Juan Forn: un faro que ni la muerte apagará

Periodista, editor, escritor, traductor y asesor literario… El pasado 20 de junio, a los 61 años de edad, Juan Forn partió de estas tierras. Y aunque han pasado 20 días, definitivamente aún duele escribir que ya no está aquí. Autor de novelas como Corazones o María Domecq, y del (irresistible) libro de cuentos Nadar de noche —en los que retrató con ironía y ternura las penurias y contradicciones de la clase media-alta argentina de los ochenta—, Forn también será recordado por sus ya míticas columnas en la contratapa del diario argentino Página/12, donde se dedicó cada viernes, durante casi 15 años, a compartir su inagotable curiosidad lectora. Aquí, en Salida de Emergencia, hemos querido rendirle un homenaje…


Pequeños triunfos sobre la muerte

Durante el mes de marzo de 1950, el poeta italiano Cesare Pavese escribió “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, un poema desgarrador e intenso, pesimista y con tufo a últimos días.

Ahí Pavese asegura que la Muerte monopolizará la mirada y la palabra: todo será silencio estéril, grito acallado, mutismo sin final: la muerte será entonces una oscura y eterna noche.

Ante lo dicho por el poeta —tan sólo pocos meses antes de su suicidio ocurrido el 27 de agosto de 1950—, uno se pregunta si realmente, en todos los casos, la vida, así como la mirada y la palabra se acaban cuando un corazón deja de latir. ¿Los seres humanos somos tan frágiles y fugaces? ¿La Muerte siempre lleva consigo una ventaja en el juego e impostergablemente la hallaremos una jugada delante de nosotros?

Resulta enfadoso asumir que la Muerte juega con cartas marcadas y, de antemano, ya nos ha ganado la partida. ¿Qué minúsculos triunfos, pero triunfos al fin, podemos granjearnos por sobre tan temida entidad? ¿Cómo hacer digna a la vida si incluso nacemos con nuestra fecha de defunción ya escrita en los prolijos cuadernos de la Muerte? ¿Qué ilumina a los días de la vida si la profunda noche a la que todos arribaremos está ahí, siempre a nuestro lado, paciente y certera en su oficio?

Ella sabe perfectamente que nuestros pequeños triunfos por sobre su frío imperio radican en un tipo de actos humanos luminosos, gestos pequeños, breves, cotidianos; por ejemplo, oír que llueve mientras lees a Szymborska.

Y voy más allá.

Hay seres humanos que, con ciertos actos, provocan que olvidemos la ausencia de Dios al comienzo del invierno. Hombres o mujeres que son como faros: iluminan y, por si fuera poco, en medio de la noche más oscura indican cuál es el camino. 

Hoy, voy a hablar de uno de ellos.

El periodista cultural, editor y escritor Juan Forn (Buenos Aires, 1959 – Villa Gesell, 2021) ha sido uno de esos faros encendidos para guiar a quienes navegan en los mares de la literatura, principalmente. En las siguientes líneas emprenderemos un breve recorrido por las rutas que alumbró el autor del libro de cuentos Nadar de noche (1991), quien el pasado 20 de junio muriera a causa de un infarto.

Un viento intenso colándose por la ventana

Juan Forn ha sido hijo de un ingeniero con toda la estructura lógico-matemática-racionalista que ello puede implicar a la hora de ser educado en el seno familiar. En una entrevista con el periodista Nando Varela Pagliaro —publicada por la Revista Bacanal en agosto de 2014, misma que puede encontrarse en su versión de video en YouTube—, Forn se sinceró: “Mi padre como ingeniero hacía un culto de la inteligencia aplicada y la lectura era un sinónimo de diletantismo”. Por parte de su familia materna, en dicha rama del árbol genealógico se hallan historiadores y abogados, “en la práctica ninguno terminaba ejerciendo… eran todos bastante ‘vagonetas’ [haraganes o vagos] y lectores”.

Además, durante su infancia asistió como alumno a un colegio religioso de élite, mismo que entre sus estudiantes también albergó a un personaje como el empresario y expresidente argentino Mauricio Macri: demasiada ruta poco respirable en el mapa de vida del futuro escritor y periodista, demasiado aire contaminado de ínfulas burguesas y mucho desdén por la lectura y los libros.

