Rubén Ortiz, un año después

Cofundador de Los Folkloristas.

Compositor, arquitecto, cofundador del (legendario) grupo Los Folkloristas, hace un año partía a tierras desconocidas Rubén Ortiz Fernández (1933-2020). Durante los nueve años en que permaneció en esa agrupación musical (1966-1975), Rubén contribuyó a la difusión del folclor mexicano y a insertar a México en el escenario musical latinoamericano, en momentos cruciales en los que las luchas democráticas fueron acompañadas por expresiones de música nueva, una época que dejaron larga memoria para diversas generaciones en México y América Latina. Suya es, por ejemplo, una de esas canciones inmortales: “Zamba del Che”. Beatriz Zalce aquí lo recuerda…


Este 20 de julio se cumple el primer aniversario luctuoso de Rubén Ortiz Fernández (1933-2020), melómano, arquitecto, cofundador del grupo Los Folkloristas, compositor, comentarista de conciertos de la Sinfónica Nacional para Radio Educación, padre de dos grandes artistas contemporáneos: Rubén Ortiz Torres y de la compositora Gabriela Ortiz.

Rubén Ortiz se acercó a la música clásica por su padre:

—¿Qué estás oyendo, papá?

—Sht, un cuarteto. Está platicando el cello con el violín, el violín con la viola.

En una ocasión le decía:

— Están derrotando a Napoleón los rusos.

—¿En dónde, papá?

—En la Obertura 1812.

Incluso fueron compradores de los primeros tocadiscos, tal era el entusiasmo de Rubén. Luego entró a un coro en la secundaria y acabó yendo a escuchar a la Sinfónica. Allí supo que su vocación era la música y estudió la carrera de arquitecto porque su abuelo, quien había sido músico, le decía:

—¡Ay!, se sufre mucho, no se gana bien. Sé ingeniero, sé arquitecto, cualquier cosa, menos músico.

Siempre le gustó la imagen del primer mariachi. Su padre era de Jalisco, pero este hecho genético obviamente no le daba las credenciales. De chico tenía su trajecito: la camisa y el pantalón con el bordado de cachirulo y la corbata tricolor. Rubén veía los mariachis en La Villa de Guadalupe, en Garibaldi, quizá hasta en el cine y algo lo jaló, algo hizo que le gustara.

—Afortunadamente, en el último año de la carrera, me regalan una guitarra —Rubén dice “afortunadamente” pues nunca hubiera terminado la carrera de arquitecto si se la regalan antes—. Aprendí a tocar por tonos, como cualquier músico popular. El amor por la música clásica te da un criterio muy selectivo. No cantaba cualquier cosa: cantaba lo más bonito de las canciones rancheras. Me interesé por los sones de mariachi que a muchos se les hace música de borrachos.

Y se fue a Bajo el Cielo de Jalisco a aprender con los hermanos Santana, Porfirio y Domingo. Compró discos de 78 revoluciones para oír a los mariachis Marmolejo y a Vargas. Para probarse se fue al Tenampa; en la calle había unos mariachis viejitos, les dijo:

—Quiero tocar con ustedes.

—¿A poco sabes?

—Si me permiten… Les voy a pagar igual.

—¡Ah…!, ¿nos vas a pagar? Okey, pásale la guitarra.

Y se reían:

—¡Ah que güerito tan chistoso!

Después Rubén aprendió vihuela. En casa de los Santana le decían:

—Se le pega así a la vihuela, se le da de este modo…

Le dieron una beca para estudiar en París y naturalmente se llevó la guitarra y su traje de charro. Al llegar allá resultó que la beca no le alcanzaba para nada. De la primera fiesta que hubo en la Casa de México y en donde cantó lo invitaron a L’Escale, un bar que estaba en el Barrio Latino y donde Rubén tuvo su primer contacto con el folclor latinoamericano. La dueña del lugar, madame Louise, lo contrató de inmediato.

—Mi guitarra fue algo que me ayudó y me puso en contacto con mucha gente. Vi las quenas, oí los bombos, me fascinó el arpa, las guaranías… Pero hago la aclaración que nada más toqué la guitarra.

Participó en festivales folclóricos de la Sorbona, de la UNESCO: Les Peuples qui Chantent, donde conoció a María Elena Torres —su gran amor—, quien le había entrado al folclor por el baile.

De regreso a México, Rubén va a una reunión de exbecados en casa de los Ávila. Ahí, Alejo lo invita al Chez Negro. Por su parte, María Elena, quien estudiaba psicología, se metió al coro de Filosofía y Letras que dirigía Milla Domínguez, asidua del Chez.

