Día Mundial del Libro

La creación de las fabulaciones…

En su página web oficial, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) apunta: “Más que nunca, en un momento en la que la mayoría de las escuelas de todo el mundo están cerradas y debemos quedarnos en casa, podemos usar el poder de la lectura para combatir el aislamiento, estrechar los vínculos entre las personas, expandir nuestros horizontes, a la vez que estimulamos nuestras mentes y nuestra creatividad”. Proclamada por la Conferencia General de la UNESCO en 1995, el Día Internacional del Libro es una conmemoración celebrada cada 23 de abril a nivel mundial con el objetivo de fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor. El periodista y escritor Víctor Roura retoma la efeméride para hablarnos de los libros y de la lectura: “Un libro a veces nos define la vida o nos hace ver las cosas como no las hubiéramos imaginado nunca. Los libros son importantes porque nos hablan de la vida”.


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En 1995 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (la UNESCO) instituyó el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor seleccionando, para tal acto, el día 23 de abril de cada año con la intención de celebrar, y recordar, a dos grandes autores de dos idiomas distintos: el castellano y el inglés, representados por Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare, respectivamente, fallecidos ambos el 23 de abril del año 1616, aunque el español, según los documentos descubiertos no hace mucho tiempo, murió un día antes, el 22 de abril, pero en el momento de instituirse esta conmemoración se tenía la idea de que ambos escritores se habían ido de este mundo justo el día 23, de ahí que se eligiera esta fecha para tener presentes siempre a estas dos celebridades literarias y, de paso, festejar el libro como instrumento de conciencia pública. Porque, en efecto, en un libro podemos encontrar cientos de maravillosas revelaciones, además de no olvidarnos de la historia de la humanidad. Un libro a veces nos define la vida o nos hace ver las cosas como no las hubiéramos imaginado nunca. Los libros son importantes porque nos hablan de la vida.

Dieciséis años antes, en 1979, por decreto del presidente José López Portillo se celebra en México, cada 12 de noviembre, el Día Nacional del Libro para recordar siempre a la escritora Sor Juana Inés de la Cruz, cuyo verdadero nombre es Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, quien naciera precisamente un 12 de noviembre —unos precisan que en el año 1651, si bien se afirma, en otras versiones, que vio la luz primera en 1648— en San Miguel Nepantla, Estado de México. En la fecha de su muerte no hay duda: 17 de abril de 1695. Por eso cada 12 de noviembre, a partir de 1980, las librerías obsequian a sus clientes un libro editado especialmente para ser regalado ese día.

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Cuenta la historia que a fines del siglo XVIII, en el año de 1792 —hace ya casi 230 años—, en el solar que hoy ocupa la denominada Casa de los Perros, en Guadalajara, “empezó a funcionar en una construcción popular de la época la primera imprenta que hubo en la ciudad que fue propiedad de don Mariano Valdés Téllez-Girón. En el taller tipográfico de Téllez-Girón se publicaron los primeros impresos tapatíos y poco después, a partir de diciembre de 1810, bajo la dirección de don Francisco Severo Maldonado, se dio a la estampa a iniciativa del Padre de la Patria, don Miguel Hidalgo y Costilla, el primer periódico insurgente El Despertador Americano”.

En la antigua construcción colonial se estableció, a mediados del siglo XIX, un modesto sastre que fue muy conocido en el barrio de Santo Domingo por su desmedida afición a proteger a los perros. “Cuidábanse en esa finca a verdaderas jaurías, razón por la cual en el vecindario se conoció a la residencia del sastre como Casa de los Perros. A consecuencia de la Guerra de Tres Años (1858-1861) quedó destruido el templo de Santo Domingo (construido de nuevo como Santuario del Señor San José) y buena parte del vecindario en ruinas. El terreno de la primigenia Casa de los Perros fue adquirido por el acaudalado hacendado don Jesús Flores, casado con doña Anita González Rubio, y en dicho solar pidió al ingeniero y licenciado don Arnulfo Villaseñor Carrillo que le construyera una residencia. La finca, de franco estilo neoclásico, quedó concluida el año de 1896. En el segundo piso la finca fue dotada de espaciosos corredores techados originalmente de lámina de zinc que fue importada de Estados Unidos. Al fondo, se le construyó una alberca techada con lámina de tecali poblano que fue lugar de recreo muy celebrado en Guadalajara. Para que la finca no perdiera identidad urbana, el ingeniero Villaseñor Carrillo (autorizado por los dueños de la casa) adquirió en Nueva York, en la casa J. L. Mott, Iron Works, el par de estatuas caninas que rematan la cornisa de la finca hacia los vientos sur y norte de la misma”.

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Pues ahora, por iniciativa del ayuntamiento de Guadalajara poco antes del arribo del siglo XXI, la Casa de los Perros es el Museo del Periodismo y las Artes Gráficas, que iniciara sus actividades el 11 de agosto de 1994.

Pero nos topamos con un altercado oficial.

Un boletín del Museo del Periodismo, emitido en junio de 1997, apuntaba que fue en esta casona, en la imprenta de don Mariano Valdés Téllez-Girón, donde se editó el primer diario insurgente de América, mas Jaime Avilés (1954-2017), en su libro Ignacio Cumplido / Un impresor del siglo XIX (Colección “El tiempo vuela” del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 1992), escribe que el padre Francisco Severo Maldonado (“bajo sus 90 kilos de entusiasmo”) condujo a Miguel Hidalgo hasta el taller de Ignacio Cumplido para ver la posibilidad de que les editara un diario independiente: “El maestro Cumplido había trabajado muchos años con don Mariano Valdés Téllez-Girón, dueño de la primera imprenta que hubo en Guadalajara, fundada en 1793 [Jaime la adelanta un año]; de él había adquirido todos los secretos del oficio, hasta convertirse en un experto. Ahora, acababa de adquirir su propio negocio y, al oír la propuesta del sacerdote, se estremeció.

