Guerra en Ucrania: incapacidad, democracias fallidas, futuros próximos, una nueva geopolítica

Se han cumplido dos semanas completas de la invasión a Ucrania. Para entender y comprender cómo hemos llegado hasta aquí, Katharina Pistor echa una mirada al pasado para recordarnos los entresijos que impidieron consolidar una real democracia en Rusia. Por su parte, Mike Davis no deja títere con cabeza: “En un mundo en el que mil oligarcas bañados en oro, jeques multimillonarios y deidades de Silicona gobiernan el futuro humano, no debería sorprendernos descubrir que la codicia engendra mentes de reptiles”, escribe aquí.


De la terapia de choque a la guerra de Putin

Katharina Pistor 

Mientras los tanques rusos combaten en Ucrania a las órdenes de un presidente autoritario, cabe señalar que los ucranianos no son los únicos que ansían democracia. También los rusos han salido a la calle —con gran riesgo personal— para protestar contra el indignante acto de agresión de Vladimir Putin. Pero están librando una batalla cuesta arriba en un país al que nunca se le ha dado la oportunidad de ser democrático.

Cuando se dispuso de esa oportunidad, no la subvirtieron Putin ni su entorno cleptocrático, sino Occidente. Tras el derrumbe de la Unión Soviética hace treinta años, los asesores económicos estadounidenses convencieron a los dirigentes rusos de que se centraran en las reformas económicas y relegaran la democracia a un segundo plano, donde Putin pudo sofocarla fácilmente cuando llegó el momento.

No se trata de una contingencia histórica trivial. Si Rusia se hubiera convertido en una democracia, no habría sido necesario hablar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte y de su expansión hacia el Este, ni habría habido invasión de Ucrania, ni debates sobre si le debe Occidente un mayor respeto a la civilización rusa (como alemana, me retraigo ante esta última proposición, que tiene claros ecos de Adolf Hitler y su autoproclamado liderazgo sobre una “civilización”).

Poderes extraordinarios

Hagamos recuento de la secuencia de los acontecimientos. En noviembre de 1991, el Soviet Supremo (parlamento) ruso otorgó al entonces presidente ruso, Boris Yeltsin, poderes extraordinarios y un mandato de trece meses para lanzar las reformas. Luego, en diciembre de 1991, la Unión Soviética se disolvió oficialmente mediante los acuerdos de Belovezh, que crearon la Comunidad de Estados Independientes. Rusia, Bielorrusia y Ucrania declararon su respeto por la independencia de cada uno.

Rodeado por un pequeño grupo de reformistas rusos y asesores occidentales, Yeltsin aprovechó este momento histórico único para lanzar un programa de “terapia de choque” económica sin precedentes. Se liberalizaron los precios, se abrieron las fronteras y se iniciaron rápidas privatizaciones, todo ello por decreto presidencial.

Nadie en el círculo de Yeltsin se molestó en preguntar si era esto lo que querían los ciudadanos de Rusia. Y nadie se detuvo a considerar si podían desear los rusos primero una oportunidad para desarrollar una base constitucional sólida para su país, o para expresar a través de unas elecciones su preferencia sobre quién debería gobernarlos.

Los reformistas y sus asesores occidentales decidieron sencillamente —e insistieron luego— en que las reformas de mercado debían preceder a las reformas constitucionales. Las sutilezas democráticas retrasarían o socavarían incluso la elaboración de la política económica. Sólo actuando con rapidez —cortando el rabo del perro de un golpe de hacha— se pondría a Rusia en la senda de la prosperidad económica y se mantendría a los comunistas fuera del poder para siempre. Con las reformas radicales del mercado, el pueblo ruso vería beneficios tangibles y se prendaría automáticamente de la democracia.

Desastre sin paliativos

No iba a ser así. La presidencia de Yeltsin resultó ser un desastre sin paliativos: económica, social, jurídica y políticamente. Resultó imposible reformar una economía de planificación centralizada al estilo soviético en el espacio de sólo trece meses. La liberalización de los precios y el comercio no creó mercados por sí sola. Eso habría requerido instituciones legales, pero no hubo tiempo para establecerlas.

Sí, desapareció la escasez extrema y surgieron mercados callejeros por doquier. Pero eso dista mucho de alimentar el tipo de mercados necesarios para facilitar la asignación de recursos de la que dependen empresas y hogares.

