Epidemias del pasado y actuales: un acercamiento

Epidemias y pandemias no constituyen un fenómeno nuevo. La lepra, la peste, el cólera o la viruela han dejado secuelas imborrables en la historia de la humanidad. También han sido la razón de ciertos descubrimientos y de que el ser humano se cuestione a sí mismo. Como señalan aquí Rafael Najera Morrondo y Ana María Carrillo Farga: esperemos que la actual pandemia haga reaccionar a la sociedad, cambiando el modelo productivo y la estructura económica para conseguir los derechos básicos de alimentación, vivienda, educación y asistencia sanitaria para todos, blindándolos por leyes que aseguren su permanencia en el tiempo.


Las epidemias hasta hoy

Rafael Najera Morrondo

Las primeras bacterias fósiles conocidas aparecen en calcedonias de hace unos 2 000 millones de años y la enfermedad bacteriana más antigua se presenta en un reptil de hace 200 millones de años.

Los primates aparecen hace aproximadamente unos 65 millones de años y entre ellos se han identificado homínidos de hace más de 10 millones de años. Los más conocidos hoy son el Sahelanthropus tchadensis (casi 7 millones de años), el Orrorin tugenensis (más de 6 millones de años), el hombre de Tabarín (Australopithecus afarensis, 5 millones de años), Ardi (Ardipithecus ramidus, 4,4 millones de años) y Lucy (Australopithecus afarensis, 3 millones de años) entre otros. Así podemos decir que el hombre aparece, hace unos 3 millones de años y el Homo habilis, hace unos 2 millones de años y el homo ergaster hace un millón de años aproximadamente.

La primera herida

En los últimos 12 000 años, desde la revolución neolítica y aún antes en menor escala, se observan huellas de heridas. En un fósil del Australopithecus africanus, el mono sudafricano, aparece una huella de la “primera herida”, resultado posiblemente de unas primeras herramientas de hace 2,6 millones de años, y en dientes de Australopithecus la primera evidencia de caries (cavidades en los dientes), infección que se produce en el hombre, exclusivamente por bacterias.

Como comentábamos en un trabajo reciente, “De Gilgamesh al COVID-19, 5.000 años de epidemias”, las epidemias son las que condujeron a la conciencia del enfermar humano, antes sólo dominada por la “medicina externa”, la cirugía inducida por las heridas (luchas, guerras, accidentes) por su carácter obvio, y la necesidad urgente de intervención tratando de paliar el peligro de muerte.

Se documenta en la trepanación (10 000 años a.C.) y la castración (de animales y hombres, unos 8 000 años a.C.).

Medicina y epidemias

Sin embargo, la medicina interna, la que hoy conocemos popularmente, como medicina, con su enorme variedad de síntomas, era difícil, sino imposible de caracterizar hasta que no aparecen las epidemias, que muestran los mismos o parecidos síntomas en muchos individuos a la vez, permitiendo extraer un factor común que permite caracterizarla pero adscribiéndola a concepciones mágicas.

No obstante, la primera enfermedad descrita con claridad, por lo obvio de su mecanismo de producción va a ser la rabia, en tablillas escritas en acadio, las Leyes de Eshnunna (Tell Abü Harmal, 1.930 a.C.) donde ya se describen una serie de observaciones clínicas, etiopatogénicas y preventivas.

Con Hipócrates (460, isla de Cos – 370 a.C.) “baja la enfermedad, del cielo a la tierra”, al despojarla de su carácter sobrenatural, pero con la teoría de los cuatro humores (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra) y sus desequilibrios, viene a llenar un vacío conceptual y paraliza el conocimiento médico durante siglos, llegando hasta el siglo XIX.

Con Hipócrates surgen las epidemias, “las que viajan”, no describiéndose con claridad la distinción con la enfermedad endémica “las que están” hasta Galeno.

En el siglo V a.C., aparece la Peste de Atenas y tras ella la descripción de la misma por Tucídides en la Historia de la Guerra del Peloponeso, donde describe que los que habían pasado la enfermedad y no habían muerto, quedaban protegidos, la primera observación de la inmunidad en la que se van a basar las vacunas hasta la aparición del sida.

Gripe, sida y covid

Las grandes epidemias se han desarrollado a lo largo de la historia desde las pestes como la de Atenas, ya mencionada, a las de época romana (Antonino, Cipriano, Justiniano), la peste negra, la peste de Marsella, la viruela, la fiebre amarilla o las más modernas como el cólera, la gripe de 1918, el sida o la actual de la covid-19.

Las tres últimas mencionadas han producido millones de muertes, unas como la gripe de 1918 (50 a 100 millones) y la covid (más de 3 millones), con gran rapidez y el sida (30 millones) a lo largo de 40 años, las primeras por vía aérea y esta última por vía sexual/sanguínea.

