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Hans-Thies Lehmann: la historia de un desplazamiento

Fallecido el pasado 16 de julio, el académico e investigador alemán revolucionó el panorama internacional de la teoría teatral luego de publicar, en 1999, su estudio «Teatro posdramático».

Julio, 2022

El pasado 16 de julio, a la edad de 77 años, partió de esta tierra Hans-Thies Lehmann, uno de los estudiosos del teatro más eminentes y reconocidos internacionalmente. Experto en Bertolt Brecht y Heiner Müller, fue presidente de la Sociedad Internacional Brecht. Su innovador y revolucionario estudio Postdramatic Theatre, publicado en 1999, analizaba los desarrollos y cambios en el teatro (sobre todo europeo) desde la década de 1960, con su cada vez mayor separación del texto y su marcado carácter performativo. Fue traducido a más de veinte idiomas y supuso una contribución esencial a la teorización del teatro contemporáneo internacional y a la práctica interpretativa. El crítico teatral Fernando de Ita le dedica estas líneas…

En 1999 Hans-Thies Lehmann (Alemania, 1944-2022) publicó su estudio sobre el Theater Postdramatisches (traducido, luego, como Teatro Posdramático), y comenzó el desgarramiento de vestiduras de los guardianes de la Tradición —así, con mayúscula— que vieron en el prefijo post una amenaza para su estabilidad intelectual y económica. Como ocurre en estos casos, en lugar de leer el libro con detenimiento para rebatirlo se dedicaron a denostarlo sin haberlo conocido más que de oídas, esto es, por los comentarios de quienes no leyeron ni el prólogo porque de haberlo hecho habrían subrayado esta frase: “El arte no puede, de ninguna manera, desarrollarse sin relación con formas anteriores”. Aunque lo que denominaba Lehmann como el eje del teatro posdramático era un hecho: el teatro de entre siglos le dio golpe de estado al texto literario como el dictador del acontecimiento escénico.

De hecho, lo que hizo el distinguido académico alemán fue teorizar lo evidente: el “teatro dramático”, como llamó Bertolt Brecht al teatro establecido de su lugar y de su tiempo, se estaba desplazando a finales del siglo XX de la literatura a la escena, del drama al espectáculo, de la representación a la presentación, de la imitación de la vida a su equivalencia. En suma: de Aristóteles a Heiner Müller, uno de los autores favoritos de Lehmann.

Luego de los grandes críticos literarios de la tragedia, como George Steiner, y de mentes eruditas y brillantes de la crítica de teatro, como Jan Kott, la academia tomó el mando de la investigación en ese conjunto de acontecimientos que llamamos teatro. Lo notable de Lehmann, como profesor universitario y académico, es que elaboró su teoría a partir de la práctica, muy al contrario de sus colegas alemanes y mexicanos. Lo importante no es que haya hecho teatro de joven, sino que su formación intelectual no perdió de vista que el teatro, cualquiera que sea, es un acontecer cultural en el tiempo humano que es la Historia. Ya como tasador determinó que primero fue el teatro predramático de la tragedia ática, luego el dramático, del siglo XV al XX, y ya al borde del siglo XXI el teatro posdramático.

Lehmann comienza por señalar algunas de las características únicas del teatro, como el hecho de que en una era de medios inmateriales —como el internet—, el teatro sea tan material, tan físico. Él habla de la pesadez de los materiales del teatro, incluyendo el cuerpo de los actores, pero también escribe: “El teatro significa un trozo de vida transcurrida y vivida en comunidad”. Sucede, sin embargo, que esa vivencia se ha puesto en cuestión desde las primeras vanguardias del siglo XX al teatro performativo de los sesenta —ejemplo: Living Theater—, luego al teatro imagen-espacio-tiempo de Bob Wilson de los noventa, pasando naturalmente por Grotowski, Richard Schechner, Pina Bausch, Jan Fabre, Richard Foreman y la treintena de nombres que Lahmann cita como el trabajo de campo de su teoría.

Sin duda, lo que estremeció al establecimiento fue que una de las singularidades del teatro posdramático es la reflexión sobre sí mismo, sobre la naturaleza y el sentido del teatro que provocó el rompimiento del canon, la deconstrucción del proceso creativo, el rompimiento de las jerarquías establecidas en dicho proceso, con el texto y el director de escena como supremos sacerdotes del montaje; la fragmentación del relato, la discontinuidad de la acción, la irracionalidad del planteamiento, la desacralización del personaje, la multiplicidad de lenguajes, la participación del público en el ensamble final del acontecimiento. En suma: la sublevación del teatro consigo mismo como un acto estético, político y cultural.

En ningún momento desconoce Lehmann la importancia, la pertinencia y la sobrevivencia del teatro tradicional. Pero al observar, documentar, discernir la rebelión contra las formas establecidas de hacer teatro que ocurre entre los años setenta y noventa, saca en conclusión que: “Frente a una manera profundamente diferente de emplear el signo teatral, parece sensato llamar posdramático un sector significativo del nuevo teatro”. El problema es que el prefijo post —después de— se utilizó profusa y polémicamente para definir la posmodernidad, el movimiento artístico que se opuso al formalismo, individualismo, racionalismo y falta de compromiso social de la modernidad de su tiempo, a finales del siglo XX, años antes de que el profesor alemán publicara su libro. Si en la actualidad se sigue discutiendo qué es la posmodernidad, sería raro que el término, el concepto que empleó Lehmann para leer en un cúmulo de lenguajes un signo común, no fuera discutible.

Lo indiscutible es la aportación que hizo el investigador germano a la crítica de teatro en uso. Las viejas plumas del gallinero teatral mexicano seguían haciendo critica de butaca y los relevos generacionales no teníamos los elementos conceptuales y lingüísticos para acompañar lucidamente el teatro de Frank Castorf, John Jesurun, Romeo Castellucci, Eimuntas Nekrošius, para citar a creadores que presentaron espectáculos en México. Lehmann nos dio esa posibilidad al abrir la lectura del espectáculo a la multiplicidad de lenguajes que conformaban la nueva estructura dramática, ya más una tensión entre los elementos de la presentación que un guión escrito según el canon. Por otra parte, Lehmann deja muy claro que él había sacado sus conclusiones a partir del teatro europeo, aunque en sus viajes por México y Argentina vio que los nativos hacían mimesis con algunos grupos del viejo continente para practicar, en su marco de referencias, aquello que el académico alemán definía como teatro posdramático.

Le debemos a Hans-Thies Lehmann una mirada atenta y reveladora sobre el teatro que ya no quería trasmitir una enseñanza sino un significado, y sus formas de hacer esta operación ontológica fueron muchas: de Kantor a Elfriede Jelinek; de Anatoli Vassiliev a Robert Lepage, de Susanne Linke a Eugenio Barba, para citar algunos ejemplos, el teatro se volvió otra cosa, un teatro, según Lehmann, que en su actualidad propicia la continuidad de antiguas estéticas, como las de las vanguardias europeas de 1900, no para imitarlas sino para potenciarlas como instrumentos del teatro por venir.

La muerte de Lehmann el pasado 16 de julio deja a la academia sin uno de sus más audaces y lúcidos investigadores, y al teatro sin un perspicaz observador de las nuevas formas de presentar la vida; ya no como un espejo sino como un equivalente, ya no como un drama sino como aquello que está más allá del drama: el estallido.

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