La primera exposición del nuevo canto

Hace cuatro décadas…

“Desde hace algunos años existe en América Latina un interesante movimiento de música popular que, si bien no ha logrado todavía atraer la atención de los musicólogos, ha concitado un enorme interés en casi todas las capas sociales y en casi todos los países del continente”, escribía hace cuatro décadas el filósofo y compositor chileno Eduardo Carrasco Pirard al habla de la llamada “nueva canción” o “nuevo canto”. En México, entre el 30 de marzo y el 5 de abril de 1982 se realizó en el Auditorio Nacional el Primer Festival de la Nueva Canción Latinoamericana, con la colaboración de Unesco y Casa de las Américas. Para expresar ese nuevo canto se dieron cita Silvio Rodríguez, Daniel Viglietti, Lilia Vera, Roy Brown, Noel Nicola, Manduka, Carlos Mejía Godoy, Los Folkloristas, Amparo Ochoa, César Isella, Alí Primera, entre otros. El escritor y periodista Víctor Roura nos habla sobre lo que significó aquella primera reunión, ocurrida hace justo ahora cuatro décadas…


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Hace justo cuatro décadas, en abril de 1982, se efectuó en México el Primer Festival del Nuevo Canto Latinoamericano en pleno apogeo de esta novedosa nominación para una trama musical de autor al margen de las maniobras comerciales consabidas en/de la industria discográfica, género que, en su momento, se opuso con bravía “a la corriente más abstracta de la música de mercado”, según Eduardo Carrasco Pirard, y aunque se dirigía a un compositor no diferenciado y en algunos casos internacional, buscaba enraizarse y no perder sus lazos profundos con la cultura de cada nación.

“En este sentido —escribió el chileno Carrasco Pirard en la Memoria de aquel festival— viene a ser como una reacción a ciertas corrientes de la música moderna que tienden a desarraigar la música popular. También se opone, por ello, al movimiento de penetración cultural consciente o inconsciente que tiene lugar dentro de la música por causa del desarrollo desigual entre las industrias que tienen que ver con este arte popular. Esta oposición, por supuesto, no tiene el carácter de un movimiento organizado y se realiza simplemente a través de la dirección que toma la creación. En el caso de América Latina, el mayor peligro proviene de la exagerada difusión de la música de origen anglosajón”.

El “nuevo canto” fue, es (porque hay aún una secuela importante gravitando en la música de hoy ya con variaciones roqueras, como en el caso del filipino-español Luis Eduardo Aute —fallecido hace dos años el 4 de abril a la edad de 76 años— o con los impulsos originales que la hicieron nacer, como la continúan haciendo, aunque ahora de manera intermitente, los cubanos Silvio Rodríguez o Pablo Milanés), la última corriente melódica que, en castellano, se ha rebelado, y opuesto, no sólo a las formas del comercio habituales de la construcción musical sino también a la literatura tradicional de las músicas empecinadamente radiofónicas o digitales.

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Tan estrepitoso fue el arribo del “nuevo canto” a la escena musical latinoamericana que, tal como sucede con las novedades, llegaron a la palestra incluso personalidades sin mérito, ociosos oportunistas, músicos irrelevantes.

“La nueva canción —apuntó por eso Carrasco Pirard— es un movimiento donde se equilibran las expresiones profesionales con las de arte aficionado. Es más, en algunos países, sin perder ninguna de sus características, esta música tiene un carácter estrictamente amateur. Esto demuestra la espontaneidad de su cometido que la aleja de toda finalidad puramente económica o comercial aun allí donde existe bajo la forma de arte profesional”.

No faltaron, pues, los clásicos panfletistas que aprovecharon la coyuntura para delirar contra cualquier asunto.

