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‘In memoriam’: Felipe Cazals (1937-2021)

El sábado 16 de octubre, a los 84 años de edad, murió el director, guionista y productor Felipe Cazals; con su partida, el cine hispano, el cine iberoamericano, y, sobre todo, el cine mexicano perdió a uno de sus grandes hacedores: el maestro Cazals no sólo fue un director profundamente comprometido con su oficio y su realidad, también fue un cineasta ampliamente imaginativo. Referente indiscutible del cine mexicano a partir de la década de los años setenta del siglo pasado, nos deja como herencia una treintena de títulos entre ficción y documental, varios de ellos fundamentales en la historia de nuestro cine. Sirvan estas líneas para rendirle un homenaje desde Salida de Emergencia


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Hay directores que son capaces de captar de modo auténtico y personal la esencia de la época en la que viven, como si tomaran el pulso de una nación entera. Así sucedió con el director mexicano Felipe Cazals en la mitad de la década de los setenta. Cuando dio a conocer aquel tríptico heterodoxo de Canoa, El apando y Las Poquianchis —las tres de 1975—, fue como si México recibiera un espejo donde contemplarse.

Aunque en su momento causaron controversia —la leyenda que envuelve a Cazals incluye que se hable de él como el cineasta de la crueldad o el cineasta de los excesos—, en ellas su estética y narrativa personal funcionaron como marco para la denuncia o para la crónica áspera de la realidad mexicana. Luego, todo cambió; incluido el propio cine de Cazals. Y es que a esas cintas le siguieron filmes menos interesantes —algunos incluso mal logrados, que el propio cineasta así llegó a reconocer—, los cuales, sin embargo, abarcaron una gama de temas y géneros.

Algo es cierto: desde un inicio, a Felipe Cazals el cine se le dio de manera natural e innata. Y aunque por momentos fue descrito y definido como duro y violento, su cine contenía una riqueza formal de estilo, una gran fuerza narrativa y visual, así como un complejo conocimiento del lenguaje cinematográfico que le dio la posibilidad de mostrar, con sobriedad e intensidad, la crueldad y la compasión humanas a través de una narrativa de esencial crítica social.

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El sábado 16 de octubre, a los 84 años de edad, partió de esta tierra el director, guionista y productor Felipe Cazals; con su muerte, el cine hispano, el cine iberoamericano y, sobre todo, el cine mexicano ha perdido a uno de sus grandes hacedores: el maestro no sólo fue un director profundamente comprometido con su oficio y su realidad, también fue un cineasta ampliamente imaginativo.

Referente indiscutible del cine mexicano a partir de la década de los años setenta del siglo pasado, nos deja como herencia una treintena de títulos entre ficción y documental, varios de ellos títulos fundamentales en la historia del cine nacional.

Cineasta prolífico (político) (social) (polémico), de la extensa lista de películas en su haber podemos mencionar, entre otras, Canoa (que habla sobre el fanatismo ideológico), El apando (sobre el sistema carcelario en los tiempos de mayor represión), El año de la peste (la demagogia gubernamental), Bajo metralla (la guerrilla), Los motivos de Luz (la marginación social sin esperanza), Las Poquianchis (el cautiverio), Aquellos años (la lucha contra la invasión extranjera), Las inocentes (sobre la inculpación en las instituciones religiosas), Kino (sobre los infortunios de un misionero jesuita), Su alteza serenísima (los últimos días de un dictador), Digna… hasta el último aliento (sobre la abogada y activista social Digna Ochoa), Las vueltas del Citrillo (sobre los marginados y su disipación alcohólica durante la agonía del Porfiriato), y sus últimos títulos: Chicogrande (una épica histórica-histérica en tono de western sobre una expedición que pretende capturar a Pancho Villa) y Ciudadano Buelna (sobre la carrera política y militar del revolucionario Rafael Buelna Tenorio).

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Nacido en la Ciudad de México el 28 de julio de 1937, la trayectoria de Felipe Cazals también puede medirse a partir de su extenso listado de premios, los cuales obtuvo —para evidenciar aún más su vocación por el cine— desde sus primeros trabajos. Por ejemplo, ganó el premio al Mejor Cortometraje en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata por Que se callen (1965); al Mejor Cortometraje en el Festival Internacional de Cortometrajes de Sao Paulo por Leonora Carrington, el sortilegio irónico (1967); Gran Premio del Festival de Cine de Autor, Benalmádena, España, por La manzana de la discordia (1968); o la Diosa de Plata a la Mejor Ópera Prima por Emiliano Zapata (1969).

