El avance de ómicron: una actualización

Con ómicron ya en México, de nueva cuenta nos acercamos a esta variante. Lo que la hace más preocupante es su mayor infectividad, que algunos expertos han comparado con la del sarampión. De ello nos habla Guillermo López Lluch. Por otra parte, Ignacio López-Goñi nos explica cómo actúa y cómo defendernos ante ella. Él es claro: recurrir a mensajes apocalípticos frente a la nueva variante es una mala estrategia. Ante el embate de ómicron: vacunas, test, mascarillas, distancia, ventilación…


Ómicron: cómo actúa y cómo defendernos

Ignacio López-Goñi

Ómicron suena a apocalipsis. La Organización Mundial de la Salud decidió nombrar a las distintas variantes siguiendo el alfabeto griego: Alfa: B.1.1.7; Beta: B.1.351; Gamma: P.1; Delta: B.1.617.2; Epsilon: B.1.427/B.1.429; Zeta: P.2; Eta: B.1.525; Theta: P.3; Iota: B.1.526; Kappa: B.1.617.1; Lambda: C.37; Mu: B.1.621.

La siguiente en la lista tenía que ser Nu, pero como sonaba a New (nuevo) decidieron pasar a la siguiente, Xi. Pero resulta que el presidente chino se llama Xi JinPing y mejor no tocarle las narices. La siguiente letra del alfabeto era Ómicron. Por eso, la nueva variante B.1.1.529 se llama así. Y con Ómicron llegó el caos.

En momentos de fatiga pandémica generalizada es fundamental recordar que el miedo en la comunicación no suele funcionar. Lo hemos comprobado con el cambio climático: los mensajes catastrofistas acaban aburriendo y mucha gente desconecta, como en el cuento infantil de Pedro y el lobo.

De nuevo, con Ómicron es el momento del rigor, la transparencia (decir lo que se sabe y lo que no se sabe) y, sobre todo, de proponer soluciones.

¿Ómicron es mucho más transmisible?

Desde que se detectó hace unas semanas, la variante se está expandiendo de forma muy intensa por muchos países. Parece ser que su crecimiento está disparado, es exponencial, y que en unas semanas desplazará a la variante Delta, hasta ahora dominante. Sin embargo, aunque todavía es muy pronto para saberlo, algunos datos sugieren que esa alta incidencia no está suponiendo una mayor mortalidad.

Sobre esto todavía hay datos contradictorios y es difícil saber qué ocurrirá. El nivel de incertidumbre sigue siendo muy alto. Es verdad que las hospitalizaciones, ingresos en UCI y fallecimientos ocurren con un desfase de unas cuantas semanas.

El problema es que una variante mucho más transmisible, aunque sea menos virulenta, no necesariamente significa que cause menos muertes: si crece a tan alta velocidad, si hay muchos casos en muy poco tiempo, puede haber más fallecimientos.

Una nueva ola intensa y rápida en número de casos generará un colapso en el sistema sanitario, algo que ya hemos visto que tiene consecuencias muy graves. Las agencias sanitarias internacionales califican la situación de riesgo muy alto. Por eso, algunos afirman que “hay que prepararse para lo peor”.

No sabemos si es más grave, pero tampoco si será más leve

Aunque el número de hospitalizaciones permanece bajo, no hay evidencia de que Ómicron sea menos virulenta que la variante Delta.

En comparación con otras variantes, resultados preliminares sugieren que Ómicron se multiplica 70 veces más rápido en los bronquios humanos, lo que podría explicar por qué esta variante puede transmitirse más rápido.

Sin embargo, el mismo estudio muestra que la infección por Ómicron en el pulmón es significativamente menor que con el SARS-CoV-2 original. Esto quizá podría explicar que produzca una menor gravedad de la enfermedad.

Otros trabajos también preliminares sugieren que los sueros de individuos vacunados neutralizaron la variante Ómicron a un nivel mucho menor que cualquier otra variante. Sin embargo, en el mismo trabajo también apuntan a que los sueros de individuos superinmunes (los que habían sido infectados y vacunados o que habían sido vacunados y posteriormente fueron infectados) sí que pudieron neutralizar la nueva variante.

Los anticuerpos previenen la infección, por lo que este escape parcial de la respuesta inmune (anticuerpos) también podría influir es su mayor transmisibilidad.

