Bruno Estañol y el oficio de escritor

Bruno Estañol nació en Frontera, Tabasco, en 1945. Es novelista, cuentista, también ensayista. Es autor de, entre otros títulos, Fata Morgana, El féretro de cristal, La conjetura de Euler o El ajedrecista de la Ciudadela. El pasado 21 de noviembre, la Secretaría de Cultura y la Coordinación Nacional de Literatura organizaron —como parte del programa #VolverAVerte— un homenaje presencial al escritor mexicano por sus 75 años de vida. (Es cierto: Estañol los cumplió en 2020, pero, como ya lo sabemos, la pandemia alteró todas las actividades y los festejos.) En el siguiente texto, leído durante la tertulia literaria, Vicente Francisco Torres —ensayista, narrador y profesor-investigador en la UAM (Azcapotzalco)— hace un recorrido por la obra del escritor tabasqueño…


Este día celebramos, entre otras cosas, 31 años de creación artística de nuestro querido amigo Bruno Estañol, aunque sería mejor decir 31 años de publicaciones. En más de tres décadas, él ha combinado la novela y el cuento con el ensayo que intenta explicar el proceso creativo.

Con Fata Morgana (1989), su primera novela, Bruno nació en las aguas de la gran novela de América, la que conocemos como novela de la tierra porque ahí aparecen, de manera contundente, ríos, manglares, montes, llanos y selvas, con sus pobladores característicos. Junto a estas criaturas fue dejando entrar en sus obras a teósofos, faquires, ocultistas, masones y espiritistas que llevaban el misterio a cuestas. Con estas criaturas pudo escribir una suerte de vidas imaginarias, a la manera del Marcel Schwob que inspirara la Historia universal de la infamia, de Jorge Luis Borges.

Stefan Zweig, Proust y Kafka, autores de su formación, se cuelan también; diversos médicos y pensadores auxiliaron a Estañol para asediar uno de sus intereses mayores: cómo funciona la mente de los artistas. Diderot, Montesquieu y Rousseau le permitieron hacer, en La conjetura de Euler, en 2005, una novela de recreación de época sobre el siglo XVIII, ni más ni menos que el Siglo de las Luces, o la también llamada Ilustración. Aquí vemos a un escritor indagando en la segunda parte de su mente; no la que crea ficciones, sino la del hombre de ciencia, la del neurólogo que sondea nuestro enigmático cerebro.

Uno de los rasgos del trabajo creativo de Bruno es que la clasificación por géneros literarios resulta insuficiente; sus libros brincan las fronteras debido a que el interés no está puesto en respetar cánones, sino en contar historias cargadas de ideas. ¿Qué son La conjetura de Euler y El ajedrecista de la Ciudadela, del año 2013? ¿Novelas filosóficas o vidas imaginarias?

La esposa de Martin Butchell (1997) tiene un pie en Europa y otro en Tabasco; unos cuentos bordan sobre el médico que se atreve a investigar en el cuerpo humano y en la enfermedad misma, al modo que plantea Cèline en Semmelweis y Petrus Borel en “Don Andrea Vesalius el anatomista”. Otros textos de este libro constituyen verdaderas vidas imaginarias, narraciones históricas enmarcadas en escenarios extraordinarios y tocadas por la brisa de lo insólito, como “Hans Klug, relojero”.

La conjetura de Euler y El ajedrecista de la ciudadela vuelven a plantear la insuficiencia de la designación genérica para nombrarlos.

El primer libro está formado por tres textos. Son dos cartas que Diderot dirige a sus amantes; el tercero es una reflexión sobre el tema principal de los tres escritos: cómo pudieron algunos ciegos (Nicholas Saunderson, Leonard Euler) ser grandes matemáticos. En virtud de que son matemáticos filósofos, los tres apartados están llenos de reflexiones sobre los aportes de grandes pensadores; sus reflexiones sobre la existencia de Dios constituyen otro común denominador. Los enciclopedistas de este libro y la recreación del siglo de las Luces ¿permiten decir que son narraciones históricas? ¿Cuánto de lo leído es difusión cultural y cuánto es literatura? El conjunto de reflexiones que entrega el volumen sobre el trabajo del creador anticipa La mente del escritor, libro de 2011.Y no podemos pasar por alto una observación fundamental que determina la elección de estos matemáticos: la ceguera es la enfermedad más mencionada en la literatura clásica.

