“El rock mexicano tiene más vidas que un gato”

Avándaro, medio siglo después…

El 11 de septiembre de 1971 un evento cambiaría el modo de entender la música y la juventud mexicanas: el Festival Rock y Ruedas de Avándaro, realizado en Valle de Bravo. Y es que, después de aquella reunión multitudinaria, el rock en México, que había empezado a despegar, desapareció de las disqueras, de la radio, de los conciertos durante varios años. La pregunta es obligada hoy: ¿qué representa Avándaro en la historia del rock mexicano? A medio siglo de aquella fiesta musical contestan a cuatro preguntas clave cinco personalidades de la simbología roquera mexicana: Federico Arana, Agustín Ramos, Luis Fernando, Federico Rubli Kaiser y Juan Jiménez Izquierdo.


El 11 de septiembre de 1971 se llevó a cabo el primero y último festival de rock que se haya realizado en México a dos años de haberse efectuado, en Nueva York, el Festival de Woodstock, inesquivable influencia para efectuar la celebración en Valle de Bravo, experiencia que marcara, de paso, la prohibición parcializada de la cultura roquera en el país ordenada por el gobierno de Luis Echeverría y acatada económicamente por los medios de comunicación. A medio siglo de aquella fiesta musical contestan a cuatro preguntas clave cinco personalidades de la simbología roquera mexicana: Federico Arana, el mayor crítico de la cultura roquera en México con numerosos libros escritos a propósito de esta corriente musical; Agustín Ramos, pieza fundamental de la narrativa contemporánea, quien con su novela Ahora que me acuerdo dedicara un capítulo al acontecer de este festival organizado en el Estado de México; Luis Fernando, excepcional dibujante, Premio Gabriel Vargas 2018, autor de la novela gráfica Avándaro: la historia jamás contada; Federico Rubli Kaiser, veterano analista de rock desde los comienzos de la década de los setenta, autor de las narraciones que acompañan el libro fotográfico de Graciela Iturbide: Yo estuve en Avándaro; y Juan Jiménez Izquierdo, cuya crónica Avándaro: una leyenda acaba de salir de la imprenta en su segunda edición.

Los cinco especialistas responden (si bien el caricaturista Luis Fernando aclara que contesta las preguntas “obviamente sólo a título personal, es decir no como experto, crítico, historiador, sociólogo, etcétera”) con tal precisión que nos ayudan a continuar cavilando sobre la importancia o la politizada disminución de esta fiesta roquera llevada hace 50 años que fue la guillotina que culminó con la cancelación de esta corriente musical en México.

La cima y el abismo

—¿Qué representa Avándaro en la historia del rock mexicano?

Federico Arana: Si no fuera porque el rock mexicano tiene más vidas que un gato, el Festival de Avándaro representaría el mazazo final, el momento en que el Estado mexicano pone en juego todos sus resortes para extirparlo, para sacarlo de la jugada. De todos modos, a pesar de ello, este festival fue una oportunidad para que la sociedad chilanga dejara a un lado su proverbial provincianismo. Y empleo el término en su peor acepción, la que señala a la mentalidad machista, cerrada, intolerante y tradicionalista. Fíjate en el escándalo desatado por la encuerada de Avándaro, qué atavismos cristianoides salieron a relucir porque una chava decidió mostrar que ya estaba harta de represión e hipocresía. No tardarían mucho en seguir el ejemplo algunas cantantes de ranchero, casi todas las actrices, los nudistas fugaces más los 20,000 encuerados reunidos en el Zócalo por el fotógrafo Spencer Tunick.

Agustín Ramos: Avándaro fue trascendental para la historia de México. Lo cambió, cambió a su juventud. Y no solamente en la cultura, ni siquiera sólo en lo político; tampoco fue evidente, fue un fenómeno que todavía está esperando un estudio. El contexto era de protestas pacíficas y armadas, frente a las cuales el gobierno de Luis Echeverría llevaba a cabo lo que se llamó guerra sucia. Guerra sucia, pues, y prohibición de facto de manifestaciones, enmarcaron la vida del festival que permanece como un hito histórico. Si después del 68 ya nada fue igual, después del 71 la juventud se constituyó en un factor de poder en ese tránsito. Ahí se hizo la historia, la historia que cuenta para toda la sociedad, y el rock mexicano puede y debe preciarse de haber hecho tal historia. Aunque sólo fuera por eso, el rock debe inscribirse en los factores de cambio histórico en México, pero sabemos que no sólo ocurrió aquí, en una nación por lo demás centralizada, provincializada… Avándaro y las guerrillas setenteras, al influjo del 68, fue la cuota de universalidad que nos tocó y con la que contribuimos los mexicanos. Ante esto, Octavio Paz y sus metáforas quedan como una ocurrencia cándida, esplendorosa y muy redituable.