Quizá Forn dedicó gran parte de su vida a convertirse en lo opuesto de aquello que miró y escuchó en las aulas del Colegio Cardenal Newman. Sólo así se explica que, varias décadas después de aquella educación recibida en el elitista centro educativo del cual fue alumno, él haya tomado el cielo por asalto —al menos el del periodismo cultural y la literatura argentina de fines del siglo XX— e incendiado el statu quo a su paso, ya fuera desde el suplemento “Radar” del diario Página/12, también mediante su figura de editor en el sello Planeta, e, incluso, en el universo que creó a partir del big bang producido por la aparición de sus contratapas (última página) en el periódico ya citado.

En otra de las varias entrevistas que circulan en YouTube, Forn afirma sin titubeos: “Leer se convirtió en un acto de rebeldía en el momento en que entro en la adolescencia; mi viejo era ingeniero… yo aprendí a sacar logaritmos a los 10 años, de pronto empecé a sentir cada vez más desagrado por las matemáticas y por las ciencias exactas, entonces comencé a escribir poesía que era lo que más le podía molestar a mi viejo…”

Algunos años más tarde, mientras la oscura y bestial década de los setenta culminaba, Juan presentó su servicio militar… ¡otro escenario de rigidez, disciplina extrema y poca o nula racionalidad! Escapando de eso, tramitó su baja mediante una excusa real referente a un cuadro asmático y de ahí viajó a Europa.

Al volver a la Argentina ya con 21 años de edad y mientras nacían los primeros rasgos de una nueva década, Forn se puso serio, leyó como si al día siguiente el mundo se acabara e ingresó a trabajar de cadete [mensajero] en la editorial Emecé; solamente para que, al paso de pocos años, él estallara intelectualmente en mil pedazos y, con la estela de dicha explosión, cimbrara al circuito literario argentino a comienzos de la década de los noventa.

Durante esos años —poco después de la publicación de su primera novela intitulada Corazones (1987) y tras cierto tiempo de madurar su letal golpe contra el mundo hegemónico de la intelectualidad porteña—, Forn dio un manotazo seco sobre la mesa y derribó las piezas del tablero de ajedrez. Así lo rememora la escritora y periodista Cecilia Szperling (Buenos Aires, 1963):

—Nos cambió la vida en nuestro vínculo con la literatura, ¿de qué manera?: en ese momento, durante los noventa, en la Argentina había un dominio en la literatura y escribir tenía una relación muy estrecha con la Facultad de Letras, así como con el aspecto crítico; los nombres que había en las lecturas de moda obligadas tenían que ver con Roland Barthes, Jacques Lacan, muchos pensadores franceses… con Walter Benjamín, ¡tremendos y terribles pensadores…! Pero no necesariamente los que iban por el lado de contar historias, narrar y conmover.

Sacudiendo la modorra intelectual

Nadar de noche irrumpió en una Argentina que, a principios de la última década del siglo XX, no se imaginaba la sacudida bestial que se suscitaría en aquella sociedad que estaba a punto de recibir al nuevo milenio. Tras el final de la dictadura militar (1976-1983), parecía que muchos campos de la vida se hallaban aún anquilosados, adiestrados al ritmo del silencio, de lo que no debía decirse en público, de la confusión entre el adiós a la pesadilla de la dictadura y la sedación propia de las medidas neoliberales encabezadas por Carlos Saúl Menem, presidente de la Argentina de 1989 a 1999. Dentro de esa burbuja que en diciembre de 2001 explotaría por completo, ya había quienes intentaban fisurar los muros ideológicos para respirar un poco de aire puro.

Uno de esos personajes en aquella sociedad rioplatense era Juan Forn, tal como lo asevera el politólogo e intelectual Hernán Ouviña (Lanús, 1977):

—Juan Forn es quizás uno de los mayores exponentes de la literatura argentina de las últimas décadas. Alguien que no solamente produjo novelas y cuentos exquisitos, sino que además creó proyectos culturales y periodísticos de enorme gravitación como el suplemento “Radar” de Página/12 o la colección Biblioteca del Sur, que supieron sacudir la modorra intelectual en la década de los noventa y renovar las formas narrativas de las nuevas generaciones posdictadura.