“—Padre —le dijo—, usted me pide que cometa un delito.

“Como las leyes del virreinato prohibían la libertad de prensa, los particulares no tenían derecho de imprimir nada sin permiso de la autoridad. Y la autoridad no consentía sino publicaciones que hablaran de poesía, de literatura, de ciencias, de curiosidades y chismes. Por lo tanto, eran castigadas aquellas que intentasen criticar al gobierno.

“—¡Pues todo esto se acabó! —dijo el padre Francisco—. Ahora manda Miguel Hidalgo, y él me ha ordenado hacer este periódico.

“—Ah, bueno —dijo el impresor—. Así, sí. Ni hablar”.

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De cualquier modo, la maravillosa imprenta, atribuida al alemán Johannes Gutenberg en 1440, llegó a América un siglo después, en 1539, a la sucursal mexicana de Juan Cromberger en Tenochtitlán, si bien la idea —como se suscribe en la historia— provino de fray Juan de Zumárraga a quien, desde su llegada a la Nueva España en 1528, le urgía evangelizar con prontitud a los habitantes “recién descubiertos” con material propio, no importado, para no demorar la nueva cruzada religiosa. Porque, en efecto, las imprentas —los responsables de su uso, pues— eran celosamente vigiladas por las autoridades españolas.

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Durante la revuelta iniciada en 1810, Ignacio Cumplido tuvo que huir de Guadalajara, su ciudad natal (donde se dice que nació… ¡en 1811!, algo imposible para la historia que nos cuentan algunos historiadores y básicamente Jaime Avilés, razón por la cual se documenta que el editor del periódico de Hidalgo y Costilla fue, sencillamente, Francisco Severo en diciembre de 1810) para salvar su imprenta. “En la capital de Michoacán pidió una entrevista con el jefe de los rebeldes, pero no se la concedieron. Cuando dijo que trabajaba para Miguel Hidalgo, nadie se lo creyó [¡a lo mejor porque la anécdota es onírica!]. Lo tacharon de mentiroso. Harto de tantas humillaciones, decidió irse a Chilpancingo para hablar con José María Morelos. Le diría:

“—Mi general, aquí le traigo esta imprenta para lo que usted guste y mande.

“Y partió a la mañana siguiente. Al salir de la provincia de Michoacán por el camino a Toluca, divisó a las tropas del general Calleja que venía al frente de mil soldados realistas.

“Abandonó la carreta debajo de un puentecito de piedra, desenganchó la mula y, montado a pelo, huyó hacia las montañas. Desde lo alto de una cumbre, vio cómo el enemigo se apoderaba de la imprenta. ¡Maldita sea!, pensó. Todo su esfuerzo había sido inútil. Hambriento, penando por los cerros durante una semana, llegó de milagro a la ciudad de Zitácuaro. El generalísimo José María Morelos acababa de irse de allí”.

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Así que El Despertador Americano probablemente, o en realidad, nunca salió de la imprenta de lo que después se denominara Casa de los Perros, aunque con certeza sí sabemos dos cosas: en efecto, donde está situado hoy el Museo del Periodismo estuvo la imprenta de don Mariano Valdés Téllez-Girón (autorizada para tal servicio el 7 de febrero de 1792, pero hasta el 10 de agosto de ese mismo año obtuvo la real cédula por un periodo de diez años) y, sí, El Despertador… de don Miguel Hidalgo se hizo en Guadalajara pero en otra casa…

Pues si la de Valdés Téllez-Girón era la “única imprenta autorizada” en aquella época, es lógico pensar entonces que de allí no saldría un diario independiente, porque su editor no iba a arriesgar su modus vivendi.

Tenía que ser otro el arriesgado, y lo fue el maestro Cumplido (el padre de don Ignacio, célebre impresor de la ciudad de México, nacido el 28 de abril de 1811 y muerto el 30 de noviembre de 1887), cuya imprenta actuaba clandestinamente.

Y en la clandestinidad se respiraban aires libertarios…

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La historia de Jaime Avilés, pues, es meramente literaria mas fabulosamente imaginativa. Porque de eso se trata la imprenta: un instrumento para dar a conocer, o airear, fabulaciones: los libros son el lugar idóneo para las ensoñaciones.

El libro, que ahora —sobre todo luego de esta intraducible pandemia, que ha modificado sustancialmente las cosas de la vida— es aplazado (remplazado, desplazado) por las tabletas o las aplicaciones electrónicas —quiero creer que momentáneamente, no de manera perdurable—, es un objeto íntimo, a diferencia de las máquinas digitales, que finalmente pueden ser rastreadas manipuladas, codificadas. El libro como artesanía, no como agente mecánico, también, es cierto, ha sido asaltado por vividores —negociantes, empresarios, arribistas, que nunca faltan en las sociedades de consumo— de su aspecto cultural. Sin embargo, el libro revela historias o fabulaciones (¡Ignacio Cumplido escapando en las montañas a un año de su edad!) para la reposada cavilación personal… ¡cuando ahora hasta un compromiso amoroso quiere ser gritado públicamente! —en las nuevas costumbres impuestas por las tecnologías que han enriquecido brutalmente a un puñado de negociantes so pretexto de la comunicación global que ahora justamente en México está viviendo una abrupta promulgación política.

El libro insta (no quiero decir instaba) a la reflexión individual, humana, no masiva, no corporativa, no mangoneadora de ignorancias educativas. El libro aspira no a un control de conciencias, sino sencillamente a una integración social.

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