Luis Fernando: Más que nada fue la muestra más clara de la avidez que los jóvenes mexicanos tenían por la música, su música, y por sus espacios propios en aquel momento, contrario a lo que pasaba en otros países. De ahí su “apropiación” del evento. La presencia de entre 150-200 mil jóvenes en un lugar recóndito, de no fácil acceso, en condiciones muy lejanas de lo ideal para un concierto dio fe de ello. El evento social y sus repercusiones fueron finalmente mucho más importantes y significativas (para bien y para mal) que el estrictamente musical.

Federico Rubli Kaiser: Fue un parteaguas para el desarrollo del rock mexicano. Hay que recordar que desde 1969 comenzó a gestarse el primer movimiento de rock nacional original congruente con el rock psicodélico y ácido de la época, bautizado como La Onda Chicana. Ya por 1971 este rock se encontraba en un gran auge. Había una proliferación de bandas tanto en la Ciudad de México como en Tijuana, Guadalajara, Monterrey y Reynosa. Había una gran apertura de las disqueras, la radio y se escenificaban tocadas en salones, en explanadas. El paso lógico dentro de este apogeo fue tener un magno festival tipo Woodstock. Con 300 mil eufóricos asistentes y 11 grupos que integraron el programa oficial, Avándaro representó dos cosas a la vez: la cima de la Onda Chicana y su abrupta caída a un abismo de represión y censura por parte de una clase gobernante que se asustó con la capacidad de convocatoria del rock y que sentía que podía perder el control sobre la juventud. Con ello, el rock entró en una etapa oscura que duró cuando menos una década. En ese sentido, Avándaro cambió la historia del rock de nuestro país al coartar el desarrollo creativo de toda una generación de músicos. Además, privó a los jóvenes de esa década a gozar libremente de las expresiones del rock. Más allá del aspecto músico-cultural, Avándaro fue trascendente por haber conjuntado a una masa de jóvenes de diferentes estratos socioeconómicos para convivir en absoluta paz, armonía y camaradería. No se ha vuelto a dar en nuestro país nada similar.

Juan Jiménez Izquierdo: Un acontecimiento musical que podemos decir que convirtió al rock de esa época en una leyenda.

Fotos de Graciela Iturbide.

La experiencia comunal

—¿Qué significa Avándaro en su biografía personal?

Federico Arana: Significó la confirmación de lo que ya sabía: que el Estado, la iglesia y los medios de comunicación se habían dejado convencer por los directorzuelos de churros (Juventud desenfrenada, Los perversos, Las bestias jóvenes… ¡ay!), los raúles Velasco, los albertos Domingo o los federicos de León así como por las aves negras decididas a arrancar de raíz al rock nacional.

Agustín Ramos: En mi biografía personal Ávandaro fue un episodio confuso y lamentable. El rock me fascinaba. Cursaba la preparatoria, iba en la Nueve, donde los mejores grupos de rock de México asistían a tocar: en la sala de conferencias adyacente a ese auditorio pude oír, y ver, a un metro de distancia, a Parménides García Saldaña, a Juan José Gurrola, a Jodorowsky y a otros santones de ese tiempo, incluso cierta jovencita como de 25 años llamada Patti Smith estuvo en ese pequeño recinto acompañada solamente por su guitarra interpretando “Masters of War” (yo ni idea, pero la retuve porque nos habló de la canción y nos explicó el sentido que le quiso dar Dylan, fue como un sueño y nadie me lo creyó hasta que con motivo del Nobel a su cuaderno se dio a conocer que ella anduvo por acá); además había un salón especial de audio donde podíamos oír a Led Zeppelin, Cream, Hendrix, Janis, Doors, Rolling, y lo que se nos antojara, y en un plan mucho más fresa e íntimo yo era fan de los Beatles. Entonces, ¿por qué la confusión y lo lamentable? Verás, resulta que la matanza del Jueves de Corpus el 10 de junio nos hizo responder con la idea de formar un Comité de Lucha, eso llevó a organizar actividades culturales, cine, teatro y una avalancha de música de protesta en español, principalmente sudamericana, un poco menos española y todo lo de Judith Reyes, Los Nakos, Mascarones, José de Molina… Esto se contrapuso ridículamente al rock por un reduccionismo doctrinario que cayó en nuestras tiernas cabecitas como semilla en tierra por obra y gracia de unos oportunistas que hasta quisieron sabotear el festival de Avándaro con bombas pestíferas, un grupito familiar, muy cohesionado, de niñitos ricos que vivían en Lindavista y que habían leído algo de Lenin y de Mao aunque a la hora de los cocolazos, pum, se esfumaban. Recuerdo en particular a dos: a uno terminaron apodándolo el Níkitin y el otro era Jesús Reza, un barbilindo que se puso a llorar de miedo cuando los fachos del MURO nos agredieron. Así que para los preparatorianos politizados, por un lado, estaba lo revolucionario (el panfleto chafa) y, por el otro, lo imperialista (todo el rock). Esa fue la atmósfera espiritual en la que viví Avándaro. Me recuerdo escuchando por radio el segmento que se transmitió, las alertas ante la posible caída de las torres de sonido. Hubiera querido estar ahí, me sentía triste pero con mi conciencia a salvo, hoy me inspiro ternura y risa, pero supongo que en ese tiempo me debe haber sentado muy mal: mis mejores amigos sí fueron al festival, hicieron la historia que a mí se me había escapado. Pero esto lo entendí muchísimos años después.

