Cómo los historiadores mexicanos “vencieron” a los indios

Repensar nuestro pasado: 500 años de la caída de Tenochtitlan.

Hace cinco siglos ocurrió uno de los episodios más transformadores de la historia de México. El 13 de agosto de 1521, hace justo ahora 500 años, la ciudad de México-Tenochtitlan —hoy Ciudad de México— fue capturada luego de un estado de sitio y batallas encarnizadas que se habían prolongado durante tres meses. Era la conquista de México. Al igual que en sus anteriores artículos aquí publicados 1521, más allá de México-Tenochtitlan” y “¿Qué pasó en 1521? ¿Conquista, invasión o rebelión? , Federico Navarrete nos invita no sólo a conmemorar este gran momento de la historia —la caída de Tenochtitlan y el colapso de una de las civilizaciones más importantes de mitad del siglo XVI sin duda lo es—, también nos invita a reflexionar, cuestionar y repensar nuestro pasado.


Entre las mexicanas y mexicanos de hoy está muy generalizada la convicción de que la llamada conquista de México culminó en 1521 y significó una derrota generalizada de los pueblos indígenas de Mesoamérica, lo que podemos llamar una visión “catastrofista” de este evento. La caída de México-Tenochtitlan es vista como el sometimiento y destrucción de la “civilización” mesoamericana, despojada de manera definitiva e irreversible de su anterior lustre y de su vigencia histórica. Se piensa que la caída del “imperio azteca” marcó el fin de una época, la prehispánica, en la que los indígenas eran protagonistas y el inicio de otra nueva, la colonial, en que ese papel tocaba principalmente a las personas de origen europeo. A la fecha esta derrota es presentada por muchos historiadores como un cataclismo indígena innegable, e inevitable. De ahí que título Visión de los vencidos, elegido en 1957 por Miguel León-Portilla para su antología de historias mesoamericanas de la conquista, haya tenido tanta resonancia.

Lo que llama la atención, siete décadas después, es que este autor incluyera, entre los textos producidos por los mexicas tras su derrota, a las historias escritas por los tlaxcaltecas, quienes no sólo vencieron a los primeros, sino que construyeron una memoria social de vencedores, de indígenas conquistadores y cristianos que fue tal vez la más influyente y poderosa entre la población indígena de la Nueva España durante tres siglos (Ver “La memoria tlaxcalteca de la conquista”). Esta maniobra ni siquiera fue cuestionada en su momento por los demás especialistas. Unos años después, Carlos Martínez Marín y Josefina García Quintana, eruditos que realizaron una excelente edición del Lienzo de Tlaxcala, titularon su estudio de esta historia “La conquista de México por Hernán Cortés”. Lo hicieron pese a que el capitán español sólo participó en la primera de las más de 40 conquistas tlaxcaltecas-españolas que menciona este documento y a que su figura aparece en menos de 10 de sus 90 láminas, casi siempre acompañada y opacada por la de su intérprete indígena Malintzin. Y, sin embargo, no hay que olvidar que ambos libros fueron fundamentales para el conocimiento de las historias indígenas de la conquista y que en parte gracias a ellos podemos ahora construir interpretaciones que reconocen la importancia de los indígenas conquistadores, como se ve en amoxtli de Antonio Jaramillo La nueva historia de la conquista, y el papel central de Malitnzin, en el texto de Berenice Alcántara.

Por eso mismo, es hora de dejar atrás la idea de los “indios vencidos”. En el resto de este amoxtli propondré una interpretación de cómo fue construida a partir del siglo XIX por la historia moderna académica, pretendidamente científica y abiertamente nacionalista, que se escribió en el México independiente, casi exclusivamente por varones de la élite criolla y mestiza, hablantes de español.

