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El paraíso de Salvador Munguía

Mi nombre es Salvador Munguía. Nací en Morelia en 1980. Soy padre de Nico y Vale. Cinco años de mi vida los desperdicié en la Facultad de Derecho. Desde hace unos años, conservo uno de los pasatiempos más envidiables en el mundo: un programa de radio. Y, bueno, acabo de publicar mi primer libro de cuentos.


Mi nombre es Salvador Munguía. Nací en Morelia en 1980. Soy padre de Nico y Vale. Antes de la operación de ligamentos cruzados y meniscos, jugaba de medio de contención en la liga de veteranos, con actuaciones para el olvido. Cinco años de mi vida los desperdicié en la Facultad de Derecho. De mis 25 años a la fecha, escribí en algunas revistas y antologías. Desde hace unos años, conservo uno de los pasatiempos más envidiables en el mundo: un programa de radio. Y, bueno, acabo de publicar mi primer libro de cuentos.

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Aquí, en Morelia, dicen que lo más difícil de estudiar Derecho es cruzar el Acueducto. Por fortuna, tal cosa fue cierta.

Estudié Derecho porque entre las carreras que tenía en mente, era la que representaba menos esfuerzo y dedicación. Soy un enemigo de la cultura del esfuerzo, tiendo más bien a la flojera y al vicio. A pesar de ello fui buen estudiante, una especie de holgazán responsable. El hábito de la lectura me ponía por encima de mis compañeros de clase, sobre todo por ser una carrera teórica. Me convenía ser buen estudiante, porque me otorgaba la libertad de hacer lo que se me pegara la gana… O sea, nada.

No pasó mucho tiempo para desconfiar de los métodos de enseñanza en la Facultad de Derecho, de la rigidez, de los dogmas e ideologías, de la limitación imaginativa, de la nula reflexión. Estaba insatisfecho. Por entonces, ya conducía un programa de radio. El hecho de sólo mencionar las rolas, dar la hora, el clima o los teléfonos, terminó por aburrirme. Escuchaba mucha radio del entonces D.F., y me gustaba la narrativa de algunos programas, los relatos, la historia entre canciones. Comencé a musicalizar historias, a reseñar sonidos. Aunado a eso, me inscribí a un taller cinematográfico sobre guión. El FICM (es decir, el Festival Internacional de Cine de Morelia) apenas comenzaba, y se abrían talleres por todos lados. Al final del curso tenías que escribir y dirigir tu cortometraje, y lo hice. El resultado fue espantoso. Pero allí comenzó un deseo por contar e imaginar historias.

Así que terminé la carrera y me titulé rápido. No quería saber nada del Derecho.

Sin embargo, surgió un problema: a mi padre lo echaron de su trabajo y tuve que conseguir un empleo. Trabajé en un despacho jurídico en la recuperación de créditos y préstamos para una financiera. Íbamos detrás de los morosos. Casi todos terminaban embargados. Una pesadilla. Dentro del gremio, los abogados embargaplanchas son de lo peorcito; son miserables, poquiteros, inoportunos, andan todo el día en la calle, asoleados, sudados, de mal humor, cazando deudores, y visten muy feo. Abandoné el despacho y entré a la burocracia. Mucho más relajado, casi como estudiar derecho. Sí: trabajar en gobierno es como tener una beca en el Fonca.

Hay una frase de Rubem Fonseca en El caso Morel: “Qué vida sórdida la suya. Policía, abogado, escritor. Siempre con las manos sucias”. Me gusta la frase, porque responde a la pregunta de si ambas caras —el derecho y la literatura— compaginan. Creo que ambos —abogado y escritor— son embusteros, turbios, más vale mantenerlos alejados. Si bien es cierto que todos mentimos, y lo hacemos todo el tiempo, el abogado —sobre todo el del mundillo del litigio— miente porque es su principal herramienta de trabajo; a través de argucias, es capaz de crear las mejores ficciones, con tramas esperanzadoras, pero con finales siempre trágicos. Más aún: el abogado, además de mentiroso, es un pervertido, conoce la ley para violarla. La literatura, por ende, es una mentira que intenta trascender en la realidad; son historias que contamos a otros, a nosotros mismos. El escritor es un mentiroso nato. Debe saber mentir bien, no importa si lo que está relatando sea real o no, lo importante es el contenido, los recursos técnicos y literarios para contar esa historia, la cual es producto de la imaginación. La diferencia, creo, es que las mentiras del escritor son menos nocivas que las del abogado, son mentiras altruistas con menor daño. Salvo que sea un libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez.

