El otro día, escribe aquí José de Jesús Sampedro, emergió de mi cabeza impune un profuso cuadro sinóptico relativo a mis figuras femeninas más amadas (y más deseadas: ansiadas) del celuloide. Entonces llegaron los nombres de… 


El otro día volví a asomarme a Flash Gordon, una space opera hecha película que siempre me agradó hacia comienzos de la innoble y noble década de los ochenta, justo cuando la ya entonces vieja estética pop comenzaba también apenas a popularizarse. Viéndola muy intensamente refrendé de imprevisto lo obvio: que su vacuo y cauto halo mítico pudiera acaso haberse volatizado de no perdurarse en él (como una aureola tibia, íntima) la undosa imagen de Ornella Muti, la munífica italiana. Dios, ayúdame. Me dije luego que la vida imita o crea o implanta acaso una trama fílmica, y que de continuo play back nuestras parejas mismas no constituyen sino un reflejo (máximo o mínimo) de alguna o de una movie star favorita. Ejemplificando esta dúctil tesis en mí, emergió de mi cabeza impune un profuso cuadro sinóptico relativo a mis figuras femeninas más amadas (y más deseadas: ansiadas) del celuloide… La primera de ellas que fue capaz de atarme el alma a una alforja respondía al muy confiable nombre de Natalie Wood: su gratificadora aparición dentro de la ultra coreográfica y melódica West Side Story me sofocaba hasta el extremo súbito de asfixiarme y de insuflarme de inmediato un aire limpio y ampliado. A idéntico nivel icónico me intrigó la excelsa lírica propiedad de la inverosímilmente hermosísima Audrey Hepburn: la maliciosa e ingenua Holly Golightly que era desde los trastruecos fácticos de Breakfast at Tiffany’s me condujo a un tenue reino intersticial del llano y simple y arduo juego de los opuestos. Contemporánea (e imperturbable: a plenitud) de ambas, aunque de características espirituales y corporales quizá más notorias conforme la ridícula censura propia de la época las ocultaba, la indemne Anita Ekberg de la conminatoria La dolce vita (de la compacta y grácil fuente de Trevi) rodeó de rojas frondas mi insomnio. Contigua a ella: intuido anhelo de los espejos, no importa si como atípica muchacha en Picnic o si bajo el cameo instantáneo de Pepe (un juicioso mister Hyde de Cantinflas) o si como muchacha crédula en The Amorous Adventures Of Moll Flanders, mi advocación de joven fan a Kim Novak aún persiste y llega al mundo incierto de ahora… De mis fervores básicos metamorfoseándose y unificándose también me rememoro alrededor de la sublime y dulce Laura Antonelli de Il merlo maschio, feliz propuesta de un hartazgo óptico que prevalecerá después en cuanto a casi toda libertaria aptitud setentera. Y qué decir de la esencial malévola Susan George: que su Amy Summer lívida me anonadó de inicio a fin mientras que retumbaba en mí la inclemencia atónita de Straw Dogs y me atenazaba sólo la probabilidad de que pudiera excederla a ella. Transporto a un nuevo espacio esta incompleta síntesis, pero antes de irme pienso en la exquisita y melancólica Mia Farrow de See No Evil, cinética de un duelo obseso donde el orbe externo cede su asimetría simétrica al orbe interno… Y, perdón: me llevo en off a Julissa.

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