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“Al final todas las pandemias se han superado, sobrevivir está en nuestros genes”

En su nueva novela, que comenzó a escribir en 2016 y terminó en plena pandemia, Orhan Pamuk traslada a los lectores a los comienzos de un siglo convulso y a un mundo en el que la peste bubónica es todavía una temible amenaza. A través de un relato que recrea el pasado —y nutriéndose de referencias y fuentes como la medicina, la literatura sobre epidemias y la historia—, Las noches de la peste es una ficción con trasfondo histórico que traza paralelismos (políticos y sanitarios) entre el pasado y el presente. Hace unos días, el premio Nobel de Literatura 2006 se reunió con la prensa para hablar de este nuevo libro (entre otros temas)…


Orhan Pamuk (Estambul, 1952) es una especie de Puente del Bósforo de la literatura: une dos continentes, dos culturas, dos visiones filosóficas y religiosas que se han dado la espalda históricamente con tenacidad. En su país, conforme ha ido aumentando la deriva autoritaria del presidente Recep Tayyip Erdoğan, se ha ido convirtiendo en un intelectual más y más incómodo. Sin embargo, sus encontronazos con el régimen islamo-nacionalista no han hecho mella en su personalidad risueña y optimista. Pamuk disimula muy bien su hüzün, un sentimiento que describe profusamente en su libro autobiográfico Estambul y que vendría a ser el equivalente turco a la saudade portuguesa mezclado con dosis típicamente locales de fatalismo y mala leche. Traducido a más de 80 idiomas y profundamente enamorado del oficio de escribir, Pamuk adora su vida, no duda en describirse como “un afortunado” y vislumbra —en un mundo marcado por la guerra, la pandemia y el ascenso de la extrema derecha— lo que nadie puede ver aún: un futuro mejor.

En su nueva novela, Las noches de la peste (traducida al español por Xavier Gallart y Miguel Ángel Romero y editada por Literatura Random House), mezcla personajes reales y de ficción para contar una fábula política, detectivesca y sanitaria. La acción transcurre en 1901, en Minguer, una isla imaginaria del Mediterráneo —“inspirada en Creta”, ha revelado el propio Pamuk— en la que se desata una epidemia de peste bubónica. El Imperio Otomano trata de contener la enfermedad para que no se extienda por el continente, lo que le obliga a imponer medidas sanitarias estrictas que soliviantan a una parte de la población y provocan una crisis de gobierno. Les suena, ¿verdad? Pamuk empezó a escribirla en 2016 y, cuando se desató la pandemia del coronavirus, se vio obligado a cambiar algunos pasajes para no parecer oportunista. Al menos eso es lo que nos ha contado el propio autor en una rueda de prensa online con periodistas de España y América Latina.

Dice Pakum:

—Me ocurrió lo mismo cuando estaba terminando de escribir Nieve: unos meses antes de su publicación se produjo el atentado de las Torres Gemelas. En la novela había dos menciones a Osama Bin Laden y las borré. En esta novela he tenido que acortar los pasajes en los que describo la cuarentena porque todo el mundo conoce ya los detalles. Tengo que reconocer que estaba un poco celoso de la realidad. Todo mi trabajo de investigación se vino abajo.

En Nieve, Pamuk intentaba meterse en la cabeza de un terrorista para conocer sus motivaciones. Esa cree que es la principal misión de la literatura, ponerse en la piel del otro para comprenderlo:

—Obviamente, yo no entiendo a un asesino fundamentalista, pero me arriesgo a entenderlo. Esa es una paradoja inherente al oficio de novelista. Por ejemplo, a mí me encantaría ser capaz de escribir una novela verdaderamente profunda sobre gente que no es estúpida y que, a pesar de toda la información de la que dispone, rechaza vacunarse. En Estados Unidos he conocido a personas así. Médicos respetados, inteligentes, cultos, que entendían la importancia del confinamiento y la vacunación, pero que votaban a Donald Trump y que, como se consideran defensores de la libertad, estaban en contra de las medidas sanitarias.

