‘In memoriam’: Mikis Theodorakis (1925-2021)

Puede que para buena parte del mundo sólo sea el compositor de una canción universal: “Zorba”. Pero para los griegos, en realidad, la muerte de Mijalis Mikis Theodorakis significó la desaparición de una divinidad. Fallecido el pasado 2 de septiembre a los 96 años, Mikis Theodorakis fue una de las figuras más emblemáticas e importantes de la Grecia contemporánea. Y no sólo por su música. También encarnó las luchas políticas y sociales que marcaron a su país, aunque por momentos lo hizo de manera muy contradictoria…


Fuerza y lirismo, Theodorakis y la epopeya del sirtaki

Federico Scoppio

Bandas sonoras, canciones, obras profundamente arraigadas en la tradición cultural y musical de su Grecia natal, pero siempre volcadas en la actualidad. Mikis Theodorakis deja en herencia un prisma de expresiones que han aportado color a la música del siglo XX, el siglo corto. Poesía y compromiso social en cada obra, fuerza y lirismo por doquier en su música, en sus siete sinfonías clásicas, pero genéticamente modificadas, en las cuatro óperas y en los diversos ballets que compuso. Sin embargo, nada ha hecho más justicia a su alma que la banda sonora de Zorba el Griego: poética y profunda, pero tan irreverente. Hubo mucha gente que, al escuchar por vez primera el sirtaki, pensó que era música tradicional de alguna isla de Grecia.

Todo lo contrario: la compuso Theodorakis con menos de 40 años, regalándosela a su patria, tomándola del baile popular hasapikó y estableciendo un crescendo obsesivo que pasa de lo trágico a lo cómico en el espacio de unos pocos compases. Y la escena final de la película —estrenada en 1964 y dirigida por Michael Cacoyannis— evoca perfectamente su carisma. Zorba es un lince que se lo ha quitado prácticamente todo a Basil, hasta sus sueños. Sin embargo, los dos se encuentran en una playa al final de su viaje. Y Zorba le dice: “Te estimo demasiado como para no decírtelo; tú, míster, lo tienes todo menos una cosa: la locura. Necesitas un poco de locura, de lo contrario nunca podrás arrancarte las cadenas y ser libre”. “Enséñame a bailar”, le responde John. “Teach me to dance”. Grandes risotadas y un sirtaki de vértigo.

Mikis Theodorakis llevaba enfermo desde hacía tiempo y estaba profundamente curtido. Más que por la pandemia, por todo lo enfermo y perverso que ocurre cada día en el mundo y en particular en su país, al que amaba y despreciaba a partes iguales. En los años sesenta, contribuyó de forma notable a la renovación cultural de Grecia. Tras los campos de concentración y la deportación, consiguió graduarse en el Conservatorio del Odeión y ampliar estudios en París. Comenzó luego a moverse: de París pasó a Londres, luego a Rusia y finalmente a Italia. Su obra se divide en sinfonías cultas y canciones populares.

Entre nosotros [en Italia], llegó a escribir incluso para Iva Zanicchi y Milva. Bajo la dictadura, se prohibió su música, pero de alguna manera siguió siendo la voz de los que sufrían, de los que luchaban y de los que no se daban tregua. Para el cine lo llamó Costantin Costa-Gravas (Z y État de siège [Estado de sitio]) y Sidney Lumet para Serpico. Es profundo, sincero, riguroso en su perfecto análisis de las escenas y calibra perfectamente su gramática a la hora de dar una vestidura sonora a sus personajes. Dio su primer concierto a los 17 años en Trípoli, y desde entonces, una infinidad de conciertos, festivales y encuentros hasta hace pocos años. Memorables son algunas canciones con letra de poetas como Yannis Ritsos, Yorgos Seferis, Pablo Neruda y Odysseas Elytis.



Un comunista inestable

Dimitri Deliolanes

“Hermanos míos, fascistas, terroristas, nazis, pandilleros”. Con estas impresionantes palabras comenzó Mikis su último discurso público. Era el 4 de febrero de 2018 y la muy céntrica plaza de Syntagma se hallaba abarrotada de manifestantes que protestaban contra el acuerdo sobre la denominación de Macedonia del Norte que acababa de firmar el gobierno de entonces de Alexis Tsipras. Más tarde explicaría que estaba siendo irónico, pero el hecho de que gran parte de la multitud que se encontraba frente a él estuviera formada en realidad por militantes de Amanecer Dorado, que enseguida intentarían un asalto al odiado Parlamento, hizo que su broma resultara terriblemente dolorosa.

Desde luego, Theodorakis no se había convertido al fascismo como un nuevo [Nicola] Bombacci [inicialmente socialista, uno de los fundadores del PCI en 1921, convertido luego al fascismo y fusilado junto a Mussolini en 1945]. Pero verle sentado en el estrado, a sus 94 años, en una silla de ruedas, rodeado de ultranacionalistas histéricos, curas cismáticos, nostálgicos de los coroneles y toda clase de chiflados, daba pena. ¿Qué había pasado con el músico más grande del país, el artista supremo que había cantado la heroica resistencia contra el fascismo, en la que había participado, y que había puesto música a los versos de gigantes de la poesía como Pablo Neruda, Yannis Ritsos y a los Nobel griegos, Odysseos Elytis y Yorgos Seferis, sufriendo cárcel y tortura sin renunciar jamás a sus ideas?