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Me olvidé del Derecho por más de diez años. En ese lapso nació Nicolás, mi hijo, y, en 2015, nació mi segunda hija, Valeria, y lo que ganaba no era suficiente para alimentar a dos críos. Sobre todo, me causaba insomnio imaginar que, ahora sí, tenía que trabajar. A pesar de poseer un espíritu retardado y de poca iniciativa, y que los cambios más ligeros me inmovilizan, planteé volver al derecho, se me hacía más fácil estudiar que manejar un Uber. Apliqué, y me quedé en un posgrado inservible en la práctica: Filosofía del Derecho, que para lo único que sirve es para tener algo de qué conversar después de coger. Era obvio que no me importaban los títulos académicos, me interesaba la beca que venía con el posgrado y seguir ganando dinero fácil.

Sin embargo, me propuse trabajar en una tesis que al menos resultara interesante para mí, en la que pudiera inmiscuir a la literatura dentro del Derecho; estudiarlo desde otra perspectiva, más allá de lo dogmático, más allá de sus procedimientos y reglas.

La fuerza de la literatura novela como justicia poética y el derecho aborda los vasos comunicantes entre ambos mundos. La tesis apuesta a esa relación en que la literatura, particularmente la novela de ficción, contribuya en el mundo jurídico a identificar y desarrollar algunas virtudes morales: la empatía, la generosidad, la justicia, la tolerancia, etcétera; algunas virtudes intelectuales: la apertura de mente, la autonomía intelectual, el desarrollo de la imaginación, despertar la curiosidad, una perspectiva más amplia sobre los hechos y los conflictos jurídicos que le toca estudiar y resolver…, hasta para fines prácticos: redacción, sintaxis, ortografía.

La idea está poca madre, pero están de acuerdo que en la práctica es una tontería, o, para usar una frase universitaria: una chaqueta mental. Si hay alguien en el mundo a quien no le interesa la empatía, la justicia o la lectura de novelas, es a los abogados. Arthur Miller lo dice muy bien en su libro Panorama desde el puente: “Encontrarse en la calle con un abogado o con un cura es de mala suerte. Nos relacionan con desastres y prefieren guardar distancias. Saludar a un abogado representa tres mil años de desconfianza”.

Salvador Munguía. / Foto de Cristina Bustamante.

Así que, ¿abogado o escritor? Ni lo uno ni lo otro. En todo caso, soy más bien un vividor, o sea, un burócrata. Escribo a ratos, cada vez menos, de forma desordenada, sin horarios, sin ninguna disciplina, con proyectos literarios abandonados, por fortuna. Aunque no todo es pesimista: no ejercer como abogado embargando casas es liberador, puedo caminar en paz.

Dostoyevski, Camus, Fonseca… La literatura de ficción tiene bastantes ejemplos donde la justicia, los jueces, los abogados, la moral, la ética no solamente están presentes, también son protagonistas.

Por ejemplo, Crimen y castigo es un drama psicológico, de tintes filosóficos, que refleja la lucha del hombre contra su propia conciencia. Es, hasta ahora, una de las obras más relacionadas con el Derecho y la Literatura, por servir como catalizador de la economía de su tiempo, de sus distintos momentos históricos. La obra se centra en el asesinato de dos personas por un joven idealista. Un tipo tierno que no asesina por maldad, de hecho está preocupado por el bienestar de los demás. El crimen precipita al joven a una lucha contra su conciencia. Dostoyevski nos pone a reflexionar sobre el homicidio como un problema moral, y, también, sobre la justicia, la ética, sobre las diatribas del entendimiento humano: temores, angustias, la culpa, la redención. Sin duda, creo que el contexto emocional de una novela puede abrirnos los ojos más allá de las fronteras físicas y sociales en las que se enmarca.

