“Una mujer sola no es capaz de nada”

El Fondo de Cultura Económica tiene disponible en línea de forma gratuita una muy buena selección de libros ilustrados, lecturas breves que sin duda caerán muy bien en los ojos de lector adolescente: desde cuentos de Horacio Quiroga o historias de Rudyard Kipling y John Kennet Turner, hasta narraciones de Rafael Ramírez Heredia o Edmundo Valadés, pasando por relatos históricos de Luis Castillo Ledón o Guillermo Prieto. El siguiente texto habla de uno de los volúmenes que presenta esta colección: Los convidados de agosto, un cuento de Rosario Castellanos que, como buena parte de su obra, pone de manifiesto “la profunda desigualdad entre el hombre y la mujer”. 


La sociedad suele ser cruel. Avasalla. Arrastra. Condena. Es el tribunal supremo que somete o libera. Emelina lo sabe. No. Emelina lo sabe y lo siente en todo su cuerpo. Un cuerpo que ha esperado toda su vida. Tiene 35 años y aún vive en la casa paterna, al lado de su madre y sus hermanos: Ester y Mateo, ambos mayores que ella. Esto significa que Emelina no ha podido encontrar un hombre. Ella cree —la sociedad en la que vive la ha hecho creer— que sólo un hombre le puede enseñar lo que es la vida. Se aferra a esa idea. Sueña con ella. La estrecha. Sólo para darse cuenta más pronto que tarde que, como sentencian los demás, a estas alturas, para una mujer de su edad, esa idea no es más que lana apestosa, forro viejo, funda remendada.

La sociedad no perdona. En sus deliberaciones, ha determinado que para Emelina ya es muy tarde. Pero hay fiesta en el pueblo y ella quiere seguir probando suerte. Quizás alguien por ahí. Quizá haya un hombre que se fije en ella. Quizá tenga una última oportunidad para quitarse de encima el peso de una soltería que se le va convirtiendo ya en irremediable. La gente habla, bien lo sabe. La gente, le dice Ester, su hermana mayor, se burla, y enseguida le recuerda —como si fuera necesario— que es triste ponerse a competir por un hombre con las jovencitas.

La sociedad es omnipresente: vigila a Emelina en su propia casa, la controla, la humilla. Está loca, le dice. No escarmienta. Sin embargo, cada año, sí, cada fiesta en honor de Santo Domingo de Guzmán, la feria trae hombres de otros lugares a Comitán, Chiapas. Y acaso uno de ellos podría, al fin, salvarla, encaminar sus ilusiones, volver una realidad sus esperanzas, darle sentido a los preparativos anuales que emprende para estar lista una vez llegado el momento. Por eso Emelina se pregunta, con angustia, si será ésta su última feria de agosto.

La gran escritora chiapaneca Rosario Castellanos (1925-1974) nos cuenta, en Los convidados de agosto, que Emelina llora porque no quiere pertenecer a una de esas familias donde nadie se casa, que Emelina llora porque no quiere pertenecer a una de esas familias donde una tras otra las mujeres se van encerrando, vistiendo de luto y asistiendo, como si fueran culpables, a misa primera y recibiendo con humillación el distintivo de alguna cofradía de mal agüero.

Como narradora, Castellanos tiene una sensibilidad poética que en varios momentos obliga a leer y releer cada párrafo para intentar exprimirle todos los sentidos hacia los que apunta una frase, sensibilidad que también obliga a volver atrás en la lectura para encontrar los hilos que ligan una imagen con las circunstancias que envuelven a algunos de sus personajes. Como poeta, Castellanos es una contadora de historias que conmueve. No hay más que leer el principio de su poema “Distancia del amigo” para corroborarlo: “En una tierra antigua de olivos y cipreses/ ha fechado mi amigo su más reciente carta./ Lo imagino escribiendo, sentado en una roca/ a la orilla del mar, tirando piedrecitas/ sobre el lomo verduzco de las olas./ (Si estuviera en un parque tiraría/ migas a los gorriones,/ si en un estanque, Ledas a los cisnes.)”.

Asimismo, como intelectual, Castellanos fue implacable: nunca dejó de reprochar y combatir la condición de inferioridad que la sociedad imponía a la mujer de su época. Tal como lo apuntó la también poeta Minerva Margarita Villarreal: “Rosario Castellanos nos legó una serie de reflexiones criticas sobre la situación de la mujer en México. Sus ensayos —escribe Villarreal en un artículo publicado en 1990 en la Revista Iberoamericana— abundan en preocupaciones sobre cómo el sexo femenino puede hacerse responsable de sus actos; puede ser independiente y así conquistar la libertad necesaria para asumir una relación de igualdad con el hombre”.