Luis Fernando: Tiene que ver con el anterior punto. Por sobre todo, fue la experiencia grupal, comunal podría decir, lo que fue muy significativo y trascendental para mí. La energía, la alegría de “ser y estar” eran palpables; la solidaridad se manifestaba constantemente por medio de espontáneos pequeños y grandes gestos; el sentido de pertenencia que se evidenciaba no por medio de rollos (como el que estoy soltando ahora) sino por la vivencia directa, en el aquí y ahora sin más. La música pasó a segundo término (desgraciadamente), tanto por las condiciones técnicas, climáticas y finalmente discursivas (rock aún muy plagiado en sus estilos, hablado en inglés por autoconvencimiento de los mismos músicos, etcétera). La gente hizo suyo el evento (pésimamente mal organizado). El evento fue la gente.

Federico Rubli Kaiser: En primer lugar, me siento privilegiado de haber podido vivir a mis 17 años de edad esta trascendente reunión del rock mexicano; haberla podido experimentar en toda su intensidad. En segundo término, me propinó una lección al enfrentarme con un Estado represor que estigmatizó a los jóvenes de pelo largo y amantes del rock como “degenerados, viciosos y una juventud perdida”. Como reportero y articulista en esa época en el semanario México Canta también fui víctima de la censura al ordenárseme ya no escribir sobre rock mexicano sino mejor sobre extranjero. Pero lo más importante es que Avándaro, con su espíritu de amor y paz y la búsqueda de un mundo mejor, siempre continuará presente en mí.

Juan Jiménez Izquierdo: Una experiencia juvenil que hasta la fecha no he podido olvidar.

Un despertar de conciencia similar al de la masacre…

—¿Por qué o para qué escribir sobre Avándaro?

Federico Arana: Porque no pierdo la esperanza de que, en nombre del Estado mexicano, el presidente López Obrador pida perdón a los rocanroleros por todos los atropellos sufridos, desde negarnos el derecho al trabajo o a tener la apariencia que nos diera la gana hasta llenarnos de prohibiciones, darnos palos a mansalva e incluso perpetrar algunos homicidios.

Agustín Ramos: Ahora que me acuerdo la escribí después de Al cielo por asalto, un hitazo que con toda razón odiaron (y envidiaron) los del Partido Comunista y los imitadores de la gran escritura motejada como “de La Onda” merced a una deducción ridícula. Y después de La vida no vale nada, que le gustó a la crítica pero no a la izquierda ni a las señoras que coleccionan zapatos “de piel de palestino”, no les gustó aunque tratara en clave de rumba el tema de las desapariciones forzadas. Con Ahora que me acuerdo intenté capturar la historia, no sólo la que trasciende en forma de cambios en la sociedad, sino también la que vive de corazón adentro el individuo. Sólo un fenómeno como Avándaro, la experiencia liberadora, gozosa, transgresora de ese festival, puede equipararse a la magnitud y calidad del 10 de junio y la matanza de San Cosme con toda su carga de emociones, de teorías revolucionarias, de una filosofía de interpretación pero también de cambio, de reflexión y práctica, más las lecturas de poesía y narrativa, con el consiguiente despertar de conciencia y la observación del ejemplo de hombres y mujeres heroicos, dentro y fuera de México, en la política pero también en las artes (en todas las artes, porque la literatura de ruptura y el rock son artes, ¿o no?). Avándaro fue un despertar de conciencia similar al de la masacre, cuando ante la rabia impotente, ante la confusión sorda sólo quedaba informarse, más o menos bien, mejor o peor, para fortalecer el rechazo visceral a los valores establecidos, para documentar la búsqueda de una transformación de la vida y del mundo, y Avándaro, por el rock, era un asidero digamos metafísico. Por eso fue importante escribir y tratar de entender al respecto, y aunque en el momento de escribir esa novela no había comprendido en su justa dimensión el valor del festival la distancia que me dio la ignorancia (la ceguera, la confusión) me permitió aportar lo que tiene de rescatable esa crónica sobre Avándaro, una crónica que armé por cierto gracias a la generosísima información de José Agustín y, un poco menos, de mis amigos y de la gente que asistió al festival.

