“Orwell aspiró a transformar la escritura política en un arte”

Entrevista con Salvador Cobo, traductor y experto en el escritor británico.

Publicada en 1980, la obra de Bernard Crick —George Orwell: A Life— continúa siendo el relato más objetivo y detallado de la vida del autor de 1984, gracias a un profundo espíritu crítico y a un enorme trabajo de documentación a partir de papeles personales del escritor, cartas, cuadernos, entre otros materiales. La versión castellana del libro —George Orwell / La biografía— llega ahora de la mano de Ediciones El Salmón, traducida por Salvador Cobo y Sebastián Miras. La siguiente conversación es con Salvador, quien también es experto en Orwell.


Esther Peñas


A lo largo de sus más de quinientas páginas, el politólogo Bernard Crick analiza la figura poliédrica de George Orwell (India, 1903 – Londres, 1950): el retratista de los métodos de control que ejerce el poder, el creador del concepto terrorífico “Gran Hermano”, una vuelta de tuerca del panóptico que ideara Bentham en el XVIII. Sus ideales socialistas, enraizados en su yo más íntimo, no le impidieron criticar los excesos cometidos entre sus propias filas. Su manera de emplear la palabra recuerda a Jack London. También a Dickens. De su biografía, destaca su lucha en el bando republicano durante la Guerra Civil española. Pero hay mucho más, del hombre, de la celebridad. La mayoría, recogido en George Orwell. La biografía (Ediciones El Salmón, 2020), traducida por Salvador Cobo y Sebastián Miras. Hablamos con el primero, con Salvador, experto en Orwell.

—A su juicio, ¿qué es lo más fascinante de Orwell, como persona y como escritor?

—Orwell supo desde muy joven que quería ser escritor. Tras varias tentativas literarias más bien infructuosas, encontró su voz bajo la forma de “escritor político”. En un famoso texto, decía que su mayor aspiración había sido transformar la escritura política en un arte. Partiendo de ahí, resulta admirable su rigurosa independencia intelectual, su capacidad para pensar fuera y más allá de las ortodoxias políticas e ideológicas de su época, su compromiso para denunciar las injusticias sociales, sin importar dónde se produjeran ni quién las causara.

—Además de inspirar algunos de sus textos (por ejemplo, Matar un elefante o Los días de Birmania), ¿de qué manera le influyeron sus cinco años en la Policía Imperial India en Birmania? ¿De dónde surge esa oposición radical y temprana, primero al imperialismo británico, después contra los autoritarismos alemán y ruso?

—El vínculo de Orwell con “la India” era más profundo y venía de más antiguo: su padre había servido allí como modesto funcionario, y de hecho fue donde Orwell nació y vivió sus primeros años. Tiempo después, al acabar el instituto, en lugar de ir a la universidad, eligió servir como policía del imperio, y de resultas se convirtió en antiimperialista.

“Demos un paso atrás para comprender su itinerario. Durante sus años en Eton, uno de los colegios británicos más prestigiosos y elitistas, Orwell desarrolló una suerte de rebeldía dandy: extraordinariamente precoz en sus gustos literarios, amén de mordaz y refractario ante la autoridad. Pero carecía de una conciencia antiimperialista, y mucho menos socialista. Fue en Birmania donde comprendió ser un “diente más en el engranaje del despotismo”. Bernard Crick cree que su antiimperialismo no le sobrevino de golpe; que se habría tratado más bien de un proceso gradual. El dominio británico sobre su imperio se fundaba en una mezcla de indiferencia, desprecio y brutalidad hacia sus súbditos, con un estatus no muy superior al de simples bestias. Orwell se sintió asqueado por la laceración económica y política padecida por los pueblos del Raj, y, a su regreso a Inglaterra, no cabe duda de que la conciencia de esta tiranía había sentado las bases para poder comprender y denunciar toda clase de opresión contra los más débiles. Su oposición a los totalitarismos ruso y alemán se nutre de otros elementos, más complejos si cabe. No obstante, el racismo sobre el que se fundaba el imperio británico es la piedra de toque de la cultura política de la modernidad, que culmina con las empresas de exterminio nazis, soviéticas y aliadas. Lo explicó de forma magistral el escritor sueco Sven Lindqvist en Exterminad a todos los salvajes”.

—En su libro El camino de Wigan Pier, escrito en 1936, retrata las condiciones indignas de los trabajadores. ¿Se escandalizaría Orwell si viera a qué punto vampírico ha llegado el capital con los obreros en particular y los ciudadanos en general?