Esas contradicciones son un misterio fascinante para Pamuk, quien anticipa lo que se diría de él si consiguiera recrear fielmente un personaje así:

—Pues lo de siempre: ¡dirían que lo estoy defendiendo! ¡Que soy uno de ellos! —dice entre risas—. Tendría que hacer la promoción del libro enseñando mis certificados de vacunación. ¡Y tengo cinco! Porque en Turquía nos pusieron Sinovac, la vacuna china, pero no valía para viajar a Estados Unidos y me pusieron otras tres de BioNTech. ¡Y estoy muy feliz con ellas!

En su afán por ponerse retos literarios, Pamuk confiesa que quiere aprehender la mirada femenina:

—Quisiera escribir una novela de 600 páginas narrada en primera persona del singular femenino y que nadie se diera cuenta de que la he escrito yo, un hombre.

¿Y por qué de eso?, se le pregunta.

—Bueno, es una decisión ética que yo me impongo. Me hago mayor y quiero ver el mundo a través de los ojos de la mujer. Cada vez más. Soy un hombre de Oriente y conozco toda la estupidez de este mundo. Ya he tenido bastante. Quiero oír esa voz femenina en mis novelas. Y esto va más allá de la corrección política, con la que, por otra parte, estoy completamente de acuerdo.

En realidad, esa pretensión ya la ha ejercitado en novelas como Me llamo Rojo o esta misma, Las noches de la peste, que está contada desde el punto de vista de la princesa Pakize Sultan, la esposa del doctor que trata de controlar la peste en la isla de Minguer. Pero, a tenor de sus palabras, Pamuk no ha llegado a ese nivel de perfecta transmutación al que aspira:

—Yo soy un gran admirador de Rousseau y él decía una cosa con la que siempre he estado de acuerdo: cualquier hombre adulto que se pelee con su madre se equivoca. [Risas] Y añadiría más: cualquier escritor de Oriente Próximo que se pelee con sus críticas femeninas se equivoca.

Enemigos de la patria

Pamuk fue siempre un gran defensor de la entrada de Turquía en la Unión Europea. Ese sueño cosmopolita y laico, que estuvo cerca de concretarse en la primera década del siglo XXI, es hoy una quimera. A lo largo de todos estos años, el gobierno de Erdoğan se ha ido entregando cada vez con más vigor a la nostalgia por la grandeza del antiguo Imperio Otomano. Esta visión retrógrada ha sido ratificada y consolidada en diferentes elecciones gracias al apoyo de los islamistas.

Por supuesto, un escritor como Pamuk, que ha llegado a hablar públicamente del genocidio armenio, el gran tabú, no lo iba a tener fácil en la Turquía de Erdoğan. De alguna manera, su prestigio internacional lo protege, pero recibe continuas amenazas, tanto físicas —“tengo que ir con protección por la calle”, nos cuenta— como procesales.

La última de ellas le atribuía insultos a la bandera y al padre de la República Turca, Mustafá Kemal Atatürk, en Las noches de la peste: “Y no era cierto”, explica. “Lo único cierto es que esta novela es una suerte de alegoría del auge de las naciones después de la desintegración de los grandes imperios. Se habla de Grecia, Serbia, Bulgaria, Egipto o Turquía, de todos esos países que nacieron tras la caída del Imperio Otomano, pero sin ninguna conexión con Kemal Atatürk”.

Con valentía, Pamuk hizo entonces lo impensable:

—Acudí a la oficina del fiscal con el libro bajo el brazo y pedí que me señalara la página exacta en la que estaban esos supuestos insultos. Por supuesto, no pudo hacerlo. Mi conocimiento del Derecho impidió que este caso se eternizara en los laberintos burocráticos de Ankara y que se convirtiera en una especie de proceso kafkiano. No olvidemos que esta deriva judicial es una parte importante de la lucha política en Turquía. Yo tuve suerte y tampoco quiero presentarme como una víctima.

Otros, efectivamente, están peor:

—Las personas que tienen problemas no son escritores de ficción como yo —reconoce Pamuk—. Son periodistas valientes, muchos de ellos amigos míos, que escriben, pasan dos años en la cárcel, salen, vuelven a escribir algo valiente y vuelven a la cárcel.