Contra Ómicron, o contra cualquier otra variante incluso más peligrosa, lo que tenemos que hacer es recordar lo que ya sabemos… ¡y hacerlo!: vacunas, mascarillas, ventilación, distancia, test de antígenos, autoconfinamientos, refuerzo sanitario…

Las vacunas funcionan, claro que funcionan

Con la incidencia actual, si la nueva ola nos hubiera cogido sin vacunar esto sería un auténtico desastre. Ya lo comprobamos con olas anteriores, en la que el número de casos aumentó (entonces Delta, que era más transmisible, fue dominante) pero no se reflejó en un aumento de muertes como en las otras oleadas. La diferencia es que la mayoría de las personas mayores más vulnerables ya estaban vacunadas. Ojalá ahora ocurra algo similar. En tres o cuatro semanas lo sabremos.

Con la tremenda transmisibilidad de Ómicron, lo más probable es que muchos nos contagiemos. Si nos infectamos, lo mejor es que el virus nos pille vacunados. Las personas sin la protección (sin vacuna o sin infección previa) son las que están en mayor riesgo. Las vacunas no son una armadura de acero impenetrable, nos podemos infectar y podemos infectar a otros, aunque con menor probabilidad.

Pero eso no quiere decir que las vacunas no estén funcionando. Estas vacunas están evitando los casos graves de la enfermedad, disminuyen los ingresos hospitalarios y en UCI y reducen la mortalidad. Ese era su objetivo. Por eso hay que vacunarse, no sólo para protegernos nosotros, sino para proteger a los demás.

Las vacunas inducen una potente respuesta inmunitaria. La inmunidad es mucho más que anticuerpos. Los anticuerpos previenen la infección y la inmunidad celular previene la enfermedad grave y la mortalidad. Pero se necesitan ambas. Por eso, las personas más vulnerables necesitan anticuerpos e inmunidad celular, porque sólo la infección puede llevarlos al hospital. En las personas más mayores su sistema inmunitario también envejece (inmunosenescencia) y responden peor a los estímulos vacunales. También puede ocurrir que la respuesta de anticuerpos disminuya con el tiempo. Por eso, puede ser recomendable una dosis de recuerdo, las famosas terceras dosis.

Como hemos dicho, parece que la capacidad de neutralización de los anticuerpos inducidos por las vacunas puede disminuir con Ómicron. Otros trabajos sugieren, sin embargo, que la respuesta celular sí que podría controlar a la nueva variante. De todas formas, varios estudios con diferentes vacunas (AstraZeneca, Moderna, Johson & Johson, Novavax, Pfizer y Valneca) sugieren que una dosis de recuerdo reduce la covid-19 grave en cualquier franja de edad y aumenta la actividad neutralizante frente a Ómicron de forma muy significativa.

No hay ninguna duda de que la mejor forma de protegerse frente a SARS-CoV-2, independientemente de la variante, es la vacunación. Lo prioritario debería ser:Convencer a aquellas personas que todavía no se han vacunado de que se vacunen.

⠀⠀⠀1. Convencer a aquellas personas que todavía no se han vacunado de que se vacunen.

⠀⠀⠀2. Vacunar con una tercera dosis de refuerzo a aquellas personas más vulnerables (mayores, con patologías previas, etc.).

Además, conviene no olvidar que esto es una pandemia global y lo que ocurra en Sudáfrica, Perú o India nos influye, por lo que hay que suministrar vacunas en aquellos países donde las tasas de vacunación son todavía muy bajas.

¿Vacunamos a los menores de 12 años?

Estamos en una situación extraordinaria. Aunque los casos de covid-19 grave son muy poco frecuentes en menores de edad, eso no quiere decir que no haya habido casos graves e incluso muertes.

Los ensayos clínicos han demostrado que las vacunas para menores entre 5 y 12 años son seguras y eficaces. Además, se han vacunado más de 5 millones de niños en Estados Unidos y no se han reportado casos secundarios graves.

Aunque desde el punto de vista individual se podría dudar de la necesidad de la vacunación infantil, vacunar a los menores puede tener otros efectos beneficiosos, no sólo preventivos sino incluso terapéuticos: puede ayudar a reducir la incidencia de la enfermedad, mejorar la situación en los colegios y reducir el estrés psicoemocional al que también están sometidos los menores y sus familias.

