Ser un antisistema

De un tiempo a la fecha, una nueva figura ha emergido y pulula en cuanta marcha puño en alto se desarrolle: los autonombrados antisistemas. De ello nos habla Juan Soto: “La próxima vez que vaya a gritar a los cuatro vientos que usted es orgullosamente un antisistema, deténgase. Abra primero la App de Amazon o de Mercado Libre en su teléfono inteligente y teclee, digamos, ‘punk’ o ‘Che Guevara’. Compre su playera, su boina, sus botas, sus aretes, sus pulseras, su gargantilla, su chamarra y sus anillos antisistema”.


Cualquiera que se haya sentido incómodo con la idea de que el sistema limita y moldea sus deseos, aspiraciones, pensamientos, afectos, formas de comportamiento, etc., está listo para tratar de impedir que eso siga ocurriendo. Está listo para adoptar unos modales y una apariencia que le ayuden a diferenciarse del resto que, ni por asomo, se ha dado cuenta de cómo nos manipula el sistema. Y lo que se entienda por sistema es lo de menos. El secreto está en pensar que eso que podemos denominar sistema nos jode. Nos aniquila. Nos pasa por encima. Nos exprime hasta dejarnos sin aliento (mientras más dramática sea la descripción de lo que nos hace, mejor).

Sin la idea básica de que el sistema atenta en contra de nuestra integridad no tiene sentido tratar de oponerse a él. De luchar contra él. De construirlo como una maquinaria cínica y descarada (movida, eso sí, por las fuerzas oscuras y ocultas del poder), que quiere arrebatárnoslo todo. Ese sistema bien puede estar representado por cualquier organismo u organización que puedan considerarse aliados del capitalismo. Sin la idea esencial de que ese sistema opera en detrimento de los individuos (y todo lo que sus vidas implican), la oposición, rechazo, repudio… a ese sistema carecen de sentido y de toda lógica. Cualquier sentimiento de miedo sin una amenaza real, es locura. Por ello se requiere de la mistificación del sistema (y cualquier malignidad a la que se le pueda asociar resulta provechosa para justificar la oposición al mismo). Mientras más razones haya para oponerse al sistema, mejor. Y mientras más totalitario, antidemocrático, malévolo y perverso se le conciba, se le describa y se le caracterice, más racional y justificada estará su no adhesión a él.

Pero aquí es donde comienzan, seriamente, los problemas. Muchos de los que se oponen al mentado sistema y lo gritan a los cuatro vientos no pueden decirnos con claridad a qué se refieren cuando dicen sistema. Para estos detractores del sistema la definición de lo que entiendan por este no parece importar tanto como tener algo a lo cual oponerse (aunque no sepan bien a bien a qué se oponen). Cuando dicen sistema no podemos saber si se refieren al sistema social, al sistema cultural, al sistema económico, al sistema político o a todos en su conjunto. Como las nociones de control, orden, regulación, dirección y administración ―entre otras― pueden asociarse al sistema, entonces la definición es lo de menos. Vale con que se piense que el sistema pueda ejercer alguna forma de poder sobre los individuos para contar con un pretexto suficiente para oponerse a él. Basta con pensar que el sistema limita la individualidad (así como cualquiera de sus formas de expresión) y que promueve el conformismo para no querer ser parte de él.

Sin embargo, independientemente de si con la idea de sistema se alude a lo económico, a lo político, a lo social, a lo cultural o a todo, la renuncia al sistema no puede darse por decreto. No se logra diciendo: “¡Paren el mundo que me quiero bajar!” (y conste que Quino aclaró que esa frase nunca la puso en boca de su emblemático personaje venerado hasta el cansancio por los adultos infantilizados antisistema; y conste que Daniel Devinsky, editor del caricaturista, afirmó que desconocía de dónde venía la frase, pero la asoció con el título de una comedia musical (Stop The World – I Want to Get Off) que se estrenó en el West End Theatre de Londres, en 1961; en Broadway, en 1962; como película, en 1966, y cuyo relanzamiento en Broadway tuvo lugar en 1978).