Bruno Estañol. / Foto de Arturo López / archivo: Arcos-Alcaraz Estudio

Estañol es un filósofo novelista porque todos sus libros están llenos de ideas. Le importa la manera de decir las cosas; tiene cuidado de las formas en que se expresa, pero las ideas tienen un peso determinante. Aquí vemos a protagonistas que, por su mera elección, representan un desafío. Estañol no sólo se empapó de la atmósfera del Siglo de las Luces, sino indagó en las vidas de varios de sus protagonistas: D’ Alembert, Catalina la Grande, Voltaire, Rousseau y, muy especialmente, Denis Diderot, editor de la Enciclopedia, misma que diera su nombre al siglo XVIII. Con estos personajes nos internamos en disquisiciones sobre la naturaleza de los sentidos, el bien y el mal, el caos, el infinito, los vínculos entre razón y emoción…

Imposible glosar todas las ideas que Bruno expone; incluso hay un momento en que el lector experimenta vértigo al hacerse cargo de las maneras en que los ciegos hicieron cálculos numéricos y describieron figuras geométricas.

En El ajedrecista de la ciudadela aparece otro científico filósofo con quien Estañol hace una novela de ideas: Emanuel Swedenborg. Con este mismo personaje, Borges dio una de sus célebres lecciones recogidas en el libro Borges oral. Al escritor argentino le interesó Swedenborg por su insólita propuesta sobre el cielo y el infierno, pero más le sorprendió que esas ideas, por esas corrientes misteriosas que encontramos en el mundo de la cultura, no hubieran tenido una resonancia justa.

Swedenborg dijo que el cielo y el infierno no son lugares de castigo ni de santa contemplación. Las almas de los hombres pueden ir del cielo al infierno, y viceversa, y quedarse en donde más les acomode, según su temperamento.

En El ajedrecista de la ciudadela aparece Orobio de Castro, el hombre que se inventa una vida que resulta pura ficción porque en realidad es un oscuro escribiente de juzgado. Este dato nos lleva a reflexionar sobre la creación literaria, que puede inspirarse en la realidad o nacer de su negación. El anodino ajedrecista ha leído muchos libros en la biblioteca de la ciudadela y, con el recurso de este personaje, Bruno conduce al lector a otro de sus enigmas capitales: la existencia de Dios. Con este recurso llega Blaise Pascal a decir: “Si usted apuesta a que Dios y la eternidad existen y gana, gana todo; si usted pierde y no hay Dios ni eternidad, no pierde nada. Todo y nada”. Estañol incluso recurre a un epígrafe, también de Pascal, que ya había usado en La conjetura de Euler: “El hombre tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que lo sostiene”.

En 1994, antes de que Bruno Estañol hubiese publicado un cuento o una novela, él y Eduardo Cèsarman —el primero neurólogo además de escritor; el segundo escritor y cardiólogo—, habían dado a la estampa, conjuntamente, El telar encantado. El enigma de la relación mente-cerebro. Como hombres de ciencia, sondearon qué relación hay entre la mente humana y nuestro órgano cerebral.

A las teorías que se acercaron al problema, los autores prefirieron la expresión acuñada por Charles Scott Sherrington para referirse a los extraños procesos del cerebro como una máquina dotada de “magia incomprensible”.

