ConvergenciasEl espíritu inútil

Corto plazo y largo plazo

Unos, los momentáneos, están ocupados con el presente. Otros, los monumentales, están ocupados en el futuro. Unos tienen vidas entretenidas y no pueden esperar porque la vida es para hoy. Si alguien escribiera su biografía, parecería agenda: hacen de su vida un papalote. Otros hacen de su vida una pirámide y sus agendas parecen biografías, como la de Hellen Keller, Madame de Staël o La Güera Rodríguez, quienes empezaron a hacer su persona desde chiquitas, y tercas, y egoístas, no pararon hasta que quedó terminada. A unos les entra una calma acelerada que se llama ansia, a otros una prisa lenta que se llama angustia.


Por lo común se confunden unos con otros, los “momentáneos” y los “monumentales”: unos, aprovechan el tiempo; otros, también aprovechan el tiempo. Sin embargo, para unos, el tiempo es una sucesión de días y minutos que hay que ir llenando, y siempre se andan fijando en el tiempo que falta: están ocupados en el presente. Para otros, el tiempo es una cuerda que se acaba, y sólo se fijan en el tiempo que les queda: están ocupados en el futuro. Ambos se ponen nerviosos con el tiempo, a unos les entra una calma acelerada que se llama ansia, a otros una prisa lenta que se llama angustia.

Un momento es por definición algo chiquito, que se mueve y que pasa rápido, como chispa. Los momentos son muy espontáneos. Un monumento, en cambio, es una cosa grandota que no se mueve y que dura mucho. Las cosas que se hacen para durar se hacen lentamente y por lo tanto se tienen que empezar antes de que se necesiten, como las catedrales góticas que eran para dentro de trescientos años. Hay ciudades monumentales como París o Tenochtitlan, pero hay ciudades instantáneas donde se arreglan las tuberías para ahorita y en el próximo aguacero ya veremos, donde la basura se recoge sólo hasta que vuelve a juntarse y sus gobiernos salen del paso con un buen discurso que sirve de tenmeacá.

Los momentáneos tienen vidas entretenidas, porque son los que se llenan de pasatiempos ya que no pueden esperar porque la vida es para hoy: los que ya quieren que llegue el viernes, que ya sea hora de la cena, que ya les traigan la próxima cerveza, que ya suene el teléfono, que ya pase algo. Y conocen bastantes restaurantes, han trabajado en veinte lados, aceptan todas las invitaciones, caen en todas las tentaciones, utilizan todas sus tarjetas. Su lema es tomar todo lo que venga de la vida, tener muchas cosas: se dedicaron a la alta cocina tres meses, fueron guerrilleros mes y medio, tahúres dos semanas, aprendieron sánscrito siete días, corrieron un maratón, pero nada más los primeros cinco kilómetros. Sus conocimientos se parecen a las noticias de la tele, un datito de aquí y otro de allá. Adoran las emergencias —tener que salir corriendo a la farmacia porque se acabaron las curitas—; les encanta oír que algo es urgente porque el momento como que se les llena de chispa, toda vez que son más bien dados a dejarse llevar por lo que venga, y por eso internet es para ellos, porque siempre sale un nuevo link que hay que seguir. Si alguien escribiera su biografía, parecería agenda. Hacen de su vida un papalote.

Y exigen resultados inmediatos, soluciones prontas, realizaciones ya. Eso es lo que le exigió la mentalidad norteamericana a Irak, una cultura eterna que después de tres mil años opina que nada es para hoy, y en medio de sus monumentos, eso de la urgencia del momento nomás no lo entendían.

Y en cuanto a los otros, parece que sus noticias las leen en los libros, cuyos conocimientos no vienen al caso aunque sí expliquen el tema. Sus agendas parecen biografías. Sus vidas parecen monumentos, como la de Hellen Keller, Madame de Staël o La Güera Rodríguez, quienes empezaron a hacer su persona desde chiquitas, y tercas, y egoístas, no pararon hasta que quedó terminada; y aburridas también, como lo es un ideal: los que quieren ser millonarios, escalar el Everest, ligarse al amor imposible, irse al cielo, hacerla en la política, recorrer el mundo. Los otros hacen que cada momento, como si fuera ladrillo, embone con el siguiente fijándose en lo que va a quedar al final cuando todo ya esté junto. Hacen de su vida una pirámide.

Y al último se confunden unos con otros: a unos se les acabó el tiempo; a otros también se les acabó el tiempo. Sin embargo, para los momentáneos del corto plazo el tiempo terminó siendo un chorro de instantes escabullidos que ni por más que se sumen y se acomoden alcanzan a ser algo: puros días dispersos y minutos sueltos regados por el tiempo. Y los monumentales terminan con una pieza, concluida o inconclusa, que va a durar más que ellos, y en las que se les fue la vida que no vivieron. A los primeros también se les fue la vida, pero estaban bien vivos entretanto. A lo mejor la sabiduría consiste en estar bien hoy, que es lo único que tenemos. A la mejor la sabiduría consiste en lo contrario, en hacer ahora aquello que a largo plazo se vaya a preferir: hoy prefiere uno no hacer nada, pero mañana preferirá haber hecho algo. Las palabras también se confunden: “momentales” o “monumentáneos”. Unos se levantan desvelados y se arrepienten de haber trasnochado, otros se levantan como nuevos y se arrepienten de no haber hecho nada anoche: unos se lamentan de haber aprovechado el tiempo, y los otros también se lamentan de haber aprovechado el tiempo.

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