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La musicalización de la vida cotidiana

El gusto por la música es muy distinto al extraño hábito de musicalizar las actividades que se realizan cotidianamente. Millones de personas que afirman “sin música no puedo vivir” en realidad parecen estar confundidas, pues lo que no pueden hacer es vivir sin musicalizar sus actividades cotidianas y las situaciones de interacción en las que se ven involucradas.


Uno de los efectos no previstos de la radio fue la “musicalización” de nuestra vida cotidiana (además del gran lanzamiento de deportes, como el fútbol, que podían ser narrados) sugirió el politólogo italiano Giovanni Sartori en ese viejo libro que causó furor a finales de los años noventa del siglo pasado: Homo videns. Aunque no sea tan precisa esta afirmación —pues el fonógrafo también contribuyó al proceso de musicalización de la vida cotidiana más o menos por la misma época (a finales el siglo XIX)—, gracias a la radio la música logró difundirse de manera masiva y llegar a una infinidad de espacios públicos y privados. Y con la miniaturización de los receptores la música consiguió una “movilidad” inusitada. No sólo pudo estar en muchas partes, sino que se convirtió en una buena compañía durante nuestros desplazamientos y recorridos. Del mismo modo en que la fotografía cambió nuestra manera de ver, la tecnología de grabación cambió nuestra manera de escuchar, como dijo ese magnífico músico de origen escocés naturalizado estadounidense, David Byrne, en su bonito libro intitulado Cómo funciona la música.

Pero si bien la música grabada modificó la forma de escuchar música, lo que la música grabada transformó profundamente fue la ritualidad en torno a su escucha. Gracias a la música grabada la experiencia de escuchar música fue adoptando otras formas que no necesariamente estuviesen restringidas a la modalidad en vivo. Y con el salto de lo analógico a lo digital, no sólo se transformó la industria radicalmente, sino que la ritualidad asociada a su escucha se diversificó aún más, lo mismo que las maneras en cómo muchas de nuestras actividades cotidianas se hicieron acompañar de música. Eric Hobsbawm, el gran historiador británico nacido en Egipto, en su bello libro Un tiempo de rupturas señaló que vivimos en un mundo saturado de música, que nos acompaña a todas partes. Y que, al parecer, la sociedad de consumo considera al silencio como algo delictivo (aunque también podría ser que las sociedades contemporáneas han dejado de saber lidiar con el silencio).

Lo cierto es que hemos hecho de la música reproducida en medios tecnológicos un buen animal de compañía. No sólo para las personas solitarias o en situación de aislamiento, sino también para las personas que suelen juntarse en pequeños o grandes grupos. El distinguido profesor español de comunicación audiovisual Román Gubern destacó que los viejos salones de baile con orquesta en vivo fueron desplazados por las discotecas, y que éstas introdujeron una revolución en las costumbres juveniles que estrecharon lazos íntimos con la cultura del rock y de la música pop. Gracias a la música grabada, dijo, una nueva constelación de mitos nació catapultada por las discotecas, los tocadiscos baratos, las radios de los automóviles y los walkmans. Y es claro que gracias a las tecnologías de registro y reproducción del sonido nuestras maneras de escuchar música (y muchas de las cosas que hacemos cotidianamente) se transformaron. Lavar los trastes, limpiar la casa, viajar en el metro, en un avión o en un autobús, leer, vagabundear, tener sexo, beber en un bar, correr, andar en bicicleta, bañarse, hacer zumba en el parque o en un gimnasio, levantar pesas, conducir un automóvil en carretera, etc., son actividades que bien se pueden acompañar con música. Musicalizar muchas de las actividades que realizamos a diario, tanto en lo privado como en lo público, es algo tan común que no solemos preguntarnos ¿por qué lo hacemos?

La música no falta en los espacios donde tienen lugar nuestras interacciones. En los andenes del metro, en los elevadores, en los centros y plazas comerciales, en las salas de espera, en las centrales de autobuses, en los museos o en las tiendas de todo tipo. Y tampoco falta en las situaciones en las que se juntan las personas como las fiestas, los carnavales, los festivales, las ferias, las justas deportivas, los mítines o en las entregas de premios, medallas y reconocimiento. Y vista así, la música es algo más que un arte de combinar sonidos en relación con determinadas leyes. Es un acontecimiento y una forma de relación social que involucra prácticas culturales y vínculos humanos. La gente pone música y baila, se emborracha, llora, canta, silba, grita, se abraza, etc. Tiene un alto poder de evocación de emociones y de memoria. Pero (y aquí viene el adversativo), a una sociedad embobada más con todo lo que rodea a la música, su consumo y su espectáculo, deslumbrada por la industria musical, lo que menos le importa es la música.