Algunos sostienen que vacunar a los niños para proteger a los mayores es una aberración, pero las vacunas siempre han tenido ese componente social: protegen a cada uno y protegen a los demás. Insistimos, la situación en este momento no es normal, estamos inmersos en una pandemia.

Sobre este punto conviene recordar que en muchos países la vacunación no es obligatoria. Vacunar a los niños es una decisión que tienen que autorizar los padres en conciencia. Si tienen dudas, que se dejen aconsejar por su pediatra. Pero hay que respetar su decisión y no discriminar a nadie.

La nueva ola no es culpa de los no vacunados. Los no vacunados están en mayor riesgo, pero no son los culpables del aumento de incidencia del virus.

Si las vacunas no están impidiendo la circulación del virus, ¿qué hacemos?

Ahora es un buen momento para recordar la imagen del queso suizo.

Las vacunas no son la solución, sino parte de la solución

No tenemos un muro de acero impenetrable que bloquee al virus, ni siquiera las vacunas. Las vacunas no son la única solución, son parte de la solución. Ninguna medida por sí sola es perfecta para prevenir la propagación del virus (cada capa del queso tiene agujeros). Pero una superposición de medidas compensa los defectos individuales y reducen significativamente el riesgo.

Recordemos que el virus se transmite por aerosoles, como si fuera el humo del tabaco. Imaginemos una persona a nuestro lado fumando. Así como se mueve el humo del tabaco a nuestro alrededor y lo acabamos respirando, así se moverá el virus si tuviéramos una persona infectada a nuestro lado.

Por eso, un sitio cerrado, mal ventilado, con mucha gente, hablando durante mucho tiempo y sin mascarilla es el mejor lugar para contagiarse. Las mascarillas han resultado ser una medida muy eficaz para prevenir el contagio.

Las mascarillas son necesarias en interiores y en el exterior si no hay distancia de seguridad. En exteriores con distancia de seguridad la mascarilla no es necesaria. El riesgo de infección en exteriores es muchísimo menor que en interiores. Esa es una de las razones por las que en invierno hay más contagios de patógenos respiratorios, porque pasamos más tiempo juntos en interiores. No tiene sentido, por tanto, cerrar los parques como se ha hecho en otros momentos de la pandemia. Toda actividad, mejor fuera que dentro. Ir por la calle con mascarilla y quitársela al entrar en un local cerrado es como ir con el casco por la calle y quitárselo al montarte en la moto porque molesta para conducir.

Lo que si tiene más sentido es favorecer los medidores de CO₂ en interiores. Una forma de medir la calidad del aire que respiramos es medir la concentración del CO₂ que expulsamos al respirar. A mayor concentración de CO₂, mayor será la cantidad de aire ya respirado por otra persona. Como al virus no lo vemos y no podemos medir su concentración en el aire, la medida del CO₂ es un buen indicador.

Para mejorar la calidad del aire, la ventilación cruzada sigue siendo fundamental. Si no es posible, se pueden utilizar sistema de filtración.

¿Nos hacemos un test de antígenos?

Desde hace ya varios meses están disponible los test de antígenos. Bien usados, permiten detectar a las personas en su fase más contagiosa.

Si el test da positivo, habría que aislarse y quedarse en casa. Si da negativo, no hay que relajarse. Puede que todavía no haya suficiente carga viral. Lo mejor sería repetirlo los días siguientes. En el caso de una celebración, lo mejor es hacérselo poco antes del evento. Este tipo de test puede ser muy útil en situaciones como la actual.

Pero también hay buenas noticias, aunque sean muy preliminares. Por ejemplo, el fármaco oral Paxlovid mantiene una eficacia casi del 90 % de evitar la hospitalización y muerte por covid-19 en un estudio realizado en más de 2 200 pacientes de alto riesgo. La eficacia asciende al 94 % en mayores de 65 años.

