In memoriam / y II

A poco más de un año de iniciado el encierro voluntario” es justo hacer un homenaje a los que han muerto durante este lapso, nos dice Juan Soto en su más reciente colaboración, la segunda y última del ciclo In memoriam. Cansados ya de estar escuchando y leyendo las mismas peroratas sobre la situación mundial de los mismos sabelotodo (Žižek, Agamben, Haraway, Latour, Butler, De Sousa, Sassen, etcétera), el reencuentro, que tarde o temprano llegará, nos permitirá generar e intercambiar narraciones, relatos e historias. “Si alguna certeza podremos reafirmar una vez más ―apunta― será que la psicología social, la sociología, la antropología social y demás campos de conocimientos afines sirven para pensar, discutir y analizar qué pasa con las personas, pero no para hacer mucho por ellas”.


Frente a las cifras oficiales de los contagios y decesos hemos visto el alto contraste de los relatos callejeros, de las historias cotidianas, de las narraciones de los vecinos, familiares y amigos, de los conocidos e, incluso, de los desconocidos con los que uno coincide en la fila. Esas narraciones, relatos e historias contrastan con los discursos políticos oficiales y nos han enseñado que la confianza en la ciencia se convirtió ya en una cuestión de preferencias políticas, en una cuestión partidista. Mucha gente que vive sola aprendió a inyectarse asistiéndose de un tutorial de YouTube. Y, de paso, le perdió el miedo a las inyecciones. A mucha gente que fue a realizarse una prueba la regresaron a su casa porque la valoración que le hicieron indicaba que no era nada grave. Muchos murieron en sus hogares, no sólo en los hospitales. ¿Y qué decir de las familias completas que han muerto, incluso, en el mismo hospital? ¿O de aquellas familias que han muerto repartidas entre la casa y el hospital? ¿Qué se puede comentar de los que sólo se pudieron decir “hasta pronto” a través de un smartphone para no volverse a ver jamás? Cantidad de gente ha visto cómo sus discursos, relatos y narraciones negacionistas se han venido abajo. Otros tantos deben estar enojados con Dios. Algunos más ya entendieron que frente a tanto desamparo es difícil seguir creyendo en Él (pero seguro al terminar la pandemia las iglesias se llenarán de nuevo). Muchos ya comienzan a dar gracias a Dios por haber recibido la vacuna.

La trágica realidad que la pandemia ha traído consigo ha echado abajo cualquier cantidad de certezas sobre la existencia y la cotidianidad. ¿Quiénes pierden? Los de siempre. Los de abajo. Los que menos acceso a bienes y servicios tienen. ¿Y mientras? El capitalismo de plataformas nos ha seguido mostrando su rostro más socarrón y grosero. Representado emblemáticamente por Google, Amazon, Facebook, Apple, etc., nos ha demostrado cómo, a pesar de la crisis, es posible seguir amasando fortunas. ¿Y la industria de la salud? Tampoco se queda atrás. ¿Y los negocios que ofrecen servicios funerarios? No son la excepción. Esta pandemia ha puesto en evidencia, de manera procaz, cómo se puede lucrar con medicamentos y accesorios para el cuidado de la salud aprovechándose de la necesidad de la gente que buscaba, por ejemplo, tanques y concentradores de oxígeno e, incluso, respiradores artificiales justo cuando el sistema de salud estuvo al borde del colapso. De nuevos emprendedores y piratas jugando al mercader se llenaron las plataformas publicitarias, principalmente Facebook, donde se ofertaban desde cubrebocas revendidos por más de 10 veces su costo habitual, hasta vacunas falsas. La mezquindad a flor de piel.

A poco más de un año del comienzo de este “encierro voluntario” (¡qué frase!), también ha llegado la esperanza. En forma del Santo Niño de la Pandemia o en forma de vacunas (ya se sabe usted la marca de los laboratorios que las producen y hasta cuáles de ellas provocan trombosis). ¿No ha sido un tanto extraño mirar a los religiosos con cubrebocas ofreciendo sus servicios al por mayor? Una vez más la ciencia ha demostrado una eficacia contundente por encima de las creencias religiosas, pero esto sólo será de manera momentánea. Una vez que las vacunas salven millones de vidas, los creyentes agradecerán a Dios por haber acabado con el virus. La historia, al menos en ese sentido, parecerá repetirse. ¿Y esas versiones optimistas de filósofos y sociólogos ingenuos que apuntaban a que esto nos iba a dejar enseñanzas? También se van a venir abajo. El capitalismo saldrá, una vez más, golpeado, pero robusto. Esos pensadores de quinto piso de apartamento en Estados Unidos descubrieron, a fuerza de recibir reveses, que el virus no traía ADN comunista y que todo parece indicar que no vamos a ser una mejor sociedad después de la pandemia.

