Cuando yo sea jefe de una revolución, los políticos delincuentes corren peligro de que los mande fusilar

Narrador ácido e ingenioso, académico riguroso y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, un crítico siempre implacable, hombre de personalidades múltiples y combatiente con las palabras (y con las armas cuando fue necesario), don Juan Miguel de Mora habría cumplido cien años el próximo 18 de octubre. El texto siguiente intenta mostrarnos algunas facetas del amor y el humor que impregnaron su vida.


Hay una anécdota que describe muy bien cómo era don Juan Miguel de Mora (1921-2017). Lo esperaba yo en la cafetería de un centro comercial al sur de la Ciudad de México para una entrevista acordada previamente. Habían pasado ya 15 minutos de la hora que tenía registrada para nuestra cita y don Juan Miguel no se veía por ningún lado, lo que me pareció muy extraño. Di por hecho que me había equivocado, que había apuntado mal el momento en que nos encontraríamos y que seguramente nos veríamos ahí mismo un poco más tarde. Así que me senté y ordené un café. Apenas le di el primer sorbo cuando llegó don Juan Miguel acompañado de su esposa Ludwika Jarocka. Enseguida nos saludamos y antes siquiera de tomar asiento me dijo muy atribulado: “Soy el culpable absoluto de que llegáramos tarde. Discúlpeme por favor”. Le respondí que no se preocupara, que yo incluso me había pedido ya un café. Pero enseguida intervino Ludwika para aclarar las cosas: “Perdone al maestro, como debe saberlo, él siempre llega puntual a sus citas. Todo fue culpa mía”. A lo que don Juan Miguel replicó, tomándome discretamente del brazo, casi en secreto: “No haga caso. No es verdad. No fue totalmente su culpa”.

Esta interacción entre don Juan Miguel y Ludwika me resultó peculiar pues lo que se ve en general entre las parejas es un echarse la culpa uno a otro. (Más común resulta, al menos en México, atribuir cualquier retraso al bando femenino. “Ya sabes, tarda dos horas en arreglarse”. “Típico de las mujeres: no hallaba qué vestido ponerse. Por eso llegamos tarde”. “Salimos a tiempo, pero la señora se puso a platicar con la vecina y todo se arruinó”. En fin.) En el caso de don Juan Miguel y Ludwika, por el contrario, cada uno quería cargar con la responsabilidad del retraso. De lo que intenta dar cuenta, pues, esta anécdota, es del amor en la pareja. Un amor casi utópico. Un amor que se mantuvo vivo entre los dos por cerca de 50 años, hasta el fallecimiento de don Juan Miguel, el 18 de marzo de 2017. Así describió el maestro Mora, durante aquella entrevista que sostuvimos en un café al sur de la Ciudad de México, ese amor por su esposa. Era marzo de 2012:

—Llevo 43 años viviendo un amor utópico pero nadie me lo cree. Nadie. Por eso ya ni lo digo. Y por eso mi esposa [Ludwika Jarocka] y yo tenemos que ocultarnos y escondernos, pues si nos dejáramos llevar por nuestra manera de ser y nuestro temperamento estaríamos besándonos como los chavos en público. Y ya me imagino lo que dirían los demás: “¿Qué les pasa a estos viejos ridículo?”. Ya sabe usted como es la gente.

Autor de un centenar de libros y con una personalidad múltiple, como lo describió Ludwika Jarocka, don Juan Miguel de Mora fue profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM desde 1965. No sólo era reconocido como uno de los mejores sanscritistas del mundo, sino que la Jain Vishva Bharati University de la India lo consideraba profesor emérito, deferencia que su propia universidad (la UNAM —tantas veces extraviada en esto de los reconocimientos—) no le otorgaría jamás. La Base de Datos Bibliográfica de Humanidades y Ciencias Sociales de la UNAM consigna que fue distinguido con el Premio Anekant Samman que otorga la Fundación MG Saraogi, de Calcuta, dotado con cien mil rupias. El premio se debió a su conocimiento, interpretación y difusión de la filosofía Jaina, el Anekantavada. Sólo él y un profesor alemán han obtenido dicho premio en occidente.

