“La lección boliviana es que ni los golpes ni el ‘lawfare’ acaban del todo contigo”

Entrevista con Alfredo Serrano, autor de «Evo: operación rescate».

Alfredo Serrano Mancilla fue testigo de primera línea y, a la vez, protagonista de la compleja trama político-diplomática que se puso en marcha para poner a salvo a Evo Morales y a su vicepresidente, Álvaro García Linera, tras el golpe de Estado de octubre de 2019. En Evo: operación rescate / Una trama geopolítica de 365 días, su nuevo libro, el autor levanta el telón que cubre los entresijos de la política y nos muestra las bambalinas de un convulso periodo de la historia de Bolivia y de Latinoamérica que culmina, un año después, con el regreso triunfante de Evo a su país. Como apuntaba el propio Alfredo en su Facebook: “Podría parecer un thriller de ficción. Sin embargo, todo lo que leerán es verdad. Con él es la entrevista…


Pablo Iglesias


Alfredo Serrano (La Línea de la Concepción, 1975) es el pegamento político capaz de armar en segundos un grupo de Telegram o de WhatsApp en el que empiecen a chatear los presidentes de Argentina, de Bolivia, de México junto a Zapatero y Rafael Correa… Sus detractores dirían que también podría meter en el grupo a Nicolás Maduro. Yo eso no lo sé. Doctor en Economía por la Universidad Autónoma de Barcelona, lidera el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG), probablemente el think tank de izquierdas más importante de América Latina. Conduce además La Pizarra, un programa de radio por el que han pasado algunos de los dirigentes políticos más relevantes de América Latina y en el que además se habla de fútbol.

Ahora, Alfredo Serrano acaba de publicar Evo: operación rescate / Una trama geopolítica en 365 días (Sudamericana-Penguin Random House), una obra en la que describe los pormenores de la compleja operación para sacar a Evo Morales y a su vicepresidente Álvaro García Linera del país tras el golpe de Estado de 2019. Serrano tuvo un papel determinante en la operación. El libro analiza también las diferentes etapas del exilio de los dirigentes bolivianos y su trabajo para armar la candidatura del MAS que triunfó en las elecciones un año después, devolviendo la democracia al país con la victoria de Lucho Arce. En la presentación del libro en Buenos Aires acompañaron a Serrano el presidente de Argentina, Alberto Fernández, y los propios Morales y García Linera. Hemos podido conversar con él sobre un libro que, además de tener un enorme valor para entender la geopolítica latinoamericana, ofrece al lector un ritmo trepidante.

—Si alguien entrara en el WhatsApp de tu teléfono vería mensajes tuyos con presidentes, expresidentes y dirigentes políticos de izquierdas de América Latina y España ¿Quien diablos eres tú?

—Ups. ¡Qué pregunta! ¿Qué decir? Soy un chico nacido en un pueblo de Cádiz, que desde hace años vive y se siente como latinoamericano; que no quise dedicarme en exclusividad a la academia (me doctoré en Economía en la Universidad Autónoma de Barcelona), y que desde hace años, creamos CELAG (Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica), un espacio para pensar y debatir América Latina en disputa, y con el ánimo de proponer herramientas que ayuden a transformar realidades para que exista más justicia, menos pobreza, menos desigualdad, más democracia, más derechos. Y en este largo ‘mientras tanto’, pues hemos venido sumando relaciones sólidas con el progresismo latinoamericano. Siempre en base al estudio, procurando mirar la letra pequeña de cada asunto, analizando lo que pasa en lo económico, en lo geopolítico, en términos de opinión pública, etc. Y acá seguimos.

—Hay muchas formas de aproximarse al golpe de Estado de 2019 en Bolivia, pero tú lo haces desde una posición muy especial, la de uno de los encargados de sacar al presidente y al vicepresidente del país para salvar su vida. ¿Cuál fue tu tarea en concreto?