—Lo que Orwell vio y aprendió tras su paso por la policía imperial británica le llevó no sólo a simpatizar con la causa de los parias y los oprimidos, sino también a querer conocer las condiciones en que vivían. Esto convergió con su vocación de escritor, y de ahí nacieron sus primeros textos y su primer libro, Sin blanca en París y Londres, relato de sus andanzas entre vagabundos: no es que les entrevistara y acompañara, sino que durante semanas se vestía como ellos y vivía como ellos. Esta mezcla de reportaje, periodismo y ficción está en el origen de El camino de Wigan Pier. Cuando le encargaron que escribiera acerca de las condiciones de los trabajadores del norte de Inglaterra, dejó una crónica memorable donde, por un lado, saca a la luz la vida miserable a la que se ven condenadas las familias de clase trabajadora, pero, además, Orwell comprende que esta situación no se debe únicamente a una injusta distribución de la riqueza, sino al propio modo de producción industrial. El socialismo con el que ya empezaba a identificarse entonces estaba emparentado con el de William Morris y toda una tradición de crítica progresista del progreso.

“Transcurridos 85 años, la tiranía del modo de vida industrial sigue vigente, aunque sus nocividades y condiciones más humillantes se hayan desplazado en las últimas décadas a regiones más remotas. No cabe duda de que Orwell mantendría vigente su condena y crítica al sistema capitalista, y su simpatía hacia los oprimidos del mundo entero”.

—“Alguien tiene que matar a los fascistas”, explicó cuando llegó a España a luchar. ¿De qué manera y en qué casos él, que tanto había combatido los abusos, justifica la violencia?

—En primer lugar, conviene aclarar el origen de esta frase. En su trayecto hacia España, Orwell se detuvo en París para conseguir un salvoconducto y poder cruzar la frontera, y aprovechó la ocasión para verse con Henry Miller, que residía allí. Ambos escritores se respetaban y admiraban, a pesar de sus diferencias políticas: el compromiso de Orwell con las ideas de libertad y justicia social contrastaba con el cinismo y apoliticismo de Miller, que consideraba una idiotez marcharse a combatir a España. Bien. De ese encuentro existe una crónica a manos de Alfred Perlès, amigo y secretario de Miller (My Friend Henry Miller: An Intimated Biography, Londres, 1956). Es ahí donde figuran esas palabras de Orwell (“Voy a España a matar fascistas porque alguien tiene que hacerlo”), pero cabe notar que Perlès no está presente en ese encuentro, y es Henry Miller quien se lo relata, y Perlès lo pone por escrito veinte años después, cuando Orwell lleva siete años muerto tras haber conquistado la fama mundial. No quiero decir con esto que Perlès buscara conscientemente perjudicar la memoria de Orwell, pero como mínimo habría que tomar con cautela la veracidad de estas palabras, habida cuenta además del carácter socarrón de Miller.

“Por otra parte, aun en el caso de que esta historia sea cierta, hay que considerar, por un lado, el carácter privado y personal de la conversación, donde muchas veces podemos llegar a decir verdaderas tonterías y fanfarronadas. Pero, además, y más importante, lo que prima es el legado escrito de Orwell, y en relación a esta cuestión, en Homenaje a Cataluña figuran dos anécdotas que revelan fielmente su elemental solidaridad con el género humano, su capacidad para simpatizar (en su sentido etimológico de ‘compartir el sufrimiento’). En una de ellas, cuenta cómo llega a tener en la mira a un fascista que sale corriendo tras ser sorprendido mientras hace sus necesidades. Orwell no puede dispararle: ‘Había viajado hasta allí para disparar contra fascistas, pero un hombre que se sujeta los pantalones no es un fascista, sino evidentemente nuestro prójimo’. En otra ocasión, durante una refriega arroja una granada de mano hacia las posiciones fascistas, y escucha a un hombre malherido quejarse y dar alaridos. ‘¡Pobre desgraciado! ¡Pobre desgraciado! Sentí algo de pena mientras le oía gritar’”.

—Leyendo Homenaje a Cataluña, la crítica a Stalin es feroz. ¿Le costó, como le sucedió a otros activistas de izquierdas, plantar cara a la política de Stalin?

—Su paso por España supuso un parteaguas en su educación política. Si bien llevaba varios años frecuentando los ambientes del ILP, partido a la izquierda de los laboristas pero hostil al despotismo soviético, Orwell tenía buena relación con algunos comunistas. Pero la miserable estrategia de la URSS en la Guerra Civil española, los asesinatos de militantes socialistas o anarquistas durante los Hechos de Mayo, la ilegalización del POUM, y además, el relato que hizo la prensa comunista extranjera de todo ello, indignaron sobremanera a Orwell, cuya vida estuvo además en verdadero peligro: en 1988, se encontró en el Archivo Histórico de Madrid un informe de la policía secreta sobre Orwell y su mujer, donde se destacaban sus vínculos con el ILP y el POUM. En junio de 1937, escaparon clandestinamente de Cataluña.

