El secreto de la ciencia es generar buenas ideas y ponerlas rigurosamente a prueba

Ruy Pérez Tamayo (1924-2022).

El pasado 27 de enero falleció, a los 97 años de edad, Ruy Pérez Tamayo. Profesor emérito de la Facultad de Medicina de la UNAM, Investigador Nacional de Excelencia del SNI, miembro de El Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de la Lengua, fue fundador de la Unidad de Patología de la Facultad de Medicina en el Hospital General de México. Sus innumerables aportaciones no sólo sucedieron, una a otra, en el campo de la medicina, sino en el campo de la ciencia en general. En el siguiente texto, su autor esboza a un humanista, a un científico, a un docente, a un escritor y melómano que siempre quiso mantenerse joven y cuyo nombre era Ruy Pérez Tamayo.


En vida, Ruy Pérez Tamayo publicó casi un centenar de libros. Pero su ímpetu editorial no se acaba. Ni siquiera ahora que ya no está con nosotros. Al menos una obra más debe estar esperando su turno. En 1983, bajo el amparo de El Colegio Nacional, Ruy Pérez Tamayo entregó a la imprenta su autobiografía intitulada La segunda vuelta. En ella contó su historia personal como científico hasta 1973. Ahora que ha fallecido, quizá veremos pronto La tercera vuelta, su autobiografía personal completa, que comenzó a escribir hace casi una década. Se trata de un trabajo en el que, según me contó en una ocasión, ponía un montón de hechos y anécdotas tal y como los recordaba, sin olvidarse, desde luego, de dar nombres y apellidos. Pero, eso sí, advirtió: “Este libro no será publicado hasta después de mi lamentada muerte”. O sea que por muchos años mantuvo un as bajo la manga, el cual no mostró empacho en revelar, además, empuñando su característico humor punzocortante.

La muerte del investigador, humanista y, sobre todo, científico Ruy Pérez Tamayo ha sido, en efecto, muy lamentada en los últimos días, tal y como nos lo adelantó con picardía en 2014, en una plática que sostuvimos en ocasión de sus 90 años de vida. Páginas y páginas de medios impresos y electrónicos han sido empleadas para recordarlo desde que partió, hace poco más de una semana. Varias horas suman los tiempos de radio, televisión y medios digitales usados en recordar su legado. Y al pensar en ese humor irónico y punzante que lo caracterizaba y que hacía palidecer a cualquiera, como escribió Malva Flores en un sentido artículo sobre Ruy Pérez Tamayo para la revista Literal; al hacer presente ese incisivo sentido del humor que poseía, tal como apuntara el maestro Adolfo Castañón en su cálido obituario para Letras Libres, uno no puede dejar de pensar que el eminente patólogo planeó muy bien dónde lo hallaría el final del camino: mirando al mar. Si por azares de la existencia había nacido en un puerto del noreste nacional que da al Golfo de México (Tampico, Tamaulipas, el 8 de noviembre de 1924), decidió que se marcharía, nada más por incordiar a la vida, mirando hacia el lado contrario, en un puerto del noroeste mexicano que da al Océano Pacífico (Ensenada, Baja California, el 27 de enero de 2022).

Ruy Pérez Tamayo quiso pasar por el mundo siendo siempre joven. Y, al parecer, lo logró. A sus noventa y pico años seguía jugando un partido de tenis dos veces por semana, bebiendo un whisky en las rocas antes de cenar, gozando de la música y de la literatura en sus variadas formas, y, claro, ocupando su mente en toda clase de actividades relacionadas con la ciencia: investigación, docencia, divulgación, formación de futuros científicos, administración, creación y promoción de proyectos e instituciones. Tenía motivos muy claros por los que se dedicaba con tanta pasión a esta labor, y todos ellos los compartió alguna vez en el libro Diez razones para ser científico (FCE):

⠀⠀⠀“1. Para hacer siempre lo que me gusta”.