Seamos responsables y cuidémonos

Esta época del año, en el hemisferio norte, es la temporada de los mocos, resfriados, catarros, bronquitis, neumonías, gripe… y coronavirus. Las estadísticas de mortalidad a lo largo del año (antes de la pandemia) demuestran que siempre muere más gente en invierno que en verano, hay cientos de virus y bacterias que se transmiten por el aire y causan este tipo de problemas respiratorios. Es previsible, por tanto, que cada año haya un pico de incidencia y que el sistema sanitario sufra cierta tensión y acumulación de pacientes.

Este invierno, en medio de una pandemia mundial, es posible que de nueva cuenta haya el colapso del sistema. Por eso, es importante apuntar que hay responsabilidades personales (vacunarse, usar mascarillas, distancia física, evitar el contagio, evitar espacio muy concurridos, autoconfinarse en el caso de presentar síntomas, informar al servicio de salud en el caso de contagio, cumplir las cuarentenas…) y las hay de los gestores (reforzar las plantillas de rastreadores, médicos/enfermeros, atención primaria y urgencias, laboratorios de diagnóstico, camas UCI, proporcionar medidores de CO₂, sistemas de ventilación y filtración, proporcionar y/o facilitar acceso a test de antígenos, adecuar los sistema jurídicos, coordinación, comunicación eficaz…).

Toda esta combinación de medidas y responsabilidades nos ayudará a controlar mejor la pandemia, independientemente de la variante de turno.

La situación es delicada. Seamos responsables y cuidémonos.

[Ignacio López-Goñi. Doctor en Biología por la Universidad de Navarra. Catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra. Una versión de este artículo fue publicada en el blog del autor, microBIO.]

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Ómicron no es el sarampión, pero contagiando se le parece

Guillermo López Lluch

Hace unos días, el reconocido inmunólogo español Alfredo Corell causó revuelo en los medios al afirmar que la variante ómicron del SARS-CoV-2 es tan contagiosa como el sarampión, uno de los virus más contagiosos que existen. Obviamente, el coronavirus no produce los mismos síntomas que el virus del sarampión. Pero la afirmación se refiere a su capacidad de contagio y no a los síntomas. Y en ese sentido, Alfredo tiene toda la razón.

La variante ómicron supuso un gran revuelo desde el primer momento en el que se anunció que acumulaba una gran cantidad de mutaciones que se centraban, esencialmente, en la zona de reconocimiento entre la proteína S del virus y la proteína ACE2 de las células humanas. Sólo ese dato y el hecho de haber sido secuenciada ya indicaba que se estaba imponiendo a las demás variantes.

El revuelo político y mediático inicial no respondía a una mayor gravedad en los síntomas sino a su mayor capacidad de infección. Pero, como ha ocurrido con otras variantes precedentes, cuando se detecta una nueva variante es porque ya está circulando entre la población. Por eso, todas las precauciones de los gobiernos cerrando fronteras no han servido para nada. Ahora, en todos los países, incluido México, la variante ómicron ya está presente.

Es esta mayor infectividad, tan alta como la del sarampión, la que la hace más preocupante que las demás variantes.

¿Cuál es la capacidad infectiva de la variante ómicron?

Para determinar la capacidad de dispersión de un organismo patogénico se aplica un parámetro conocido como número básico o tasa básica de reproducción (R₀). No es otra cosa que el promedio de casos nuevos que genera un caso positivo a lo largo de un periodo de infección. Por ejemplo, si un patógeno tiene un R₀ de 2 quiere decir que una persona contagiada va a contagiar de promedio a otras dos. Y eso ya provoca que el número de contagiados aumente de forma exponencial.

El parámetro R₀ es inherente a los virus, pero puede variar según las condiciones y depende directamente del número de contactos. En casos de pandemia, es esencial disminuir el R₀ mediante medidas de confinamiento o cuarentena para evitar que una persona contagiada pueda contagiar a otras. Sólo de esta manera se reduce el R₀.

Así, si el R₀ alcanza un valor por debajo de 1, el patógeno va desapareciendo con el tiempo. Por el contrario, si es superior, el contagio se incrementa.

Entre los patógenos más contagiosos encontramos el virus del sarampión, que se transmite de manera aérea y cuyo R₀ está entre 12 y 18. Por debajo están la tosferina, con una R₀ de 12 a 17; la difteria, de 6 a 7; la viruela, la polio y la rubéola, con una R₀ de 5 a 7.

