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La poesía empieza donde acaban las palabras: las poetas y el diccionario

De poetas y lexicógrafas que han intentado nombrar sentimientos, experiencias y saberes silenciados nos habla, en este texto, Olvido Andújar. Docente en la Universidad Complutense de Madrid, feminista, poeta, cocinillas y catadora de vino, Andújar no sólo nos ofrece una probadita de la obra de varias mujeres —quienes se encargan de recordarnos que con la palabra nombramos el mundo y nos reconocemos en él—, sino que nos presenta a Diccionaria una, un glosario que ofrece 181 palabras con “realidades femeninas innombrables”. Se trata de una obra colectiva que, “como una reunión junto al fuego”, han tejido juntas las integrantes de la asociación feminista Genialogías, “huyendo del carácter normativo y buscando la caricia sorora y verbal con sus definiciones”.


Olvido Andújar


María Moliner es, probablemente, la lexicógrafa más conocida y respetada de nuestra historia filológica, estuvo 15 años trabajando en uno de los diccionarios más completos e interesantes de la lengua española. La primera versión y edición se publicó entre los años 1966 y 1967. Dos tomos y más de tres mil páginas que se adelantaban unos cuantos años a la forma que tenemos de navegar en internet. Cada entrada te lleva a otra, como cada clic nos lleva a otra publicación. En su obra magna, Diccionario de uso del español, incorpora, junto a “diccionario”, la palabra “diccionarista”, que define como “Léxicógrafo. Persona que hace un diccionario”.

Cuando María Moliner construyó su diccionario, no existía la palabra “lexicógrafa”. Sin embargo, sí existía “feminismo”, que Moliner definía en la primera versión de su diccionario como “doctrina que considera justa la igualdad de derechos entre mujeres y hombres. Movimiento encaminado a conseguir esta igualdad”.

En 1972, fue candidata a ocupar una de las sillas de la Real Academia Española (RAE), pero, como le había pasado ya a otras mujeres, no consiguió que la aceptaran. Así había sucedido en 1853, cuando la RAE denegó la entrada de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Y también en 1889, en 1892 y en 1910, cuando rechazaron en tres vergonzantes ocasiones a Emilia Pardo Bazán. Así que, cuando en 1972, la candidatura de María Moliner perdió frente a la de Emilio Alarcos Llorach, no supuso una gran sorpresa para nadie. Habría sido la primera académica de la RAE, pero tendríamos que esperar seis años más para que Carmen Conde se alzara con ese título en 1978. La RAE se había fundado en 1713. Esto es, tardaron 265 años en permitir que una mujer se sentara en la academia.

Hace unas semanas se incorporaba, a la silla D, Dolores Corbella, catedrática de Filología Románica y la primera académica canaria de la RAE. Corbella se definía en una entrevista como “lexicógrafa”, y añadía: “Una palabra que el Diccionario solo recogió a partir de 1984”.

La lexicografía, como disciplina, viene de leksikós (λεξικόν), “colección de palabras de una lengua”, y gráphein (γραφειν), “escribir”. La lexicografía, por tanto, es la técnica de coleccionar palabras. O la técnica de recolectar las palabras lo suficientemente importantes como para entrar a formar parte del léxico de una lengua. Y si hay quien escribe relatos, poemas, ensayos… también hay quien escribe diccionarios. María Moliner, que sabía que la palabra “lexicógrafa” no estaba aceptada, utilizó con acierto “diccionarista” que, como la mayoría de términos que terminan en -ista, son de género común. Abolicionista, activista, alquimista, anarcosindicalista, artista… y un montón de voces más, no entienden de flexión de género, porque designan a todas las realidades. No entenderíamos un activisto, por ejemplo. Cuando estas palabras han flexionado en masculino, lo han hecho buscando un prestigio viril y diferencial que, entendían, no aplicaban al genérico. Modisto/modista, por ejemplo, es una diferenciación que hacen quienes luego ridiculizan el jueza.

Las palabras, y su recolección en glosarios, también han pertenecido a la esfera masculina. Los diccionarios elaborados por hombres se conocen por su apellido. Valgan como ejemplos el Corominas o el Casares. Pero cuando quien lo elabora es una mujer, se le añade también el nombre. El María Moliner, que no el Moliner. Son pocas, y tremendas, las mujeres que han dedicado su vida a coleccionar palabras.

