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Teatro líquido

“Llevo mucho tiempo preguntando como crítico: ¿teatro para qué?, ¿teatro para quién?; así que me alegra hallar una ficción dramática sobre una realidad que nos afecta a todos… Esto es, el teatro como herramienta artística al servicio de una causa común”. Fernando de Ita nos habla de la obra Vivir sobre el agua…


Como gente de teatro y vecino de los llanos de Apan, me conmueve que el Jardín de Niños en el que tuvieron sus primeras enseñanzas los infantes del ejido de La Laguna, por 30 años, se haya convertido en un escenario para el genuino teatro comunitario, porque está hecho por y para la población rural y citadina de la zona sur del estado de Hidalgo.

Llevo mucho tiempo preguntando como crítico: ¿teatro para qué?, ¿teatro para quién?; así que me alegra hallar una ficción dramática sobre una realidad que nos afecta a todos: el agua. Esto es, el teatro como herramienta artística al servicio de una causa común.

Vivir sobre el agua surgió como una reacción a la inauguración de la octava planta del Grupo Modelo (en el municipio de Apan, Hidalgo, en 2019, con una supuesta inversión de 14 mil millones de pesos). Diana Analú Vázquez y Enrique Olmos en la dramaturgia, Valentina Sierra en la dirección, Elizeth Ochoa Ángeles en la actuación y Neurodrama AC Teatro en la producción, plantean el problema universal del uso del agua con un ejemplo concreto: la falacia urdida por la cervecera y el gobernador del estado, Omar Fayad, de que la inversión mencionada detonaría la economía de los Llanos.

Son mínimos los beneficios de empleo y distribución de la riqueza que trajo la planta, que comenzó produciendo 12 millones de hectolitros al año con la intención de alcanzar los 24 millones que ya produce su planta de Zacatecas. Si consideramos que cada hectolitro son 100 litros de cerveza y que para procesar cada unidad se utilizan 6 litros de agua, y si tomamos en cuenta que los mantos freáticos de la región son de temporal (esto es, que sólo se recargan en temporada de lluvia), es muy probable que la cervecera se chupe el agua de los pueblos circundantes, como ya está sucediendo.

Ahora, lo notable de Vivir sobre el agua es ser algo más que una obra de denuncia y un episodio didáctico. La pieza nos cuenta la historia de una maestra rural que se enfrenta al abuso del poder político y económico, con una modestia ejemplar que comienza en el texto y pasa al dispositivo escénico y a la encarnación del personaje.

Me dicen que en la escuela ejidal la función fue magnifica porque uno de los salones funcionó de caja negra, propiciando la intimidad con la audiencia, resaltando el minimalismo escenográfico y la presencia física y vocal de la actriz. Yo vi el montaje en la Casa de Cultura de Apan, que provoca todo lo contrario al ser un espacio amplio y alto en el que se disminuye la imagen y rebota el sonido. Pero aun así aprecié el tono menor de la pieza que de manera simple e ingeniosa nos muestra una página en la vida de una mujer que dice NO al despojo de un bien general, y obra en consecuencia.

Elizeth Ochoa es una joven actriz en formación que ya tiene, sin embargo, una sinceridad escénica que trasmite la entereza y la fragilidad de la maestra que cumple con encabezar las protestas de su pueblo, la resistencia pacífica y la inevitable derrota de la justicia en un país en el que la injusticia es descomunal. El personaje se permite incluso un atisbo de sensualidad que lo aleja del cartabón del acto heroico y lo hace nuestro semejante. La maestra es un ser común que se une a sus iguales para defender, en suma, el derecho a la vida que es el agua. Por eso digo que la modestia de este testimonio es su principal virtud, porque es desde la lucha cotidiana que todos podemos hacer la diferencia.

El poder político y económico y la pobreza del pueblo terminan por frustrar el intento de justicia, pero ya vimos que la unión hace la fuerza, como ocurrió en Mexicali, en donde la sociedad civil sí logró detener la construcción de la planta de Constellation Brands, la cervecera gringa que por cierto es la que tiene los derechos de producir y vender en Estados Unidos la marca del Grupo Modelo.

El teatro se hace en un espacio real para que ocurra un acto irreal, una invención, un hecho imaginario. De ahí que baste una mesa, una silla, una cubeta y una caja de caguamas para que el universo de la maestra Alis se haga presente. El trabajo de la directora Valentina Sierra consistió, entonces, en volver verosímil esa transfiguración de lo real, y lo hizo con los modestos recursos del teatro pobre, apelando a la imaginación de la actriz y al ensueño de los espectadores, utilizando las noticias de la computadora y los envases de cerveza como títeres de las voces a favor y en contra de la protesta. El enfrentamiento con su hermano, que en pleno conflicto entró a trabajar a la planta, personaliza el drama de nuevo con modestia porque evita el melodrama.

Claro que es posible hacer un teatro rural estridente, colorido, circense, como de hecho se está haciendo en espectáculos postcovid creados o adaptados para espacios abiertos, pero es muy grato tener un teatro de caja negra, íntimo y social, resaltando el papel de la mujer sin exaltarlo sólo por ser mujer sino un ser social. No en balde la autora, la directora, la actriz y la asistente de Neurodrama son mujeres. Se siente en la obra esa firmeza, esa ternura. Es un teatro líquido a favor del agua. Y está de gira por el estado de Hidalgo. Vayan.

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2 Comments

  1. Excelente texto que refleja de manera muy certera lo que es la puesta en escena de una obra con un mensaje que nos afecta a toda la región y que muestra lo qué pasa al levantar la voz y afectar a los que toman las decisiones.

  2. Es una obra que conmueve y te llega a lo más hondo. Despertando la conciencia de la comunidad para unirnos y apoyar el bien para todos. Está muy bien escrita, dirigida y actuada por esta joven actriz que sabe llegar al corazón. Mil felicidades ojalá y puedan llevar este tipo de Teatro a muchas comunidades. Una crítica magnífica como siempre, felicidades por Ser tan claro y detallista Fernando D’Ita.

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