Frente a la covid se han desarrollado vacunas pero las medidas preventivas generales son necesarias para evitar nuevos brotes hasta que se consiga una protección vacunal suficientemente amplia. Son, sin embargo, difíciles de llevar a la práctica por el cansancio de gran parte de la población y la falta de constancia en su cumplimiento. Esto ha llevado a la puesta en marcha de operaciones de confinamiento de poblaciones con muchas transgresiones y los consiguientes rebrotes. Por otra parte existe un enfrentamiento social entre el confinamiento y el desenvolvimiento de la actividad económica.

El resultado está siendo la producción de cuatro ondas epidémicas con alta incidencia de la enfermedad, elevada ocupación hospitalaria y de los cuidados intensivos y un gran número de muertos. Todo ello incidiendo en una población que está soportando una grave crisis económica con repercusión en el trabajo, la precariedad y/o la pérdida de empleo, con la pobreza y las necesidades más acuciantes incidiendo especialmente en las poblaciones más vulnerables.

Pandemias y cambio social

El VIH hizo aflorar la marginación de grandes grupos de población, ya previamente excluidos por la sociedad, que reaccionaron contra esa brutal discriminación dando lugar a las luchas de la población gay y con ello a las conquistas sociales de LGBT que abrieron un nuevo espacio de libertad a este numeroso conjunto, asfixiado hasta ese momento.

Esperamos que los enormes problemas ocultos que han aflorado con la actual pandemia, y frente a los cuales no valen “paños calientes”, hagan reaccionar a la sociedad en su conjunto, cambiando el modelo productivo y la estructura económica para conseguir incorporar al conjunto de la población a los derechos básicos de alimentación, vivienda, educación y asistencia sanitaria, blindándolos por leyes que aseguren su permanencia en el tiempo.

Esto hará posible el imprescindible y extraordinario refuerzo del sistema de enseñanza superior y de investigación así como de la salud pública, con objeto de poder estar mejor preparados ante la nueva coyuntura que se presente con la próxima pandemia que, con seguridad, llegará antes o después.

Esperemos que este sufrimiento, este gran dolor, sirva para hacer avanzar los derechos de las personas y su libertad en aras de un mundo mejor.


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Pandemias ayer y hoy

Ana María Carrillo Farga

Ha habido pandemias de enfermedades bacterianas, como la peste bubónica o el cólera; y otras virales, como la viruela, la influenza o el sida. Las epidemias que se caracterizan por una propagación rápida y tasas de mortalidad elevadas, han marcado la historia de la humanidad desde la Antigüedad.

Las epidemias han provocado un número considerable de muertes, incluso de catástrofes demográficas, y con frecuencia han cambiado el rumbo de la historia. La peste que afectó a Atenas entre el 430 y el 426 a. C., también precipitó la caída de la ciudad sitiada. Los habitantes de los imperios incas y aztecas fueron diezmados por los gérmenes de la viruela que trajeron los conquistadores españoles en el siglo XVI. Numerosos historiadores consideran que la gripe española contribuyó a precipitar el fin de la Primera Guerra Mundial.

El triunfo de la Muerte (1562-1563). / Obra de Pieter Brueghel el Viejo (Museo Nacional del Prado).

Desde mucho tiempo atrás, el desconocimiento de las enfermedades que provocan estas epidemias y el modo de contaminación llevaron a las autoridades a tomar la única medida sanitaria posible para limitar los contagios: el aislamiento de los enfermos desde el siglo VIII para frenar la propagación de la lepra, así como el confinamiento en el siglo XIV cuando la peste causaba estragos. Cuando en un barco comenzaba una epidemia, los cadáveres de quienes morían eran arrojados al mar. Las primeras medidas de aislamiento sanitario fueron tomadas en Ragusa, actual Dubrovnik, en el siglo XIV y en Venecia, en el XV. Ambas ciudades imponían a la tripulación de los barcos que llegaban a sus puertos una cuarentena de varias semanas. Esta medida se generalizó y extendió a otros puertos importantes como Génova o Nápoles, en Italia o Marsella, en Francia.

Buscar chivos expiatorios

Las consecuencias de estas medidas afectaban de manera considerable el comercio. Como la plaga de Justiniano (siglos VI y VIII), la peste negra durante la Edad Media perturbó las rutas comerciales tradicionales. Se abandonó la cuenca del Mediterráneo y, en su lugar, la región de Flandes se convirtió en un lugar privilegiado para los intercambios comerciales en Europa. De hecho, la voluntad de no afectar las relaciones comerciales ha sido un factor de peso en la gestión de las epidemias, pues a menudo ha retardado la decisión de tomar medidas para detener su propagación. No era raro que los comerciantes y gobernantes trataran de ocultarlas.