Por otra parte, me gusta mucho Rubem Fonseca, porque nos revela que tanto victimarios como víctimas son presas de la violencia y la ruina social, y ante eso no es fácil emitir un juicio sobre la maldad humana. Hemingway decía que el relato policíaco es sólo la punta del iceberg, mientras que los excesos de la política se encuentran debajo del mar. Así que el relato policíaco en Fonseca —más allá del detective borracho y sus despampanantes rubias— es también la denuncia a la corrupción política y policíaca, al poder, a empresarios sin escrúpulos, a la injusticia. ¿Les suena conocido?

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Mi interés por la literatura vino por el rock. Mi padre escribía sobre rocanrol en un periódico local. Tenía suscripciones de periódicos nacionales, también de revistas gabachas y mexicanas (Esquire, GQ, Sports Illustrated, Rolling Stone, Notitas Musicales, Piedra Rodante, Conecte, Banda Rockera). Las revistas tenían la función de servir de guía, recomendaciones de qué escuchar, leer, beber, vestir. Yo tomaba nota. Así fue como descubrí a los escritores de la contracultura, ya que en muchas de las revistas incluían algún texto de la generación beat: Ginsberg, Cassady, Burroughs, Kerouac, pero también a escritores mexas de la onda: Gustavo Sáinz, Parménides García Saldaña, René Avilés Fabila, el gran José Agustín. Yo quería saber más de él —de José Agustín—, así que conseguí de chingadazo De perfil, La tumba, La contracultura en México y Ciudades desiertas. Más tarde descubrí a Eusebio Ruvalcaba. Leí su obra: poesía, cuentos, novelas, ensayos. Eusebio me partió la madre con su lenguaje breve, sencillo, natural, sobre cosas cotidianas y con la erudición de un abuelo. Por Eusebio conocí a Charles Bukowski. Me chuté todos sus libros. Poseedor de diálogos punzantes, provocadores, es uno de los escritores con mejor sentido del humor. No me cuesta decirlo, sobre todo hoy que todo mundo rehúye y marca distancia del gran Buk. Para mí fue decisivo. Desperdigó una influencia —para bien o para mal— a miles de aprendices de escritores. Yo quería escribir como el viejo indecente, ¿quién no?

Si bien es cierto que Bukowski me voló la cabeza, gracias a él conocí al mejor escritor estadounidense del pasado siglo XX: John Fante. Salvo su primer libro de cuentos que me parece menor, sus novelas son estupendas, no hay ninguna mala, sólo unas más buenas que otras. La mezcla de humor y sentimiento, pocos autores han provocado tanta ternura y ganas de llorar como el maravilloso Fante. Pregúntale al polvo es una obra perfecta.

Y así podría seguir. La lista de autores y obras que te marcan como lector, al menos en mi caso, es extensa. Siempre recomiendo El mundo en el subsuelo de Dostoyevski; El arrancacorazones y Escupiré sobre tu tumba, de Boris Vian; La conjura de los necios, de John Kennedy Toole; Carpe Diem, de Saul Bellow; El lamento de Portnoy, de Philip Roth; El Cobrador, de Rubem Fonseca; El largo adiós, de Raymond Chandler; De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver; Lodo, de Guillermo Fadanelli; Cuentos, de John Cheever; El secreto de Santa Vittoria, de Robert Crichton; Estas ruinas que ves, de Jorge Ibargüengoitia; Panorama desde el Puente, de Arthur Miller; Trilogía sucia de la Habana, de Pedro Juan Gutiérrez; Corre, Conejo, de John Updike.