La aportación de Forn desde su escritura de libros, tales como su memorable Nadar de noche, pasa por la manera de narrarnos sucesos cotidianos, los cuales supuestamente no tienen la menor importancia; pero si son relatados con alta estética se convierten en situaciones centrales de la vida de los protagonistas de sus historias, así como de los propios lectores. Nadar de noche, lamentablemente, no se consigue físicamente en México, a raíz de ese cortocircuito que se presenta entre Sudamérica y México desde hace varias décadas en el plano cultural: muchas veces es más fácil conseguir literatura hecha en España que lo editado en Montevideo, Bogotá o Buenos Aires. (Eso también sucede con cierta oferta musical y con materiales cinematográficos, aunque en estos dos rubros tal cortocircuito pueda revertirse parcialmente a través de plataformas digitales.)

En cambio, la lectura de auténticas joyas literarias, en el mejor de los casos, solamente puede realizarse mediante el oneroso y capitalista milagro de Amazon a través de la aplicación Kindle: ahí el lector mexicano puede hallar ese libro de cuentos que colocó a Forn en el gusto de los lectores ávidos de nuevas prosas. Digitalmente, al navegar por las páginas de dicho libro, uno se encuentra ante cuentos de una hechura magnífica y pacientemente cuidada, tales como “El karma de ciertas chicas”, donde cualquier pareja de novios o esposos, con varios años juntos, se sentirá identificada al husmear en la discusión de Miguel y su compañera; o en el ya memorable “Nadar de noche”, texto que le da título al libro, en el cual Forn recrea un diálogo entre él y su padre ya fallecido, reparando así lo que todos intentamos con nuestros muertos: tener una última y única oportunidad para decir algunas cosas que quedaron inconclusas.

En ese cuento, Forn nos autoriza a hablar con los muertos sin cursilerías ni artilugios propios del realismo mágico: simple y llanamente narra la realidad con tanta fidelidad a nuestros sentimientos, que acordamos con él en realizar un pacto ficcional y creerle que, cierta noche cerca de una piscina mientras su hija y su esposa ya dormían, él charló con su padre muerto. La escritora y también activista política, Cecilia Szperling, analiza en qué consistieron las aportaciones del literato recién fallecido:

—Quizás en los noventa había un cierto desprecio por lo que se llama el storyteller; por supuesto, también era una generación que venía reactiva al boom comercial del boom latinoamericano… Es verdad que era un boom que dejó a autores muy importantes por fuera, pero lo interesante era que la aparición de Juan Forn junto con Rodrigo Fresán y Charlie Feiling trajo una renovación y pusieron, en valor, otra idea de la literatura. Incluso incorporaron autores que no estaban tan metidos en nuestra tradición como Truman Capote y Philip Roth… De algún modo, pusieron en relieve a escritores o escritoras que estaban invisibilizados.

“Ayudando a los demás a ser mejores”

El autor aquí evocado fue un auténtico hombre de letras: lector, cuentista, novelista, editor y periodista cultural. Juan Forn, sin haber asistido a las aulas universitarias, fue forjando su oficio con mucho tesón; su contribución a la cultura argentina (y me atrevo a decir latinoamericana) se sostiene no solamente desde la ficción creada por él y vaciada en sólidas novelas como Puras mentiras (2001) o María Domecq (2007), sino que su legado que ya comienza a esparcirse hacia la eternidad también se asienta en su figura de editor y fundador del suplemento cultural “Radar”, inaugurado en 1996 dentro de las páginas del diario Página/12.

El cineasta y periodista Andrés di Tella (Buenos Aires, 1958), quien tuvo cercanía con Forn al participar del mismo equipo de futbol amateur en años recientes, nos comparte su reflexión acerca de las insoslayables virtudes profesionales del hombre que sacudió la manera de hacer periodismo cultural en la Argentina, al dirigir el suplemento ya mencionado líneas arriba:

—El otro día, yo decía que era como si no pudiera con su genio de editor. Dicen, quienes trabajaron con él, que fue el mejor editor posible, ya sea de textos cuando trabajaba en editoriales o en colecciones de libros de literatura, pero sobre todo como editor del gran suplemento cultural del diario Página 12, “Radar”, que fue una verdadera revolución en la cultura argentina, mismo que estuvo al mando de Juan Forn; no sólo ideaba todos los temas y las tapas, sino que se metía con cada colaborador casi cuerpo a cuerpo, palabra a palabra y adjetivo a adjetivo. Por esa misma razón, así como a mí a veces me resultaba cargoso jugando al fútbol, algunos también se resentían… algunos que ya se consideraban escritores hechos y derechos se sentían molestos con Juan sacando adjetivos, alisando la prosa, haciendo legible lo que podría ser retórico.

