“Creo en los milagros del alcohol”

Cinco años sin Eusebio.

Publicó una cincuentena de libros que abarcan la poesía, el cuento, la novela, el ensayo y la dramaturgia, entre otros géneros. Colaboró, además, en un sinfín de periódicos y revistas culturales, y también fue el animador de talleres literarios donde compartió su sabiduría. Melómano de sangre y herencia, nació en Guadalajara en 1951 y falleció en febrero de 2017. A cinco años de su partida, queremos recordar aquí al querido Eusebio Ruvalcaba…


I

Ha pasado ya un lustro. Han pasado cinco años desde su partida de este mundo, y aún conservo en mi celular su número de celular. Supongo que con la esperanza de que un día de estos, cualquiera, del otro lado de la línea escucharé su voz diciéndome que debemos finiquitar esos drinks que nos quedaron pendientes.

Porque todavía recuerdo su última llamada —él, que tanto cuidaba y procuraba a sus amigos—, pidiendo, exigiendo, que nos viéramos para beber unos tragos. Y yo: “La siguiente semana ahora sí nos vemos, Eusebio”.

Y luego todo ocurrió tan de prisa. Y ya no pudimos vernos. Y ya no pudimos beber esos tragos. Y eso el algo que me perseguirá hasta el final de los tiempos.

Y aunque han transcurrido ya cinco años, uno no deja de maldecir: ¡Carajo! Y preguntar: ¿Por qué tú, querido Eusebio? ¿Por qué tú?

II

Poeta. Cuentista. Novelista. Dramaturgo. Ensayista. Periodista. Editor. Corrector de estilo. Tallerista. Amigo.

Todo eso fue Eusebio Ruvalcaba.

Pero, especialmente, Eusebio fue un declarado Melómano. Así, con mayúscula. Y lo subrayo porque amaba la música por sobre todas las cosas. O por sobre casi todas.

Y no podía ser de otra manera: fue hijo de la pianista Carmen Castillo Betancourt, y de Higinio Ruvalcaba, uno de los más grandes y excelsos violinista mexicanos. Así que la música, decía él, estuvo presente en su vida desde antes de que llegara a este mundo.

Él mismo lo apuntó en su blog: “Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música”.

Una vez le pregunté: ¿para qué nos ha sido dada la música, Eusebio?

Él ni lo pensó: “Para ser felices, o un poco menos desdichados —me dijo—. Al menos en mi caso, lo único que eleva mi espíritu es la música. Es lo que ocupa el primer lugar en mi corazón… Amo la música por encima de todo. La oigo casi todo el día porque cuando no la pongo yo, la pone mi memoria: hay siempre ahí pasajes de obras que me gustan”.

Sin embargo, había tres constantes que se filtraban en su obra toda: la mujer, el alcohol y la música. En cualquier orden.

Para corroborarlo, ahí están títulos como Por el puro morbo; El frágil latido del corazón de un hombre; Homenaje a la mentira; En la dulce lejanía del cuerpo; Nina; Un hilito de sangre; Las cuarentonas; Elogio del demonio; Clint Eastwood, hazme el amor; Amaranta o el corazón de la noche; Músico de cortesanas; Desgajar la belleza; Las memorias de un liguero; Pocos son los elegidos perros del mal; Una cerveza de nombre derrota, o ¿Nunca te amarraron las manos de chiquito?, por sólo mencionar (arbitrariamente) algunos de la cincuentena que dejó publicados.

Eso sí: aunque no toda su obra tenía la misma calidad —por otra parte, algo muy común en alguien tan prolífico como él—, sí tenía en cambio la misma intensidad, la fuerza del golpe auténtico.

Porque lo de Eusebio era sobre todo la universalidad. Él le habló a todo tipo de lectores, que es decir a todo tipo de personas: al intelectual, al académico, a profesores, a estudiantes, a oficinistas, a trabajadores, a amas de casa, a taxistas, a taqueros, a cocineras…

Y lo hizo, desde todos los frentes posibles: su vasta obra no se limitaba a un solo género: fue de la novela al ensayo, pasando por la poesía, los cuentos, los aforismos, los textos periodísticos, la dramaturgia, incluso un género ya poco frecuentado: las cartas.