Curiosamente, aunque son patógenos muy contagiosos, todos ellos han sido controlados gracias a las vacunas. Para todos ellos, excepto la viruela que ha sido erradicada, tenemos vacunas dentro del calendario oficial que se inyectan en los primeros años de vida. Es decir, pese a su alta capacidad de contagio, estos patógenos ya no nos producen enfermedades, salvo brotes ocurridos sobre todo en grupos no vacunados, porque se está inmunizando desde la infancia.

La R₀ de las diferentes variantes del SARS-CoV-2 ha ido aumentando conforme el virus se ha ido dispersando entre los humanos. Un estudio recientemente publicado indica que la R₀ de la variante inicial que comenzó a dispersarse por todo el planeta era de 2,5. A la variante delta, que se impuso rápidamente por todo el mundo, se le calcula una R₀ de alrededor de 7 y a la nueva variante ómicron que ya está desplazando a la variante delta se le está calculando una R₀ de 10.

Para ponerlo en contexto, a la gripe de 1918 se le asigna una R₀ entre 1,4 y 2,3, más baja que la del coronavirus y mucho más baja que la de la variante actual. A lo que debemos sumar una situación de movilidad mundial mucho más limitada que la actual. Y ahí está el problema.

Mecanismo de infección similar, vías aéreas

Otro de los aspectos importantes es que ambos virus, el sarampión y el coronavirus, utilizan la misma vía de contagio: el aire. Pese a los primeros titubeos sobre su mecanismo de contagio, ya está claro que el SARS-CoV-2 se transmite principalmente mediante aerosoles. Y ese es también otro factor importante para su dispersión.

Aunque existen otros virus como el VIH (4,2 a 10,6), la hepatitis C (2,1 a 3,9) y el ébola (1,2 a 1,9) que tienen R₀ preocupantes, su mecanismo de transmisión es fácilmente controlable. Pero en el caso de un virus de transmisión aérea, con una alta R₀ y con un largo periodo presintomático, los contactos son casi imposibles de evitar.

A todo esto hay que sumar el hecho de que muchas de las personas contagiadas sufren la infección de forma asintomática. Pongo un ejemplo: en España, unos últimos estudios demuestran que un 30 % de los contagiados han pasado la infección de forma asintomática o con síntomas tan leves que no suponían una atención especial. Eso hace aún más incontrolable la diseminación del virus ya que muchas personas pueden estar contribuyendo al contagio sin percatarse. Y así en todo el mundo.

Condiciones nuevas, soluciones nuevas

Los virus evolucionan, especialmente si han conseguido infectar un huésped nuevo. Las condiciones iniciales de la pandemia requerían medidas drásticas para evitar los contagios masivos y el colapso de los sistemas sanitarios. Sin antivirales, sin terapias eficientes, sin protocolos clínicos contrastados y sin vacunas, todos estábamos a merced del virus.

Ahora, una gran parte de la población se encuentra vacunada con la pauta completa y su sistema inmunitario contiene células memoria preparadas para detectar y activarse rápidamente, más aún si se refuerza su capacidad con una tercera dosis. Así, sólo un porcentaje de personas con inmunidad deficiente y las personas no vacunadas son las que están con más peligro.

Con esta situación, el debate sobre las medidas que se deben o no se deben tomar es muy complejo. Una situación cambiante, un virus más contagioso y un alto porcentaje de población vacunada son factores importantes que afectan a las decisiones.

Tal y como ya se hace en parte en el caso de la gripe estacional, el seguimiento de los casos sintomáticos, el reforzamiento de la atención primaria y de urgencias y la vacunación son las medidas sanitarias más adecuadas. Los ciudadanos podemos contribuir reduciendo los contactos lo más posible y evitando situaciones que favorezcan la diseminación del virus.

La única defensa y salida de esta pandemia es la inmunidad y evitar los contactos si se está contagiado. Así llegaremos al equilibrio que ya existe con los cuatro coronavirus humanos que producen catarros y que una vez recorrieron el mismo camino que está recorriendo el actual SARS-CoV-2.

[ Guillermo López Lluch. Catedrático del área de Biología Celular. Investigador asociado del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo. Investigador en metabolismo, envejecimiento y sistemas inmunológicos y antioxidantes. Universidad Pablo de Olavide. Fuente: The Conversation.]

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