¿No es cansado ya estar escuchando y leyendo las mismas peroratas sobre la situación mundial de los mismos sabelotodo: Žižek, Agamben, Haraway, Latour, Butler, De Sousa, Sassen, etc.? Cada vez es más claro que pensar la realidad desde sus lujosas viviendas es muy distinto a pensarla a ras del suelo. Por mucho que la pandemia se quiera pensar antropomórficamente y de manera animista, podemos tener la certeza de que no da lecciones de vida… ni de muerte. Las pandemias no enseñan cosas. El secreto está en reconocer el poder de las metáforas que utilizamos para referirnos a lo que nos pasa, tal y como lo pensaron Lakoff y Johnson en Metáforas de la vida cotidiana. Si cambiamos las metáforas, cambiarán nuestras formas de pensar y sentir la realidad que describimos. Esta idea no es nueva. Mucho se ha reflexionado, desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días, sobre el poder formativo de las maneras de hablar. Y siendo consecuentes con esto podremos decir que si algo ha aprendido la gente en este encierro es una que otra cuestión más práctica, elemental y banal: ha aprendido a hacer transacciones a través de dispositivos y plataformas digitales; ha aprendido a utilizar Zoom, Meet, Whatsapp, Bluejeans, etc., para conectarse con sus compañeros de trabajo, amigos y familiares.

Aunque muchos aprendieron que hay otros tantos que no cuentan con la posibilidad de tener acceso a todo lo anterior, y que la desigualdad social y económica también se traduce en desigualdad en el acceso a las tecnologías e internet, otros tantos apenas se han dado cuenta de que el acceso a internet tiene que ser un derecho humano real y no un negocio. Pero las pandemias no enseñan nada. Ni las catástrofes. Ni los desastres. Nuestras sociedades parecen olvidar demasiado pronto. Solo las personas con concepciones animistas y antropomórficas de la existencia parecen insistir en que la pandemia nos ha enseñado algo. La pandemia no logrará hacer que salgamos más cambiados ni fortalecidos de este encierro. A muchos ya los mató. A otros ya los debilitó. Y a otros los está desquiciando.

Los augurios optimistas suelen, casi siempre, equivocarse. Cuando la pandemia y sus estragos comiencen a disminuir, la gente no será más solidaria. Quizás estará más sensible y nostálgica por algún tiempo, pero regresará a las mismas dinámicas de siempre. Los que logren sobrevivir seguro se verán con gusto. Y se abrazarán mucho (gracias a aquellos que le pusieron la debida atención a la interacción social y simbólica sabemos que los abrazos prolongados y repetidos llevan la intención de fortalecer los lazos sociales que se han debilitado gracias al distanciamiento y la lejanía en situaciones como éstas). No obstante, los que ya se odiaban se seguirán odiando (y quizá con más fuerza). Después de algún tiempo la gente bailará y se acercará todo lo que pueda. Y se besará también. Y gritará. Y se emborrachará. Y hará deporte al aire libre. El espacio público, a pesar de la inseguridad, será tomado por asalto. Aunque sea para andar caminando por ahí para encontrarse con viejos conocidos de los cuales ya se había olvidado.

Pero no, a pesar de todo esto, la pandemia no nos hará mejores personas. La gente celebrará que sigue viva, aunque no sepa por qué o para qué. Estamos a punto del reencuentro, aunque no inmediato. El reencuentro nos permitirá generar e intercambiar narraciones, relatos e historias que irán desde la lírica hasta la dramática, pasando, obviamente, por la épica. Las cadenas de significados que se tejerán en torno al confinamiento no serán iguales para todos, pues sobrellevar estas condiciones al interior de un lujoso apartamento es cosa de unos cuantos. Y en condiciones como ésas es muy fácil confundir sensiblería con solidaridad, pero hay que aprender a distinguirlas. La sensiblería estará a flor de piel, no la solidaridad. Si alguna certeza podremos reafirmar —una vez más también— será que la psicología social, la sociología, la antropología social y demás campos de conocimientos afines sirven para pensar, discutir y analizar qué pasa con las personas, pero no para hacer mucho por ellas.

A poco más de un año de iniciado el “encierro voluntario” es justo hacer un homenaje a los que han muerto durante este lapso. A todos aquellos de quienes pudimos y no pudimos despedirnos. A quienes dieron su vida en el frente sanitario de batalla. Y, sobre todo, a quienes lucharon hasta el último minuto, pero no lo lograron. “No vivimos solos. Nadie vive solo. Todos vivimos con los muertos”, sentenció Ugo Betti. Podríamos decir con nuestros muertos. Sólo resta decir: in memoriam

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