Cuento de Navidad

Es curioso, pero cuanto más complicada es la situación, más a modo nos la ponen. Ahorita todo está de la fregada y estos chotas sólo con oír la palabra “urgencia sanitaria” se te ponen firmes y a la orden: ¡Pendejos!


El mundo duerme y aquí estoy tumbado en la cubierta del bote, mecido por la calma chicha; pero a diferencia del mundo y a pesar de la quietud de la Nochebuena, yo y mis dos carnales, mantenemos los ojos abiertos como platos. Atentos, alertas a la señal que nos dé paso a desembarcar. «Mira al nigger, sólo se le ve el blanco de los ojos», me susurra aguantando la risa Mel, un gringo cabrón supremacista con aspecto de pato Donald, pelo mazorca y piel zanahoria. Y esta vez no le falta razón, la oscuridad es tan tupida que sólo podemos distinguir los ojos del pinche negro, un tremendo mulato maduro con cara de pavisoso sin gracia. «Bájale güey, no está el momento para jugar chanzas».

Jugar, menudo jueguito que llevamos entre manos. Un llamado y preparas el petate para atravesar el océano. La transa, si antes tenía su aquél, este año también tiene su ése. Un año que repite una anáfora nada afortunada y ha complicado todo, qué decir tiene de nuestra chamba. El bichito se nos pegó, como pegatina, y ahora nada sale sin el susodicho plus. Y eso no es bueno para el bisnes. Pero el patrón es mucho patrón y tuvo una ocurrencia regia: «Renovemos la merca y demos a la plebe un sueño nuevo». El patrón siempre pensando en el bienestar de todos, nos quiere dormidos, nos quiere obedientes, nos quiere tranquilitos: «¡No me vayan a remover el avispero!». El asunto estaba cabrón y qué mejor para incentivar el negocio que hacer cargo a su hijo y para allá se vino: «¡Está bueno!» El Químico amañó la fórmula y separó en tres sus componentes: «¡Está bueno!». Y aquí entramos los tres cuates —el güero, el negro y servidor— con tres petates, atravesando el océano desde Oriente, dispuestos a hacer magia y restablecer el nuevo orden, después de sintetizarlo con el grimorio del Químico: «¡Está bueno, muy bueno!».

El pinche negro se impacienta, es el más maduro y nervioso de los tres, y sale su venita tropical: «¡Tremenda muela tenemos acá! ¿Cuándo nos arrojan el cabo? O llega ya o uno se tira de la guagua». Un chiflido atraviesa el cielo y surca la oscuridad estrellándola en luz: la señal. «¡Órale negro! Arranca quedito el fuera borda y a costear». Un latigazo, un ronroneo y nos ponemos en movimiento. El Güero desde popa nos hace de lazarillo con el dispositivo de visión nocturna: «¡Hit the road!». La zodiac se acerca a la cala, buscando un sitio para desembarcar. Un halo luminoso rafaguea desde la costa. Ahora, más de cerca, distinguimos a un paisano plantado en la playa que nos arenga con gestos a que lancemos un cabo: «¡Tira o cavalinho da chuva!». Así lo hago, y el paisano con mi ayuda, al saltar del bote, fondea la lancha.

Rápido, ñao fique a ver navios.

—¡¿Mande?!

—¡Dense prisa, carallo!

—No tanta, pendejo —desenfundo el hierro y se lo planto en la cara, mientras el Güero, desde la lancha, amartilla el cuerno de chivo—. Antes tendrás que decirme quién eres…

—¡Soy el Ángel Pastor! ¿Quién crees que levantó la estrella? ¡¿Qué carallo te pasa?!

—La vimos y por eso aquí estamos ¿Dónde encontramos al que ha nacido Rey?

—Carga la furgoneta con la mercancía y anota en el navegador esta dirección.

El Pastor me pasó un papel arrugado y leí:

Belem Riverside… Rue Jau 54- Belem 1300-314. Lisboa. Oká… ¡Vamos, me jalan los fardos en la troca! Pastor, una ayuda no nos vendrían mal.

Rapaz, andas listo si piensas que estas manitas van a tocar esa mierda —dijo dando media vuelta y marchó por donde había llegado.

—¡Qué mal pedo este cabrón!

Frijolito, no manches si piensas que voy a cargar la parte tuya y la del nigger.

—¡Muy buena onda la tuya, Mel!