“Esas eran un poco sus obsesiones; entonces me parece que hay un trabajo muy importante de Juan Forn en la cultura argentina durante los últimos 30 años. De alguna manera es un trabajo invisible porque no eran necesariamente sus libros de cuentos o novelas, sino que se trataba de su trabajo de editor ayudando a los demás a ser mejores”.

Radar: papel que no servirá para limpiar ventanas

Tras dirigir “Radar” a partir de 1996, Forn logró algo que no suele ser común dentro de los suplementos culturales en cualquier parte del planeta: no reunió en sus páginas a los periodistas más consagrados en el ámbito cultural ni convocó a los especialistas o críticos renombrados en tal o cual rama de las artes, sino que lanzó un chiflido para que varios escritores habitaran cada número del espacio periodístico por él fundado. Algo más que Forn intentó y logró, otro aspecto muy complicado de alcanzar en el periodismo cultural, fue que la escritura de ese suplemento tuviera un registro literario, escapando de la redacción anodina y de la escritura meramente en coordenadas periodísticas, pues “Radar” consiguió contar(nos) historias en sus distintos textos.

En los seis años durante los cuales él estuvo al frente de dicha publicación, montó un dispositivo escritural y periodístico que cautivó a los lectores por su sentido estético, así como por sus horizontes plurales y ese afán de siempre hurgar y hallar lo que debía ser contado desde los pliegues de la cultura y las artes: Forn se apartó de hacer periodismo cultural para cubrir y escribir única o principalmente acerca de la élite intelectual y de creadores ya consagrados; tuvo el olfato periodístico atento, el cual le permitió amplificar el quehacer de aquellos que no contaban necesariamente con las credenciales y los reflectores para ser tomados en cuenta por los grandes diarios.

¿Acaso ese no debiera ser el punto de partida de todo editor en cualquier sección cultural o suplemento en un espacio periodístico? La aparición del Juan Forn editor de un suplemento cultural resultó tan refrescante en la Argentina, tanto como aquella zona cultural que, en México desde 1988 y hasta 2013, Víctor Roura dirigiera en el hoy malogrado periódico El Financiero. En ambos personajes uno encuentra, por ejemplo, esa casi salvaje obsesión por huir de los corrillos periodísticos, de las élites intelectuales perfumadas, de los premios y las condecoraciones hechas por el gobierno en turno, así como también uno puede encontrar una urgente y siempre bienvenida tendencia a entremezclar los géneros escriturales, colocando bombas en las normas sagradas de los manuales de periodismo. A diferencia de las publicaciones que sólo pueden servir como papel periódico para limpiar ventanas o envolver figurillas de porcelana en una mudanza, lo que salía de ambas zonas periodísticas culturales eran auténticas piezas literarias dignas de acuñarse aun con el devenir de los años.

Exilio literario

Forn pagó una factura costosa por situar a “Radar” dentro de la memoria colectiva de los lectores de diarios en la Argentina. Su obsesión por controlar cada detalle, cada párrafo propio y ajeno, cada imagen que acompañaría a un texto, así como los ritmos y horarios propios de una redacción periodística más los excesos de alcohol para sortear tales jornadas, le hicieron acreedor de un cuadro de pancreatitis que casi le arrebató la vida.

Su último suplemento dirigido abordó el Primer Festival de Cine Independiente de Buenos Aires. Pocos días después del sismo que representaron los días 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina, con un presidente huyendo de la Casa Rosada en helicóptero, una crisis económica que explotó en calles y avenidas, así como las instituciones del Estado estalladas y vacías de sentido; Juan Forn volvió a sentir que el cuerpo no le iba a seguir el paso al periodista que, tras el cataclismo de aquellos días, se unió a la cobertura que Página/12 realizó de los sucesos en las calles porteñas.

Con su hija Matilda de tan sólo dos años de edad, y junto con su entonces compañera Flora, emprendieron el exilio hacia Villa Gesell, un pueblito con playa en la provincia de Buenos Aires. Su vida ya no debía continuar con el ritmo veloz de una Buenos Aires frenética, con la avenida Corrientes que suele ser una especie de banda eléctrica donde si te detienes un momento tropiezas o quien viene atrás de ti te pisa y atropella; una Buenos Aires que en verano es insoportable y peor si estás dentro del subte; una Buenos Aires que te susurra al oído para que te vayas por un cortado a algún café en Avenida de Mayo o comas de parado en la pizzería Las Cuartetas.