La letra S de la RAE la ocupa la lexicógrafa Paz Battaner. Son de su autoría, entre otros, el Diccionario de uso del español de América y España (Vox, 2002); Lema. Diccionario de Lengua Española (Vox, 2001) o el Diccionario de Primaria. 9-12 años (Anaya / Vox, 1992).

La helenista Elvira Gangutia ha sido responsable de obras como Sobre el vocabulario económico de Homero y Hesiodo (CSIC, 1969); Vida/muerte de Homero a Platón: estudio de semántica estructural (Instituto Antonio de Nebrija, 1977), el Diccionario Griego-Español (1965) o Cantos de mujeres en Grecia (Ediciones Clásicas, 1994).

Inés Fernández Ordóñez ocupa el sillón P de la RAE y dirige, desde 1990, el Corpus Oral y Sonoro del Español (COSAR), formado con la colaboración de varias generaciones de sus estudiantes.

Natalia Mijáilovna Firsova (Наталия Михайловна Фирсова) (1929-2013) nació en un Moscú que pertenecía a la Unión Soviética y fue autora de diversas investigaciones sobre diccionarios ruso-españoles.

Eliza Grew Jones (1803-1838) fue una misionera y lexicógrafa estadounidense que creó una escritura romantizada para el siamés. Además, fue la autora del primer diccionario siamés-inglés.

Y podríamos seguir citando nombres: Josette Rey-Debove (1929-2005), que fue la primera lexicógrafa francesa y autora, entre otras obras, de Dictionnaire alphabétique et analogique de la langue française (Le Grand Robert), una obra en coautoría de seis volúmenes y referencia internacional para la elaboración de diccionarios con representación morfosemántica, y de Le Petit Robert (1967), el diccionario escolar por excelencia; la también francesa Noémi-Noire Oursel (1847-fallecimiento desconocido) que firmó, en 1886, la Nouvelle Biographie normande; Flora Osete (1883-fallecimiento desconocido), que realizó el Gran diccionario de la lengua castellana (1902-1932); Esther Martinez (1912-2006), lingüista y cuentacuentos, responsable del San Juan Pueblo Tewa Dictionary (1982); María Vaquero (1937-2008), que fue académica correspondiente de la RAE y de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) e investigó sobre dialectología y lexicología del español caribeño; Natalia Mijéyeva (1954), autora del Diccionario Español-Ruso y Ruso-Español para todos, en coautoría con Natalia Firsova; o Miriam Urkia González (1965), doctora en Filología Vasca, especializada en lexicografía y nuevas tecnologías y académica de Euskaltzaindia, la Academia de la lengua vasca, quien recibió en 2019 el Premio Pluma de Oro por su contribución al euskera.

Que no reconozcamos sus nombres, no significa que no hayan existido, sólo nos demuestra qué necesaria es la genealogía y la memoria.

“Mi mundo está lleno de cosas que no tienen nombre”, se oyó en una reunión de la asociación feminista de mujeres poetas Genialogías, con i. A nuestro mundo le faltan voces que nombren el “alumbre”, el “arrorró”, el “cuerpeo” o la “femirada”. Y, unidas en esta búsqueda de palabras, las poetas de Genialogías se pusieron a trabajar hasta que, hace unos meses, veía la luz la obra Diccionaria una (Genialogías / Ediciones Tigres de Papel, 2021). Se trata de una obra que da respuesta al esfuerzo y trabajo colectivos, a la preocupación y la orfandad de palabras. Hay mucho amor en cada entrada, se ha discutido cada acepción para que nuestro mundo pueda ser, cada vez, más nombrado. Como una reunión junto al fuego, las mujeres han tejido juntas, huyendo del carácter normativo y buscando la caricia sorora y verbal con sus definiciones.

Tras esta Diccionaria una hay mujeres, hay una asociación pequeña y una editorial independiente y maravillosa (Tigres de Papel). Unos meses después, un gigante editorial saca un libro con el mismo título, mismo color, pero espíritu contrario. El segundo no homenajea el mundo de la mujer que carece de nombre, sino que hace una burla zafia de lo femenino. No es casual. Al gigante editorial se le avisó de la existencia del primer libro, pero la respuesta fue el silencio y la ignorancia.

Ilustración de Sra. Milton / Pikara Magazine.

En Diccionaria una se define “diccionaria” como la “recolección y siembra de palabras con que las mujeres nombran sentimientos, experiencias y saberes silenciados o no expresados antes de forma satisfactoria para ellas”.