La historia de las epidemias ha estado marcada por el surgimiento de movimientos populares contra ciertos grupos sociales acusados de ser los causantes de la enfermedad. El desconcierto y el miedo ante las muertes simultáneas y súbitas de las personas, llevaba a la búsqueda de culpables, siendo por lo general los pobres y las poblaciones marginadas a quienes se acusaba, convirtiéndose en el blanco de actos irracionales basados en la discriminación.

Las pandemias sembraban el luto en familias y pueblos enteros. Se estima que la peste bubónica que asoló la Europa de mediados del siglo XIV dejó entre 25 y 40 millones de víctimas en el continente, o sea, la tercera parte de la población de la época. La gripe de 1918-1919 causó unos 50 millones de muertos en el mundo. No es difícil imaginar el desánimo existencial que esto debió de haber causado, justo al término de la Primera Guerra Mundial.

Estas catástrofes han obligado a los hombres y mujeres a meditar sobre la muerte y reflexionar acerca de la condición humana. También han sido la fuerza motriz del progreso en la búsqueda de tratamientos y medidas preventivas. Si la medicina estaba en una fase incipiente al final de la Edad Media, algunas medidas higiénicas comenzaban a imponerse. A partir del siglo XIV comienzan a cambiar las sábanas a los enfermos. Después de la epidemia de cólera que azotó a Londres a mediados del siglo XIX, las autoridades comenzaron a velar por el aprovisionamiento de agua.

Formulación de políticas sanitarias

Fue a partir de pandemias y epidemias que los países comprendieron que resultaba más costoso abordar una emergencia sanitaria, que prevenirla. El cólera, en particular, hizo evidentes las condiciones insalubres en que vivían y trabajaban la mayoría de los habitantes del mundo. Se plantearon entonces, progresivamente, políticas de salud a largo plazo para promover medidas de higiene, promulgar códigos sanitarios e investigar la causa de las enfermedades y los remedios para prevenirlas.

La salud pública internacional comenzó a desarrollarse en la segunda mitad del siglo XIX, para enfrentar a las enfermedades epidémicas que no respetaban fronteras. Este ámbito se manifiesta desde entonces en la celebración de conferencias y redacción de convenios sanitarios internacionales.

Para evitar la propagación de epidemias, fundamentalmente del cólera y la peste, y limitar los obstáculos al comercio y a la libre circulación de las personas, doce Estados europeos organizaron en París, en 1851, la primera Conferencia Sanitaria Internacional, que condujo al proyecto de Convención Sanitaria Internacional, acompañada de la firma del primer reglamento sanitario internacional sobre la peste, la fiebre amarilla y el cólera. Conferencias similares tuvieron lugar, pero hubo que esperar hasta 1903 para que se aprobara un convenio sanitario internacional y a la segunda mitad del siglo XX para que se fundara la Organización Mundial de la Salud, después de la Segunda Guerra Mundial.

Pero la existencia de microbios no basta para engendrar ni explicar una epidemia. Estas son resultado de crisis ambientales, alimentarias, migratorias, sanitarias, económicas, políticas y sociales, y al mismo tiempo agravan las crisis ya existentes, provocadas a menudo por las guerras y las hambrunas.

Como en el pasado, la pandemia actual marca la crisis de una manera de vivir. Los estudios de expertos muestran que la causa profunda de la pandemia de covid-19 es la destrucción sistemática de la naturaleza, la cría industrial de animales y la deforestación. Esta última ejerce una presión considerable sobre los hábitats de los animales y los obliga a moverse, haciendo que circulen los gérmenes patógenos de unas especies a otras, algo que originó el ébola y la enfermedad por el virus del zika.

Las muertes colectivas dejarán un vacío difícil de llenar en las familias y en las comunidades. Pero la historia nos muestra que las pandemias han tenido siempre un final; al término de cada una de ellas, la humanidad ha sido capaz de reinventarse a sí misma y reinventar a sus sociedades, y éstas han logrado avances. La pandemia actual debe hacernos caminar hacia un mundo en que se respete por igual el medioambiente y la vida de todos los seres humanos.

Rafael Najera Morrondo. Doctor en Medicina. Especialista en Microbiología y en Higiene y Sanidad. Máster en Virología. Profesor Emerito, Instituto de Salud Carlos III.
Ana María Carrillo Farga. Especialista en historia de la Medicina y pandemias. Profesora del departamento de salud pública de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Fuente: The Conversation y Correo UNESCO, respectivamente.

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