Si me preguntan en qué momento decidí dar el salto y pasar de lector a escritor, mi respuesta es que no lo sé muy bien. Mejor me explico: inicié escribiendo en una revista de la facultad sobre música: discos, reseñas, crónicas de conciertos. Por desgracia, conocí a Francisco Valenzuela: él tenía poco de fundar Revés, una revista clave. No descubre nada nuevo, pero en una ciudad mocha y medio aburrida como Morelia fue todo un acontecimiento, por su irreverencia, por su desfachatez, por su mal gusto, y por ser un medio que dio oportunidad a todo mundo: diseñadores, ilustradores, fotógrafos, músicos, escritores…, escritores que no pertenecían a sociedades, sectas o grupos, algo muy común en el medio. Fui un colaborador permanente, llené de basura la revista por muchos años. Cuando eres joven actúas así, con prisa, pedantería, fuerza, seguridad. No hay tiempo de parar y hacer yoga. Por aquellos años, pensaba que entre más escribiera más rápido me convertiría en escritor, como el boxeador amateur que sueña con ser campeón del mundo y se levanta diario a pegarle a un costal viejo, no importa si lo estás haciendo mal. Con el tiempo te das cuenta que no basta la condición física, hay que tener, además de destreza y dominio, disciplina, paciencia, mucha vocación.

Lo que me lleva al cuento, como género literario. ¿Por qué cultivarlo? Porque me siento más cómodo y seguro en él; es más sencillo controlar el ritmo, los personajes, el hilo narrativo. Puedes desarrollar la estructura en tres actos: inicio, nudo y desenlace. Evita los pormenores, la paja, el debraye. Además, permite escribir más temas y mezclar géneros. Puedes ir puliendo un estilo, una voz personal, y, a diferencia de la novela, hacerlo en menos tiempo. Es un campo de entrenamiento para escribir narrativa extensa. No me siento listo para la novela, me hace falta bagaje, dominio y vocación, es una estructura más compleja. Requiere de compromiso de permanencia, de absoluta atención. No me gusta el proceso: es aburrido, tedioso, los mismos personajes, la misma trama, es una actividad muy aprensiva, es dedicar gran parte de tu tiempo a una sola cosa. He fracasado en el intento. Como ya dije: carezco de compromiso, soy disperso, desorganizado, y soy incapaz de hacer una sola cosa.

Pero además, no puedo… Es decir: no vivo de escribir, hay que ir a trabajar, pagar deudas y colegiaturas, pasear a los hijos; así que el tiempo que tengo prefiero pasarlo jugando al futbol, visitar a los amigos, leyendo, viendo series, y no andar escribiendo novelas malas. En cambio, el relato es menos demandante, no tiene las ataduras de la novela, puedes ir escribiendo uno cada ocho días, uno al mes, hay una economía del tiempo, es más fácil revisar un cuento de diez cuartillas que doscientas páginas llenas de idioteces. El cuento me gusta por esa informalidad, por lo sorpresivo, por las rupturas narrativas, por el ahorro de explicaciones, por su versatilidad. En un buen relato cabe todo.

Es cierto: hoy, el cuento sigue siendo menospreciado por las grandes editoriales y, me temo, por los escritores mismos. Considerar el cuento como un género menor es bastante idiota; es el género más antiguo. La literatura sin los cuentos de Poe, Lovecraft, Borges, Carver, Cheever, Ford, Chéjov, Bukowski, Eduardo Antonio Parra o Munro, estaría incompleta. Creo que desde hace algunos años, al menos en nuestro país, el cuento goza de buena salud; editoriales, sobre todo independientes, han apostado por una reivindicación del relato breve. Es una apuesta sensata.

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Creo que fue Benedetti el que dijo que el cuento se escribe palabra por palabra. En mi caso, este libro se fue configurando solo, es decir, tras algunos años de trabajo. (Cuando hablo de trabajo, no me refiero a estar escribiendo con el único objetivo de publicar un libro, me refiero al hecho de que varios de los relatos fueron publicados antes en revistas y suplementos). Así que en algún momento me di cuenta que tenía una cantidad suficiente de relatos que podían conformar un libro. Todos contenían un tono y un ritmo parecido, poseían un lenguaje sencillo, con una producción narrativa basado en la ironía y el sarcasmo. Y no sólo eso: en muchos aparecía el mismo personaje.