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Sin embargo, hubo quienes sobresalieron por encima de la multitud “artística”. Está, por ejemplo, el chileno Víctor Jara (asesinado, a los 40 años, por los militares comandados por Augusto Pinochet cinco días después del golpe de Estado el 11 de septiembre de 1973), de quien la disquera Pentagrama, en 1999, editó el compacto Para seguir caminando / Un tributo, el cual reúne a diecisiete artistas que, animosos y profundamente emotivos, interpretan, cada uno, una composición del legendario cantante para, en versiones tan distintas pero igual de conmovedoras, rendirle un sentido homenaje a uno de los iconos de la nueva canción. Sobresalen, por sus arreglos siempre inauditos, Víctor Manuel y Ana Belén, León Gieco, Víctor Heredia y Quilapayún, y sorprenden las incursiones de Joe Vasconcellos, Sol y Lluvia, Javier Calamaro, Ismael Serrano, Lucho Barrios y Congreso. En estas voces solidarias, Víctor Jara reafirma su importancia musical.

“Y usté no es ná, ni chicha ni limoná, se la pasa manoseando, ¡caramba!, su dignidá”, escribió el cantor chileno y sus palabras mueven hasta el alma a esta monetarizada humanidad del siglo XXI que Jara jamás previó, pues sus canciones siempre fueron un canto a la esperanza, un canto a la insumisión del hombre, no a su aborrecible disminución.

Pentagrama, esta compañía fundada a principios de los años ochenta del siglo XX por el mexicano, nacido en España, Modesto López —empresa caracterizada por hacer circular en el mercado latinoamericano la música al margen del sistema comercial, cuyo catálogo está compuesto básicamente de obra de autor, material que, por asuntos de la nueva tecnología digital, con el paso de los años se va difuminando por la predecible desaparición física de las grabaciones musicales—, cuenta entre otros innumerables autores, por ejemplo, a los uruguayos Daniel Viglietti (1939-2017) y Alfredo Zitarrosa (1936-1989).

“Más allá de sus postulaciones estéticas —comentó Zitarrosa, exiliado en México, aquel abril de 1982 durante el Festival ya referido en la primera línea—, si algo caracteriza a la nueva canción es su alto nivel de politización. ¿Cuánto de todo ello caerá en el olvido de los pueblos?, ¿cuántas de todas ellas serán por siempre nuevas, jóvenes, contemporáneas? Nadie puede predecirlo ahora, como es casi indescifrable lo que el pueblo lee concretamente, en su mano de obrero, en su mano extendida”.

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Lo que es un hecho es que las canciones de Zitarrosa de algún modo, por esas sus virtudes de guitarrero explorador, se oyen sorprendentemente nuevas. El autor de esa magnífica pieza intitulada “Stephanie” grabó su disco Melodía larga 2 en los inicios de 1986 en Montevideo, logrando con ésta su impensada última grabación una escrupulosa identidad musical, cuya definición sonora descansa en el ejercicio deslumbrante de su guitarra. Por cierto, Zitarrosa reivindicaba a José Alfredo Jiménez (1926-1973) y a Guty Cárdenas (1905-1932) en el renglón de la “nueva canción”, no supeditando a esta corriente, entonces, a periodos o temporadas circunstanciales sino a una duradera permanencia (o a una intemporalidad creativa) de acuerdo a las fortalezas musicales.

Por su parte, Viglietti (quien para Zitarrosa era una “recordación puntual, cuando no de testimonio o desafío, siempre en prueba de fidelidad y amor a la única fuente que reconocemos todos: el estro popular”), con uno solo de sus discos: Esdrújulo, grabado en Buenos Aires en 1992 —ahora hace 30 años—, con quince canciones más un prólogo y un epílogo, sintetiza su aprendizaje musical —y tal vez más literario— aprehendido en sus tres primeras décadas de cantor.

“Cuántos seres han cruzado por mi cuerpo —canta Viglietti— como flechas, como flechas. Cuántos seres han entrado por mis ojos y se han ido por mi olvido”.

Viglietti escribió más que nunca en su Esdrújulo, a pesar de que ésa fue una de sus características primordiales, y que lo distanciaron de los demás “nuevos cantores”: sus letras son reflexiones maduras, largas historias que habremos de escuchar con atención.

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La “nueva canción” exige del escucha sus oídos. Al revés de lo que sucede con el canto comercial, donde si no se mira al cantante la canción puede pasar inadvertida, lo atractivo de la “nueva canción” es su fascinador canto con su peculiar literatura, aun sin saber quién diablos la está cantando.

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