Además, la terapia de choque desencadenó trastornos sociales y económicos tan graves y repentinos que puso a la opinión pública en contra de las reformas y de los reformistas. El Soviet Supremo se negó a ampliar los poderes extraordinarios de Yeltsin y lo que ocurrió a continuación acabó sentando las bases para el ascenso del presidencialismo autoritario en Rusia.

Yeltsin y sus aliados se negaron a rendirse. Declararon ilegítima la Constitución rusa existente, de 1977, y Yeltsin procedió a asumir el poder unilateralmente, al tiempo que convocaba un referéndum para legitimar la medida. Pero el Tribunal Constitucional y el Parlamento se negaron a ceder y se produjo una profunda crisis política. Al final, el enfrentamiento lo resolvieron los tanques, a los que llamó Yeltsin para disolver el parlamento ruso en octubre de 1993, dejando un balance de 147 muertos.

A buen seguro, muchos miembros del Parlamento se oponían a Yeltsin y a su equipo y querían acaso volver atrás. Pero fue Yeltsin quien sentó un nuevo y peligroso precedente sobre cómo se resolverían las disputas sobre el futuro del país. Los tanques, no los votos, decidirían. Y Yeltsin y su equipo no se detuvieron ahí. También aprobaron una Constitución que consagraba a un poderoso presidente con fuertes poderes de decreto y veto, y sin ningún tipo de controles y equilibrios serios.

Una conversación reveladora

Todavía recuerdo una reveladora conversación que, como estudiosa de las reformas rusas de la época, mantuve con Dmitry Vasiliev, un alto miembro del equipo de privatización de Yeltsin. Cuando le señalé las deficiencias del proyecto de constitución, me dijo que simplemente lo arreglarían si la persona equivocada ascendía al poder. Nunca hicieron tal cosa, por supuesto, ni podrían haberlo hecho. La declaración de Vasiliev resumía plenamente la idea que los reformistas económicos tenían de la democracia constitucional.

En diciembre de 1993 se aprobó la nueva Constitución mediante un referéndum que se celebró conjuntamente con las elecciones al nuevo Parlamento. Los candidatos de Yeltsin sufrieron una estrepitosa derrota, pero con los nuevos poderes constitucionales del presidente ya asegurados, las reformas económicas continuaron. Yeltsin fue “reelegido” en 1996 mediante un proceso manipulado que había sido planificado en Davos y orquestado por los oligarcas rusos de nuevo cuño. Tres años después, Yeltsin nombró a Putin primer ministro y lo ungió como sucesor suyo.

Puede que democratizar Rusia haya sido siempre una posibilidad remota, teniendo en cuenta la historia de poder centralizado del país. Pero habría valido la pena intentarlo. La desacertada priorización de los objetivos económicos por encima de los procesos democráticos alberga lecciones que van más allá de Rusia. Al optar por el capitalismo en lugar de la democracia como base del mundo posterior a Guerra Fría, Occidente puso en peligro la estabilidad, la prosperidad y, como vemos ahora de nuevo en Ucrania, la paz y la democracia, y no sólo en Europa del Este.


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Tánatos triunfante… (De Biden, Putin y Xi Jinping)

Mike Davis

Para ejercer la hegemonía, ¿es necesario tener grandes propuestas? En un mundo en el que mil oligarcas bañados en oro, jeques multimillonarios y deidades de Silicona gobiernan el futuro humano, no debería sorprendernos descubrir que la codicia engendra mentes de reptiles. Lo que más me llama la atención de estos extraños días —mientras las bombas termobáricas o de vacío queman los centros comerciales y los incendios arrecian en los reactores nucleares— es la incapacidad de nuestros superhombres para ratificar su poder en cualquier relato plausible sobre el futuro próximo.

Según todos los indicios, Putin, que se rodea de tanta astrología, misticismo y perversión como los Romanov, enfermos en fase terminal, cree sinceramente que debe impedir que los ucranianos sean ucranianos, no sea que el destino celestial de la Rus [referencia a los estados eslavos orientales de los siglos X al XIII que «originaron» Rusia, Bielorrusia y Ucrania] sea imposible. Hay que romper el presente para hacer el futuro a partir de un pasado imaginario.