—Fui parte de un gran grupo de mujeres y hombres que ‘arrimamos el hombro’ con la única intención de resguardar la vida de Evo, Álvaro García Linera y Gabriela Montaño, en medio de un golpe de Estado trágico para Bolivia y para América Latina. Hubo muchísima generosidad por parte de tanta buena gente que, sin hacer cálculos políticos, sin pensarlo dos veces, con convicciones y valentía, hicieron casi lo imposible para lograr que Evo saliera con vida. Fueron clave la cancillería mexicana (Max Reyes, Efraín Guadarrama, Froylán Gámez, varios embajadores, y el propio canciller Marcelo Ebrard) y el presidente AMLO [Andrés Manuel López Obrador], y el presidente argentino, por ese momento electo y aún sin asumir, Alberto Fernández, y todo su equipo. También lo fue el canciller boliviano por entonces, Diego Pary. Y mucha gente más, que no son conocidas, que no tienen seguidores en Twitter.

“En mi caso, a decir verdad, fui más un ‘pegamento’ entre partes, una suerte de telefonista que se requería para conectar muchas piezas. No era momento de hacer tratados de geopolítica, sino de actuar con determinación, buscando sortear obstáculos (que hubo miles), levantarse cada vez que nos caíamos (que fueron varias veces). Tengo una relación cercana desde hace tiempo con Evo y Álvaro, y me llamaron estando en el Chapare, luego de la renuncia coaccionada para evitar más derramamiento de sangre, y me pidieron apoyo en hacer lo que pudiera para salvar la vida de Evo. Y así, con esa llamada empieza el libro. A partir de ahí, llamé a Alberto Fernández para ver cómo. Y luego a México, y así se inicia un thrillerque parece ficción pero no lo es”.

—En tu libro aparecen capturas de WhatsApp que revelan momentos de enorme tensión.

—Quería contar la historia desde mi condición de testigo en primera línea. Y me parecía fundamental hacerlo ‘desclasificando’ todo lo que ocurrió tras bambalinas. En ese sentido, era pertinente mostrar conversaciones que no siempre se conocen, esas que hacemos por WhatsApp para resolver cualquier tipo de problema. Esta vez se trataba de un hecho histórico. Había que mostrar aquello que sucede entre telones de la geopolítica. Los diálogos que teníamos, que se ven reflejados a lo largo de todo el libro, hablan por sí solos. Dan muestra de la tensión, las dificultades, las magnitudes, las alegrías, los sinsabores, las anécdotas que suceden en medio de tanta maniobra. Por ejemplo, imagínate que el equipo mexicano creó un grupo de WhatsApp llamado AHU-EVO, tal cual, en el que estábamos Diego Pary (canciller boliviano), Max y Efraín (cancillería mexicana), la persona que iba en el avión (Froylán) y yo. Y entraban y salían embajadores mexicanos según fueran necesarios. Pues todos esas conversaciones están en el libro en las horas claves. Así como aquellas que tenía yo con Álvaro, con Alberto Fernández, o con otros líderes que también estaban muy atentos a lo que estaba sucediendo. Entre ellos, tú. Que también preguntabas por lo que estaba pasando en esas horas tan claves.

—En el libro describes en detalle cómo fue el proceso para enviar un avión de México a Bolivia para sacar a Evo Morales y a Álvaro García Linera. Cuentas muchas anécdotas y momentos. ¿Con cuál te quedas?

—Hay muchas anécdotas. Cosas que ocurren en medio de esa locura y que no creemos que sean reales. Recuerdo el momento en el que le pregunto a Álvaro, preocupado, si tienen pasaportes. Se reía de mí por no decir otra cosa. “¿Pasaportes? No. Salimos con lo puesto”. Era otra dificultad más. También me quedo con el momento en el que el presidente saliente argentino, Mauricio Macri, dijo que no a esa ayuda humanitaria de enviar un avión o, inclusive, que nos permitiera aterrizar en suelo argentino. Todo fue no. A diferencia de otro presidente de signo ideológico similar, el paraguayo Mario Abdo, que sí antepuso lo humanitario y sí brindó ayuda en todo momento. O como Ecuador, que había dado permiso para que el avión mexicano atravesara su espacio aéreo ya de retorno con Evo adentro y luego lo impidió. De hecho, en el libro está hasta el aviso de la torre de control de Guayaquil que denegó el paso con una excusa ridícula. Y para ridiculez, lo ocurrido en Perú, en Lima, cuando las autoridades militares aeroportuarias obligaron a pagar en cash, en efectivo, el repostaje de combustible del avión. No admitían ni tarjeta, ni transferencia ni nada. Querían dinero en mano. Realmente, nos pasó de todo. Hubo muchos momentos ‘macondianos’.

