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“Aprendí a tomar fotografías como si fuera director de cine”

Estuvo en incendios y explosiones; vio todo tipo de desastres —tanto naturales como causados por la mano del hombre. De hecho, no se puede hablar de la nota roja en México sin hablar de Enrique Metinides. El legendario fotógrafo mexicano ha fallecido el pasado 10 de mayo, a los 88 años de edad. “El Niño”, como se le conocía en el ámbito del fotoperiodismo, había nacido el 12 de febrero de 1934 en la Ciudad de México. Su primera fotografía publicada apareció en el diario La Prensa, cuando Metinides contaba con apenas nueve años de edad. Sin embargo, sería a sus once años cuando comenzó a trabajar como ayudante de fotografía. (De ahí su sobrenombre.) Desde el principio de su trayectoria y a lo largo de ella, Metinides desarrolló una mirada muy singular, enfocada en detalles de la vida urbana; se especializó (y era reconocido) en el subgénero de la nota roja, pues sus imágenes (muchas de ellas con alto grado de composición) documentaron todo tipo de accidentes, crímenes, tragedias humanas y desastres naturales. Con el tiempo —y revalorado su trabajo—, su obra trascendió los tabloides y se trasladó de la calle a los museos, de la cultura popular a las colecciones privadas, de México a la escena internacional. Como homenaje, hemos recuperado esta conversación con él…


En el departamento de Enrique Metinides suena “La boa”, de la Sonora Santanera. Aquí todo se encuentra repleto de colecciones de monedas, máscaras, ranas, películas de gánster, imágenes de la Virgen de Guadalupe y, claro, cámaras fotográficas. Incluso este fotorreportero le reservó un cuarto completo a su gran tesoro: más de tres mil juguetes de ambulancias, patrullas, camiones de bomberos, helicópteros y personal del servicio de emergencia.

Metinides apaga la música y, acto seguido, nos sentamos en un sillón. Resulta sorprendente, me digo, imaginar los miles de choques, incendios, inundaciones, suicidios, balaceras y asesinatos que, durante medio siglo de trayectoria, captó este fotógrafo nacido en la Ciudad de México en 1934. Sucesos que, en sí mismos, muestran el variado carrusel de la tragedia humana.

Tal vez ésa sea la causa de que la primera inquietud que cruza mi mente al estar frente a Metinides sea, sí, la forma en que lo invadió el amor por la fotografía y los hechos de nota roja:

—Desde que estudiaba la primaria me iba al cine a ver filmes de gánster —recuerda el fotógrafo—. Esto provocó que me empezaran a llamar la atención los tiroteos, las persecuciones y, en general, la nota roja. Después mi papá, que tenía una tienda fotográfica, me regaló una cámara y varios rollos que me llevaba para sacarle fotos a las películas. Además a los ocho años ya fotografiaba los carros chocados o los accidentes que había cerca de mi casa. Y, como al desaparecer la tienda fotográfica mi papá puso un restaurante, los de la delegación que acudían a comer también me invitaban a retratar detenidos y cadáveres.

A los pocos meses un accidente automovilístico ayudaría al pequeño Metinides, quien en el medio periodístico sería conocido como El Niño, a publicar sus primeras fotos:

—Hubo un choque a tres cuadras del restaurante de mi papá. Cuando Antonio Velázquez, fotógrafo de La Prensa, me vio tomando fotos me dijo que después lo fuera a ver para que se las mostrara. Fui al otro día y, entonces, me propuso convertirme en su ayudante. Nos íbamos a varias partes de la ciudad a hacer reportajes de nota roja y, aunque no me pagaban, desde los nueve años mis fotografías se empezaron a publicar en La Prensa.

Pero no sólo ahí, pues a lo largo de su carrera sus imágenes también aparecerían en publicaciones como, digamos, Alarma!, Zócalo, Crimen, Nota Roja y Magazine de Policía. Lo cual me lleva a formularle una nueva pregunta:

—¿Cuál de todas las fotografías que ha tomado recuerda más?

—Una que capté cuando una pipa de gas se estrelló contra un árbol —responde—. Mientras los bomberos trataban de controlar la fuga del combustible, yo me encontraba en la azotea de un edificio tomando fotos. Y, justo en el momento en que iba bajando las escaleras, explotó el transporte. Al salir me encontré con llamas de 15 pisos de altura. Murieron 105 personas y hubo mil 500 quemados. Y, precisamente la foto que más recuerdo, es la que le saqué a un sujeto que estaba prendido junto a la pipa.

—¿De qué forma planea la composición de sus fotos?

