“El alma del conocimiento no es lo conocido, sino lo desconocido, y la ciencia hoy carece de ello; la ciencia produce certezas, pero ya no produce enigmas, que es lo que tenía encanto, gracia e interés”, escribe aquí Pablo Fernández Christlieb…


Las ciencias ya sólo se dedican a puras cosas prácticas. Las de la naturaleza, como la física o la biología, a hacer cosas para venderlas, sean pantallas planas, textiles inteligentes, células madre o cremas reductoras; las ciencias sociales se dedican a arreglar asuntos que nunca arreglan, sean democracias decadentes o niños de la calle; pero todas ya sin ningún misterio, que era lo que las hacía necesarias y populares; por eso se han vuelto tecnología, que es la utilidad sin el misterio. Lo que juran ahora los científicos cuando quieren hacerse propaganda para obtener financiamiento, es que ya saben lo que van a encontrar, lo que se van a tardar y lo que quieren de presupuesto. O sea que no han de ser muy desconocidas las cosas que conocen; y, ciertamente, de eso se ufanan, de que ya conocen lo desconocido.

Y así qué chiste. Lo bonito era lo otro: en efecto, el chiste y el alma del conocimiento no es lo conocido, sino lo desconocido, y la ciencia hoy carece de ello; la ciencia produce certezas, pero ya no produce enigmas, que es lo que tenía encanto, gracia e interés. Lo que no se sabe es más emocionante. Por eso, la gente del siglo XXI se ha rebelado contra las certezas, que cansan y aburren, y se ha puesto a salvar lo desconocido (aunque, hay que admitir, un poco a lo tonto). Solamente de esta manera se puede entender el retorno ilógico de los esoterismos, de las religiones y de otras tibetanadas espirituosas del mercado cultural, ya que tienen en común la garantía de que buscan cosas que no se pueden saber (en especial por falsas) para que así siempre quede algo inexplicado; o sea que la gente no quiere explicaciones, sino lo contrario, esto es, algo que nunca pueda ser comprendido y, así, la vida tenga chiste y gracia: el gusto inacabable de buscar lo desconocido sabiendo que no lo van a encontrar. De hecho, el conocimiento lo que bien a bien produce es lo desconocido, eso que va apareciendo a medida que se va sabiendo algo, y así uno no se encuentra con una certeza, sino que se encuentra con que no sabe. El conocimiento inventa lo desconocido. Cuando sólo produce certidumbres se vuelve oficina, tienda, papeleo, pero no conocimiento. Lo desconocido es la mejor parte del conocimiento o, dicho de otro modo, lo que no existe también existe; por eso Dios sigue existiendo: justamente porque no existe.

Lo desconocido no es exactamente lo que se ignora, sino aquello que está presente pero nunca se alcanza a mirar del todo y, por ende, hace que la realidad nunca esté terminada, como si siempre le faltara algo, lo que la resuelve y lo que la acaba: algo que está ahí mismo pero quién sabe dónde, algo que está en todas partes pero no se ve por ninguna: aquello que nunca puede ser dicho, que nunca acaba de ser conocido: esto es lo que le urge y mueve y anima al conocimiento. Y, como se ve, no es un asunto práctico, sino estético, porque eso que se llama belleza es estrictamente la cantidad de desconocido que hay en las cosas que hace que uno no pueda dejar de verlas, no se le vaya a ir: así es la belleza de una frase —como las de Borges—, de una cara —aquí ponga cada quien su ejemplo—, de una película —como las de Kieślowski—, de una vida, del futbol del Barcelona, de las pinturas de Rothko, de la política del comandante Marcos. Como decía Valéry: la belleza siempre tiene cualidad de enigma. La idea de la ilusión en tan necesaria en cosas como la cultura o el enamoramiento (que valen por lo desconocido que tienen dentro) que, si se les quita, se acaban.

Cada época necesita su desconocido para ir en pos de él y así tener algo interesante que hacer. La Edad Media lo encontró en Dios y el Diablo; el Renacimiento en las capacidades humanas; el siglo XVII en el infinito que veía a través del telescopio. El XIX en la ciencia. El XX en ninguna parte. En el siglo XXI, lo que se ha catalogado como “crisis de valores” no es una cuestión de conciencia ni de moral ni de decencia ni de amor, sino de conocimiento; es decir, que la sociedad contemporánea no tiene nada que buscar, y por eso le faltan razones que no sean para matarse, explotarse, drogarse y otros trucos para sentir un poco de misterio.

Moraleja: la sociedad del último siglo no ha sido capaz de inventar su desconocido necesario que la haga tener un sentido colectivo y alguna razón de ser. Dadas las circunstancias, parece que lo desconocido no está hoy ni en el más allá ni en Neptuno, ni en los genes ni en la mente, ni en el arte ni en la guerra, sino que lo desconocido está en el centro de la misma cultura que está en crisis; pero esto no es mucho decir, porque esto es nada más la respuesta. Lo que falta es la pregunta. Lo desconocido aparece en las preguntas. Pero esta sociedad no sabe qué preguntarse, y por eso lo único que se le ocurre son respuestas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *