Denunciar o no denunciar, ésa es la cuestión.
¿Cuál es más digna acción del vecino,
sufrir los sonidos penetrantes de la fiesta “injusta”
o hacer caso a los llamados de su jefa histérica
y delatar a aquéllos que se divierten?
Festejar es contagiar… ¿No más?
¿Y por no contagiar, diremos, las aflicciones se acabaron
y los dolores sin número,
patrimonio de nuestra débil naturaleza?
Éste es un término que deberíamos solicitar con ansia.
Festejar es contagiar… y tal vez vivir.

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