Y, desde la honestidad, habló de todo: la condición humana, la belleza, las bondades y deslealtades del amor, la dureza del padre, el amor de la madre, el erotismo, la sexualidad, la amistad, la marginación, el corazón hecho pedazos, el alma con tufo de alcantarilla… todo le servía para hilvanar un poema o para inventar una historia.

Siempre afable y liviano, recibía a cualquier interlocutor para charlar y platicar de la vida, la música, la literatura, que, al menos en él, era la misma cosa. Y lo hacía con bondad y sencillez.

En una de nuestras primeras conversaciones, digamos, “formales” —para El Financiero—, le pregunté justamente por eso, por la figura femenina en su obra.

Eusebio sonrió: Yo únicamente me atrevería a decir que, en mis textos, está la carne viva de la mujer, la presencia de la mujer en sus múltiples manifestaciones —me dijo—. A través de los sentidos, en mi obra trato de incursionar en la naturaleza femenina.

Quise ir un poco más lejos: ¿Dirías que en la mujer se encierra un mundo?, le pregunté en aquella ocasión.

Eusebio se tomó unos segundos: Sí —respondió—, aunque no en todos los casos. Pero, en la percepción de la mujer, uno puede encontrar toda la relevancia que la vida te ofrece. Mira… —dijo, y se detuvo unos segundos. Luego, buscando las palabras adecuadas, prosiguió—: Mira, uno como varón está en un aprendizaje continuo para desentrañar la verdadera condición femenina. Y esta es una tarea inacabable porque nacemos de una mujer. Por lo tanto, traemos con nosotros la percepción de un cuerpo femenino…

Entonces, le interrumpí. Le leí lo que él mismo había escrito para uno de sus propios libros: “La mujer ha representado para mí una dualidad contradictoria e insondable, algo eternamente prohibido y sin embargo siempre a la mano. Como una fruta que pudiera tomar en el momento que yo quisiera y saciar así mi sed y mi hambre, aun a sabiendas de que habría de producirme un daño atroz”.

Él se quedó pensativo. Su mirada, entonces, se posó en un punto indeterminado.

Le dije: ¿Estarás de acuerdo que no hay nada más inhumano que el hecho de que la mujer le declare la guerra a un hombre?

Eusebio se echó a reír. Luego, todavía con una sonrisa, me dijo: Entre las muchas facultades de la mujer está hacernos pedazos a través de su crueldad. Una crueldad que ejercita con singular sabiduría y maestría. Me parece que hay periodos en la vida de un hombre en el que se está en guerra, y, ¿sabes?, sale uno perdiendo. Aunque en general siempre salimos perdiendo. Mira, uno canta victoria pero el día de mañana esa victoria se evapora y no queda más que la crueldad femenina.

Eusebio Ruvalcaba. / Foto de Arturo Talavera.

III

Eusebio tenía claro que la vida carecía de razón si no estabas listo para rendirte ante la belleza. En su obra, una y otra vez ésta se filtraba —no sólo como concepto, también como llegada.

En otra de nuestras conversaciones hablamos de ella. De la belleza.

¿Es cierto que la verdadera belleza termina donde comienza una expresión intelectual?, le pregunté.

Eusebio suspiró. Luego, dijo: Para mí, la belleza es un estado ideal que no existe, sino que se persigue… Es como la cima de una montaña que nadie ha logrado escalar. Creo que en el momento en el que finalmente se descubre, uno se da cuenta que no ha sido a través de un trabajo intelectual sino de una emoción. Por ejemplo, ahí donde termina la literatura y principia un estallido, en ese momento existe una manifestación completa de la belleza.

