El escritor León Tolstoi (1887). / Obra de Iliá Yefímovich Repin. (Wikimedia Commons)

León Tolstoi: 110 aniversario mortuorio

Casi en el olvido, sus cuentos infantiles…

En la estación ferroviaria de Astápovo del óblast de Lípetsk, a causa de la neumonía que había contraído tras huir de su casa, del estilo de vida aristocrático, de renunciar a sus propiedades para dárselas a los más necesitados, León Tolstoi murió. Fue un 20 de noviembre, pero de 1910, que pronunció sus últimas palabras: “Hay sobre la tierra millones de hombres que sufren: ¿por qué están al cuidado de mí solo?”, y se desvaneció para siempre. Tenía 82 años. Víctor Roura recuerda al escritor y pensador: uno de los más importantes de las letras rusas, y, desde luego, uno de los grandes —grandes— de la literatura universal.


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El día exacto en que oficialmente da inicio la Revolución Mexicana, muere en Rusia León Tolstoi. Cuarenta y tres días antes de aquel 20 de noviembre de 1910 el novelista había cumplido 82 años de edad. Por tanto, en este 2020 se conmemora el 110 aniversario mortuorio de este gigante de la literatura rusa.

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La famosa editorial soviética Progreso, con la demolición de esa poderosa nación, también desapareció. En México, a mediados del siglo XX, podían incluso conseguirse, a muy bajo precio, algunos disfrutables libros de dicha empresa, sobre todo los infantiles, cargados de bellas ilustraciones y de contenidos de honda calidad literaria.

Tengo uno en mis manos: Cuentos para niños, de León Tolstoi, con dibujos de Pajómov (Alexei Pakhomov). En este caso lo que hace Tolstoi, para no complicarse la vida (¡y vaya que, literariamente, le encantaba complicársela!), es contar —sin mayores detalles, sin buscar un armado compositivo, sin moralejas— un acontecimiento como si fuese un relato; es decir parecieran, más bien, dictados a la vuelapluma, narraciones para ser contadas por cuenteros orales, que no buscan la palabra precisa sino la impresión inmediata en sus espontáneos oyentes. Asimismo reproduce, otras veces, y de un modo bastante lacónico, los cuentos populares, sin dueño visible, nada más para dejar constancia de ellos, como el archiconocido “El embustero”, que a la letra Tolstoi apunta en escasas líneas:

⠀⠀⠀“Un niño cuidaba de unas ovejas y, de pronto, como si hubiera visto un lobo, se puso a gritar:

⠀⠀⠀“—¡Socorro, un lobo! ¡Un lobo!

⠀⠀⠀“Los hombres se acercaron y vieron que era mentira. Después que el chico hubo repetido su pesada broma unas tres veces, apareció de verdad un lobo. El chico se puso a gritar:

⠀⠀⠀“—¡Socorro, socorro, un lobo!

⠀⠀⠀“Los hombres creyeron que quería engañarlos, como siempre, y no le hicieron caso. El lobo vio que no tenía que temer nada y degolló a todas las ovejas del rebaño”.

Portada del libro Cuentos para niños, de León Tolstoi. (Detalle)

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El cuento “Dos camaradas” es también una fábula, como todo buen relato infantil que se respete: “Iban por el bosque dos camaradas cuando salió a su encuentro un oso. Uno echó a correr, trepó a un árbol y se ocultó entre las ramas. El otro se quedó en medio del camino. Viendo que no tenía escapatoria, se echó al suelo y se fingió muerto.

⠀⠀⠀“El oso se le acercó y se puso a olerlo. El hombre retuvo la respiración.

⠀⠀⠀“El oso le olió la cara, creyó que estaba muerto y se alejó.

⠀⠀⠀“Cuando el oso se hubo marchado, el otro bajó del árbol y preguntó entre risas:

⠀⠀⠀“—¿Qué te ha dicho el oso al oído?

⠀⠀⠀“—Me ha dicho que los que abandonan a sus camaradas en los instantes de peligro son muy malas personas”.

