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Cuanto más lento, más aprisa

Momo es una niña muy pequeña, pero posee una de las más grandes virtudes: sabe escuchar. Y para escuchar hay que tener tiempo. Por eso Momo se enfrenta a esas entidades grises y silenciosas que desean apropiarse del tiempo de todos los hombres, tal como nos cuenta el alemán Michael Ende (1929 – 1995), en una entrañable historia acerca de cómo se escurre la existencia en el mundo moderno.


Papá no tiene tiempo. Dice que debe trabajar o arreglar el coche o reparar el techo o pagar las cuentas o atender una llamada de la oficina. Mamá tampoco tiene tiempo. Dice que debe trabajar o ir de compras o recoger el tiradero que dejan los niños o planear la junta o resolver un asunto laboral. Lo que más demanda el mundo moderno es tiempo. Y aunque el tiempo parece infinito, lo que menos tiene la gente, hoy, es tiempo. Momo lo sabe. Momo lo sabía desde hace muchos años. Pero nadie la escucha. Quizá porque la virtud de Momo no es todavía la palabra. Momo es muy pequeña aún para dominarla y convencer a los demás. Lo que Momo sabe hacer (y muy bien) es escuchar. Pero saber escuchar no es cosa fácil. Requiere de tiempo. Y de olvidarse de uno mismo para atender al otro, lo que sin duda retrasa el camino al éxito, lo que genera distracciones que lo alejan a uno de sus objetivos. Escuchar no es rentable. Ni los psicólogos, que cobran mucho por ello, saben escuchar. Lo que ellos quieren es hablar, mostrar lo que saben, hacer que sus teorías memorizadas encajen en la vida de los demás.

Momo no es ninguna psicóloga. Ella es apenas una niña, nos dice Michael Ende en Momo (o la extraña historia de los ladrones del tiempo y de la niña que devolvió el tiempo a los hombres)*, un libro que apareció por primera vez en 1973. Momo tiene entre ocho y 12 años y un aspecto que podría asustar a las personas que suelen darle mucha importancia al aseo y al orden. Es pequeña y muy flaca. Su cabello es negro y parece que jamás ha conocido el peine. Sus ojos son grandes y hermosos, negros como el carbón. Ah, y casi siempre anda descalza y con una colorida falda hecha de muchos remiendos.

Momo tiene, no obstante, muchos amigos. Y los escucha a todos. No sólo a las personas, sino a perros y gatos, a grillos y ranas, incluso a la lluvia y al viento en los árboles. Y todos le hablan en su propia lengua. Momo sabe escuchar hasta al silencio. De esta manera Momo llega a conocer el alma de la gente, de los animales y de las cosas. Así que quien siga creyendo que escuchar no tiene nada de especial, que pruebe, a ver si sabe hacerlo tan bien como Momo.

Hombres grises

Sin embargo, existen cosas (o personas) que Momo no puede entender por más que escuche lo que intentan decirle. Estas cosas o personas que Momo no puede entender son los hombres grises. Ellos son cosas o personas muy raras. No tienen nombre, sino una clasificación o un código, como programas de computadora o empleados de grandes empresas: el agente BLW/553/c o el agente XYQ/384/b. Cuando habla con los hombres grises, Momo no comprende lo que le quieren decir porque le resulta imposible introducirse en ellos y saber lo que realmente son. Sólo percibe oscuridad y vacío, como si no hubiera nadie. Ellos intentan convencer a Momo (de la misma manera en que lo han hecho con los demás) que “lo único importante en la vida es llegar a ser alguien, a tener algo”. Quién llega más lejos, le dicen, quién tiene más que los otros, recibe el resto por añadidura: la amistad, el amor, el honor, etcétera. Le piden a Momo darse cuenta de ello, analizar las cosas objetivamente. Quieren que Momo deje de escuchar. Quieren poseer el tiempo de Momo. Pero Momo sólo sabe escuchar, no analizar las cosas objetivamente como los hombres grises.