Cargamos toda la merca y, después de arreglar la dirección en el navegador, salimos a la autopista de la Costa. Mel se ofreció a manejar, yo no tuve con ello ningún problema. Sugirió que el Negro fuera en la cajuela, con la merca, algo a lo que me opuse: «Nadie acá viaja en la cajuela, pinche cabrón, estamos en Europa…». Motivo que dio, al menos diez minutos, para ladridos sobre la decadencia del viejo continente. ¡Pinche gringo! Hasta que algo, en medio de la autopista, desvió nuestra atención: un control policial.

—¡Aguas! Poneros los cubrebocas y me dejan platicar.

—¡Hijos de Herodes! —soltó el Negro—. Dele orden y me tumbo a la perseguidora.

—Aquí todos queditos.

El Güero redujo y paró a las indicaciones de los patrulleros. Con gestos le mandaron bajar el cristal.

Boa noite, ¿estrangeiros? Mostrenme os pasaportes, por favor.

—Sí, señor agente… Americanos.

—Mas no yanquis —soltó el Negro.

—Yo sí, señor agente, por algo manejo —replicó Mel.

Já vejo —dijo estudiando los pasaportes—. ¿Business?

—Sí, aquí tiene —les pasé la documentación amañada—. Tenemos que hacer entrega de material sanitario: «vacunas». Si nos disculpa, vamos con demora… Es material delicado… muy delicado…

Compreendo, no problem… ¡Deixe o caminhao passar! gritó a sus compañeros que se apartaron de la calzada—. Boa viagem se despidió tras un saludo militar.

Muito obrigado. Vámonos de aquí…

Seguimos nuestro camino. Es curioso, pero cuanto más complicada es la situación, más a modo nos la ponen. Ahorita todo está de la fregada y estos chotas sólo con oír la palabra “urgencia sanitaria” se te ponen firmes y a la orden: ¡Pendejos!

¡Ha llegado a su destino! ¡Ha llegado a su destino! El Güero estacionó la troca frente a un portal señorial. ¡Tremenda verga, no se priva de nada el junior! El Hospital Real de todos os Santos, un cinco estrellas en pleno corazón del barrio turístico de Belem. Nada mejor para pasar desapercibido. Si eres el mero… ¿Qué pedo?

Salí del auto y entré en recepción. Un vato uniformado de blanco inmaculado, al preguntar, me pasó el teléfono: «Dejen al valet el auto y suban el equipaje a la suite». ¿Neta? ¡No mames! Más que una transa parecía un viaje de placer. Obedecimos y subimos por donde nos indicó el vato, mientras otros tres, igual de uniformados, se hacían cargo de la merca y la subían detrás nuestro, en unos carritos. Uno de los vatos tocó en la puerta y abrió un ruco con percha de cabrón: «¡Pasen!» En el interior, una vieja sentada en un sofá platicaba mientras bebía un trago con Don Jesús, el mero mero.

—Mis respetos, Don Jesús —saludé postrándome.

—¿Todo bien? ¿Cómo fue el viaje, Gaspar?

—Como la seda, sin ningún contratiempo.

—José, hazte cargo del equipaje, da una propina a los muchachos y que se retiren.

El Güero y el Negro ayudaron a José a acomodar los fardos en los refrigeradores.

—Te presento a Doña María, la Mamá Cuca.

—Mis respetos, señora.

—Baltasar… —me dijo alzando el vaso— ¿le sirvo un trago?

—No, gracias. Vamos apurados, ya sabe que las fechas son complicadas, tenemos un vuelo en un par de horas.

—¿Tienen las PCR? ¡Mira que el asunto está ahora cabrón!

—Sí, Don Jesús, llevamos todo en orden: oro, incienso y mirra.

—Hacemos historia Gaspar, una vez las distribuyan e inyecten, salvaremos el mundo.

—Y usted será adorado, doctor, como el Mesías: ¡Aleluya!

—Levanta, Gaspar, tienen un vuelo que agarrar, no se demoren.

Me levanté, Mel y el Negro ya me esperaban parados ante la puerta. Salimos, agarramos la troca y manejamos hasta el Aeropuerto de Portela. Allí, tras numerosos controles, facturaciones y pasillos, embarcamos, por supuesto en business, rumbo a Oriente.

Había sido una Nochebuena que pronto daría paso a una Moderna y blanca Navidad.

CDMX a 12 de enero del 2021 (año del Fénix).     

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