En ese sentido, cada uno de los cuentos aquí reunidos abordan un conjunto de obsesiones personales: la vida cotidiana, la paternidad, la escritura, el sexo, el futbol, el rocanrol, todos con ciertas inclinaciones tragicómicas…

De hecho, el detonante de las historias de El paraíso no es aquí y otros relatos fue haberme convertido en padre. Lo fui a los 30 años. Fue un mazazo. No quería serlo. Cargaba ciertos traumas con mi padre, un tipo amoroso, divertido, de amplia generosidad, pero ausente. Mi padre revivió aquella leyenda del hombre que sale un día de casa por cigarros y decide no volver. No lo juzgo, no es fácil ser padre. Cuando me enteré que yo lo iba a ser, estaba paralizado, me cagaba de miedo. Escribir sirvió para aislarme de lo que se venía, para aislarme del mundo, para burlarme de los estereotipos del padre ejemplar, de la vida en familia, para huir de esos compromisos sociales y familiares que se generan en torno a la llegada de un hijo. Escribir para no tener que ir por cigarros, y, sobre todo, para burlarme de mí mismo.

El personaje central es “Chuy Juárez”, o, al menos, es quien aparece en la mayoría de los relatos. Es un tipo que reniega de los cambios que se avecinan: la búsqueda de un trabajo formal, las culpas por no ser lo que se espera de él, el adiós al sueño de convertirse en escritor, la renuncia a su vida inmoral y nocturna, a los recientes cambios de humor de su mujer embarazada, a la aburrida vida en familia. Es una mirada irónica sobre la paternidad, la crisis de la mediana edad, la prioridad de convertirse en escritor antes que sus responsabilidades de marido y padre, el camino sin rumbo, la búsqueda y la huida de quién sabe qué…

Por eso el libro está en tono de humor. El humor es una manera de sobrevivir a la desgracia cotidiana. Es también una manera de criticar los convencionalismos. Reírse de la desgracia es una forma de protegernos, por eso contamos chistes en los velorios o en los peores momentos de la vida. En el mundo de lo políticamente correcto —hoy convertido en un cáncer—, reírnos de nuestras carencias es liberador; la literatura es el mejor espacio para la provocación. Los libros que me han marcado son los que me hacen reír. Prefiero mil veces a Fante, quien me provoca risa y llanto, que al aburrido de Paul Auster; prefiero conocer la historia de México con Ibargüengoitia que a través de Aguilar Camín; no tengo la menor duda que voy a preferir un cuento de Rubem Fonseca que chutarme un libro de quinientas hojas sobre una crónica de un pájaro que da cuerda al mundo de Murakami.

Así que todos los relatos del libro están cagados… bueno, eso creo. La primera parte es una especie de noveleta, en la que “Chuy Juárez”, esposo, padre de dos hijos, escritor frustrado, burócrata, sueña con escribir la Gran Novela Mexicana. Él sabe que para eso debe alejarse de la dolorosa atadura de la familia, y lo hará con el consentimiento de su esposa y, por supuesto, con el financiamiento de su suegro; la idea es buscar un lugar que lo inspire a escribir. Es evidente que eso no va a suceder, lo único que llega a escribir es un email a su suegro para pedirle más dinero.

Se trata —la primera parte del libro— de este treintañero idealista, observador, quejumbroso, cansado, que se burla de lo ordinario, que busca escapar de su realidad. Un hombre que parece estar a punto de caer al precipicio, y que la suerte lo salva una y otra vez. Chuy es un personaje que terminas queriendo. Es cierto que actúa como un tipo duro, machín y cínico, pero en verdad es un debilucho, un inútil, un hombre nostálgico, que tiende al sentimiento y al llanto fácil. Cada relato es esa búsqueda consigo mismo, y en ese camino, se va a topar con mujeres enigmáticas, con lugares paradisíacos, con experiencias absurdas, con personajes entrañables.

La segunda parte son relatos inconexos, sin aparente línea temática, aunque el fondo son las mismas obsesiones.

Una cosa más: el Estado Libre y Soberano de Michoacán de Ocampo está casi en todos los relatos. ¡Por favor, no todo es la Ciudad de México o Tijuana! Tuve un trabajo que me permitió conocer las partes más bellas y sórdidas de los caminos de Michoacán. Viajaba mucho y tomaba notas: hay que escribir con lo que esté al alcance, más cuando la imaginación es escasa. Leonardo Padura lo dice bien: “Hay que aprender a contar las cosas vistas y aprendidas en la vida”.