Despojo intelectual

En primer lugar, para “vencer” a los indígenas trescientos años después de la conquista fue necesario devaluar y hacer invisible sus versiones de su propia historia. Este proceso debe ser analizado como una forma extrema de despojo intelectual. Su primer paso fue la supresión oficial de las lenguas indígenas como vehículos de negociación, gobierno y conocimiento. Durante tres siglos, la Corona española aceptó demandas, testimonios e historias escritas en más de 30 idiomas mesoamericanos, lo que facilitó que las comunidades originarias preservaran, presentaran y validaran sus historias particulares en sus propias lenguas. Muchas de estas historias, aunque no todas, recordaban y presumían la victoria compartida con los españoles y se presentaban como indígenas conquistadores que merecían recompensas; casi todas documentaban puntualmente los abusos de encomenderos, corregidores, sacerdotes y otros funcionarios coloniales. Al adoptar el español como única lengua de gobierno, el estado mexicano dejó de escuchar a estas voces indígenas y trató de truncar su capacidad de defenderse. Las comunidades y pueblos no callaron desde luego, pero no pudieron ya escribir en sus propios idiomas, sino que tuvieron que adoptar la lengua de sus nuevos dominadores y escribir en sus términos. Por otro lado, los nuevos historiadores académicos tampoco consideraron que las ceremonias, danzas, rituales y relatos orales con que las comunidades y pueblos preservaban su memoria histórica de la conquista fueran “fuentes históricas” válidas. Este menosprecio, y la ignorancia de las lenguas indígenas por parte de los historiadores monolingües (o que preferían aprender inglés o francés) significó que las historias indígenas escritas en tiempos coloniales tampoco fueron editadas, ni tomadas en cuenta, sino hasta un siglo después, y aun entonces sólo pudieron ser presentadas como la visión de los “vencidos”. Los códices, lienzos y mapas a su vez, fueron considerados poco confiables porque no utilizaban la escritura alfabética española.

Este despojo intelectual fue acompañado, a su vez, por una exaltación inversa y proporcional del lado español. Este se basó en una sobre-valoración de las historias españolas de la conquista, sobre todo de las Cartas de relación de Hernán Cortés y de su versión sesgada, incompleta y manipuladora de los eventos. Para poder convencerse de que las acciones del 1% de los conquistadores (los españoles) eran mucho más definitorias que las del 99% (los aliados mesoamericanos) era necesario exagerar sistemáticamente la capacidad de comprensión y control de los primeros, y en particular de su capitán, como ha demostrado Matthew Restall. Al mismo tiempo era y sigue siendo necesario enfatizar la falta de iniciativa y de inteligencia de los mesoamericanos, con incesantes y siempre nuevos argumentos sobre el “atraso” o deficiencias de sus culturas. Las variantes son múltiples: se habla del atraso religioso (su religión idolátrica era inferior a la religión católica), tecnológico (tenían armas de piedra frente a las “modernas” armas europeas), cultural (no tenían una escritura tan “avanzada” como la europea), político (estaban “divididos”, eran “vengativos”, se “odiaban” entre sí) y otras supuestas razones.

Todos estos argumentos son fáciles de desmentir, pero ahora importa señalar que eran sospechosamente similares a los que usaban los historiadores y otros miembros de las élites culturales mexicanas para devaluar y hacer inferiores a las culturas indígenas contemporáneas. Con ello pretendían justificar su forzosa y muchas veces violenta “integración” a la nación mestiza, es decir, la supresión de sus lenguas y la eliminación de buena parte de sus culturas, el despojo de sus territorios, la violación de sus derechos. Esto muestra que la transformación en “vencidos” de los indios del pasado del siglo XVI era inseparable, política e ideológicamente, de la subordinación y el etnocidio de las comunidades y pueblos del presente, en el XIX y en el XX.

Y esto nos lleva a la tercera operación de esta “campaña” histórica: para “vencer” retroactivamente a los indígenas fue necesario, precisamente, proyectar al pasado y concentrar en el evento singular de la conquista de 1521, los procesos centenarios de despojo territorial, persecución religiosa e imposición cultural que comenzaron después de ella, acciones colonialistas que fueron producto de las políticas implementadas por Corona entre los siglos XVI y XVIII pero sobre todo por los gobiernos mexicanos en los siglos XIX y XX. De manera más obvia, la visión “catastrofista” de la conquista permitía achacar todo este proceso a los “malos” conquistadores y así justificar el nacionalismo mexicano, escondiendo el papel colonialista del propio estado nacional. Pero, sobre todo, hacía parecer este proceso como la consecuencia inevitable e irreversible de la violenta “victoria española” y de la catastrófica “derrota indígena” de 1521, cuando en realidad es un proceso que no ha terminado y que aún hoy se enfrenta a las resistencias de los pueblos indígenas, un proceso cuyas violencias se repiten casi todos los días, hasta el presente.

Fuente: Noticonquista. / La imagen que ilustra este artículo corresponde a La masacre del Templo Mayor (1922), obra de Jean Charlot, incluida en el libro 1521. La Conquista de México en el arte, editado por la UNAM y ediciones El Equilibrista.

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