—Háblame de la llegada a México.

—Pude ir a Ciudad de México a verles, a Evo, Álvaro y Gabriela, a menos de dos semanas de su llegada, tras el golpe. Y tal y como narro en el libro, fueron momentos muy especiales. También de muchas anécdotas, y de mucho aprendizaje. Me impresionó cómo Evo ya tenía las miras puestas en el regreso. O sea, apenas unos días después de este golpe tan duro, le estaban quemando su casa, la de su hermana, de amigos y compañeros y, a pesar de todo, él ya decía que estaría de regreso a Bolivia en Navidades. Álvaro y yo le mirábamos como si estuviera loco. Pero no. Los locos, o mejor dicho, los equivocados, éramos nosotros que no entendíamos que lo que Evo hacía era marcar ya un horizonte de posibilidades, de retornar, de volver a levantarse, ponerse de pie y comenzar a trabajar para regresar democráticamente. Toda una lección. Y también recuerdo la llamada de Evo con Alberto Fernández, desde mi teléfono, porque ahí se empezó a tejer la vuelta a Argentina.

—Explicas que Evo, a pesar de las excelente acogida que tuvo en México, quería estar lo más cerca posible de Bolivia.

—Necesitaba estar cerca de Bolivia en todos los sentidos. La comunidad boliviana en Argentina es muy grande. Eso le permitía sentirse en parte en casa. Y también, por la distancia, mucha gente de Bolivia podía viajar a Buenos Aires a conversar con Evo, a preparar la estrategia de regreso, a pensar en las posibilidades electorales, a trabajar en pro de la unidad en un momento muy delicado donde cada proceso tiende a desmantelarse. Evo quería estar tan pronto como pudiera en Argentina. Y Alberto Fernández le dijo que, desde el día de asumir como presidente, estaba invitado. Y así fue. En el libro también se cuenta ese episodio porque no fue fácil, dado que en el primer día de nuevo gobierno había que preparar la llegada de, nada más y nada menos, Evo Morales. ¿Cómo volar? ¿El tema del asilo? ¿Cómo cuidar la seguridad? ¿Dónde se alojaría? Bueno, y me quedo con esto último. Evo se alojó en una casa de una señora argentina que decidió solidariamente prestársela. ¿Por qué? Porque hay gente buena. Se fue de su casa (en el barrio de Colegiales en Buenos Aires) un mes a casa de sus hijos para que Evo pudiera tener un lugar donde llegar. Sin alquiler. No había ninguna contraprestación mercantil. Solo solidaridad. Luego fue otra señora, esta vez boliviana. Y así fue la vida de Evo, Álvaro y Gabriela, y muchos otros exiliados, en medio de tanta solidaridad.

—Una persona determinante en toda esta historia es el presidente argentino Alberto Fernández. Háblame de él, como presidente pero también como persona.

—Por encima de todo, su generosidad. La antepuso siempre. Desde el minuto uno de juego quiso ayudar. Y tenía muchas presiones para que no fuera así. Recién ganaba las elecciones, y ni siquiera había asumido. E hizo lo imposible para salvar la vida de Evo. Llamadas de teléfono a quien fuera necesario. Estuvo pendiente todo el tiempo. No importaba la hora. Y luego, con la llegada de Evo a Argentina, lo mismo. Recuerdo, y así está la captura en el libro, cómo el mismo día de su toma de posesión, yo le molesto pidiéndole que nos hacía falta un papel para la llegada de Evo, y me respondió al instante. Ocupándose de todo. Y luego recibió a Evo en la Quinta de Olivos varias veces. Siempre amable y generoso con él, con Álvaro y Gabriela. Demostró tener una sólida convicción geopolítica respecto a lo que pasaba en Bolivia; no miró para otro lado. Y fue muy hermoso, como un año después, justo 365 días después, en un hermoso guiño a la justicia poética, Alberto quiso acompañar a Evo a la frontera de Argentina con Bolivia para acompañarle en su regreso, luego de que Luis Arce había ganado las elecciones.