El libro reúne historias de personas que existen, con lugares y escenarios reales. Por ejemplo: alguna vez leí una noticia de un pueblo llamado Pajacuarán. La nota decía que a falta de hombres, las mujeres tuvieron que tomar las armas y cuidar el pueblo; el texto iba acompañado de una foto con mujeres cargando el fusil y todas, para mi sorpresa, eran hermosas. Poco tiempo después, por cuestiones de trabajo, fui a este pueblo y lo constate: era un paraíso. Y, en efecto, los pocos hombres que merodeaban eran ancianos y niños, no había hombres jóvenes ni de mediana edad. Pasé una semana allí y me sentía soñado. Conservaba un cuerpo atlético, tenía buen gusto para vestir y modales refinados, era un hombre de mundo rodeado de un centenar de bellas y frondosas mujeres. Me sentía Paquito Aldebarán, protagonista de la novela Estas ruinas que ves de Ibargüengoitia, el profesor de literatura que regresa a Cuévano y termina entablando una relación con pintorescos personajes. Lamentablemente la vida no es una ficción. Fue una de las semanas más aburridas de mi vida: a las seis de la tarde ya estaba todo cerrado, no había cantinas, ni puteros, nada, los hoteles no tenían cable, no hubo tiempo de enamorarme (como fue el caso de Paquito Aldebarán) de alguna alumna o de la mujer de un amigo mío. Allí, las mujeres eran tímidas y desconfiadas, con dificultad te daban los buenos días… Claro, había muchas razones: reinaba la violencia, los malandros intentaban apoderarse de sus negocios, tierras, animales, hijos… y, por supuesto, quedarse con ellas. El relato “Suave el aroma” tiene toda la influencia de uno de mis escritores favoritos, como lo es Jorge Ibargüengoitia.

Termino con esto: escribir me sirvió para aislarme de lo que se venía (como futuro padre), para aislarme del mundo, para burlarme de los estereotipos del padre ejemplar, y, sobre todo, para burlarme de mí mismo. Así que espero que la policía de la corrección política no venga sobres. Estamos, peligrosamente, retrocediendo como humanidad en este aspecto. Está cabrón. Me pasó con el libro: una editora me dijo que estaba interesada en publicarlo, pero que tenía que cambiar algunos aspectos misóginos y sexistas del personaje principal. Lo cual rechacé, por supuesto. La corrección política se ha convertido en un peligroso virus, ha ido censurando el debate, la crítica, la libertad de expresión.

Yo creo que los dictadores de lo correcto, además de que no cogen, les falta sentido del humor, les falla el sentido común, sólo veo intolerancia y resentimiento.

Qué desilusión saber que los Stones, el primer grupo que fue contra las reglas, que cantó la insatisfacción de una década, que en sus inicios fue prohibido en varios países, haya autocensurado en pleno siglo XXI una canción como “Brown sugar”. No fue el Estado o la iglesia los que incitaron la autocensura, sino un grupo de amargados que condenaron una supuesta interpretación violenta y estereotipada de las mujeres negras. ¿Qué hizo el cobarde de Jagger? Quitarla del setlist. Carajo.

Lo único que ha causado este virus es limitar la confrontación de ideas, cercar el discurso libre, el debate abierto, el intercambio de puntos de opinión, ¡limitar el sentido del humor! La literatura, como el arte en general, no debe permitir la autocensura; es la peor forma de coartar la creatividad. Sin discurso libre no hay pensamiento.

Nota bene

Este texto nació a partir de una entrevista vía correo electrónico con Salvador Munguía, autor de El paraíso no es aquí y otros relatos. Como desde un inicio el resultado me pareció sobresaliente —las respuestas, juntas, podían leerse casi casi como un cuento mismo—, decidí quitar la voz del reportero. “Narrados con desparpajo, cinismo y honestidad”, como apunta Francisco Valenzuela en el prólogo, los 13 relatos que integran el debut literario de Salvador Mungía circulan bajo el sello de Editorial Resistencia. Los trazos de Rogelio Flores ilustran los relatos. (José David Cano)

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