ConvergenciasEl espíritu inútil

Los tímidos

Hay que cuidarse de ellos, de todos los tímidos del mundo, porque esos tiernos del principio, una vez que alguien les hace caso, que se casa con ellos o los pone en algún puesto protagónico, no se sienten agradecidos, sino rehabilitados, reivindicados, y entonces empiezan a escenificar todas sus fantasías de extroversión y dicharacherismo e importancia.


Los tímidos tienen muy buena fama: son lindos, son tiernos, siempre sueltan su sonrisita asustada con la que dicen sí a todo, incluso a lo que no les parece, y se les adivina que sufren frente a los demás, porque para ellos hasta comprar un helado es un acto penoso: quisieran que no hubiera nadie alrededor para pedirlo, y —pero ni modo— mientras están en la fila van practicando mentalmente cómo pedirlo. Y aunque quisieran de chocochispas dudan de ser capaces de proferir públicamente una frase tan espectacular y optan por el de fresa, que es más fácil de decirlo, y cuando les toca su turno balbucean y entonces la señorita les vuelve a preguntar que qué y el mundo se les viene abajo. Por eso, para los tímidos, las tiendas de autoservicio, las máquinas expendedoras y los cajeros automáticos son una bendición, porque con ellos no hay que ser tan sociables. Y aunque finalmente salen con su helado de fresa, también salen con el ánimo embarrado por los suelos ante un fracaso más de su vida en sociedad. Y entonces van a refundirse a sus casas.

Y así se la pasan siempre: se gastan su imaginación ensayando las situaciones en que tendrán que actuar, tales como saludar a la parentela o preguntar en clase, platicar con desconocidos o comentar con el jefe del trabajo, preparando la manera de llegar, “así, como normal”, anticipando lo que les van a decir y teniendo listo lo que van a responder; pero siempre, cuando llegan, las situaciones no son como las ensayaron y entonces les falla su parlamento y, como justamente la improvisación no es lo suyo, tratan de parecer naturales, y les salen tartamudeos de palabras absurdas y fuera de lugar para, acto seguido, pasar, con sudor en la columna vertebral, a sentirse chinches maldiciéndose por ser como son. Un tímido es aquél al que se le ocurre una respuesta buenísima tres cuartos de horas después de que debió haberla dicho, la cual memoriza para la próxima vez, y efectivamente la dice, pero ya en una situación en que no viene para nada al caso. O sea que los tímidos viven en el país de los osos. Es como si no bastara con cometer el error con el que quieren que se los trague la tierra, sino que el error todavía se les regresa y los apachurra más.

Los tímidos que se resignen aceptarán su papel en la sociedad sin darle muchas vueltas, y terminarán por encontrar su posición en algún sitio que no estorbe mucho, metiéndose a cantar en una estudiantina o entrando en un grupo de dianética o cualquiera de estos rincones del mundo donde acogen a todos tal como son; pero los tímidos que no se resignan le seguirán dando vueltas, y continuarán martirizándose por ser tan torpes entre la gente, acumulando derrota sobre derrota, humillación tras humillación, y por lo pronto, por puro instinto de conservación, preferirán ponerse al margen de las situaciones sociales, haciéndose los hoscos o los indiferentes, y quedárselas viendo desde lejos, desde donde no lastimen tanto; para nada se aventarán a sacarle plática a alguien, a tratar de ligar, a corresponder con miradas: mejor ponen cara de que esas cosas no les interesan. Por ello, los tímidos suelen ser muy buenos observadores, y al mismo tiempo, gracias a sus observaciones y a sus humillaciones, muy buenos críticos de los demás; pueden ser altamente irónicos, despectivos, burlones, que es el premio de consolación que se les concede a los derrotados.

Pero, para no amargare antes de tiempo, los tímidos se la pueden pasar fantaseando con éxitos sociales, alucinando escenas y situaciones en donde siempre responden rápido, correcto y apantallante, y se vuelven el centro de atención. Muchas celebridades, escritores, actores y socialités —sobre todo los que hacen cualquier numerito con tal de seguir brillando— provienen de estas timideces, y si en una de ésas declaran, dizque para sorprendernos, que ellos eran tímidos, podemos contestar que se les nota. Y es que los tímidos, al revés de otros perdedores sociales, no acumulan rencores ni juramentos de venganza, porque en realidad nadie les ha hecho nada directamente. Así que sólo acumulan ganas de brillar en sociedad.

Y por eso hay que cuidarse de ellos, de todos los tímidos del mundo, porque esos tiernos del principio, una vez que alguien les hace caso, que se casa con ellos o los pone en algún puesto protagónico, no se sienten agradecidos, sino rehabilitados, reivindicados, y entonces empiezan a escenificar todas sus fantasías de extroversión y dicharacherismo e importancia. Los tímidos, ya entrados en confianza, no sólo piden helados de chocoshispas sino que exigen toda la atención, reverencia y admiración que creen que se merecían desde hace mil años cuando nadie los fumaba. Una vez encarrerado, el tímido se vuelve egocéntrico, imperioso, demandante, y quiere tener todas las palabras además de la última, y no habrá manera de callarlo, al menos por las buenas. Y uno desearía que volvieran a sufrir, tan lindos que se veían calladitos.

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