Además de en la UNAM, don Juan Miguel estudió en la Universidad de París, en la Universidad Latinoamericana de La Habana, en la Facultad de Letras de Saigón (hoy Ciudad Ho-Chi Minh), Vietnam, y en la Universidad de Pekín. Consiguió dos doctorados honoris causa en Inglaterra y fue profesor visitante en la Universidad de Delhi. Muchos años trabajó para el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. A la par de toda esta formación, logros y reconocimientos, don Juan Miguel de Mora poseía una sabiduría y un humanismo que lo desbordan. Son ese tipo de sabiduría y humanismo que no se dan (o no sólo se dan) en las aulas, en los libros, en el conocimiento. Por ejemplo, combatió en la Guerra Civil española, al lado de las Brigadas Internacionales, la tiranía de Franco. Luego, de vuelta en México, debió exiliarse en Francia por “incompatibilidad de caracteres”, como solía ironizar, con Díaz Ordaz.

Queda claro, pues, que don Juan Miguel de Mora fue también un defensor de la libertad así como un feroz y agudo crítico que denunciaba y combatía a los políticos delincuentes, lo mismo nacionales que extranjeros.

—Siempre he detestado a los políticos delincuentes —me dijo en una ocasión—. Los abomino. Y le aseguro que cuando yo sea jefe de una revolución, todos ellos corren peligro de que los mande fusilar.

Hablando de la historia de México, decía que, por un lado, que se inventan y se hacen falsos héroes y, por el otro, que se denigra y se olvida a los auténticos. Un ejemplo muy claro de ello es el general Ignacio Zaragoza y su ejército, pues cuando se habla en la historia oficial de la Batalla de Puebla nadie cuenta el pequeño detalle de que, tras derrotar a los invasores, el general Zaragoza, “éste sí es un verdadero héroe”, le mandó un telegrama al presidente Juárez diciendo no sólo, como recuerdan casi todos, que las armas nacionales se habían cubierto de gloria, sino advirtiéndole además: “No he mandado incendiar esta ciudad de Puebla porque hay niños e inocentes, pero todos estaban con el enemigo”.

—A que eso último —decía Juan Miguel— no lo han divulgado, ¿verdad? Como tampoco divulgan, cuando conmemoran la invasión gringa en Veracruz, que la mayoría de las “buenas familias” de entonces estaban esperando que la niña se casara con un “americano”. Eso no lo dicen. ¡¿Qué México es éste?! —reclamaba, enojado, don Juan Miguel.

Para él, que muy bien sabía del asunto, siempre hubo dos tipos de seres humanos que escriben libros: los escritores y los “escribidores”. Los primeros escriben porque necesitan decir —denunciar más bien— algo: “Desde una injusticia en su pueblo hasta una refutación a Heidegger. Y esa necesidad les impele a escribir. Para esos (entre los que me encuentro) no importan las cifras de libros publicados. Cuando nos ahogan o nos silencian gritamos de otro modo y nuestra verdad llega, aunque sólo sea a una persona que ni siquiera nació aún cuando escribimos. En México llevamos ya siglos denunciando la corrupción, los crímenes y la inmoralidad de quienes nos gobiernan, desde los virreyes hasta las presidencias panistas, pasando por el callismo y el PRI. Escribimos porque un sentido íntimo de la dignidad nos obliga a hacerlo. Los escribidores son quienes escriben buscando el dinero y la fama. Y algunos son muy buenos en su imaginación y en sus argumentos e historias. Los gringos llaman best seller a sus libros”.

El humor que en su vida y en sus textos lo tejía de manera fina y mordaz. En una de sus obras, Kurrumba Laka, podemos encontrar varios misiles teledirigidos lanzados por el narrador de la novela con una precisión gozosa: “Don Austreberto, hombre de muy firmes principios, contrajo nupcias con una jovencita. La flamante esposa conoció a su marido en tres entrevistas que sostuvo con él en el locutorio, tiempo que duró el noviazgo; y nada sabía de matrimonios, de manera que llegó con una ignorancia absoluta de todo lo relativo a la vida conyugal, pero, enseñada en el convento a la sumisión, se adaptó rápidamente a la intimidad con don Austreberto. Sólo dos cosas la sorprendieron, pero se guardó muy bien de hacer ningún comentario: la primera fue que su esposo nunca se ponía esa especie de impermeable pequeñito que siempre usaba el padre Benedicto, y la segunda que Austreberto no le daba estampitas de santos cuando lo hacía con ella”.

Así, como ese narrador ácido e ingenioso, fue siempre implacable don Juan Miguel de Mora.

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