Luis Fernando: Se ha escrito del festival de Avándaro desde el momento mismo en que estaba desarrollándose y sigue haciéndose hasta nuestros días. El evento se presta para hacer múltiples análisis (artísticos, sociológicos, históricos, políticos, etcétera) dentro del contexto de la singularidad del país a principios de los setenta. Refleja (como no podía ser de otra manera) muchas de las tensiones, contradicciones, rupturas, carencias, aspiraciones y demás que se estaban dando en la ciudad capital y en el país. Lo singular, además, es que no fue un evento político (como lo fue el movimiento del 68, o el Halconazo unos cuantos meses antes), sino musical, roquero.

Federico Rubli Kaiser: Comencé a investigar y escribir sobre Avándaro 30 años después del festival viendo el fenómeno a través de otro prisma ya más maduro y menos emotivo. Al haber sido un evento tan trascendente, Avándaro forma parte de la historia sociocultural-musical de México. Yo he procurado analizar con rigor lo que fue Avándaro en mis libros con la finalidad de reintegrarlo sin sesgos y con objetividad a la memoria colectiva. Me parece importante que mis escritos puedan comunicar a las generaciones actuales de jóvenes la lección que brinda Avándaro: hoy día la juventud puede gozar de forma libre los eventos de rock, asistiendo con naturalidad a tocadas bien organizadas y multitudinarias sin mayores problemas o consecuencias. Pero la lección es que ello es posible gracias a la generación Avándaro de sus padres y quizá hasta abuelos que abrieron brecha remando contracorriente para superar las adversidades y la censura para lograr lo que se puede gozar hoy en día. Esto es lo que hay que seguir transmitiendo en este 50 aniversario de Avándaro.

Juan Jiménez Izquierdo: Para dar a conocer a las nuevas generaciones ese momento épico en la historia del rock mexicano.

Foto de Graciela Iturbide.

El rock, una manifestación cultural

—¿Se puede hablar de rock mexicano hoy a medio siglo de Avándaro?

Federico Arana: Por supuesto. El rock es una manifestación cultural preponderante en el mundo entero y México no podía ser la excepción. No sólo se puede hablar de ello, se debe.

Agustín Ramos: No lo sé.

Luis Fernando: Francamente, ignoro el estado actual del rock mexicano, si siquiera existe como tal. Espero que aún esté vivo y coleando pero alejado del mainstream, dando la batalla contra tanto y contra todo, tal como siempre ha sido desde que empezó su historia a finales de los cincuenta.

Federico Rubli Kaiser: Comenzaría por definir qué entendemos por rock. No sólo en México sino en todo el mundo, el rock como estilo musical genérico ha ido evolucionando a lo largo de las décadas. Nació como rock & roll siendo una amalgama del blues, rhythm & blues, swing, jazz, boogie, country, folk, gospel, do woop, y rockabilly, principalmente. Luego evolucionó a rock y a partir de ahí el desarrollo ha sido muy amplio y rico dando origen a muchas ramificaciones. Por mencionar sólo algunas: el progresivo, el pop, el heavy metal, rap, dark, gótico, electrónico, etcétera. En México, el rock no ha sido ajeno a toda esa variedad de estilos después de Avándaro. Entonces, es válida la interrogante si hoy día podemos hablar de rock mexicano. La respuesta es controvertida. Los puristas dirán que no, que el rock como existió en los años sesenta y setenta ya no se volvió a dar. En mi opinión, considero el término rock como genérico. Así, para mí ese genérico es como un gran árbol que tiene unas sólidas raíces que son el rock & roll y luego un robusto tronco llamado rock. Conforme el árbol fue creciendo, le fueron saliendo múltiples ramas de estilos. Hoy luce muy frondoso. Para mí, por el hecho de que todas las ramificaciones están ancladas en las raíces del rock & roll y tienen al tronco común del rock, todo califica como rock. Es una definición flexible con la que quizá no todos estén de acuerdo, pero mientras esos estilos compartan raíz y tronco, sí podemos hablar en la actualidad de un rock genérico mexicano.

Juan Jiménez Izquierdo: Sí hay grupos con capacidad, pero siento que les falta la carisma musical que tuvieron los grupos de los setenta.

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