Yukio Mishima en Nueva York, 1964. / Foto de Carlo Bavagnoli.

Yukio Mishima, medio siglo después

Contra la correcta moralidad…

Su nombre de nacimiento era Kimitake Hiraoka, pero lo cambió por uno más musical: Yukio Mishima. Considerado uno de los más grandes escritores de Japón del siglo XX, y uno de los más importantes estilistas del lenguaje japonés de posguerra, se suicidó hace medio siglo, el 25 de noviembre de 1970. A la edad de su muerte, a los cuarenta y cinco años, Mishima había escrito ya, entre novelas, ensayos, cuentos, piezas teatrales, guiones cine­matográficos… doscientas cuarenta y cuatro obras. Yasunari Kawabata, Premio Nobel de literatura de 1968, dijo de él: “Un genio como Mishima sólo aparece en la humanidad cada trescientos o cuatrocientos años”. Tenía razón…


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Se suicidó hace medio siglo, el 25 de noviembre de 1970, diez meses después de haber cumplido los 45 años de edad. La muerte del arrebatado novelista causó estupor en su momento sobre todo por el motivo: se había quitado la vida como protesta por la demasiada occidentalización de su querido Japón.

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Yukio Mishima escribió libros realmente ejemplares: El marino que perdió la gracia del mar, publicado en 1963 (editado en 2003 por Alianza), es uno de ellos. Encarnizada novela a la cual no le vendría mal los términos brutal e incluso sanguinaria, Mishima nos va adentrando en la vida del adolescente Noboru Kuroda, que vive con su madre, Fusako, acaudalada señora propietaria de una fina tienda de regalos, viuda desde hace un lustro, recatada y discreta dama cuyo único objetivo es educar con solvencia y crecer con esmero a su hijo, quien, influido drásticamente por un quinteto de amigos de la escuela, tiene pensamientos que rebasan su propia edad.

Por supuesto, la madre ignora estas tormentosas relaciones de su primogénito. “Noboru, a los 13 años —dice Mishima—, estaba convencido de su genio (todos los del grupo pensaban de igual forma respecto de sí mismos), y tenía la certeza de que la vida se reducía a unas cuantas señales y decisiones simples; de que la muerte sentaba ya sus raíces en el instante del nacimiento y que, en lo sucesivo, el hombre no podía sino procurar cuidado y riego a este germen; de que la reproducción era ficticia y, consecuentemente, la sociedad también lo era: padres y educadores, por el mero hecho de serlo, eran responsables de un ominoso pecado. La muerte de su propio padre, cuando él tenía ocho años, había constituido por tanto un feliz incidente, algo de lo que podía enorgullecerse”.

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Portada de El marino que perdió la gracia del mar.

Entre el colegio y la casa, la rutina se modificó sustancialmente el día en que el marino Ryuji Tsukazaki se enamoró de Fusako e irrumpió en el plácido y benigno hogar: “La noche más desapacible de todas —cuenta Mishima— vino hacia el final de las vacaciones de verano. Todo fue súbito: no hubo manera de saber de antemano lo que iba a suceder. Su madre salió temprano, al atardecer, y dijo que había invitado a cenar a Tsukazaki, el segundo piloto, para agradecerle el haber enseñado el barco a Noboru el día anterior. Llevaba un kimono de encaje negro sobre una túnica roja y una faja japonesa de brocado blanco. Noboru, cuando la vio salir de casa, pensó que estaba preciosa”.

Cuando Fusako lo mandó a su habitación, a las diez y media de la noche, Noboru hizo lo que hacía cotidianamente: se deslizó adentro del armario para espiar cuanto hacía la madre en su recámara sin que evidentemente ella supiera de la vigilancia. “La luz lunar, que entraba por el sur —narra Mishima—, se reflejaba en uno de los cristales de la ventana, abierta de par en par. Tsukazaki estaba apoyado en el alféizar. La espalda de su madre entró en el campo visual y cruzó la habitación hacia el marino. Se fundieron en un prolongado beso. Luego, palpándose los botones de la camisa, dijo algo en voz baja, encendió la tenue lámpara de pie y volvió a salir de campo. Empezó a desnudarse frente al armario ropero, en un rincón de la alcoba que el chico no podía ver. Ella se había paseado sudorosa y un tanto ebria [ya que ambos, marino y mujer, habían bebido antes de llegar a la casa de Fusako] por el aire nocturno y húmedo, y ahora su cuerpo, al desnudarse, exhalaba una fragancia almizclada que Noboru no identificó”.

