El tren de la vida se llama tiempo, y cuando uno canta se sube al tiempo, y cantar es contar cómo pasa el tiempo, porque la voz se escurre en la misma medida que el tiempo que se mueve para donde ya sabe.


Uno canta mientras va cortando flores por el sendero —como la Caperucita o la Novicia Rebelde—, o más bien mientras va agarrando latas por los pasillos del súper —su equivalente— o cuando va manejando por donde no hay mucho tráfico —y así como canta es como se ha de sentir manejar: si acelera, se le acelera la canción—. O sea que uno canta cuando parece que no va pensando en nada, pero en realidad es que va pensando con las manos y los ojos y el resto de los movimientos del cuerpo, cuando uno va subido en el tren de la vida y lo que está haciendo ya adquirió soltura, paso y dirección, así que todo es ya nada más cuestión de coser y cantar. Uno canta cuando está quitado de la pena, y lo hace como para enterarse de lo que se siente estar pensando: a la hora de secarse el pelo, de caminar a la esquina, de poner ladrillos, de doblar la ropa.

El tren de la vida se llama tiempo, y cuando uno canta se sube al tiempo, y cantar es contar cómo pasa el tiempo, porque la voz se escurre en la misma medida que el tiempo que se mueve para donde ya sabe. En estos casos da lo mismo lo que uno cante con tal de que tenga el mismo ritmo que lo que está haciendo, y por eso a veces es puro tarareo, mero lalaleo. A los bebés les cantan canciones de cuna para limarles los sobresaltos del día que desentonan y subirlos al trenecito que se mueve tan a gusto que se duermen. Para eso sirven los estribillos de las canciones: “No hay nada más difícil que vivir sin ti” o cualquier otra tonadita que llegue sola. Porque la verdad es que las canciones se cantan solas: ellas escogen cuál se quiere cantar y uno nada más pone la boca que estaba desocupada.

Es como si las canciones fueran, en rigor, el ritmo acompasado de las cosas al usarlas (de los pasos, de las puertas, de los platos, de las llaves, de la vida), a las cuales uno va envolviendo con la voz para que estén juntas y ordenadas. De hecho, la sociedad humana empezó en el momento en que los ruidos del mundo se ordenaron en los oídos, y los gruñidos se acomodaron entre sí y así se fueron volviendo voces de los que se daban cuenta de que estaban juntos y eran un grupo, y de que así estaban bien, de que todos pertenecían a una misma realidad, a la misma canción, una canción primordial. Por eso a los humanos les gusta cantar juntos, como celebrando su humanidad, en los conciertos, con el karaoke, con el radio, con sus cuates en las juergas, en el coro de la parroquia, con un disco, con un iPod, con el ruido de la regadera, y no es que ellos acompañen a las canciones, sino que las canciones los acompañan a ellos.

Claro que cuando hay que poner atención y fijarse en algo, como cuando el tren entra en un túnel o cambia de vía, es decir, cuando hay que hacer cosas no con las manos ni con los pies sino con la boca y las palabras, como a la hora de sumar y dividir, de preguntar, de planear, de imaginar, las canciones se suspenden, porque aquí no se trata de coser y cantar sino de despacito y buena letra, y en vez de andar pensando lo que se siente, ahora hay que ir sintiendo lo que se piensa para no perder la concentración y para que salga bien.

Pero, a veces, por angas o por mangas, llega la de malas, y entra en la vida un ruido de tuercas que rebotan, de bielas que se rompen, de tuberías que se atascan, y nada fluye, y el tren del tiempo de la vida como que se zafa y se desencamina, y uno no sabe ni qué hacer con las manos ni qué hacer con las palabras ni sabe qué sentir ni qué pensar, y sobre rieles no va nada. Haga uno de cuenta que lo abandonan o que lo despiden, que se le muere alguien, que en vez de ocupaciones tiene preocupaciones, problemas, soledades, malas noticias, fracasos, tarjetas vencidas, callejones sin salida, y que los cuatro párrafos anteriores parecen falsos y éste parece el único verdadero. El río de tuercas se atranca a la altura de la tráquea, y de ahí no puede salir ninguna cosa cantada, si acaso gemida.

Cuando uno ya no puede cantar es que la circunstancia está grave, porque significa que el tiempo ha dejado de moverse, la vida se paraliza y uno se queda como si viviera en la Zona Fantasma. En estos casos se pueden hacer muchas cosas, pero en mitad de todas, cuando en una de ésas, como en un descuido, le empieza a aparecer en la boca o más adentro una cancioncita tímida, casi callada, que tiene la tonada de su estado de ánimo, es que el pensamiento se está volviendo a reunir con el sentimiento, y uno vuelve a ser humano, y la vida como que está agarrando de nuevo el paso. Uno canta para quitarse la pena: por lo común se requiere algo más que un estribillo, y por ello es recomendable contar con una reserva de canciones para buscar la que necesita, y si uno le atina a aquélla que es capaz de decir lo que se siente, y la sigue, ya con eso podrá andar por el día suficientemente acompañado.

Parece que hay que desconfiar de los que nunca cantan, porque ni nunca están contentos ni nunca los ha dejado el tren.

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