A estos galardones le siguieron, entre otros, el Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine de Moscú por Aquellos años (1972); Gran Premio al Mejor Documental en el Festival Internacional de Documentales de Bilbao por Los que viven donde sopla el viento suave (1974); Premio Especial del Jurado, Osa de Plata, en el Festival Internacional de Berlín por Canoa (1976); Ariel a la Mejor Película y el Mejor Director por El año de la peste (1980); Premio al Mejor Director en el Festival Internacional de Panamá por Las siete cucas (1980); nueve Diosas de Plata y ocho Arieles —entre otros a la Mejor Película y el Mejor Director— por Bajo metralla (1984); Concha de Plata en San Sebastián por Los motivos de Luz (1985); Premio a la Mejor Película, al Mejor Director y al Mejor Actor del Festival de Cine Iberoamericano de Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, por Su alteza serenísima (2001); Premio Especial del Jurado en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana y Ariel al Mejor Documental de Largometraje por Digna… hasta el último aliento (2003). Y, por Las vueltas del Citrillo, premios en Francia, Cuba, España y México.

Felipe Cazals también fue galardonado con la Medalla al Mérito de las Artes por la III Legislatura de la Asamblea del Distrito Federal (2005), y la Medalla Salvador Toscano al Mérito Cinematográfico (2007).

En 2008, además, se le entregó el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2007 en el campo de Bellas Artes —galardón que compartió con el chelista Carlos Prieto—; de acuerdo al acta del jurado, se le otorgó el reconocimiento por su rica trayectoria y por la huella profunda que aportó su obra como cineasta en el ámbito nacional e internacional.

Justamente por el Premio Nacional de Ciencias y Artes, busqué al director mexicano para charlar. Dejo aquí la transcripción de sus palabras no sólo por su valor histórico, también porque éstas —sus palabras— reflejan de cuerpo entero el ser y la personalidad de Felipe Cazals: era un tipo con mucho humor, una persona afable, un ser humano profundamente contradictorio y, sobre todo, un artista —un cineasta— inteligente, siempre sincero, franco, directo, a veces irónico, sin miramientos, y —especialmente y por encima de todo—, sin pelos en la lengua…

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Fue un día de febrero de 2008, cuando Felipe Cazals me recibió para conversar.

Lo primero que quise saber fue sobre su vena política y social. Me interesaba saber, particularmente, si su interés por lo social y por lo político siempre habían estado ahí, desde un inicio, desde que comenzó a rodar, o si esta postura se había dado paulatinamente…

El maestro no lo pensó mucho:

—No, no lo tenía —me dijo—. Mira, a mí me gustó el cine desde niño, he ido a ver cine desde que tengo memoria. Siempre lo digo: yo no tuve infancia, tuve cine. Entonces, lo que sucedió fue que en la década de los sesenta, y los albores de los setenta, mi generación se percató que el cine mexicano estaba totalmente fuera de la realidad. No era difícil comprobar que la temática del cine nacional, entre comedias babosas (supuestamente traslaciones de historias rentables), melodramas, o de plano despistados temas rurales, ya no correspondía al México que nos tocaba vivir. Por lo tanto, muchos de nosotros queríamos cambiar eso; me refiero a los que nos interesaba hacer cine. Para cambiarlo, teníamos una relación directa con el México en el cual vivíamos. Entonces, sentíamos la absoluta necesidad de retratar un México que correspondía a nuestra visión en ese momento. Y ese México no estaba en las películas de Mauricio Garcés…

—Su trabajo ha estado en esa línea, la cual ha tratado de no cambiar para hacerla más comercial; ¿cómo le ha hecho para…/

—¡Pero claro que la he cambiado! ¡Cómo no! —me interrumpió el maestro Cazals—. Tuve que hacer en tiempos de Margarita López Portillo dos filmes de Rigo Tovar, sobre los cuales no escupiré. No hay que negarlo: me pagaron como director de las películas; es decir, devengué un salario y, por lo tanto, uno tiene que cumplir con su trabajo. Que los guiones eran abominables, y que las películas son olvidables, no hay duda. Pero sí he tenido que comer mierda, cómo no…

Dijo esto Cazals, y soltó un risita contagiosa. Tratando de ponerme serio, continué: Creo que planteé mal la pregunta. Me refería a que su cine, al menos la mayor parte de él, ha sido muy político, muy social.

