Indignarse es cool

De nueva cuenta, Juan Soto es contundente: “A diferencia de otras épocas, pareciera ser que el requisito indispensable para ser cool, hoy día, es tener una alta capacidad de indignación. No de crítica ni de argumentación. Y sí, de individuos progresistas y cool están llenas las calles y las universidades (los profesores no son la excepción). Pero la indignación es un sentimiento cool que pone en evidencia la supuesta superioridad moral de quien la vive y experimenta encarnizadamente”.


¿Podemos ser todos cool? Si remitimos el significado de lo cool a la moda podríamos decir rotundamente que no. Que ser cool es asunto casi exclusivo de los “sabuesos de la moda”. Pero más allá de la dictadura consumista todo parece cambiar. Si lo cool es un conjunto de actitudes para diferenciarse y tomar distancia de las formas de vida de la sociedad de masas, entonces lo cool no está solamente en los atuendos. Es tanto el espejismo que alimenta las ilusiones consumistas como la materialidad anhelada por las masas idiotizadas por la publicidad. Es un elemento imprescindible de la ideología del capitalismo consumista y una forma de ser. Y en tanto forma de ser, como signo de diferenciación de la cultura de masas, tiene diversas maneras de manifestarse en lo público y en lo privado. No obstante, es un intento de rebeldía domesticada. Rebeldía que termina, las más de las veces, por convertirse en una práctica social y cultural generalizada.

En las sociedades estratificadas, por ejemplo, la forma de hablar puede ser un signo de distinción entre las clases. Si bien existen palabras o expresiones que definen todo un argot cool, el asunto no se detiene ahí. El habla cool está definida por un estilo particular que recurre a sonsonetes muy marcados en el tiempo y espacio sociales. No es difícil identificar a todos aquellos que emplean el habla como una herramienta para tratar de distinguirse de la masa, pues recurren a la utilización de términos o expresiones de moda. ¿Ha escuchado decir a alguien “holi” en vez de hola? ¿Conoce alguna persona que cada vez que se conmueve con una situación de la vida cotidiana dice “¡ay, mi vida!”? ¿Ha hablado con alguien que suele utilizar palabras en inglés de manera recurrente para expresarse y, de paso, diferenciarse de la masa: “you know!? ¿Ha tenido que soportar a quienes dicen “amorts”, “embriagación” o “nos vemos tipo 6”? Bueno, quizás no necesariamente se haya relacionado con una persona cool, sino solamente con el habla cool. O, más bien, con una persona que haya apelado a la forma del habla para tratar de diferenciarse y parecer cool.

Pero para ser cool no basta con la utilización de determinadas palabras y expresiones de moda. Se requiere de un sonsonete insoportable que acompañe al “¿qué hay paps?”, “cero que ver”, “está pro”, “¿me captas?”, “súper nice”, “otro nivel”, “la estás rompiendo”, etc., para que el habla cool complete su forma. Pero ser una persona cool requiere algo más que recurrir a las formas del habla cool. Para ser una persona cool hay que aspirar a una forma y a un estilo de vida que gire alrededor de lo que el sociólogo estadounidense Thorstein Veblen denominó “distinción odiosa”. Y hay que aprender a diferenciar y a preferir lo nuevo sobre lo viejo. Y lo actual sobre lo antiguo. La mentalidad que embona muy bien con el estilo de vida cool es de carácter individualista y hedonista. Esta mentalidad valora, entre otras cosas, la búsqueda de experiencias nuevas, la exploración y la expresión personal porque esto (al menos utópicamente) garantiza la aniquilación del conformismo como estilo y forma de vida.

Si asumimos, como lo decía el filósofo parisino Guy Debord, que el capitalismo consumista transforma las experiencias humanas en productos consumibles, entonces la búsqueda de experiencias nuevas, la exploración y la expresión personal (todas ellas elementos esenciales de la mentalidad cool) resultarían ser no más que un intento de rebeldía condenado al fracaso. Un intento de renuncia al conformismo por la vía consumista.