Forn quemó las naves y se fue a vivir cerca del mar.

Ahí, a otra velocidad, con otras pulsaciones y otro paisaje, inició la que seguramente es la obra de su vida: las contratapas que publicó desde 2008 hasta el 18 de junio de 2021, todos los viernes en Página/12. Hurguemos en las reflexiones que Andrés di Tella hace acerca de tal viaje no sólo geográfico sino intelectual:

—Lo que hizo que esas contratapas fueran tan importantes, al menos para mí, fue el descubrimiento de todas esas vidas literarias y de escritores que dio a conocer. Eso por un lado. Por el otro, fue la manera de trabajar de él. Me refiero a que, en esos momentos de crisis, él se fue de Buenos Aires huyendo de los demonios en la vida de ciudad, de la ansiedad y otros venenos, buscando la paz y la tranquilidad de Villa Gesell (sobre todo el Villa Gesell de fuera de temporada: esas playas desiertas y esas casas vacías). Allí, Juan caminaba todas las mañanas, hacía una larga caminata antes de ponerse a escribir y, en esa caminata, escribía y encontraba esas parábolas de las que hablamos; es decir, sintetizaba en su cabeza lo que había leído la noche anterior.

“En esa especie de exilio, de alguna manera creo que Juan Forn encontró su destino literario: decidió poner todo en esas columnas, a diferencia de lo que muchos escritores hacían al publicar en diarios y revistas, un poco a modo de gana-pan teniendo su verdadera obra en otro lado, ya sea en sus novelas y cuentos; por el contrario, Juan decidió que su obra estaba ahí… en un lugar aparentemente menor y, paradójicamente como si fuera invisible, pero totalmente a la vista porque era algo publicado en un periódico que mucha gente leía. Así como yo, mucha gente compraba Página/12 exclusivamente los viernes para leer la columna de Forn, así como antes se compraba ese periódico solamente los domingos para leer el suplemento ‘Radar’ que él dirigió. ¡Forn arrastraba gente!”

Las contratapas: literatura condensada

Si uno admira tanto a Juan Forn como figura señera del periodismo cultural —no sólo argentino sino latinoamericano—, se debe en gran parte a los temas que abordó dentro de sus piezas periodísticas. Pero, sobre todo, es a causa de cómo nos narró ciertas historias, cómo nos hizo erizar los vellos de la piel al leer ciertos escritos suyos cada viernes. En esas contratapas que, seguramente ahora tras la muerte de su autor serán —o deberían ser— leídas tanto con gusto como con rigor para aprender, Forn elevó la escritura periodística a registros literarios, pues nos hallamos ante auténticas piezas narrativas, breves relatos que nos presentan a novelistas, cuentistas, poetas o demás hacedores de arte. Si uno las lee por separado, sin orden alguno, es fácil mirar sus virtudes instaladas dentro de una narrativa breve que nos ayuda a saber qué leer o cuál disco escuchar o qué película mirar; pero si uno se adentra en la titánica labor de leerlas en su conjunto, también es fácil percatarse de que son vagones de un mismo tren: la obra literaria y periodística de Juan Forn.

Estamos ante literatura condensada, tal como lo afirma Hernán Ouviña:

—No pocas personas le insinuaban que debía poner su libido en la escritura de una nueva novela o libro. Sin embargo, esas Contratapas no eran para él algo residual ni secundario, sino literatura condensada, relatos que encandilaban semanalmente, un crisol de retaguardias a las que destinaba toda su energía vital y su potencia creativa. Forn plasmaba en ellas una recurrente y siempre iniciática intensidad, que en sus propias palabras equivalía a la emoción vivida cuando se termina de leer un libro deslumbrante y se requiere de interlocutores-interlocutoras con quienes compartir esa sensación exultante.

“Una pequeña pizca de Babel”

Históricamente, la escritura periodística ha sido minimizada en comparación con la escritura de novelas o cuentos, sin soslayar a la realización de ensayos académicos. El acto de escribir periodísticamente es visto como algo menor, como si a esa zona sólo llegaran quienes fracasaron en las áreas narrativas, literarias o académicas. Algo injusto, sin duda, pero a lo cual también la gran mayoría de periodistas han contribuido: existe un registro escritural gris, telegráfico, parecido al de un escribano en una comisaría, que no desea o no sabe narrar, por lo que se conforma con decir.