No. No hay un procedimiento oficial para desafiliarse del sistema. Pero hay ciertas formas centradas, básicamente, en la manipulación estratégica de lo que el sociólogo canadiense Erving Goffman llamó fachada personal, compuesta básicamente por la “apariencia” (appearance) y los “modales” (manner). Es decir, hay formas antisistema de comportarse y de vestirse. No comprar, ni por error, un café en Starbucks y portar orgullosamente una playera de The Ramones es un buen comienzo. Comprar unas botas Dr. Martens y evitar McDonald’s a costa de ser expulsado del gremio antisistema es algo más que un buen comienzo. Vestir de negro todos los días, aunque nadie se haya muerto, ya es de otro nivel.

No obstante, para ser un antisistema no hay mucho problema. Sobre todo porque estas estrategias de diferenciación ya están, de alguna manera, homologadas, estandarizadas y hasta ritualizadas (la playerita del Che y la de la estrella roja en el pecho no pueden faltar en la indumentaria de un antisistema). Se han convertido en un lucrativo negocio para ese sistema del que reniegan los antisistema. Total, como dicen los canadienses J. Heath y A. Potter, autores del ensayo Rebelarse vende: el negocio de la contracultura, los rebeldes contraculturales llevan ya mucho tiempo fabricando música subversiva, pintura subversiva, literatura subversiva y ropa subversiva. Y no contentos con ello, también suelen preferir a los profesores universitarios que propagan ideas subversivas dentro de las universidades (olvidando que buena parte de este profesorado vive muy bien acomodado en ese sistema al cual se opone discursivamente dentro de las aulas de clase).

Y, contrariamente a lo que podría suponerse, esta especie de estoicismo antisistema más que debilitar aquello a lo que se opone, termina por fortalecerlo. “Live fast, die young and have a good-looking corpse” (frase que se suele atribuir a James Dean sólo porque la repetía con frecuencia, pero pronunciada antes por el actor John Derek en la película Knock On Any Door), ya ni siquiera es tomada en serio por los punks de la vieja escuela que demostraron que se podía ser punk y dandi a la vez. La mayoría deben tener más de 60 y no cumplieron su promesa de vivir rápido, morir jóvenes y dejar un cadáver atractivo.

Y, sí, la próxima vez que vaya a gritar a los cuatro vientos que usted es orgullosamente un antisistema, deténgase. Abra primero la App de Amazon o de Mercado Libre en su teléfono inteligente y teclee, digamos, “punk” o “Che Guevara” (no lagrimee antes de tiempo). Compre su playera, su boina, sus botas, sus aretes, sus pulseras, su gargantilla, su chamarra y sus anillos antisistema. Es más, aproveche la inercia consumista de lo antisistema y puede comprar hasta los dos volúmenes de Mark Fisher (si usted es una persona auténtica y decididamente antisistema no hay que especificarle cuáles, pues sabrá que hace poco se publicó, “por fin”, el segundo). Ser un antisistema hoy día (o hacerse pasar por uno) es tan fácil que sólo basta con que escriba en su muro de Facebook (que, por cierto, es una plataforma publicitaria) “muera el capitalismo”, para comenzar, así, a recibir una buena cantidad de apapachos digitales de todos aquellos que deben tener bien cultivado su espíritu antisistema (apariencia y modales).

Si por casualidad usted es un antisistema declarado y alguien amenaza con querer quitarle su trono, no se deje. Recuerde que Johnny Rotten y Marky Ramone discutieron públicamente durante una conferencia de prensa tratando de demostrar quién era más punk. Ese fabuloso episodio de la cultura antisistema está registrado, por cierto, en la serie documental titulada Punk, que produjo, entre otros, Iggy Pop. ¿Marky o Johnny? Ése es el dilema…

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