Pero habría que aclarar una cosa —me dijo Eusebio mientras miraba la copa que tenía en su mano y la lleva a su boca, lentamente, para sorber unos cuantos tragos más—: Se llega más rápido a la belleza vía alcohol, que vía escritura —puntualizó—… La literatura estorba para tener acceso al templo de la belleza, al cual uno debe entrar de rodillas… ¿Qué quiero decir con esto? Que la literatura te enseña a ser arrogante; la humildad, entonces, se convierte en una piedra, en un estorbo. De tal manera que —Eusebio sentenció— le estás negando a la belleza su más alto punto.

Aquí le interrumpí: ¿cómo convivir, entonces, con ella?

Eusebio se quedó pensativo; tras unos segundos, dijo: Para poder vivir con la belleza se requiere, primero, de su dosis de locura… Se requiere, además, quitarse varias telarañas de la cabeza y dejarse sorprender por las manifestaciones que encarnan la belleza, y que lo mismo puede ser una misa de Bach que una novela de Dostoyevsky. Uno debe aprender a convivir con la belleza y hacerla el pan de todos los días. La belleza no es privilegio de unos cuantos. Lo único que se requiere para advertirla es disposición, voluntad y tiempo, todo el tiempo del mundo. Claro, más cierta ociosidad…

IV

Vamos a dejarlo claro: Eusebio jamás cejó en su intento de escribir más y mejor cada día. Por hilvanar una línea con la siguiente, como decía de manera frecuente.

Eso sí: no creía en los géneros literarios. “Para mí —decía una y otra y otra vez— hay un sólo tronco común: la palabra escrita”.

En varias de nuestras charlas “formales” —todas ellas, ahora me doy cuenta, realizadas en cantinas o con alcohol de por medio— abordamos y bordeamos sobre estos asuntos.

Cuando escribo, me dijo Eusebio una tarde cualquiera, mi objetivo es volcar lo que siento y lo que pienso. Y una consecuencia de esto es que el alma se revele. Pero eso —me enfatizó— ya no está en las manos de uno. Mi única intención es llevarle palabras a un momento de mi vida. Asomarme un poco dentro de mí. No sé si esto justifique el acto literario… Es cierto: me da verdadero terror asomarme dentro de mí mismo, pero me encanta. El escritor es finalmente el traductor de sí mismo, es un filtro, porque a través de sí mismo pasa todo el mundo.

Aquí le insistí sobre el tema: Pero entonces, ¿qué buscas detrás de la palabra?

Eusebio, con suma paciencia, también insistió: No trato de decir nada, yo no tengo conciencia del trabajo escritural desde el punto de vista de ser conductor de un precepto determinado… En efecto, sí tengo una preocupación por el lenguaje. Por eso trato de estorbarme lo menos posible a mí mismo como narrador. Trato de que el texto fluya y fluya, y eso sólo se logra con trabajo de carpintería, de oficio. Yo soy sujeto de las palabras cuando escribo, y, cuando someto al texto a corrección, trato de sujetar yo las palabras…

Así que, en el fondo —agregó— a la hora de escribir realmente nunca he querido decir nada. Escribo cuando el mundo me pone frente a la pared. Esto puede devenir en forma ensayística, epistolar o poética; lo trascendente es que la palabra llega imbuida, inoculada de pasión. Por supuesto, deseo que alguna cosa que escribo abra un pequeño espacio para alguien más, para un lector. Si alguna línea se salva, uno ya está salvado.

Que Eusebio hablara de las formas que adopta lo escrito, me sirvió para hurgar más en el tema: ¿En qué faceta te sientes más a gusto?, le cuestioné.

Se tomó unos segundos: Hablar de los géneros es un poco arbitrario, porque para mí —dijo Eusebio— están imbricados unos con otros. En realidad la palabra escrita es una sola, y los límites entre los géneros literarios los ponen, los dictan, más los estudiosos que los propios escritores. Pensar en la escritura como lo hacen los académicos (esa división de poesía, narrativa, ensayo), me remite cada vez más a las apreciaciones de mi abuelita sobre los sexos: que un hombre no puede tener elementos de una mujer y una mujer no puede tener elementos masculinos, siendo que a través de la experiencia los géneros se imbrican, se traslapan. Hoy, por ejemplo, nadie ve con malos ojos que un hombre use cola de caballo. Así que de la misma manera en que los elementos de la poesía están dentro de los componentes de la novela o el ensayo, los elementos del ensayo y de la novela pueden estar dentro del poema. A mi modo de ver, la literatura está en todas partes y el oficio de escritor es descubrir dónde está oculto lo que para la mayoría de la gente pasa inadvertido.