⠀⠀⠀“2. Para no tener jefe en el trabajo”.

⠀⠀⠀“3. Para no tener horario de trabajo”.

⠀⠀⠀“4. Para no aburrirme en el trabajo”.

⠀⠀⠀“5. Para usar mejor mi cerebro”.

⠀⠀⠀“6. Para que no me tomen el pelo”.

⠀⠀⠀“7. Para hablar con otros científicos”.

⠀⠀⠀“8. Para aumentar el número de científicos en México”

⠀⠀⠀“9. Para estar siempre bien contento”.

Y, claro, el número 10:

⠀⠀⠀“Para no envejecer”.

Precisamente, con relación a varias de estas razones, Ruy Pérez Tamayo nos dijo alguna vez que…

La independencia intelectual en el aspirante a investigador se alcanza alejándose, en primer lugar, de las gentes que no creen en esta independencia; luego, generando sus propias ideas, aunque se debe reconocer que no todos los científicos son capaces de generar ideas, y sobre todo buenas ideas.

Que…
… Hay investigadores que manejan a sus asociados como esclavos; “yo conozco a varios”, decía. Lo que significa que estos investigadores se aprovechan de sus estudiantes de posgrado para que realicen la engorrosa pero necesaria talacha que ellos no quieren hacer.

Que…

… El secreto de la ciencia (que es también el secreto para no tener jefe) es, precisamente, generar buenas ideas y ponerlas rigurosamente a prueba. Y para tener buenas ideas, Linus Pauling, dos veces ganador del Premio Nobel (de Química, en 1954, y de la Paz, en 1962), recomendó un método que siempre le funcionó a él: el primero consistía en tener muchas ideas y eliminar las malas; y el segundo, que usaba con frecuencia cuando el primero le fallaba, era preguntarle a su esposa, pues ella siempre tenía muy buenas ideas sobre todas las cosas.

Que…

… Cuando Ruy Pérez Tamayo empezó a hacer ciencia [allá por 1943, en su primer año como estudiante de medicina en la UNAM, trabajando con Raúl Hernández Peón, un compañero de generación que quería ser fisiólogo y que tenía un laboratorio en el sótano de su casa] no había nada que fuera siquiera cercano al actual Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), por lo tanto no había reconocimiento o nombramiento de investigadores.

Que…

Ruy Pérez Tamayo. / Ilustración de José Quintero.

… Los primeros investigadores de tiempo completo que empezaron a vivir bien fueron nombrados hasta 1961, en el Cinvestav, el primer centro en donde un investigador que trabajaba ahí se podía comprar un Volkswagen con lo que le pagaban al mes.

Que…

… Él, al lado de otros investigadores, tuvieron que inventar y crear instituciones como el ya citado Conacyt, el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) o el primer diseño de la Academia Mexicana de las Ciencias; él, al lado de otros investigadores, formaron maestros, elaboraron programas de estudio, participaron en la fundación de instituciones de excelencia; es decir, que todas las iniciativas importantes de progreso de la comunidad científica las hizo la propia comunidad científica, no fueron, por lo tanto, ni del PRI ni del gobierno.

Que…

… En el año 2000 había casi siete mil 500 miembros en el SNI, en 2014 había más de 15 mil y para 2021 Ruy Pérez Tamayo calculaba que serían 28 mil [en 2020 el padrón de beneficiarios del Conacyt reconocía 33 mil 65 investigadores como parte del SNI]; es decir, ha habido un crecimiento sostenido, aunque comparado con otros países más desarrollados todavía estamos muy mal.

Que…

… El desarrollo de nuestra sociedad va a depender, como ya está dependiendo ahora, del conocimiento, así que mientras más sepamos sobre el mundo que nos rodea más vamos a utilizar ese conocimiento para nuestro beneficio, pues lo que determina la calidad de vida de la sociedad es lo que ésta sabe, la información que tiene sobre la realidad. En la antigüedad lo que contaba y lo que se conocía era lo que las personas se podían imaginar. En la Edad Media la religión y el contacto con lo sobrenatural tenían la mayor influencia. Hoy, gracias a la ciencia, conocemos la realidad.