Metinides acerca un paquete con los filmes Little Caesar, White heat, Angels with dirty faces y The public enemy. Luego, al tiempo que se le iluminan los ojos al mostrarme las portadas en inglés, contesta:

—Lo que pasa es que, como ya dije, desde niño veía estas películas de gánster y aprendí a tomar fotografías como si fuera director de cine. Por eso cuando llegaba al lugar del crimen captaba los pasillos de la casa, los cuadros, los animales, el cadáver, la bala con sangre y a los policías escribiendo o recabando huellas.

—Otra de las características de sus imágenes es que muestran a quienes se aglutinan alrededor de los accidentes…

—Esa idea me surgió al ver en una película como, debido a las llamas, se iluminan los rostros de varias personas que están presenciando un incendio. A partir de ahí se me metió a la cabeza que los mirones son muy importantes.

—De hecho gracias a una de sus fotografías se logró capturar a un asesino, ¿no es así?

—Sí: ya que no sólo publicaba en los periódicos, sino también les daba fotos a los jefes policiacos para sus investigaciones. Y, el hecho que mencionas, fue el asesinato a balazos de un sujeto en la Colonia Obrera. Al otro día del crimen varios fotógrafos estábamos en la Procuraduría y, de pronto, una persona me dijo: “Le habla el procurador”. Y como éramos muy unidos, un colega de El Universal preguntó: “¿Qué traen con él?” “Queremos darle las gracias porque un detenido presentó testigos para demostrar que el día del homicidio no se encontraba en la Ciudad de México, pero gracias a las fotografías que Enrique nos dio supimos que mentía y que, junto a los curiosos, estaba viendo al muerto.” Y, sí, era uno de los mirones.

—A todo esto, ¿cuáles fueron sus métodos para llegar a los lugares de los accidentes poco después de haber ocurrido?

—Que fui el primer fotógrafo en México que se subió a las ambulancias, camiones de bomberos, patrullas y motos de la policía para acudir a donde ocurrían los percances —Metinides se pone recto en su asiento, orgulloso—. Y, mi segundo método, consistía en traer en mi coche un radio que me permitía escuchar los reportes que les daban a estos servicios de emergencia que, incluso, llegaban después que yo. Es más, fui el inventor de las claves que utiliza la Cruz Roja para informar el sitio del accidente y el estado de los heridos.

—¿Se llegó a lesionar mientras realizaba su labor?

—Claro. Una ocasión se volteó la ambulancia en la que íbamos rumbo a un derrumbe y terminé herido. En otra fui a un precipicio porque un sujeto se suicidó y, como se rompió la cuerda en que me subieron para tomarle fotos, me quebré seis costillas al estrellarme contra las rocas. También tengo dos atropellamientos, un dedo roto y un infarto. Me salvé de milagro. Quizá se debió a que no salía a trabajar si no traía las imágenes de la Virgen de Guadalupe y de una rana. Si se me olvidaban, me regresaba por ellas.

—¿Y tuvo repercusiones psicológicas por asistir a tantos accidentes?

—En las noches lloraba y tenía pesadillas. Es que yo iba a los accidentes que se generaban en cada rincón del país. Si juntara todos los cadáveres que he visto en mi vida formo el Popocatépetl. Tan sólo a diario, en el puro forense, observaba de 30 a 35.

—¿Hay algún hecho de nota roja que se haya quedado con ganas de fotografiar?

—Me habría gustado estar en Estados Unidos durante la caída de las Torres Gemelas. Esto ya que fui a miles de incendios y derrumbes, pero esa tragedia estuvo muy fuerte porque hasta la gente se aventaba desde los edificios a los que, seguramente, yo me hubiera metido. Me llamó tanto la atención aquel suceso que grabé ocho casetes con noticias de la televisión y recopilé fotografías de diversas publicaciones.

Al finalizar nuestra charla, Enrique Metinides agarra un saco y baja ágilmente las escaleras de su departamento. Ya en la calle, sube al asiento del copiloto de un camión de bomberos que lo espera para asistir a una comida donde volverá a rememorar sus múltiples aventuras en las que logró burlar a la muerte.  

 
[Este texto fue publicado originalmente en la revista De Largo Aliento, en 2014.]

 

Como homenaje póstumo, desde las 21:00 horas del viernes 13 de mayo, hasta las 21:00 horas del domingo 15, puede verse en el sitio web de la Filmoteca de la UNAM —de forma gratuita y desde cualquier país— El hombre que vio demasiado (México, 2015), un documental de Trisha Ziff sobre la vida y obra de Enrique Metinides.    

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