Compartir frases célebres

Las plataformas publicitarias como Facebook y Twitter se han convertido, hasta cierto punto, en un concierto no de voces literarias, sino de balbuceos literarios. Nada peor le puede ocurrir a un autor que ser conocido sólo por algunas frases de lo que ha escrito.


¿A quiénes les sirven esos horrorosos libros que anuncian que los lectores encontrarán en su interior “frases célebres”? Libros como El gran libro de las frases célebresFrases célebres para toda ocasiónLibro de oro / Frases célebresCitas y frases célebresFrases célebres de todos los tiempos, etc., afectan de manera negativa tanto a la lectura como al pensamiento, promueven la incultura y favorecen las actitudes exhibicionistas y, de paso, la banalización del saber y del conocimiento. Para los cazadores de frases célebres lo que menos importa es poder distinguir entre un epigrama, un proverbio, una chanza, un obiter dictum, un adagio, un aforismo, etc. Es más, podríamos tener casi la certeza de que les importa más adquirir vistosidad en sus plataformas publicitarias compartiendo frases célebres que comprender el significado de lo que comparten. Ese balbuceo cultural con el cual pretenden diferenciarse de sus iguales les permite obtener una especie de reconocimiento como seres profundos, filosóficos, asiduos a la lectura o algo por el estilo.

Es cierto, hoy día a muchos les resulta difícil resistirse a transcribir una sugerente reflexión (subrayarla quizá) con la que se toparon mientras leían un libro para luego publicarla de manera inmediata en sus muros de Facebook o hacerla circular en Twitter. De alguna manera las plataformas publicitarias resultan ser una adorable tentación para compartir no sólo lo que uno piensa y siente, sino lo que uno lee y aquello con lo que uno simpatiza intelectualmente. De hecho si está leyendo esto y alguna frase le parece sugerente, podría tomarla y compartirla junto con el enlace del artículo (sería un bonito gesto de su parte y será recompensado con un “me gusta”). En las plataformas publicitarias una manera de interactuar con los otros es compartiendo lo que uno ve, escucha, saborea, olfatea, etc. Pero también lo que uno lee. Los cazadores de frases célebres no leen libros o artículos y suelen desconocer el origen de las frases que comparten e, incluso, la autoría de las mismas (aunque mencionen al autor).

Sí. Estos cazadores de frases célebres dejan ver, de manera cínica y descarada, su profundo desconocimiento de Charles Bukowski o de Henry Miller cuando comparten alguna frase de cualquiera de los dos como si tuviese un significado motivacional propio del discurso inculto y prosaico de la psicología positiva. Puede ser que estos analfabetos funcionales jamás hayan tenido entre sus manos algún libro de Nietzsche o de Schopenhauer, pero hayan compartido, con prestancia, alguna de sus profundas ideas filosóficas. Es probable que alguna de las frases compartidas les haya valido algunos puñados de likes (porque en el fondo no es el significado de la frase lo que les importa, sino compartirla y provocar reacciones entre sus contactos). Si el lunes citan un extracto de “Viceversa” de Benedetti, el martes uno de “Es olvido” de Nicanor Parra y el miércoles uno de “Cartas de amor” de Pessoa [aunque el poema en realidad se llame “Todas las cartas de amor son ridículas”]. Da lo mismo. Y da lo mismo porque el jueves pueden toparse con algún pasaje de La casa de los espíritus de Isabel Allende, el viernes con alguno de La hora sin diosas de Beatriz Rivas y el sábado con uno de Estuche de muerte de Susan Sontag. El domingo, seguro y sin chistar, pueden reservarlo para la Biblia.

Las citas parentéticas y narrativas cumplen funciones muy específicas en la escritura de un artículo o de una tesis. Pueden ayudar a argumentar a favor o en contra de determinadas ideas. Pueden servir como un medio de apoyo para acreditar o socavar versiones e interpretaciones de distintos autores. Pueden utilizarse para ganar credibilidad e, incluso, para cumplir con los requerimientos formales de escritura académica y científica, etc. Pero desprovistas de sus funciones formales, el sentido y el significado de citar frases célebres cambia radicalmente. No busca reafirmar argumentos o ideas propias, pero tampoco ir a contracorriente de la crítica. Citar y compartir frases célebres cuya descontextualización ya no es propiamente el resultado del ejercicio intelectual de quien la transcribe o simplemente la copia, la corta y la pega en sus plataformas publicitarias, sino la aniquilación del pensamiento en tanto que busca el objetivo, bien de suscitar reacciones entre sus contactos, bien de mostrar su simpatía con el significado de algo que no ha comprendido en el contexto donde fue producido, bien de simplemente ser visto.

Si el objetivo es la vistosidad o suscitar reacciones entre los otros, el significado de lo que contiene una frase pasa a un segundo término entonces. Si lo que importa es que el carácter o la cualidad perlocucionaria (los efectos que produce) de una frase se traduzca en vistosidad y reacciones, ¿qué más da si se comprende su fuerza ilocucionaria (lo que hace) o su significado en el contexto en que fue escrita? El pensamiento de los filósofos, escritores, sociólogos, psicólogos sociales, etc., no puede comprenderse a través de la inútil extracción de frases conmovedoras de sus obras si su objetivo no es otro más que simplemente compartirlas. Nada peor le puede ocurrir a un autor, parece, que ser conocido sólo por algunas frases de lo que ha escrito. “El medio es el mensaje” o “la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido” son dos buenos ejemplos de cómo dos autores pueden quedar reducidos a casi nada.

Ahora sí, haciendo justicia a un gran filósofo como Michel Onfray, en ese libro que tanto escozor les ha provocado a los fanáticos de Freud [Freud: el crepúsculo de un ídolo], explica que las postales en filosofía son clichés obtenidos por simplificación a ultranza y tienen eficacia en tanto que se proponen decir la verdad a partir de una escena o un recorte. Estas postales reúnen, en una viñeta simple, una especie de atajos, compendios, resúmenes, etc. Y, dicho sea de paso, la utilización de postales para enseñar psicoanálisis es una práctica bastante extendida entre los miembros de esa extraña secta. Esas postales que reproducen clichés y que son repetidas a coro, dice Onfray, terminan por constituir una vulgata (podemos agregar limitada y empobrecida). Nada peor ni más deleznable que una obra sea reducida a una frase o devenga un compendio mal hecho de clichés. Las obras, argumentos, ideas, etc., reducidas a frases célebres tienen poco que ofrecer en tanto que pueden quedar reducidas al simple hecho de saber que fueron dichas por alguien, y a veces ni eso porque en muchas ocasiones se les atribuye una autoría que no les corresponde.

Este artículo va a recurrir a la utilización de una frase célebre para tratar de ilustrar todo lo que se dijo ya que, después de todo, “la vida es como un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido”. Y, por si acaso, no se moleste en buscar su autoría, ni trate de dar con su contexto de escritura, ni se preocupe si está bien traducida. Después de todo, lo que debe importarle es el efecto que produzca en usted; esperando que dicho efecto sea el indicado para que se sienta tentado a compartirla en su muro de Facebook, por ejemplo. Después de todo las plataformas publicitarias se han convertido, hasta cierto punto, en un concierto no de voces literarias, sino de balbuceos literarios. Balbuceos que dan cuenta de que “los niños quieren hablar”, pero que no lo logran ni por asomo y sólo producen conmiseración (no ternura).

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