado, incluso celebratorio, que a nadie, ja ja ja, ofendía!

Las lecciones de Echeverría son, en efecto, infinitas.

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