El adolescente miró el acto de amor de su madre con el ser desconocido. “Si esto llega a destruirse un día —susurró Noboru, apenas consciente—, significará el final del mundo”. Y se dijo: “Creo que sería capaz de hacer cualquier cosa para impedirlo por terrible que fuera”. Ryuji Tsukazaki estaba feliz. Por fin había encontrado el amor ideal (“un hombre encuentra a la mujer perfecta sólo una vez en la vida”, dice Mishima, y está irresolublemente en lo cierto). Poco a poco los dos iban compenetrándose más, al grado de, luego de una ausencia temporal de Tsukazaki por un viaje mercantil del Rakuyo que lo llevó mar adentro, ambos decidieron unir sus vidas al renunciar el marino a su trabajo azarosamente oceánico.

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Pero no contaban con las complejas ideas de Noboru, quien en su pequeño club escolar, junto con sus cinco amigos, se preparaba para afrontar el futuro de una manera impasiblemente compulsiva. Entre todos se hacían pruebas complicadísimas para medir sus respectivos temperamentos. Una vez, en el examen de “dureza y frialdad”, Noboru tuvo que matar a un gato aporreándolo, cuantas veces hubiera sido necesario, contra un madero. El jefe del grupo, un yunior desatendido por sus padres, era frío como el hielo.

—Acérquense para que puedan ver —dijo el jefe una vez que Noboru había matado al felino—. Voy a desollarlo aquí mismo.

Por eso cuando Noboru planteó en la asamblea el compromiso matrimonial de su madre, el jefe argumentó:

—No existe nada parecido a un padre bueno, pues el papel de padre es malo en sí mismo. Padres estrictos, padres blandos, padres agradables y moderados… son todos a cual peor. Se plantan en medio de nuestro camino hacia el progreso, tratan de cargarnos con sus complejos de inferioridad, con sus aspiraciones insatisfechas, con sus resentimientos, con sus ideales, con las debilidades inconfesadas, con sus pecados, con sus sueños más dulces que la miel, con las máximas que no han tenido el coraje de seguir… Les gustaría descargar en nosotros toda esa porquería. ¡Toda! Ni siquiera son diferentes los padres más negligentes, como los míos. Les remuerde la conciencia por no haber hecho el menor caso a sus hijos, y quieren que los chicos entiendan cuán intenso es su dolor.

Los padres, según el jefe, son “una máquina de ocultar la realidad, una máquina de urdir mentiras para los niños”.

Pero eso no es todo: íntimamente creen que representan “la realidad”. Los padres “son las moscas de este mundo. Sobrevuelan nuestras cabezas —decía el jefe a Noboru— a la espera de una oportunidad y, cuando descubren algo podrido, caen sobre ello zumbando y hozan en la carroña. Sucias, lascivas moscas que van aireando a los cuatro vientos que han copulado con nuestras madres. Harían cualquier cosa para contaminar nuestra libertad y nuestras facultades. Cualquier cosa para proteger las sucias ciudades que han construido para sí mismos”. 

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El desastre ocurrió al percatarse Fusako, por fin, de que su hijo la espiaba en las noches cuando retozaba con su hombre. Fue el acabose si bien el marino, como buen padre que iba a ser de Noboru, calmó las aguas que parecían cernirse sobre la vulnerable isla que era el pobre y extraviado niño.

De ahí en adelante los acontecimientos se sucedieron con premura. El jefe planeó la eliminación (basado sobre todo en el código penal que rezaba que “los actos de los menores de 14 años de edad no son punibles por la ley”) del padrastro de Noboru:

—Cuando la pieza de un mecanismo se desencaja, nuestro deber —dijo el jefe— es hacerla volver a su posición correcta.

Noboru le pidió a Tsukazaki que no le dijera a su madre (“era el primer favor que el chico le pedía como hijo”) que sus amigos deseaban oír sus aventuras en el mar, y se fueron los dos a reunirse con los adolescentes del club.

Le ofrecieron al marino, ya instalados donde debían, un tecito para relajar la conversación. El marino dijo que sí, pero no sabía que la bebida contenía unas severas tabletas somníferas, y…

Yukio Mishima. Dibujo de Terry Wei.

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