Lejos de ser el hombre fuerte y el maestro de la mentira, admirado por Trump, Orbán y Bolsonaro, Putin es simplemente despiadado, impetuoso y propenso al pánico. La gente que, en las calles de Kiev y Moscú que se burlaba de la amenaza hasta que empezaron a caer los misiles, era ingenua sólo porque creía que ningún líder racional sacrificaría la economía rusa del siglo XXI para levantar un águila bicéfala falsa [el escudo de Rusia] sobre el Dniéper.

En realidad, ningún líder racional lo haría.

En la otra orilla, Biden celebra una sesión ininterrumpida de espiritismo con Dean Acheson [Secretario de Estado entre 1949 y 1953, bajo el mando de Harry S. Truman, fallecido en 1971] y todos los fantasmas de las pasadas Guerras Frías. La Casa Blanca carece de visión en el desierto que ayudó a crear. Todos los think tanks y las mentes brillantes que se supone que guían el ala Clinton-Obama del Partido Demócrata están, a su manera, tan mareados como los adivinos del Kremlin. Ante el declive del poderío estadounidense, no son capaces de imaginar otro marco intelectual que no sea la competencia sobre la cantidad de cabezas nucleares con Rusia y China (casi se puede oír el suspiro de alivio de Putin cuando se vio liberado de la carga mental de tener que pensar en una estrategia global en el Antropoceno). Al final, una vez en el poder, Biden resultó ser el mismo belicista que temíamos que fuera Hilary Clinton. Aunque Europa del Este sirva ahora para distraer la atención, ¿quién puede dudar de la determinación de Biden de buscar la confrontación en el Mar de China Meridional, unas aguas mucho más peligrosas que las del Mar Negro?

Mientras tanto, la Casa Blanca parece haber desechado, como por descuido, su débil compromiso a favor del progresismo. Una semana después del informe más aterrador de la historia [GIEC], que indicaba la destrucción próxima de la pobre humanidad, el cambio climático no fue mencionado en el discurso sobre el estado de la Unión. (¿Cómo podría compararse esta necesidad con la trascendental urgencia de reconstruir la OTAN?) Y Trayvon Martin [el joven afroamericano muerto a tiros en Florida en febrero de 2012] y George Floyd [el afroamericano muerto al ser detenido por la policía en mayo de 2020 en Minneapolis] no son ahora más que animales atropellados que desaparecen rápidamente en el espejo retrovisor de la limusina presidencial, mientras Biden se apresura a asegurarles a los policías que es su mejor amigo.

Pero no se trata sólo de una traición: la izquierda estadounidense tiene su propia cuota de responsabilidad en este triste desenlace. Casi nada de la energía generada por Occupy, Blake Lives Matter y las campañas de Bernie Sanders fue canalizado para repensar las cuestiones globales y para elaborar una nueva política de solidaridad. Tampoco hubo una reconstitución generacional de la capacidad mental radical (I.F. Stone, Isaac Deutscher, William Appleman Williams, D.F. Fleming, John Gerassi, Gabriel Kolko, Noam Chomsky… por nombrar algunos) que apuntaba antaño, como un láser, a la política exterior estadounidense.

La Unión Europea, por su parte, tampoco ha sabido manejar los problemas de caracterización de los tiempos y los fundamentos de una nueva geopolítica. Después de haber firmado su compromiso con el comercio con China y con el gas natural de Rusia, Alemania corre el riesgo de sufrir una dramática desorientación. La coalición enclenque de Berlín está, por decir lo menos, mal equipada para encontrar una vía alternativa a la prosperidad. Del mismo modo, Bruselas, aunque revivida temporalmente por el peligro ruso, sigue siendo la capital de un súper Estado fallido, una unión que ha sido incapaz de gestionar colectivamente la crisis migratoria, la pandemia o a los hombres fuertes de Budapest y de Varsovia. Una OTAN ampliada, atrincherada tras un nuevo muro oriental, es un remedio peor que la enfermedad.

Todo el mundo cita a Gramsci sobre el interregno, pero eso supone que algo nuevo surgirá o podría surgir. Lo dudo. Más bien, creo que debemos diagnosticar un tumor cerebral de la clase dirigente: una creciente incapacidad para llegar a una comprensión coherente del cambio global como base para definir intereses comunes y formular estrategias a gran escala.

