La gloria y el infierno

Constanza Ordaz continúa su revisión de los sonidos africanos: “La música africana nutre en vigor las vertientes fundamentales que se ensayan con éxito en el gran mercado de las grabaciones. Hoy ningún agrupamiento o cantante oriental u occidental, que se jacte de poseer un poco de vanguardia, puede soslayar la influencia ejercida por los grandes maestros africanos”.


Nuevo empresariado

Después de décadas de composición local, los músicos africanos lograron revitalizar el entusiasmo adormecido de sus propias audiencias e hicieron de la emigración y exportación de sus bienes musicales una condición indispensable de su éxito.

Si la colonización del continente por las potencias europeas pudo compensar a los enterados con nuevos instrumentos y técnicas musicales, la producción discográfica se antepuso como meta inmediata para abrir el camino de los músicos del continente africano.

Pero he aquí la gran trampa: pretender llenarse de universo con nuevas vivencias, experimentaciones y acompañamientos, que a la postre redundarían en una riqueza instrumental y polifónica, tendría su correlato en la parafernalia comercial, cuyo vientre venía cargado de empresarios con astucia pirata y gángsters mediáticos.

Este proceso contradictorio, destacado con contundencia, puede estudiarse en el presente fragmento del libro La música es el arma del futuro (Fifty years of African Popular Music, de Frank Tenaille, Editorial Lawrence Hill Books, Chicago, 2002).

Un aprendizaje instrumental desde cero

En 1940 el saxofonista E. T. Mensah aprendió de un sargento escocés “los métodos correctos de entonación, vibrato, boquilla y control de la respiración”, incorporándose a su banda para tocar swing y jazz en los cuarteles de las tropas aliadas. Después de la guerra, Mensah aplicó su experiencia al enriquecimiento del highlife con su grupo Los Tempos.

El konkoma fue otro estilo rural basado en las charangas militares, pero utilizando voces, kazoos e instrumentos locales a falta de instrumentos de viento importados, que despertó gran afición y proporcionó un ingrediente más al highlife en los años cuarenta.

La intervención de Europa en África se caracterizó también por la explotación comercial. Desde luego, el ejemplo más grotesco fue el tráfico de esclavos, que reducía a los africanos a meros bienes transferibles. No sólo eso, desde el siglo XVII África ha sido un mercado para los productos europeos de desecho; si entonces se trataba de sábanas, fusiles y uniformes, ahora era de medicamentos anticuados. En recompensa, Occidente ha recibido con agrado los recursos naturales de África a bajo precio. En nuestro siglo, este capitalismo voraz ha visto en la música africana otra fuente de beneficios, pues como sentencia el camerunés Manu Dibango: “En África, el petróleo es la música.”

Colisiones con Europa

Ya en 1912 el primer disco africano, grabado en Johannesburgo, desencadenó una lucha entre las principales compañías europeas por este nuevo mercado, aunque su compromiso no se capitalizó con prontitud. Fueron pocos los estudios o compañías discográficas que se fundaron en África y con la posterior retirada de los poderes coloniales, los nuevos países independientes se quedaron con una infraestructura frágil para desarrollar su propia industria de discos. Además, los músicos que han conseguido grabar en estas circunstancias se enfrentan a la amenaza de una piratería desaforada que, actualmente, mueve una facturación calculada en cientos de millones de dólares al año en África.

Hasta antes de las aplicaciones digitales, en muchos países los copistas de discos operaban impunemente en tiendas o mercados y los músicos se indignaban por la falta de protección legal, conferida por sus propios gobiernos.

Destinos inciertos

La música africana nutre en vigor las vertientes fundamentales que se ensayan con éxito en el gran mercado de las grabaciones. Hoy ningún agrupamiento o cantante oriental u occidental, que se jacte de poseer un poco de vanguardia, puede soslayar la influencia ejercida por los grandes maestros africanos.

Las orquestas y los intérpretes africanos navegan por el mundo con un sello de discreción mientras los superestrellas, aupados con presupuestos millonarios, se llenan los bolsillos de billetes verdes.

¿Es la marginalidad la verdadera esencia del arte? ¿Es la pobreza económica el síndrome perfecto del músico más imaginativo y espiritual? ¿O es que, simplemente, no ha concluido la colonización de África? O todavía peor: ¿cuál es el destino comercial ofrecido a todo músico originario de un país subordinado y periférico: el infierno o la gloria?

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