V

El alcohol, que era una tema frecuente en su trabajo literario, también fue frecuente en nuestras conversaciones. Y aclaro: lo fue como tema y como verbo.

Vamos a derrumbar mitos —le dije un día—. ¿De verdad uno puede escribir borracho?

Eusebio soltó una risita: En lo absoluto —respondió—. Se requiere cierta lucidez para sentarse a escribir. Borracho puedes trazar algunas ideas y escribirlas, como relámpago, como aforismo, como puntos de partida. Pero no creo que nadie, y yo en lo personal, no creo que nadie pueda escribir un cuento absolutamente borracho. Necesitas la lucidez que da la sobriedad para poder hurgar y expurgar tu texto, y sacarle todo lo que sobra. Los borrachos, cuando escribimos, somos muy dados a escribir en demasía; adjetivamos por naturaleza etílica, y lo hacemos en un modo francamente imbécil. Ahí es donde entra la lucidez: porque viene el sobrio y quita los adjetivos que no sirven. El sobrio es la censura personal del ebrio. El sobrio es la Secretaría de Gobernación del ebrio. Hablo, sobre todo, en cuestión de técnica. Porque el sobrio que se corrige a sí mismo, al ebrio que es él, sabe lo que no debe borrar que haya escrito el ebrio. Alguna neta. Así que lo que quita son los errores de construcción.

Hay quien dice que es una bendición el alcohol, balbucí casi para mis adentros.

Lo creo —me dijo Eusebio—. Pero, ojo: las virtudes del alcohol son sutiles y delicadas, o brutales y despiadadas, dependiendo de quien beba. El trago te obliga a tomarte menos en serio y a aceptar lo que la vida te da a manos llenas y que pasa de largo para los amantes de la estética. Para los pusilánimes. Por otra parte, gracias al alcohol he descubierto la miseria que significa estar vivo. Gracias al alcohol he tocado mi propia miseria y descubierto la belleza donde estaba oculta. Así que sí, el alcohol es una bendición. Te abre los ojos. Y los oídos.

¿Crees, entonces, en los milagros del alcohol?, le pregunté.

Por supuesto —me respondió—. El alcohol es un dios. Creo que el alcohol hace ver a los ciegos; oír a los sordos; caminar a los tullidos; entender a los zafios; y comprender a los cerrados de corazón y de espíritu… Sí. El alcohol es un milagro.

Eusebio Ruvalcaba. / Foto de Antonio Nava (Secretaría de Cultura).

Epílogo

Aunque ha pasado un lustro, ese siete de febrero de 2017 que todos los amigos de Eusebio llevamos en el alma lo recordamos como si hubiera sido ayer.

Recuerdo nítidamente que la noticia de su muerte me llegó por varios frentes y cayó como agua helada: “Murió Eusebio”, decía un escueto mensaje de texto. Segundos después, la voz de un colega retumbó por el celular: “Oye, me acaban de avisar: se nos fue el maestro Eusebio”. Luego, por el feis un compañero me preguntaba: “¿Ya te enteraste de que falleció Eusebio?”

Entonces todo sucedió al mismo tiempo: mis piernas se me adormecieron; una opresión —entre el pecho y la espalda— me empezó a aumentar; y, de golpe —como una ráfaga de flashes, como una ráfaga de destellos—, un puñado de recuerdos comenzaron a desfilar por mi cabeza.

Por ejemplo: a mi memoria llegó, desde luego, mis primeros días en El Financiero —me refiero al viejo diario, cuando todo se cocinaba en la calle Lago Bolsena.