Que…

… La división que se hace entre ciencia básica y aplicada fue de seguro la ocurrencia de un economista o un administrador, no de un científico, pues tal distinción implica que la ciencia básica no tiene aplicación y la ciencia aplicada sí. Pero esto es falso. La mal llamada ciencia básica también tiene un uso. ¿Para qué sirve el conocimiento de hoy si no para genera más conocimiento mañana? O sea, es un instrumento de trabajo.

Que…

… Cualquier tipo de conocimiento que aspire a ser considerado ciencia debe respetar seis puntos que él denomina “las reglas del juego de la ciencia”: 1. No decir mentiras; 2. No ocultar verdades; 3. No apartarse de la realidad; 4. Cultivar la consistencia interna; 5. No rebasar el conocimiento; y 6. Los hechos también se equivocan. Con relación a este último punto, a Ruy Pérez Tamayo le gustaba recordar al sabio fisiólogo mexicano Arturo Rosenblueth, quien por medio de un letrero colocado de manera muy visible en su laboratorio advertía a colegas y alumnos que en ese lugar “el único que siempre tiene la razón es el gato”.

Que…

… Además del deporte, parte fundamental de su vida fue la música y la literatura. La primera la escuchaba, la disfrutaba y se podría decir sin exagerar que vivía en ella, aunque nunca tocó ningún instrumento, a pesar de que su padre fue violinista concertista. Por lo que como buen melómano absolutamente dedicado, en su casa no tenía televisión ni radio, sólo iPods con música clásica y bocinas para escucharla todo el tiempo. A la literatura le dedicaba la tarde y la noche, las cuales ocupaba para leer y escribir. Le interesaba mucho la filosofía e incursionó en ella con textos sobre filosofía de la ciencia.

Que…

… La mayor parte de su vida laboral, es decir, más de medio siglo, la dedicó a investigar problemas relacionados con el hígado, con la cirrosis hepática específicamente, un padecimiento que llena este órgano de cicatrices, de fibras colágenas, que son las que hacen la piel [cuando la colágena, que es una proteína, se calcifica, forma también los huesos]. Su propósito era saber cómo curar a un enfermo que tiene cirrosis hepática, cómo quitarle las cicatrices, cómo se puede manejar el tejido intercelular, el que está entre las células, averiguando todo los mecanismos de depósito y reabsorción del tejido fibroso. Sobre este tema, Ruy Pérez Tamayo escribió un libro que se llama En busca de la morfostasis: ensayo de una autobiografía científica [El Colegio Nacional].

Y que…

… Sus antecedentes genéticos (su madre murió a los 98 años y su bisabuela materna a los 102 años) lo llevaron a tener siempre planes para seguir haciendo investigación científica por 150 años más. Era incansable. Y eso que don Ruy Pérez Tamayo escribió más de mil artículos originales y fue autor, como ya se dijo, de casi un centenar de volúmenes de ciencia y divulgación (la mayor parte publicados por El Colegio Nacional, la UNAM, el FCE y la editorial Siglo XXI); y eso que publicó más de 170 artículos científicos; y eso que hablaba perfectamente español (fue parte de la Academia Mexicana de la Lengua), inglés, alemán, francés e italiano; y eso que desde 1994 era profesor emérito de la Facultad de Medicina de la UNAM y que desde 1984 hasta poco tiempo antes de su fallecimiento dirigió el Departamento de Medicina Experimental de esta misma facultad. Así que, con todo y esto, aun con sus inconmensurables logros, cada año era lo mismo: don Ruy insistía con una pícara risita, orgulloso y satisfecho, que seguía teniendo planes para los próximos 150 años.

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