Luego vino el volumen Como perro bailarín. Origen y límite del lenguaje (1997), otro libro científico literario que publicaron Estañol y Cèsarman. Debo aclarar que estos dos libros, más que textos de pura difusión científica, iban encaminados a sondear la mente del artista, algo que ya interesaba vivamente a Estañol. Vuelve el tema de los sentidos de los ciegos de la mano de pensadores como John Locke, quien sostuvo que el hombre hace todo con tal de perdurar. La vida es riesgo y estamos vivos cada día por una suerte de milagro. Tratamos de vencer el hambre, la inseguridad económica, el desempleo, la enfermedad, los temblores, la soledad y hasta la vejez. Para eso ahorramos, trabajamos, almacenamos dinero y cultura, creamos ejércitos y sistemas judiciales, y ¡hasta religiones que aseguren la vida más allá de la muerte! El hombre hace todo con tal de perdurar. Como el perro baila para obtener recompensa, así los seres humanos tratamos de vencer las calamidades. En este marco es que los autores destacan los papeles tan importantes que el lenguaje y la escritura tuvieron después de la agricultura y la ganadería, mismas que nos quitaron del nomadismo, de la caza y de la pesca en los ríos. La escritura nos permitió tener memoria individual y de la especie; ella permite al ser humano acceder a la experiencia y al pensamiento de hombres de otros tiempos. También el arte es producto de esa acumulación de experiencia y pensamientos diversos. Nuestros dos científicos concluyeron: “Nadie crea en el vacío. La creación siempre es un proceso de síntesis”.

La mente del escritor (2011) es una respuesta artística a la pregunta que fisiólogos, médicos y psicólogos se han hecho sobre el funcionamiento del ser humano, esa mezcla de cuerpo y mente, de química y física y principio vital. De las preguntas que a lo largo de los siglos se han hecho mecanicistas y vitalistas surge este libro. Si en El telar encantado Estañol y Cèsarman se preguntaron cómo se explica la existencia humana a partir de un conjunto de causas, efectos y misterios, ahora Estañol se pregunta en soledad, porque ya no estaba Césarman, cómo opera la mente del escritor y llega a la conclusión de que la creación literaria es un misterio. Vuelve aquí a la tesis de El telar encantado. Dice Estañol: “Freud intenta varias veces acercarse al núcleo del proceso creador. Son conocidos sus ensayos sobre Dostoievski, Leonardo Da Vinci y otros. Sin embargo, se retira perturbado. Declara que el proceso creador es un misterio que el psicoanálisis no puede descifrar”.

Hay también un repaso de los sueños, las obsesiones, el azar, la catarsis, la proyección en el héroe, la expiación y el inconsciente como disparadores de la creación. Borda además sobre el escritor contemplativo y el hombre de acción, el escritor viejo y el joven y, como era de esperar, surgen los paralelismos y coincidencias entre la mente del científico y la del artista, porque la auscultación médica certera es producto de la creatividad y prueba de ello es el apartado que dedica a Santiago Ramón y Cajal, hombre apto con la pluma y con el bisturí.

Hay un tema dominante en este libro titulado La mente del escritor: el papel de la memoria. La creación imaginativa es producto de la memoria, pero la memoria involuntaria, aquella que saca los recuerdos mientras el escritor está frente a la computadora o con la pluma en la mano y que se va como la cuerda que deja ir un papalote, es la que ha inspirado obras maestras como En busca del tiempo perdido. La memoria es un proceso de recreación de lo percibido.

El oficio de escritor, tal como Estañol revela al hablar de sus rutinas, es una forma de vivir más que una vocación. Por eso el escritor verdadero vive ensimismado y en soledad, respondiendo a sus obsesiones e inquietudes más que buscando la fama, el poder y el dinero.

En El teatro de la mente (2011), Estañol continúa la tarea iniciada en La mente del escritor. Ahora habla de la singularidad y extrañeza que tiene todo autor. Cada uno encarna su propia e intransferible locura: Pessoa quiso ser varios hombres a la vez; Chéjov fue altruista hasta el suicidio y pagó culpas que él mismo ignoraba; Poe padeció una debilidad física que lo hacía sucumbir al alcohol; Stevenson soñó con el bien y el mal que nos habitan; Marcel Schwob creyó que hay azar en el destino, etcétera…

Advierto que Bruno ha frecuentado personajes enigmáticos que ejercen actividades poco comunes. Ellos son una muestra de su atracción por el misterio y, como cita varias veces en sus libros, si la prueba de que Dios existe es el misterio, Estañol es uno de sus personajes teósofos, hombres de ciencia, ocultistas y músicos, todos en busca de la respuesta suprema, la que responda a la pregunta que ha rodado a través de los siglos y que ha robado el sosiego a genios y a neófitos: la existencia de Dios.