Para ilustrar la situación política de su país, el escritor recurre a uno de los hombres del gabinete de Erdoğan:

—Tenemos un ministro de Justicia [Bekir Bozdağ] que anuncia con orgullo que están construyendo nuevas cárceles. ¡Con orgullo! ¡Como si fueran hospitales! El gobierno de Erdoğan ha acabado con la libertad de expresión. Y sin libertad de expresión no hay democracia. Esto ha ocurrido en los últimos seis o siete años, ante los ojos de toda la humanidad —se lamenta Pamuk.

Pero fiel a su optimismo inquebrantable, ve una luz al final del túnel:

—Las últimas encuestas están señalando un claro descenso en la popularidad de Erdoğan. La economía ha caído en picado y quizás a la gente no le importe demasiado que haya periodistas en la cárcel, pero sí que les importa comer. Y de eso hablamos ahora, de pobreza. Hasta sus seguidores islamistas le están dando la espalda. Si las próximas elecciones son limpias, Erdoğan caerá. Créanme.

[Texto publicado originalmente en La Marea; es reproducido aquí bajo la licencia Creative Commons.]

“¡La vida es bella!”

Orhan Pamuk nació en Estambul, Turquía, en 1952. Realizó estudios de arquitectura y periodismo, y ha pasado largas temporadas en Estados Unidos, en las universidades de Iowa y Columbia. Es autor de las novelas Cevdet Bey e hijos, La casa del silencio, El castillo blanco, El libro negro, La vida nueva, Me llamo Rojo, Nieve, El museo de la inocencia, Una sensación extraña y La mujer del pelo rojo, así como de los volúmenes de no ficción Estambul / Ciudad y recuerdos y La maleta de mi padre, y de la colección de ensayos Otros colores.

Su éxito mundial se desencadenó a partir de los elogios que John Updike dedicó a la novela El castillo blanco. Desde entonces ha obtenido numerosos reconocimientos internacionales, entre ellos, desde luego, el Nobel de Literatura en 2006.

En la contraportada de su nuevo libro, los editores apuntan: “Abril de 1901. Un barco se dirige hacia la isla de Minguer, la perla del Mediterráneo oriental. A bordo se encuentran la princesa Pakize Sultan, sobrina del sultán Abdülhamit II, y su reciente esposo, el doctor Nuri, pero también un misterioso pasajero que viaja de incógnito: el célebre inspector jefe de sanidad del Imperio otomano, encargado de confirmar los rumores de peste que han llegado hasta el continente. En las animadas calles de la capital portuaria nadie puede imaginar la amenaza, ni la revolución que está a punto de fraguarse.

“Desde nuestros días, una historiadora nos invita a asomarnos a los meses más turbadores que cambiaron el rumbo histórico de esta isla otomana, marcada por el frágil equilibrio entre cristianos y musulmanes, en un relato que combina historia, literatura y leyenda”.

En esta nueva obra del Nobel, “Pamuk indaga en las pandemias del pasado. Las noches de la peste es la historia de supervivencia y lucha de unos protagonistas que lidian con las prohibiciones de la cuarentena y la inestabilidad política: un apasionante relato épico de atmósfera asfixiante donde la insurrección y el asesinato conviven con las ansias de libertad, el amor y los actos heroicos”.

“Mis amigos me preguntaban por qué escribía sobre una pandemia si no las había en nuestro mundo. Y de repente descubrí que estaba viviendo una pandemia como la que describía”, le ha dicho Pamuk a los periodistas (de acuerdo a una nota de la colega Anna Abella). “Al final todas las pandemias se han superado y se han ido. La humanidad siempre sobrevive, y se inventa nuevos problemas. Sobrevivir está en nuestros genes. Eso sí: mucha gente mayor ha fallecido y es una vergüenza que se hayan sacrificado tantas personas mayores porque los gobiernos estaban más preocupados por los negocios y las tiendas”.

Pese a todo, Pamuk prefiere darle vuelta a la página. No pierde su jovialidad: “¡La vida es bella!”, asegura desde su casa, en su natal Estambul, girando la pantalla hacia la ventana para mostrar el río Bósforo a los periodistas que le siguen por videoconferencia. Y dice: “Soy positivo respecto al futuro de la humanidad”. (Redacción SdE)

Pueden leer un fragmento de Las Noches de la peste, de Orhan Pamuk, en el siguiente enlace: aquí.

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