Una preocupación a la que no es ajena su narrativa, tal como lo muestra en Los convidados de agosto, un cuento que puede leerse o descargarse de forma gratuita desde la página del Fondo de Cultura Económica, una historia que muestra la desesperación con la que Emelina, una mujer soltera de la clase alta del poblado de Comitán, intenta huir de un destino de eterna soltería. Cada año, junto con la feria del pueblo, Emelina ve la posibilidad, ahora sí, de encontrar al amor de su vida para escapar junto a él y huir de las tradiciones que la atan y la aprisionan. No quiere llevar en sus entrañas ese deseo siempre postergado y esa ansia insatisfecha. Pero la sociedad, sí, la sociedad a la que ella misma pertenece y a la que en ocasiones le da voz, la aplasta. No es ella, sin embargo, la única víctima.

Mientras los hombres pueden reír con sabrosura, sin disimulo, las mujeres deben hacerlo a medias, “ocultando sus labios bajo el fichú de lana o el chal de tul o el rebozo de algodón, según si eran señoras respetables, solteras de buena familia o artesanas, placeras y criadas”. Porque, como la propia Emelina piensa (o la sociedad a la que pertenece), hay mujeres que no tienen ninguna honra que perder y ningún apellido que salvaguardar, “como la Estambul, por ejemplo, que se ganó el apodo a causa de sus enormes ojeras que ninguno admitía como artificiales. O como la Casquitos de Venado, que taconeaba por las calles solitarias, a deshoras de la noche”. Emelina: víctima y victimaria. Victimaria que se deleita en el rumor de que a la Casquitos de Venado un finquero la hizo su querida y la mantiene en su rancho. Víctima que se sabe una solterona estigmatizada, pero también capaz de estigmatizar con las herramientas que el tribunal del pueblo le ha otorgado.

Y no hay mejor lugar para enunciar la sentencia que la plaza pública, representada, en aquellos días de fiesta en Comitán, por la plaza de toros. Emelina y Concha, su amiga, son denominadas, apenas aparecen en las gradas de la plaza, como “Las dos de la tarde”, para el contentamiento colectivo, una cruz que deben acostumbrarse a llevar porque cargarán con ella hasta su muerte. Pero ellas mismas saben reírse cuando entra “un flemático cornudo, renuente a admitir su condición”, o reconocer cuando el tribunal popular distingue a esa muchacha pobre que pastorea a la idiota rica cuyos padres pagan “con esplendidez los cuidados y la compañía de los que ellos quedan eximidos”, o murmurar cuando una pareja, en plena luna de miel, hace esfuerzos por aparentar inocencia y distancia, lo que sin duda no logra más que aumentar su aura de erotismo que los nimba.

Para lo “normales”, la persona que posee el estigma no es enteramente humana, tal como apuntó el sociólogo canadiense Erving Goffman. Esto es algo que conoce bien el estigmatizado, pues se apropia de la categoría en la que los demás lo han colocado, por lo que surge en él una prevaleciente inseguridad. Por tal razón Emelina termina creyendo que “una mujer sola no es capaz de nada”, tal como se lo dice al sujeto que acaba de conocer gracias a que se apresuró a ayudarla tras un accidente en las gradas de la plaza de toros. Luego de beber un par de copas juntos, Emelina cree que por fin ha encontrado a su hombre y pretende huir con él mientras la feria prosigue. La urgencia por escapar se debe a los 35 años que tiene Emelina, pero, sobre todo, a que le han hecho creer durante toda su vida que sólo junto a un esposo será una mujer completa. Su hermana, también solterona, le repite que el varón de la casa es el respeto de la familia. Y su madre ha dejado muy claro que su esposo, mientras vivía, fue “un hombre de gabinete entero”, guapo, espléndido, que lo mismo domaba a una yegua que componía unos versos.

Así que por eso Emelina se apresura a largarse con aquel sujeto casi desconocido para ella, se deja llevar a cualquier lugar que él decida, pero la sociedad advierte su escape y se lo impide: la empuja rumbo a su casa, implacablemente la obliga a retroceder. ¡No puede deshonrar su apellido de esa manera! No puede huir con un cualquiera, con un extranjero aprovechado de quien no sabe nada, sólo que es un hombre que lleva pistola, que bebe vino y que conoció en agosto, en Comitán de las Flores, durante la feria.

Emelina no debe escapar. Emelina no puede hacerlo. Así grite como una loca, así aúlle como un animal salvaje, incontrolable. Emelina debe quedarse, ahí, en su pueblo, atrapada en esa condición que la sociedad le asigna: la de una señorita decente que se halla libre, “lo mismo de las tareas difíciles que de los peligros a que se hallan expuestas las otras, las de los barrios, las de las orilladas”, las otras que se lanzan a la corriente y se dejan arrastrar por ella. ¡Cuántas veces Emelina quiso ser así! Como una cualquiera. Como esas muchachas de los barrios sin honra que perder y ningún apellido que salvaguardar. Como esas artesanas, placeras y criadas. Y no como las de su clase: señoras respetables, solteras de buena familia.

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