Las poetas, como las lexicógrafas, han intentado nombrar esos sentimientos, experiencias y saberes silenciados.

Marta Marco Alario (Guadalajara, 1979) publicó en Las flores y el yelmo (Huerga y Fierro, 2019) un poema que vincula la paz y la palabra. En el momento de escribir este artículo, la guerra y la paz vuelven a helarnos la sangre:

Las (trece) rosas

No quiero
que mi hijo desfile,
que los hijos de madre desfilen
con fusil y con muerte en el hombro;
que jamás se disparen fusiles
que jamás se fabriquen fusiles.
(Ángela Figuera Aymerich)

Escribo mi nombre con letras de sombra y agua.
Dibujo mis miedos con pinceles de noche y sal.
Con fuerza de ámbar y asombro.
Con arraigo de nogal.
Imploro una paz sin batallas.
Y mil palabras.
Auguro días llenos de noche
y noches que duermen bajo mis sábanas.
Presiento palabras que cuelgan a media asta
y sones sin himnos que emanan de cálices vacíos.
Relumbra a lo lejos el cainismo patrio.
Resuena a lo lejos el ladrido de los perros.
Retumba un tambor.
El muchacho, al borde de la tapia, cae al suelo.
El olor de la sangre inflama el aire
y se oye,
el dolor seco de una madre que se rompe.
Y yo escribo mi nombre con letras de sombra y agua.
Y siento la aspereza de la soga
desecándome la garganta,
vaciándome de palabras
y asfixiando mis ansias de paz.
Pido la paz,
aunque sea con palabras.

También sobre la guerra nos habla Bibiana Collado Cabrera (Burriana, 1985), quien apunta cómo el opresor domina la lengua y las acepciones. En Violencia (La Bella Varsovia, 2020), propone este texto:

La palabra despecho

La palabra despecho constituye
un éxito del lenguaje
—y el lenguaje siempre es patrimonio del opresor—.
La palabra despecho desactiva
todo discurso, anula cualquier
fisura. Convierte en indecible
la quemazón que origina la cuerda.
La palabra despecho produce Casandras,
dibuja márgenes, construye afueras
donde replegarse, rincones de pensar
que nos convenzan de que todo era válido
durante la guerra pero la guerra ha acabado.
El lenguaje nos niega la rabia del vencido,
condenándonos al llanto blando de la pérdida,
borrando cuidadosamente cada uno
de los trazos infringidos sobre el cuerpo-alfabeto
de mi lengua.
La palabra despecho no me deja decir
la palabra víctima.

La palabra sirve para hablar de la guerra, para encontrar la paz y también para sanar. Y así lo vio la argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972):

La palabra que sana

Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa.

Con la palabra nombramos el mundo y nos reconocemos en él. Y también buscamos la belleza que a veces nos sana y nos trae la paz. Así lo cuenta la poeta María García Zambrano (Elda, 1973), en un poema del que extraemos este  segundo fragmento:

La belleza

II
Cuanto sé de la belleza se aloja
en la palabra Árbol
la rama de una latitud crecida     en la columna
la raíz
o símbolo
de la supervivencia.
De la belleza reconozco el grito
sobre la genealogía antigua
de los tullidos.
Y aprendo extramuros:
la soledad no es un idioma que habiten las aves.

La argentina Marisa Martínez Pérsico (1978) ha publicado recientemente Principios y continuaciones (Pre-Textos, 2021), donde reflexiona sobre la palabra y el sentido de las cosas.

Las palabras y las cosas

Visitamos, María, un país ajeno
ahora que sabes leer.
No hay cartel que no infrinja la aduana de tus ojos:
«Bistro Viena» «Muzeul de Istorie» «Anticariat»
Vas deletreando el mundo con sorpresa,
cansada y balbuciente mientras fundas
una antigua ciudad por la palabra.
«Sa-tu / ma-re» «Ba-ia / ma-re» «Stru-del / me-re»
Sentirás en el cuerpo el desengaño,
que es un arco tendido
entre el verbo y la idea,
lo arbitrario que anuda los nombres a las cosas
en futuros destinos que te aguardan.
¿Qué nos dice una imagen acústica de un sueño?
¿De la risa? ¿El silencio? ¿Las mentiras?
¿De un perfume?
¿Del color azafrán?
«Biserica» «Patimilor» «Catedrala»
De la mano cruzamos las esquinas de un idioma extranjero.
No basta un alfabeto
para encontrar sentido.