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Es curioso que, siendo un hombre tan apegado a la retórica y a la moralidad (y, por qué no, a la retórica moral), al grado de escribir una comedia contra el alcoholismo: El primer destilador, y de tener feroces disputas con su mujer, Sofía Andreevna Bers, y con algunos de sus ocho hijos (por eso mismo, por las constantes peleas verbales con su esposa, que le discutía sus moralidades que rayaban en la intolerancia, Tolstoi decidió separarse de Sofía), haya escrito estos cuentos para niños sin recurrir, cuando fácilmente podía hacerlo, a las moralejas que hubiesen completado, perfectamente, sus fines escriturales.

Ilustsración de A. Pajómov (Alexei Pakhomov).

En “La niña y las setas”, por ejemplo, pese a haber lugar para el consabido consejo paternal, sólo cuenta el suceso: el aprendizaje, que lo hay, que quede por cuenta del lector. Dos niñas iban a casa cada una con una cesta de setas. “Las niñas debían cruzar la vía del tren. Confiadas en que el tren estaba lejos, subieron al terraplén, y estaban ya cruzando la vía cuando oyeron de pronto el ruido de la máquina. La chica mayor corrió atrás, y la pequeña cruzó la vía. La hermana mayor gritó a la menor: ‘¡No vuelvas atrás!’, pero la locomotora estaba ya cerca y hacía un ruido tan fuerte que la pequeña no entendió lo que le gritaba su hermana y creyó que le decía que corriera atrás. Y así lo hizo, pero tropezó, el cesto escapó de sus manos y ella se puso a recoger las setas. La locomotora estaba ya cerca, y el maquinista hacía sonar el pito con toda fuerza. La hermana mayor gritaba: ‘¡Deja ahí las setas!’, pero la pequeña creía que le mandaba que las recogiera y se arrastraba de rodillas por la caja de la vía. El maquinista no pudo detener la locomotora. Ésta, silbando a todo silbar, arrolló a la niña. La hermana mayor dejó escapar un grito y rompió a llorar. Todos los viajeros miraban por las ventanillas, y el jefe del tren corrió al vagón de cola para ver lo que le había ocurrido a la niña. Cuando el tren hubo pasado, todos vieron que la niña yacía de bruces entre los rieles y no se movía. Luego, cuando el tren estaba ya lejos, la niña levantó la cabeza, se arrodilló, recogió las setas y corrió a donde estaba su hermana”.

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“El hueso de la ciruela” narra un encuentro familiar durante el almuerzo, en el cual el padre pregunta a sus hijos quién de ellos se había indebidamente comido una ciruela antes de que todos se sentaran a la mesa. Todos lo negaron, hasta el más pequeño, Vania, quien ya anteriormente Tolstoi nos había dicho que él fue el que se comió la fruta.

Entonces, el padre dijo: “Uno de ustedes se la ha comido, y eso no está bien. Pero no es lo peor. Lo peor es que las ciruelas tienen huesos, y si alguien no sabe comerlas y se traga uno, se muere al día siguiente. Eso es lo que temo”.

Vania se puso pálido y dijo: “El hueso lo arrojé por la ventana”.

Todos se echaron a reír, pero Vania estalló en sollozos.

Sin embargo, quizás el mejor sea el de “El león y el perrito”, la historia de una fiera a la cual, en su celda en un zoológico, le avientan un perrito encontrado en las calles para que se lo comiera, pero en lugar de devorarlo lo protegió, extrañamente, desde el principio.

“En cierta ocasión un señor fue al parque y reconoció a su perrito; dijo al dueño del parque que el perrito era suyo y pidió que se lo devolvieran. El dueño quiso devolvérselo, pero cuando se pusieron a llamar al perrito para sacarlo de la jaula el león, erizada la melena, rugió furioso”.

Fue imposible sacarlo de la jaula, donde vivió con el león un año, luego de lo cual murió, lo que entristeció al león, que estuvo “todo el día agitándose en la jaula y rugiendo y, luego, se tendió al lado del perrito muerto y quedó inmóvil. El dueño del parque quiso retirar de la jaula al perrito muerto, pero el león no dejó que se le acercara nadie”.

El dueño, dice Tolstoi, “creyó que el león olvidaría su pena si se le daba otro perrito y metió en la jaula un chucho vivo, pero el león lo despedazó al instante. Luego, abrazó entre sus patas al perrito muerto y no se movió en cinco días. Al sexto día, el león se murió”.

Ilustración de A. Pajómov (Alexei Pakhomov).

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