Rubén y María Elena, además de volverse marido y mujer, se hicieron parroquianos del café cantante y si en Europa nunca cantaron a dueto, aquí se dieron vuelo pues en 1966 se volvieron cofundadores del grupo Los Folkloristas junto con El Negro Ojeda, Pepe Ávila, Gerardo Tamez y René Villanueva.

No tenía ni un mes que Los Folkloristas habían regresado de su primera gira en Cuba cuando la noticia de la muerte del Che recorrió el mundo. Profundamente conmovido, Rubén Ortiz compuso “La zamba del Che”, popularizada años más tarde por Víctor Jara.

—Siempre traté de ver la verdad de la Revolución Cubana y entre ellas estaba la del Che —dice Rubén—. Sabía que no había roto con Fidel, pero que había salido de Cuba. De repente apareció en Bolivia. Se le identificó. Lo iban a tomar. Ya lo habían cercado. Por fin llegó la noticia de su muerte y de cómo lo lloraban.

“Todo eso leía yo. Veía sus fotos. Se había disfrazado para pasar como ingeniero en yacimientos. A su leyenda contribuía la figura del médico, el hombre generoso, el que todo lo dejaba, el hijo de ricos estancieros argentinos, el hombre de la deficiencia física. Su muerte me impactó mucho. Dije: quiero cantarle al Che. Tenía un cuatro venezolano. Siendo argentino le quedaba bien el aire de zamba. Hice la letra: Vengo cantando esta zamba / con redoble libertario. Mataron al guerrillero. / Che, Comandante Guevara…”

Es una canción de mucha protesta. Denuncia que “los derechos humanos los violan en tantas partes en América Latina: domingo, lunes y martes”; de la explotación del campesino, del minero y del obrero cuyos destinos son el hambre, la miseria y el dolor; de la imposición “de militares para sojuzgar los pueblos: dictadores asesinos, gorilas y generales…”

—Traté de enfocarla así —dice Rubén—. Creía que le faltaba calidad literaria. Estaba tan preocupado que un día Andrea Huerta, la hija de Efraín, que era muy amiga nuestra, me comentó: Mi papá que es poeta va a venir, cántala. Los Folkloristas la cantamos en Chapultepec, en la Casa del Lago, y él estuvo ahí. Andrea nos dijo que a su papá le parecía bien la letra, que la dejara así. Funciona bien. María Elena, mi mujer, estuvo de acuerdo: Si lo dice este señor, ya estás aprobado.

“Poco después vi una foto donde el Che estaba sobre una plancha de cemento. Muerto parecía un Cristo de Mantegna. Entonces modifiqué las últimas frases: A Cuba le dio la gloria / de la nación liberada. / Bolivia también le llora / su vida sacrificada. / Selvas, pampas y montañas, / San Ernesto de La Higuera / te llaman los campesinos. / Selvas, pampas y montañas, / Patria o Muerte tu destino”.

René Villanueva prácticamente vio nacer la zamba del Che, conoció los primeros garabatos. Por eso cuando Rosa Bracho, su mujer, es invitada a incorporarse al Ballet Nacional de Chile a principios en 1969 le entrega una cinta con la composición de Rubén. Rosa escribe frecuentemente a René y en una de sus cartas le habla de Víctor Jara, cantante y compositor chileno, marido de Joan, una amiga suya, también bailarina. Víctor deseaba grabar la “Zamba del Che”. Dile que nos mande el disco, fue la respuesta. Cuando éste llegó, René le dio la sorpresa a Rubén pues no le había comentado nada antes: Con un profundo anhelo de paz, amor y libertad, para mis amigos Los Folkloristas escribió Víctor en la dedicatoria.

En Cuba salió una edición adjudicándole la pieza a Víctor Jara. De inmediato Rubén aclaró que Víctor tenía una estupenda producción, pero la letra y la música de la “Zamba del Che” eran suyas. Mandó fotos donde se comprobaba que la edición chilena le daba el crédito. Argeliers León, de Casa de las Américas, le hizo saber que lamentaba muchísimo, pero muchísimo, haber cometido ese error, que se harían las debidas correcciones y lo invitó a escribir un artículo sobre su vida de compositor.

—¡Caray! Me dio tanta pena decirle que yo nomás era esa canción y ya… Pero un año después hice el huapango sureño y el romance del estudiante muerto. Posteriormente, para el programa infantil de televisión Plaza Sésamo, compuse “Maquinista”, “Ferrocarrilero” y “Puentes”. María Elena, mi mujer, también hizo lo propio: “Laudero de guitarras”, “Establos” y “Productos lácteos”. Pero ya no seguí haciendo música. No asumí del todo el compromiso creativo.

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