Por eso la importancia en América latina de tipos como Rodolfo Walsh, Osvaldo Soriano, Osvaldo Bayer y Juan Forn; de ahí lo valioso del periodismo hecho por Gabriel García Márquez o el realizado por el recientemente fallecido Hugo Montero desde Sudestada o del ya mencionado Víctor Roura en México, sin olvidar al sabio de Fernando de Ita ni a Emmanuel Carballo con sus entrevistas a los protagonistas de la literatura mexicana. Tales personajes se han atrevido a elevar al periodismo a niveles narrativos, donde incluso se cuelan destellos poéticos. Tal virtud la resalta Hernán Ouviña en el caso de nuestro referente aquí evocado:

—Cada contratapa era una pequeña pizca de babel (tan solo 100 líneas) de la cual escuchar historias políglotas de artistas, rebeldes con causa, científicos, deportistas, escritores, locos y soñadoras demasiado inverosímiles, pero siempre de carne y hueso. En ellas y de filigrana, Forn regalaba de yapa libros, películas, discos y fotografías, teniendo como telón de fondo una historia que aún relampagueaba como instante de peligro en la memoria ardiente del siglo XX. Alguna vez dijo que le divertía la idea de imaginar a sus contratapas como una sucesión de pequeñas notas al pie de la Historia del Siglo XX de Eric Hobsbawm.

“Auscultaba hasta lo más íntimo en la vida y obra de sus personajes, los diseccionaba cual meticuloso cirujano, aunque con una pluma literaria sintética, emotiva y voraz, que más bien parecía suturar heridas e iluminar bifurcaciones, ensamblando detalles en apariencia nimios, pero que dotaban de sentido maravilloso y extraordinario a esas figuras rescatadas del olvido, mismas que desafiaban al destino con enorme osadía. Esta constelación de relatos únicos llegó a publicarse en cuatro tomos, bajo el título común de Los viernes [2015]”.

“Una tarea aparentemente menor”

El desdén que los propios integrantes del gremio periodístico suelen imprimir en su oficio, alimenta a dicho imaginario y sitúa a tan noble labor en el último piso —de arriba a abajo— de la maltrecha y mal vista escritura periodística. Por ello resulta loable y plausible el esfuerzo intelectual que Forn realizó al escribir sus textos publicados en Página/12, puesto que hoy nos permiten enarbolarlos como una bandera del buen periodismo cultural que se puede hacer desde América latina.

El cineasta Andrés di Tella es claro al respecto:

—A diferencia de lo que muchos escritores hacían en el campo del periodismo, Forn decidió poner todo su arte y toda su pasión en esas contratapas, y durante algún tiempo “dejó de escribir”. A él le daba bronca cuando le preguntaban “¿estás escribiendo algo?”; él no lo decía, pero una vez me contó que le daban ganas de responder: “Pero pelotudo… ¿no te das cuenta lo que estoy haciendo? Esto es lo que estoy escribiendo: ¡mis contratapas!”

“Eso fue lo que le dio una envergadura realmente descomunal, eso y la acumulación a lo largo de los años, viernes tras viernes. Son unas columnas que, por suerte, están recopiladas en cuatro tomos que son una maravilla. Otra cosa interesante es que Forn se tomó cuatro años de exilio (en el pueblo playero fuera de temporada) para darse una especie de educación: creo que, en buena medida, esos años de lecturas de biografías, pero también de grandes autores, eso fue destilando en su escritura y gracias a su capacidad como editor (incluso de sí mismo y como periodista, además de narrador) es que logró esa síntesis tan especial”.

Mientras muchos escritores buscan las luces de ciudad y los grandes emprendimientos literarios como publicar una novela en un sello editorial prestigioso, Forn optó por otro exilio más: desde Villa Gesell se inventó una isla de papel, sus contratapas, y ahí construyó una obra literaria y periodística que nadie podrá borrar. De nuevo, Di Tella nos comparte su opinión al respecto:

—Quizá para Juan Forn cuando era joven sería decepcionante que sus columnas periodísticas se consideren como su obra magna, pero me parece que, a veces, los escritores encuentran su grandeza en los lugares que otros no han sabido ver o aprovechar. Seguramente Forn no estaría satisfecho con esa percepción de que su gran obra habita en estas notas periodísticas que son las famosas contratapas, pero en algún sentido él lo supo y por eso dedicó sus últimos años a una tarea aparentemente menor.