Hace unos meses, en plena pandemia, Bruno me envió su novela breve Sueño de una noche de lluvia en el verano, que no sé si ya apareció publicada. En ella hay una vuelta intensa y vital al trópico tabasqueño, con todo y personaje enigmático, un marinero tan dado al movimiento que capitaneaba una goleta comerciando por el golfo de México. Navegaba no para llegar a alguna parte, sino por la necesidad de estar de viaje. Por esto cambiaba constantemente su manera de vestir e incluso gustaba de cambiarse el nombre.

Concluyo con una anécdota. En un puesto callejero de libros, encontré un trabajo de Bruno que yo no conocía y me condujo al mundo medieval y renacentista, a las callejuelas estrechas y sin drenaje que cobijaron los espacios oscuros y clandestinos en donde empezó el trabajo de los anatomistas y, muy señaladamente, el de Andrea Vesalius que Petrus Borel, autollamado El Licántropo, destacó por su biografía llena de aventuras y de datos sobre la personalidad de los genios. Este trabajo de Bruno era una selección de láminas procedentes de un libro que lleva un largo título en latín pero que ha pasado a la historia de la medicina simplemente como La fábrica. Bruno hace el texto que acompaña las láminas del artista plástico Jan Stefan Van Calcar. Esta carpeta, publicada por un laboratorio, funde el trabajo de un hombre de ciencia con el de un artista. Ciencia y arte, como en la vida misma de Bruno Estañol.

Vicente Francisco Torres.
Ensayista y narrador. Profesor-investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana (Azcapotzalco).

Nota bene: texto leído en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes el 21 de noviembre de 2021.

Obras de Bruno Estañol

Cèsarman, Eduardo y Bruno Estañol, El telar encantado. El enigma de la relación mente-cerebro, México, Miguel Ángel Porrúa Grupo Editorial, 1994.

———- Como perro bailarín. Origen y límite del lenguaje, México, Miguel Ángel Porrúa Grupo Editorial, 1997.

———- Estañol, Bruno, Fata Morgana, México, Editorial Joaquín Mortiz (El Volador), 1989.

———- Ni el reino de otro mundo, México, Editorial Joaquín Mortiz (Premios Bellas Artes de Literatura), 1991.

———- La barca de oro. Fata Morgana, Aguilar, León y Cal Editores, 1998.

———- El féretro de cristal, México, Aguilar, León y Cal Editores, 1992.

———- La esposa de Martin Butchell, México, Universidad Nacional Autónoma de México (Confabuladores), 1997.

———- Bella dama nocturna sin piedad / Antología de cuentos preparada por Rusell M. Cluff, México, Fondo de Cultura Económica (Letras Mexicanas), 2002.

———- “Andreas Vesalius, anatomista y médico de reyes”, en Láminas selectas del libro De humani corporis fabrica, por Andreas Vesalius de Bruselas, México, Roche, 1994.

———- Passiflora incarnata, México, Aguilar, león y Cal Editores, 2003.

———- La conjetura de Euler, México, Aguilar, León y Cal Editores, 2005.

———- La mente del escritor. Ensayos sobre la creatividad científica y artística, México, Aguilar, León y Cal Editores / Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2011.

———- La cola del diablo, México, Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (Laberinto), 2015.

———- Tiempo es sólo un día, México, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (In Extenso), 2015.

———- El fin del mundo ya pasó, México, Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, 2017.

1 thought on “Bruno Estañol y el oficio de escritor

  1. Como siempre querido compadre, triunfando en todos los terrenos que has caminado. Gran neurologo, donde lograste el respeto de todos por tu conocimiento, en la literatura donde el triunfo no se quedó atrás, en la familia donde Alicia tu esposa que como doctora no se ha quedado atrás siendo tu gran apoyo y desde luego tus no menos brillantes hijas Elenita y nuestra ahijada Ileana triunfadoras también. Bueno, y lo que falta.
    Felicidades amigo…

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