—Háblame del tiempo de Evo en Argentina.

—Pues se adaptó. Como ha hecho Evo toda la vida. Se acomodó a vivir en un país que él quería mucho pero no era el suyo. Trabajó sin parar. Se reunía con miles de organizaciones. Hizo campaña electoral a distancia. Se tuvo que reponer de todas las críticas que surgían contra él desde Bolivia y desde un sector de la prensa mundial. Tuvo también que soportar lo que todos, el encierro por culpa del covid. Eso le hizo cambiar de modalidad de trabajo. Todo más virtual. Además tuvo que superar otro golpe, esta vez familiar: se le murió su hermana en Bolivia precisamente por covid. Una hermana que era como su madre. Fue muy duro, pero supo siempre sobreponerse con la mirada fija en recuperar la democracia en Bolivia y ganar electoralmente. Hasta tuvo tiempo de ir a jugar al fútbol, cosa que le encanta, jajaja.

—Entre el 19 de noviembre de 2019 y el 19 de noviembre de 2020 se escriben páginas cruciales de la historia política de América Latina. ¿Cuáles son, a tu juicio, las claves de ese año?

—Por lo ocurrido en Bolivia, uno puede sacar muchas lecciones políticas. Lo primero es que no todo golpe de Estado elimina una identidad política. No se pudo en Bolivia ni se ha logrado en otros lugares del mundo. Ni los ataques más duros, con el lawfare de por medio, logran extirpar del imaginario el valor simbólico de ciertos liderazgos, lo conseguido en años previos, etc. Otra lección aprendida es que después de una derrota o golpe, además de revisar qué se hizo mal, toca no tirar la toalla. Evo y el proceso boliviano nos enseña eso. Es clave evitar caer en un bucle improductivo. Hay que volver a levantarse, repensar todo lo que sea necesario repensar, hacer mejor las cosas en lo que se deba, aprender de lo fallado, pero mirar hacia delante, y marcar horizontes de posibilidades. El “sí se puede” en el caso de Bolivia no es un eslogan, es un hecho político. Y luego, por añadir algo más, el valor de la unidad en tiempos complejos. Evo fue un articulador obsesivo de la unidad. Y eso lo logró en medio del golpe, en el momento en el que muchos dudaban, en el que hay más zozobra de la cuenta, por internas y por externas. Y Evo sabía que sin unidad no era posible volver a ganar electoralmente en Bolivia. Y lo consiguió.

—Tras leer tu libro uno se hace consciente de la importancia de la letra pequeña de la geopolítica. Si tuvieras que escribir la entrada para esa noción en un diccionario de ciencia política. ¿Qué pondrías?

—Todo hecho político consta de múltiples aristas, dimensiones, interacciones entre variables, que no siempre pueden estar bajo control absoluto. La política y las relaciones internacionales en lo particular no han de ser sometidas a una lógica binaria, con conclusiones siempre simples y excluyentes. Asumir la controversia de cada problema es vital para procurar afrontarlo. La multiplicidad de escenarios es otra condición analítica fundamental. Así como las tensiones y contradicciones, y la heterogeneidad de aquello que a veces tratamos como algo homogéneo (la izquierda, la derecha, etc.). Estamos viviendo una época donde los matices son subestimados. Y son infinitamente más determinantes de lo que podamos encontrar en un titular.

[ Pablo Iglesias. Doctor en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid. Investigador en la Universitat Oberta de Catalunya. Fue secretario general de Podemos y vicepresidente segundo del Gobierno. // Entrevista publicada originalmente en CTXT / Revista Contexto; es reproducida aquí bajo la licencia Creative Commons. ]

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