Las malas y su editor

Paralelamente a la escritura de tales textos, con un modo de vivir más reposado y acompañado de su caminata matutina, Juan Forn todavía legó algo más al mundo literario, esto en su faceta como editor del sello Planeta. No puede soslayarse en esta entrega periodística que el don de la disrupción no sólo nuestro personaje lo utilizó en su hechura narrativa, sino que también fue capaz de detectarlo, olfatearlo y potenciarlo en la escritura de otros.

Tal es el caso de Las malas (2019), novela que a Camila Sosa Villada le permitió obtener el premio Sor Juana Inés de la Cruz 2020, distinción que es entregada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. ¿Quién fue el editor de tal novela transgresora? Sí, Juan Forn…

La doctora en estudios latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México, Gabriela González, nos comparte brevemente cuáles son las virtudes de dicha novela y cómo podemos hallar un legado de Forn en tal libro:

Las malas de Camila Sosa es un texto que continúa con una tradición de literatura de disidencias sexuales en América Latina que, poco a poco, ha ganado terreno en el mundo editorial y una “salida del clóset” de lxs lectorxs de la región. Si durante décadas se constituyeron como obras poco circuladas o tomadas en cuenta para el canon, nos encontramos en un momento en que esta tradición es vista y valorada tanto por lxs sujetxs que protagonizan las obras como por la calidad literaria de las mismas. Así desde El vampiro de la colonia Roma [1979], Amora [1989], Salón de belleza [1994], Tengo miedo torero [2001] o Museo travesti [2008]; Las malas constituyen un culmen de esta visibilización y circulación de obras escritas o protagonizadas por disidentes sexo genéricos con la entrega del premio Sor Juana Inés de la Cruz 2020.

“El prólogo que hace Juan Forn a la novela da cuenta de la sensibilidad de alguien que nota la manera en la que los imaginarios están cambiando: desde una charla TEDx como una posibilidad de la circulación de ideas en redes sociales hacia el mundo literario, Forn tuvo la capacidad de comprender el talento de Camila Sosa quien es capaz de provocar carcajadas o llanto por el dolor de las situaciones que transmite sin dejar de lado la mímesis festiva del mundo trans. Las malas como ficción o como testimonio ficcionado da cuenta de personas que son capaces de responder con ternura y cuidado a las vejaciones que el mundo impone, a comprender los cambios y lejanía de algunos afectos y a sentir sobre el cuerpo la persistencia de la memoria del cuerpo”.

Quizá Dios no tiene tiempo…

Días antes del fallecimiento del escritor, editor y periodista cultural Juan Forn, comencé a leer El oficio de vivir (1952) de Cesare Pavese. El autor italiano que se suicidara el 27 de agosto de 1950, unos meses antes —el 22 de marzo de ese año— escribió un intenso poema intitulado “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”:

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
—esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo—. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como mirar en el espejo
asomarse un rostro muerto,
como escuchar un labio cerrado.
Nos hundiremos en el remolino, mudos.

Pavese era uno de los escritores preferidos de Juan Forn. Otra de sus imprescindibles era Natalia Ginzburg, de quien escribiera una bella contratapa el 8 de marzo de 2013, intitulada “El día que me quiera”.

La escritora italiana nacida en el año de 1916, sólo redactó dos poemas en su vida; uno de ellos es hermoso y en cierta parte dice así:

Quizá Dios no tiene tiempo. Dirá que nos vayamos
y volvamos más tarde. Nosotros nos iremos de paseo,
nos sentaremos sobre un banco a contar trenes que pasan,
las hormigas, los pájaros, las naves. De aquella alta ventana
Dios se asomará a mirar las calles y la noche.

Quizá Dios no existe. Quizá haya que inventarlo, tal vez, con palabras escritas en una novela, en un cuento o en la parte trasera de un periódico.

Si eso ocurre, que sea Juan Forn quien nos escriba cómo se imagina a Dios.

No podemos saber si existe o si sólo hay personas que iluminan la ausencia de Dios cuando finaliza el invierno.

No podemos saberlo.

Pero por si acaso, sigamos leyendo a Forn, que quizá —seguramente— ya ordena papeles y notas; se halla apurado y ansioso por escribir algo para algún viernes que alguna vez volverá a ser.

Y no, sus ojos no serán nunca una vana palabra, ni un grito acallado, ni un silencio.

La muerte no tuvo sus ojos.

No mientras sigamos leyéndolo.

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