La verdad es que durante muchos años Theodorakis había emprendido un camino político muy personal y muy contradictorio que a veces le llevó a alinearse con la derecha. El primer paso lo había dado en 1970, cuando el radical francés Servan Schreiber consiguió arrancarle de las manos del régimen militar y llevarle en libertad a París. Declaró que ya no era comunista, para luego explicar que no había elegido ninguna de las dos ramas en las que se habían escindido los comunistas griegos.

Continuó, sin embargo, con gran pasión la labor de denuncia de los coroneles, con grandes conciertos por toda Europa. Hasta ese momento, Theodorakis había sido presidente de la Juventud Democrática Grigoris Lambrakis. Se trataba de la organización juvenil del Partido de la Izquierda Unida (EDA), que se formó cuando se ilegalizó a los comunistas. El nombre provenía del diputado de izquierdas salvajemente asesinado en 1963 por la derecha gobernante. Es la historia de Z, la novela de Vassilikós llevada posteriormente al cine por Costa Gavras. Al mismo tiempo, había entrado en el Parlamento con la EDA.

En los meses siguientes a la caída del régimen militar, en 1974, el gran compositor sorprendió a todo el mundo diciendo que había que votar al líder de la derecha democrática Karamanlis o, de lo contrario, “volverían los tanques”. Se legalizó a los comunistas, pero ni los prosoviéticos del KKE ni los “innovadores” eurocomunistas del “Interior” parecieron tener en cuenta sus habilidades como líder político. Theodorakis se mostró decepcionado y muy crítico con sus antiguos compañeros: intentó mantener viva la EDA, pero con escasos resultados.

Se le consideraba un gran artista, pero políticamente inestable, caprichoso y, sobre todo, poco disciplinado. Prueba de ello fue que el compositor abandonó a su suerte a la moribunda EDA y comenzó a acercarse a los comunistas prosoviéticos del KKE. Le recompensaron con una candidatura a la alcaldía de la capital y le eligieron después dos veces para el Parlamento. Con magros resultados: se ausentaba de las reuniones y votaba a veces en contra de las indicaciones del partido. Theodorakis había empezado ya a acercarse tímidamente a los socialistas del PASOK de Andreas Papandreu, entonces en el gobierno. En el PASOK, sin embargo, había una competencia sin tregua y bien pronto comenzó a atacar al líder socialista, llamándolo “demagogo”, “mentiroso” y “agente de los norteamericanos”.

De este modo, consiguió ganarse la simpatía de los adversarios de Papandreu en la derecha. Fue sobre todo Konstantinos Mitsotakis, padre del actual primer ministro, quien logró reconciliarle con el partido derechista Nueva Democracia. En 1990, aunque por un solo voto (comprado a un partido minúsculo) Mitsotakis consiguió la mayoría parlamentaria y recompensó al gran compositor con el Ministerio de Cultura. Para la opinión pública fue una conmoción. El padre de Mitsotakis no era nada popular. El apodo de “el apóstata” le siguió como una maldición. Se lo ganó cuando traicionó al primer gobierno democrático del país y planeó su derrocamiento, allanando así el camino al golpe de los coroneles. Un primer ministro así no puede durar mucho tiempo y, de hecho, pronto se derrumbó.

La última criatura política de Mikis se llamaba Spitha, es decir, Chispa. Nació poco después del estallido de la crisis y de las imposiciones de la eurozona, en una plataforma “patriótica” bastante confusa. Intentó competir con el impetuoso auge de Syriza, pero sin éxito. Tal vez a eso se deben sus despiadadas polémicas con los compañeros de Tsipras, definidos, en su penoso discurso final en Syntagma como “fascistas con apariencia de izquierdas”.

Enorme artista, el mayor músico griego de todos los tiempos, querido y adorado por todos, fuera también del país. Pero político mediocre, que ambicionó siempre a ser reconocido y aceptado como líder sin tener ni la capacidad ni la constancia para ello. Pero los griegos siempre le perdonaron. Ya se han olvidado de sus cabriolas a izquierda y derecha. Y todos, verdaderamente todos, le rindieron homenaje durante los tres días de luto declarados por el gobierno. Fue enterrado en el pueblo de su padre, Galatas, en la isla de Creta. “Quiero dejar este mundo como comunista”, fueron sus últimas palabras.

Federico Scoppio.
Periodista cultural del diario italiano il manifesto; ha escrito varios libros sobre músicos, como Miles Davis o Mika, y cantantes italianos, como Morgan o el rapero Fedez.
Dimitri Deliolanes.
Periodista griego radicado en Roma, es corresponsal de la ERT, la radiotelevisión helénica. En Italia ha publicado en los últimos años varios libros que describen con detalle la situación de su país.

Fuente: ambos artículos fueron publicados en Il Manifesto (septiembre 2021), y retomado por Sin Permiso. Traducción: Lucas Antón.

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