En una sociedad embobada con la industria musical (y no con la música), la mala música triunfa fácilmente (como el reguetón y la música pop). En una sociedad con baja capacidad de discriminación (de aplauso fácil), la bazofia musical infesta desde reproductores de sonido hasta espacios de interacción y formas de entretenimiento. La mala música se disemina a gran velocidad y tiene un alto poder de convocatoria. En una sociedad donde lo que realmente importa son las congregaciones masivas y no la música, es fácil encontrar personas que una noche aplauden a Paul McCartney en la plancha del Zócalo y unas horas después, ya borrachas, se desgañitan con las canciones de José Alfredo Jiménez o de José José; y, a la semana siguiente, asisten a escuchar las inentendibles letras de las canciones de Joaquín Sabina (el Arjona de España). Estos mismos son los que bailan frenéticamente, en una misma fiesta, al ritmo de la horrible música de Bad Bunny, Timbiriche, Caballo Dorado, Shakira, Elvis Presley, OV7, Kabah y hasta El Tri. Son, también, los que a la menor provocación dicen vamos a bailar y les parece divertido ir a agitar sus cuerpos a lugares como el Mama Rumba o La Maraka, aunque sean incapaces de distinguir entre ritmos y géneros musicales.

Son los mismos que cantan, con lagrimita en el ojo, las inaguantables canciones de Fernando Delgadillo en un momento de ruptura amorosa. Y son los mismos que replican coreografías que se han hecho virales en plataformas publicitarias como TikTok al ritmo de la insoportable canción “Todo de ti”. Estos extraños seres de escasa capacidad de discriminación, musicalmente hablando, le hacen bastante bien a la industria de la música y a los espectáculos musicales. Escuchan lo que sea. Abarrotan cualquier clase de conciertos. Cantan lo que sea. Y bailan lo que sea. Hoy, rock en español. Mañana, reguetón. Y pasado mañana música electrónica. Nada parece impedirles acercarse a la música por razones extramusicales. En sociedades como las nuestras parece ser claro que a la gente no le gusta la música, sino todo lo que ocurre alrededor de ella. Es un medio y no un fin. Para disfrutar la música no es necesario apreciarla ni valorarla. Apreciar y valorar la música implican una actitud distinta a gritar desaforadamente mientras se agita el cuerpo. La mejor manera de apreciar la música, curiosamente, es adoptando una actitud silente. Incluso a solas. Ni siquiera a alto volumen (como suelen escucharla quienes no tienen un gusto musical desarrollado).

El gusto por la música es muy distinto al extraño hábito de musicalizar las actividades que se realizan cotidianamente. Millones de personas que afirman “sin música no puedo vivir” en realidad parecen estar confundidas, pues lo que no pueden hacer es vivir sin musicalizar sus actividades cotidianas y las situaciones de interacción en las que se ven involucradas. En una sociedad como la nuestra, la gente está dispuesta a pagar altas cantidades de dinero por equipos de sonido o auriculares de alta fidelidad para escuchar basura musical. No se confunda. Si le gusta musicalizar su vida cotidiana, lo más seguro es que su gusto por la música no sea tal. El gusto por la música y el gusto por la musicalización de la vida cotidiana son distintos, pues este último relega a un segundo plano la música y pone por delante cualquier actividad, situación y acontecimiento que ocurra o se esté realizando. Disfrutar de la música no necesariamente implica saber de notación musical, de su ritmo, de su armonía, de su melodía, de su timbre, etc. Apreciarla y valorarla, indudablemente sí.

Coda: En una entrevista que le hizo el periodista musical Víctor Lenore al crítico cultural y articulista musical Simon Reynolds, éste termina diciendo que el flanco débil del pop es que no exige compromisos y que por ello no se puede tomar en serio políticamente. Que su mejor cualidad es encarnar las disfunciones de la vida cotidiana. Mientras no quede claro, como dice Reynolds, que allí donde más duro golpea el capitalismo es donde más arraiga su ideología, la musicalización de la vida cotidiana podrá seguir triunfando como una práctica cultural al ritmo de cualquier nauseabundo ritmo de moda. Y, por cierto, alístese porque la época de los insoportables villancicos ya llegó.

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One Comment

  1. ¡Hola Juan!
    Esta proposición me llamó la atención,

    “la sociedad de consumo considera al silencio como algo delictivo (aunque también podría ser que las sociedades contemporáneas han dejado de saber lidiar con el silencio”

    Seguir escuchando lo que esta fuera de nosotros sin escuchar lo que está dentro.

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