Me llegó a mi cabeza su imagen —concentrado y detrás de aquel enorme escritorio café, el más visible cuando uno entraba al cubículo de la sección de cultura—, fungiendo como corrector de estilo, ese oficio tan ausente ahora en las redacciones todas.

Por supuesto, me vino a la mente su inmensa alegría: ya haciendo un comentario irónico o mordaz, o ya tratando de “alburearnos” —porque con él había que estar siempre a la vivaz, en ese sentido.

Nítidamente, pasaron por mi cabeza los días etílicos en casa del maestro Víctor Roura —amigo mutuo y, en ese entonces, editor de la ya desaparecida sección cultural—; cuando él, Víctor, aún residía en la avenida Felix Cuevas. Legendarias tardes y legendaria noches, me gustaría agregar.

O nuestras borracheras de cantinas, hermosos “templos del saber y del beber”, como las llamaba el propio Eusebio. Aunque algunas han cerrado y desaparecido durante este lustro (y más ahora tras los confinamientos), nos recibieron en El Zirahuén; en La Flor de Valencia; en La Providencia (en la buena época de esta cantina, que la tuvo); en La Jalisciense (su segundo hogar); en la Dos Naciones; en la Buenos Aires; en la Río de la Plata; en La Invencible; en La India; en una que otra cantina rascuache; en el Sanborns (de a 2×1); en el mítico Fogonazo (lugar en el que solíamos pasar a nutrirnos —a veces antes, a veces después, de estar en la redacción—, siempre acompañados del maestro Roura), y en tantos otros lugares que ahora mismo se me escapan de la memoria.

Cuántos tragos, cuánta vida, cuántas tardes y noches. Y, entonces, con ya varios tragos encima, devenía la conversación en un desfile no sólo de nombres sino de risas, albures, lágrimas, evocaciones, música…

En ese sentido, Eusebio era un conversador nato, humilde. Solía tener las palabras siempre precisas. De aliento: para enfrentar esta asfixiante existencia. De crudeza: para aliviar el abandono de una pareja. De humor: para dejar en claro que, en esta vida, no había que tomarse nada en serio. En aquella bohemia, su pensamiento, sus observaciones y reflexiones —en torno a la vida, la música y la mujer— solían agudizarse. (Eso sí: él, Eusebio, nunca, nunca, pedía el protagonismo.)

Y llegó a mi mente su paciencia y sus enseñanzas en la redacción. Porque siempre fue un ser generoso, un Maestro generoso —así, con mayúscula—, que abría puertas, ampliaba horizontes, que guiaba y señalaba caminos.

Y, sobre todo, me vino a la mente cómo fue creciendo nuestra amistad. Testimonio de esa larga camaradería estuvo registrado en los cambios de nuestro paladar espirituoso, los cuales se fueron dando por obligación, necesidad o gusto: del ron (pintadito, con su caballito de jugo de limón), al vodka (con sus gotas de menta verde), pasando por la ginebra (para espolvorear la cara y oler bonito para las mujeres), el whisky (o, como él lo solía pedir: Johannes Brahms, por aquello de las iniciales JB), o el vino (la bebida de su preferencia, acompañante perfecto —me decía una y otra vez— con la música de los dioses).

De las invaluables cosas que me dejó trabajar en El Financiero, una de las que más atesoré y agradecí fue la camaradería y la amistad de Eusebio Ruvalcaba. Para mi consuelo, él lo sabía. Siempre lo supo.

Por cierto: Eusebio Ruvalcaba Castillo nació el 4 de septiembre de 1951, en Guadalajara; falleció el 7 de febrero de 2017, en la Ciudad de México. Tenía 65 años cuando se marchó de esta tierra.

Nota bene: una versión de este texto fue publicada originalmente en Aristegui Noticias.

En el siguiente enlace pueden consultar el sitio web de la Fundación Eusebio Ruvalcaba, A.C., dedicada a preservar la obra del querido escritor.

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