—No es que haya sido muy político —me puntualizó—; lo que sucede es que si en términos temáticos, si lo que propones en tus relatos tiene que ver con la realidad circundante, y tienes una actitud crítica al respecto, transitas inevitablemente por un asunto político. Sin embargo, eso no significa que el interés que esté situado en un relato tenga que ver con una actitud política. Tiene que ver con un punto de vista y una posición crítica. Esto, de hecho, es lo que estableció la diferencia en varias de las películas de mi generación.

Le pregunté, entonces, cómo se había modificado su concepción de lo que era el cine para él. ¿Ha cambiado? ¿Si se ha modificado?

El maestro se tomó unos segundos en responder, como tratando de sopesar sus palabras. Entonces, dijo:

—Sí ha cambiado, claro. Ha cambiado porque la concepción de la otra mitad para quien está hecho el cine, que son espectadores (pues el cine sin exhibición no tiene sentido), se ha convertido ahora en cliente y consumidor; así que lógicamente las películas ya no son iguales, lógicamente los contenidos no son los mismos. Por lo tanto el espectador (que ya es cliente y consumidor) exige cada vez más productos ya masticados, que sólo sean entretenidos… Esto, claro, afecta la producción cinematográfica, afecta la intención de los cineastas y afecta la calidad de las cintas.

—Entiendo a qué se refiere —le dije—. A veces sorprende que filmes arriesgados, poco convencionales, vamos, nada comerciales, al ser programados dentro del circuito comercial, o incluso en los mismos festivales de cine, le resulten aburridísimos al público…

—Sí, pero la pregunta es: ¿por qué son aburridísimos? La respuesta es sencilla. Primero, porque el espectador no está dispuesto a hacer el menor esfuerzo. Dos: porque probablemente la sinceridad del cineasta, que está en el filme, es mayor que la del espectador que está aplastado en su butaca tragando palomitas. Tres: porque probablemente gracias a la abominable televisión, y lo que ésta contiene, el espectador se ha ido cretinizando paulatinamente. Y cuatro: porque lo quieran admitir o no, luego de seis años de un presidente analfabeta, las generaciones pueden crecer idiotas.

(Paréntesis: recordemos que estamos en 2008.)

“Y no es exageración —prosiguió, enfilado, el maestro Cazals—: los chamacos que tenían 12 años cuando entró Vicente Fox hoy tienen 18 o 19 años, y nunca han abierto un libro. No saben qué es eso. Para la administración Fox, el cine, la investigación científica, las artes, eran un asunto que debía estar en el rubro de la socialite. Y así nos la pasamos seis años, en un país de cien millones de habitantes. Ahora tenemos que ponernos al día y recuperar los años perdidos, más los años que han transcurrido de este sexenio calderonista. Me refiero a que es momento de que esos 20 o 25 millones de habitantes, potencialmente capacitados, abran libros y vayan a ver un cine que les interese… Y, en el mero campo de la expresión creativa, ése es un trabajo difícil para los cineastas. Sí, es difícil capturar a esos espectadores, que en realidad son muy pocos… Vaya, encauzarlos de nuevo a ver buen cine…”

—¿Es de los que echa porras, al igual que el Imcine, cuando dice que se hicieron más de 70 películas, una de las cifras más altas de los últimos años?

—La cuestión es que dónde fueron exhibidas —me respondió el director (casi retratando la actualidad)—. Porque las películas se hacen para ser exhibidas. Los exhibidores, para mí, son los enemigos del cine mexicano porque son empleados del cine estadounidense. Entonces mientras no se resuelva el aspecto de la exhibición, el volumen de producción puede ser cada vez mayor, pero eso no significará nada. Cuántas semanas, de las 54 que hay, se le otorgan al cine mexicano. No es dádiva. Lo cierto es que la situación está al revés: los exhibidores no nos hacen un favor, las pantallas son mexicanas. La administración pública les tiene que decir basta.

—¿Llegaremos a ver ese “basta”?

—Uf. Está cabrón.

—Bueno, ya ve esa bufonada del Día del Cine Mexicano.

—Eso es una mamada; lo único que hacen es discriminar más al cine mexicano. Imagínate que en Francia hicieran el Día del Cine Francés. El público, los cineastas, se levantan en armas. Es un caso discriminatorio. El caso del cine mexicano es sencillo: están robándonos las pantallas. Punto. El gobierno dice “es que es un asunto entre particulares, yo no me puedo meter”. No puede ser posible. ¿De qué sirven, entonces, 70, 80, 90 películas al año? De nada. A los exhibidores no les interesa el cine nacional porque su programación anual ya está vendida, está bloqueada con el Hombre Araña 14, Santa Claus 5, James Bond 23 y lo que siga. Entonces nos ofrecen los pequeños espacios que les queda. Y el gobierno no interviene. Y es fácil hacerlo: un paro en seco, y se acabó. Y no lo hace porque considera que el cine es un asunto comercial. No es así. El cine es mucho más importante de lo que parece. Y eso mucha gente lo sabe.