En parte, se trata de la victoria del presentismo patológico, en el que todos los cálculos se hacen en función de los resultados a corto plazo para permitirles a los súper ricos que consuman todas las cosas buenas de la tierra durante su vida (Michel Aglietta, en su reciente libro Capitalisme: Le temps des ruptures, subraya el carácter inédito de la nueva fractura generacional sacrificial). La codicia se ha radicalizado tanto que ya no necesita a los pensadores políticos ni a los intelectuales orgánicos, sólo a Fox News y al ancho de banda. En el peor de los casos, Elon Musk tendrá que encabezar una emigración de multimillonarios hacia otro planeta.

También puede ser que nuestros dirigentes estén ciegos porque carecen de la visión penetrante de la revolución, burguesa o proletaria. Una época revolucionaria puede vestirse con trajes del pasado (como explica Marx en El dieciocho brumario), pero se define a sí misma reconociendo las posibilidades de reorganización de la sociedad que surgen de las nuevas fuerzas tecnológicas y económicas. En ausencia de una conciencia revolucionaria externa y de la amenaza de insurrección, los viejos órdenes no producen sus propios (contra)visionarios.

(Sin embargo, permítanme señalar el curioso ejemplo del discurso de Thomas Piketty del 16 de febrero en la Universidad de Defensa Nacional del Pentágono. En el marco de una serie de conferencias periódicas sobre «La respuesta a China», el economista francés argumentó que «Occidente» debe desafiar la creciente hegemonía de Pekín abandonando su «anticuado modelo hipercapitalista» y promoviendo en su lugar un «nuevo horizonte igualitario y emancipador a escala mundial». Un lugar y un pretexto extraños para pregonar el socialismo democrático).

Mientras tanto, la naturaleza retoma las riendas de la historia y efectúa sus propias compensaciones titánicas, a expensas de los poderes, especialmente sobre las infraestructuras naturales y artificiales, que los imperios creían controlar. En este sentido, el «Antropoceno», con sus alusiones a lo prometeico, parece particularmente inapropiado para la realidad del capitalismo apocalíptico.

A manera de objeción a mi pesimismo, se podría argumentar que China tiene visión de futuro, allí donde todos los demás son ciegos. Sin duda, su amplia visión de una Eurasia unificada, el proyecto «Belt and Road» [literalmente, «cinturón económico de la ruta de la seda], es un gran proyecto de futuro, que no tiene parangón desde que el sol del «siglo americano» salió en un mundo devastado por la guerra. Pero el genio de China, de 1949 a 1959 y de 1979 a 2013, ha sido su práctica neo mandarina de liderazgo colectivo, centralizado pero plurívoco. Xi Jinping, en su ascenso al trono de Mao, es el gusano dentro de la manzana. Aunque haya reforzado la influencia de China, económica y militarmente, su exabrupto irresponsable de ultranacionalismo podría aún abrir una caja de Pandora nuclear.

Vivimos en una edición de pesadilla de «Los grandes hombres hacen la historia». Pero, a diferencia de lo que ocurría en la antigua Guerra Fría, cuando los politburós, los parlamentos, los gabinetes presidenciales y los estados mayores contrarrestaban hasta cierto punto la megalomanía en la cumbre, hay pocas válvulas de seguridad entre los grandes líderes de hoy y el Armagedón. Nunca antes se había puesto en tan pocas manos tal fusión de poder económico, mediático y militar. Esto debería incitarnos a visitar las tumbas de héroes como Aleksandr Ilyich Ulyanov, Alexander Berkman y el incomparable Sholem Schwarzba.

[Katharina Pistor es profesora de Derecho comparado de la Universidad de Columbia y directora de su Center on Global Legal Transformation; es autora de El código del capital / Cómo crea la ley riqueza y desigualdad.]
[Mike Davis es un reconocido sociólogo, historiador, teórico urbano y activista político estadounidense. Es miembro del comité de redacción de la New Left Review y de Sin Permiso, así como colaborador de la Socialist Review.]
El artículo de Katharina Pistor, “De la terapia de choque a la guerra de Putin”, apareció en Social Europe; la traducción es de Lucas Antón para Sin Permiso. “Tánatos triunfante”, el artículo de Mike Davis, fue publicado en ‘Sidecar’, el blog de New Left Review; la traducción es de Rubén Navarro para Correspondencia de Prensa. Ambos artículos son reproducidos aquí bajo la licencia Creative Commons.

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