Buena parte de la industria del entretenimiento y la diversión se alimenta, hoy día, de esta empobrecida mentalidad cool haciendo creer a la gente que pagando por experiencias nuevas, por ejemplo, tendrán una vida más espiritual —digamos— y, en consecuencia, menos materialista (porque eso es para las masas conformistas). Así como los productos cool requieren de una mistificación inteligente para venderse con éxito y una debilidad consumista pronunciada para poder ser adquiridos (además del dinero), las experiencias cool también lo necesitan. La diferencia es que en el caso de la experiencia se paga por un servicio y no por un bien como en el caso de los productos cool. Esto, sin lugar a duda, ha reforzado el individualismo y, de paso, el hedonismo. La satisfacción personal como proyecto de la realización social.

La gente hoy día está dispuesta, por ejemplo, a pagar por: nadar con tiburones; viajar al espacio; hacer un paseo en helicóptero o avioneta; visitar la zona de exclusión de Chernobyl; comer en un restaurante submarino o suspendido en el aire; hospedarse en un hotel flotante, submarino o de hielo; volar en parapente; visitar una reserva de animales salvajes; tirarse en paracaídas; mirar las auroras boreales; avistar luciérnagas; recorrer sitios abandonados como prisiones, psiquiátricos y minas; visitar volcanes activos; conocer ciudades subterráneas…

La mentalidad cool tiene un rasgo característico y es que conduce, inevitable y regularmente, a la despolitización, a la falta de compromiso social y al conformismo. Si el proyecto de realización social coloca en el centro a la satisfacción individual a través de la búsqueda de experiencias nuevas, de la exploración y de la expresión personal bajo el manto del consumo, deviene no más que en lógicas de distinción (no de ruptura). La mentalidad cool, parece, sólo puede aspirar a conformarse con un cuestionamiento muy superficial del poder, ya que sus prácticas de consumo son el propio combustible de su desmovilización política y su falta de compromiso social. Sus prácticas consumistas son el reflejo de una cómoda posición social y de un sistema de valores que enarbola la crítica en el discurso, pero que aniquila en la práctica.

A decir de los canadienses [Joseph] Heath y [Andrew] Potter —autores de Rebelarse vende: el negocio de la contracultura— el individuo cool se considera radical y subversivo porque se niega a aceptar la manera habitual de hacer las cosas, trastocando todo, menos el mismo capitalismo. Lo cual es equivalente a repudiar el capitalismo discursivamente y sucumbir ante las ofertas de los centros comerciales o algo por el estilo. “Hable bien de la izquierda política en una plataforma publicitaria como Facebook” podría ser una consigna de la mentalidad cool de nuestra época. “Defiéndala hasta que se le terminen sus huellas dactilares” podría ser el complemento. “Permita que la plataforma extraiga sus datos mientras trabaja gratis para ella sin darse cuenta” podría ser el corolario. El clictivismo, dicho sea de paso, también es cool. Es el reflejo ideal del sentimiento que enarbola la mentalidad cool: la indignación.

A diferencia de otras épocas, pareciera ser que el requisito indispensable para ser cool, hoy día, es tener una alta capacidad de indignación. No de crítica ni de argumentación. Y sí, de individuos progresistas y cool están llenas las calles y las universidades (los profesores no son la excepción). Pero la indignación es un sentimiento cool que pone en evidencia la supuesta superioridad moral de quien la vive y experimenta encarnizadamente. Es un sentimiento que, desprovisto de acción, desemboca en puro “nihilismo cool”, como le ha llamado el periodista español Víctor Lenore [autor del libro Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural]. Es un sentimiento, pues, de enfado provocado por algo que se considera injusto, ofensivo o perjudicial, pero en una sociedad donde la corrección política es un requisito indispensable para pensar, hablar, escribir o actuar es demasiado sencillo confundirla con la sensibilidad. Solo las personas sensibles, siguiendo este razonamiento elemental, podrían acceder a la indignación (y a la superioridad moral por supuesto). Una sociedad que se indigna por casi todo es una sociedad cuya capacidad de discriminación es demasiado baja. Es decir, una sociedad donde indignarse resulta ser cool.

Si desde la comodidad de su casa y a través de su teléfono inteligente o computadora con conexión a internet de paga ha logrado obtener una buena cantidad de likes por hacer pública su indignación en una plataforma publicitaria como Facebook, ¡felicidades!: usted es un indignado cool.

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