Y sobre las palabras y sus vestidos según el contexto, reflexionaba Mercedes L. Caballero (Córdoba, 1975) en Al final de las letras (Editorial Ménades, 2021):

Caligrafía

Un rastro de humo gravita en la lengua,
frío hartazgo estrangulador de signos.
Discursos enfundados en mallas de níquel,
la osadía, este cansancio.
Jamás las palabras lamentaron tanto un contexto.

Marta Eloy Cichocka (Cracovia, 1973), incluía en En jaque, poemas selectos, con traducción de Abel Murcia, este poema de su libro Wejście ewakuacyjne (“Entrada de evacuación”) de 2003:

donde acaban mis palabras

la poesía acaba allí donde empiezo yo
y mis torpes cimas mis engañosos valles
los rayos de sol en los pasillos del iris
treinta grados bajo cero treinta grados
a la sombra
de las alas del ángel de la guarda de una historia totalmente
distinta con la boca como huesos de arrogantes albaricoques
de teñidos melocotones cerrada por los siglos
de los siglos aparentando la mejor de las monedas en las cadenas
de tus brazos
condenados al exterminio como Venecia y París
como peregrinajes borrachos de caracoles cornudos
a través de la carretera húmeda a través de la palma seca
de la mano que silenciará este poema y entonces finalmente
podremos quedarnos dormidos
la poesía empieza donde acaban mis palabras

Rosa Silverio es una poeta dominicana, Premio Nacional de Poesía de su país, y residente en Madrid. Ha escrito algunos de los poemarios imprescindibles de la poesía contemporánea, como Matar al padre (2014) o Invención de la locura (2017). En Mujer de lámpara encendida (2016) se incluía este alegato a las mujeres y las palabras:

Una mujer puede cantarle a cualquier cosa

Una mujer puede cantarle a su casa
a la silla
a la pata de la silla
o a su mesa
a todo cuando vive y existe
a la intimidad y al deterioro
al silencio… sobre todo el silencio
a lo que ha callado durante tantos siglos y ahora nombra
Una mujer puede escribir cualquier cosa
escribir, por ejemplo, de todo lo que no han dicho sus predecesoras
hablar del mar, de las sombras, de la luz
del dolor que siempre le acompaña
de la canción no aprendida por la estrella
del escandaloso río que lleva en su espalda
del pan que amasa, del fruto que arde
de la violencia que la ha roto en mil pedazos
porque una mujer libre puede hablar de su sangre
y de su muerte
de lo que oculta debajo de su falda
del vacío, de todos los vacíos
y de la jaula del pájaro que habita su cabeza
Una mujer puede cantarle al amor y a la patria
como le canta al sexo y a la piedra
como le canta al miedo que la oprime
al espejo que la empequeñece cada día
al desastre, a la fiebre y al delirio
Una mujer puede escribir sobre el padre y burlarse de los dioses
puede además cerrar los ojos y derramar alguna lágrima
puede permitirse parir y tener hijos
o clausurar su útero con ceniza y aguacero
puede, también le está permitido
rescatar el lenguaje, amarlo
o desmembrarlo sin piedad en un poema
Una mujer que le canta a su casa
a la silla
a la pata de la silla
o a su mesa
puede escribir de la negación o el reconocimiento
puede consumarlo todo, beberlo todo
orarle a Dios o desafiar a la manada
porque una mujer que canta ya no es sombra, ni cárcel, ni cerrojo
sino una ventana desde la que se reparan todos los silencios
y se construyen al fin todas las palabras.

Al final de su vida, María Moliner desarrolló arteriosclerosis cerebral, una enfermedad que le provocaba pérdida de memoria. La bibliotecaria que creó la joya lexicográfica del español se olvidó de las palabras que había ido recogiendo para nombrar nuestro mundo.

La asociación Genialogías publicaba hace unos meses un Diccionaria una para nombrar todo aquello que no tenía nombre y que no podíamos encontrar en el diccionario, como la propia “genialogía”, que definen con una triple acepción: “1. Ágora de las mujeres poetas que reconocen, valoran y nombran su origen y su tradición. 2. Lugar imaginario que busca espacio en la topografía real; es logos de la genia y es apertura y revisión del logos. 3. Casa de las mujeres».

Sirva este artículo como abrazo-homenaje a todas las casas de las mujeres que han sido alguna vez un diccionario, una reunión junto al fuego, una antología o la Pikara Magazine.

Texto publicado originalmente en Pikara Magazine; reproducido aquí con autorización.

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