Los hombres grises se encargan de sangrarles el tiempo a los hombres: hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo. Se apropian del tiempo de los demás. Necesitan de él para subsistir, para existir. Lo ansían. Su conquista es callada e insensible y avanza día a día. Nadie se resiste ya porque en realidad nadie es capaz de darse cuenta de lo que sucede. Todos creen que las cosas van mejor que antes, mejor que nunca. Porque ahora todo el mundo piensan que cada quien es dueño de su propio futuro. “¿Qué estoy haciendo de mi vida?”, se pregunta cada persona. Y entonces se pone a trabajar con más ahínco, sin parar, a toda velocidad. Para conseguir un coche muy bonito. Para abrir su propia empresa. Para tener más dinero. Emprendedores, los llaman. Son dinámicos. Tiene visión y liderazgo. Son receptivos y responsables.

—Mis padres me quieren mucho —gritó, airado, el niño nuevo—. No es culpa de ellos que ya no tengan tiempo. Por eso me regalaron el radio portátil. Es muy caro. Eso es una prueba, ¿no es verdad?

Inventos que ahorran tiempo

Los hombres no tienen tiempo que perder porque están conscientes de que aún hay por ahí muchos gandules y vagos que se pasan el día sin hacer nada. Que no producen. Parásitos que platican, que juegan con sus hijos, que se toman mucho tiempo para conversar, comprender y amar a su pareja, que salen a caminar sin propósito alguno, que duermen, que se conforman, que carecen de metas y no saben ser asertivos, que disfrutan cada cosa que hacen y la hacen con cuidado y lentitud. Gandules y vagos que sueñan, que cuentan historias, que hablan. Porque saben que hablar es encontrarse a sí mismos. Gandules y vagos que hacen largas pausas en su día para escuchar al otro. Porque saben que escuchar es olvidarse de sí mismos. Pero a los hombres que siempre tienen prisa no se les puede reprochar nada: la vida moderna no les deja tiempo. No hay tiempo para trabajar con tranquilidad y amor. Porque lo verdaderamente importante es hacer el mayor número de cosas en el menor tiempo posible: “Diariamente se explicaban por radio, televisión y en los periódicos las ventajas de nuevos inventos que ahorraban tiempo, que, un día, regalarían a los hombres la libertad para la vida de verdad”.

Momo debe impedir que las cosas empeoren, que el tiempo de los hombres sea todo y por siempre para los hombres grises. Porque quién posee el tiempo de los hombres tiene un poder ilimitado. Claro que Momo tiene miedo: han sido los mismos hombres quienes han convertido el mundo en un lugar donde ya no hay sitio para ellos. Es un mundo en el que los hombres grises lo controlan todo: recorren, incansables, la ciudad, y están siempre ocupados de que nadie pueda retenerlos en la memoria, pues sólo mientras se mantengan inadvertidos pueden hacer su negocio de apropiarse del tiempo de los demás. Los hombres grises enferman al hombre de una muerte llamada aburrimiento: el mundo parece extraño y ya no importa nada, no hay ira ni entusiasmo, alegría ni tristeza. Uno se olvida de reír y llorar. Ya no se puede querer realmente a nadie.

Por eso Momo actúa. Y Michael Ende nos cuenta la manera en que esta niña lo hace: como si toda esta historia ya hubiera ocurrido; como si fuera a ocurrir en el futuro. Momo toma consciencia de que hay riquezas que lo matan a uno si no puede compartirlas. Momo sabe que el verdadero tiempo no se puede medir por el reloj o el calendario, que a veces una hora puede parecernos una eternidad, y otra, en cambio, pasa en un instante. Momo lucha por conseguir que todos se puedan dedicar a cualquier cosa todo el tiempo que necesitan o quieran. Momo desea que todos vuelvan a tener tiempo en cantidad. Por eso se entrega a la batalla. Pero no está sola. La acompañan, nos cuenta Michael Ende, la tortuga Casiopea y el maestro Hora. Momo está desesperada y tiene urgencia por actuar. Exige ir rápido. Pero Casiopea le recuerda un pequeño detalle: cuanto más lento, más aprisa.

*Ende, Michael. (2021). Momo (o la extraña historia de los ladrones del tiempo y de la niña que devolvió el tiempo a los hombres) (Susana Constante, Trad.). México: Santillana. (Obra original publicada en 1973).

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