“De vuelta en Inglaterra, escribe Homenaje a Cataluña, y su editorial (de perfil izquierdista) rechaza publicarlo. Aun así, el libro no tuvo mucho éxito. El verdadero choque con los comunistas se produce con Rebelión en la granja. Hay que recordar que, a pesar de que ya entonces (1944) era un escritor muy reconocido y respetado, prácticamente ninguna editorial lo quiso publicar; de hecho, estuvo a punto de autoeditarlo. Pero el éxito del libro fue masivo, y también lo fue la campaña de insultos y calumnias procedentes de la órbita intelectual y cultural comunista. ¿Pagó algún precio Orwell como consecuencia? No creo que le importara mucho el haberse granjeado la enemistad del mundo comunista. Lo que sí acusó fue el uso partidista que se hizo de Rebelión en la granja (como pasaría más tarde con 1984, tras su muerte): en Estados Unidos, y en general desde posiciones liberales y derechistas, se interpretaron ambos libros como un ataque contra toda posición socialista, como si Orwell hubiera renunciado a sus ideas de izquierda, algo que nunca pasó. Esta malinterpretación y manipulación de sus novelas frustró y afligió mucho a Orwell”.

—Si pensamos en su obra (especialmente 1984 y Rebelión en la granja) resulta uno de los autores más coherentes. De sus obras menos conocidas, ¿qué lectura resulta indispensable?

—Su novela Subir por aire (1938) es deliciosa: dotada de una gran perspicacia política (hoy diríamos “sociológica”), divertida, con algo de autoparodia. El camino de Wigan Pier mantiene una vigencia extraordinaria, pero lamentablemente está descatalogada en castellano. Con todo, el mejor Orwell probablemente se encuentre en sus cientos de artículos y ensayos, donde hablaba de infinidad de cosas: desde política y literatura pasando por folclore, cultura popular y hasta la reproducción de los sapos. En los últimos años se han editado varias compilaciones de estos textos, aunque aún queda muchísimo por traducir.

—¿Qué características tiene ese “socialismo democrático” que tanto reivindicó?

—Me parecería muy osado por mi parte definir qué entendía él por esta idea, no siendo Orwell además alguien que fuera dejando por escrito manifiestos políticos claros y definitivos acerca de cuál era su ideario exacto. Se pueden apuntar indicios: su aprecio sagrado por la vida humana; su tentativa de equilibrar la libertad del individuo con la igualdad para la comunidad; su respeto hacia formas más equilibradas de organizar la relación entre economía y trabajo que habían existido en el pasado; su amor por la naturaleza y algunas tradiciones, junto con su condena de la fealdad y miseria aparejadas a la industrialización de la existencia; la libertad de expresión e independencia intelectual frente al “pensamiento reducido al estado de gramófono”.

—¿Hay a día de hoy alguien que pudiera compararse a Orwell?

—Los contextos políticos e históricos son en verdad muy distintos, y las comparaciones son complejas. Con todo, si la medida del valor e importancia de Orwell se condensara en su compromiso con las ideas de justicia social y con su radical heterodoxia e independencia intelectual, sí podríamos sugerir ciertas analogías, habida cuenta además de estos tiempos pandémicos en que el disenso respecto a la gestión de la crisis sanitaria es criminalizado y despachado como “de derechas”. El filósofo italiano Giorgio Agamben ha mostrado mucha cordura y valentía en el último año y medio. En España, uno de los pensadores más lúcidos es desde hace mucho Juanma Agulles, fundador y miembro hasta hace poco de esta editorial; su reciente libro, La pandemia de nuestro tiempo (Milvus), junto con otros anteriores sobre urbanismo y tecnología, son imprescindibles. A nivel editorial, hay que destacar la labor de Pepitas, con su compromiso por publicar textos críticos, rigurosos y profundos de gran valor literario y ensayístico.

—¿Cómo es posible que alguien como él, tan comprometido políticamente, siempre del lado de los débiles, desdeñara el sexo, y despreciara a los homosexuales?

—Creo que son palabras muy fuertes que no se ajustan a la realidad. Por un lado, no considero que Orwell “desdeñara el sexo”. Tuvo muchas relaciones, aunque es probable que se mostrara más bien torpe en su manera de acercarse a las mujeres; aun así, su relación más larga (con Eileen, su primera esposa), creo que fue muy feliz y equilibrada.

“Tampoco creo que sea justo decir que Orwell ‘despreciaba’ a los homosexuales. Hacía gala de unos indudables dejes de ‘machito’ en su manera de hablar y expresarse, como en sus múltiples alusiones a la ‘izquierda marica’ y a los intelectuales afeminados, aunque Crick apunta a que probablemente se tratara de un ataque de cariz más estético y literario que homofobia en sí misma. Con todo, es indudable que Orwell no fue en este sentido una gran excepción en una izquierda que, en el mejor de los casos, mostró nula o escasa comprensión hacia el feminismo o hacia quienes decidían vivir libremente su orientación sexual”.

Entrevista publicada originalmente en CTXT / Revista Contexto; es reproducido aquí bajo la licencia Creative Commons.

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