5

“Además de ser una aventura, ser director de cine es un oficio”, me dijo, en un momento dado de nuestra conversación, Felipe Cazals.

Que hablara de ello, me sirvió para preguntarle sobre la misión del cineasta: ¿cuál era?, ¿la había?

El maestro ni siquiera me dejó proseguir:

—El cineasta —me respondió de inmediato— no tiene ninguna misión, como tampoco el poeta, el pintor o el músico tienen obligaciones o compromisos con nadie . Solamente uno, en lo particular, sabrá si fue correspondiente al tiempo que le tocó vivir y en el país en el cual vivió. Luego el tiempo y su obra demostrarán si la omisión le sirvió para algo, o al contrario.

—Y, llegado a este punto, ¿cómo ha cambiado su manera de abordar el lenguaje cinematográfico?

—Hoy trato de filmar de una manera mucho más sencilla. Pero eso no es nada nuevo, porque conforme los años pasan, conforme uno se va percatando que la sencillez es la mejor manera de expresarse, en el lenguaje cinematográfico también pasa lo mismo. Y más en estos tiempos, cuando el atiborramiento de imágenes tiene a todos hasta el hartazgo. ¿Por qué? Porque la mayoría de estas imágenes están falseadas, manipuladas, mal intencionadas; ya nadie cree en ellas. El reto, entonces, es volver a hacer que un relato en imágenes sea atractivo, sea interesante para quien está sentado viéndolo. Creo que la única manera es volviendo a lo más sencillo, a lo básico: a que no haya manipulación, al entendimiento casi inmediato y sincero entre la proposición del cineasta y lo que le queda de voluntad al espectador.

—¿Cree que ha dejado escuela?

—No, en lo absoluto. Porque el cine no es una cátedra, no es una disciplina académica. El cine es un modo de expresión, no de comunicación. La comunicación lo dejamos al electrodoméstico que es la televisión, y a esos otros hijos bastardos que se parecen al cine pero que no tiene nada que ver con él.

—Bueno, le cambio la pregunta: cómo don Felipe Cazals ha podido lograr una vasta obra, o al menos continuar por…/

—Partiéndose la madre —me respondió el maestro de inmediato, y soltó una risa contagiosa—. Cuando te pegan, te levantas. No hay de otra. Boxeando y noqueando. Pero para todos los cineastas ha sido muy complicado, no sólo para mí; y, seguramente, lo seguirá siendo para todos. No es que haya adversidad insuperable, es que hay obstáculos constantes; lo pongo así: los que invierten su dinero lo invierten en condiciones de alto riesgo. Porque una película no tiene palabra de honor. A nadie se le puede jurar nada. A nadie se le puede asegurar nada.

—¿Cuál es su motivación, entonces, de seguir haciendo cine?

—Contar historias que me siguen preocupando. Ah, eso sí: haré probablemente una película más y yo creo que con eso. Porque las condiciones tienen que ser de atleta, ya que si no estás en forma, el director de cine no tiene el timón en la mano. Así que haré una película más, que ya está avanzada, y listo. Habré hecho lo que pude. No habré hecho todo lo que quise, pero habré hecho lo que pude. Además, hay un relevo generacional que es lógico y necesario. El espacio es ahora de otros.

Colofón

Después de aquella conversación, el maestro Felipe Cazals filmaría otras dos cintas: Chicogrande (2009) y Ciudadano Buelna (2012).

Hace unos meses, en una charla con el diario Reforma, comentó que tenía todavía proyectos que buscaba filmar mientras le alcanzara la vida: “Yo nunca dejo de pensar que filmaré algo en cuanto se pueda. Mientras haya vida, está la posibilidad”.

Pero esa posibilidad ya no llegó. El pasado 16 de octubre, a los 84 años de edad, Felipe Cazals dio su último suspiro.

Como le dijo a Reforma Leticia Huijara, actriz y nueva presidenta de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas: “La historia contemporánea del cine mexicano no se entiende sin la presencia de sus películas”.

Y sí, tiene mucha razón: la historia contemporánea de nuestro cine no se entiende sin la presencia de Felipe Cazals, sin la presencia de sus películas…

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