Johnny Winter o la idónea justificación para maltratar a la juventud roquera

Cuarenta años después: tres crónicas de 1980

Los años setenta no eran buenos tiempos para ser un rockero en México. Y menos, para ser joven. En el último año de la década de los setenta continuaba, gozosa, la represión contra una juventud incomprendida y aparentemente detestadas por al menos tres administraciones gubernamentales priistas (Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo). Víctor Roura recupera dos textos tal como se publicaron hace justo cuatro décadas sólo para exhibir las miserias de entonces como corroboración de ese violento frenesí que emanaba desde la burocracia misma del gobierno en una época donde los jóvenes eran parsimoniosamente ofendidos ante la voluminosa carencia de justicia social.


1. El miedo de las autoridades y el jolgorio incomprensible de la masa

En el último año de la década de los setenta continuaba, gozosa, la represión —innombrada, pertinaz, impune, descarada— contra una juventud incomprendida y aparentemente detestadas por al menos las tres administraciones gubernamentales priistas (Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo) que habían regido al país de 1964 hasta 1982 , es decir desde el mismo momento en que el rock en el mundo comenzaba a rebelarse impugnando a los sistemas establecidos con sus convencionalismos y sus prácticas culturales previamente inducidas. En México el rock era una música prohibida y vetados sus gustadores en las audiciones colectivas anticipadamente canceladas. La televisión era la encargada, mediante sus complacientes programaciones en común acuerdo económico con las empresas discográficas, de controlar o de guiar o de orientar los goznes de la música. Y a los medios de comunicación, finalmente dependientes del Estado, siempre les importó un comino esta violencia política ejercida contra la juventud roquera.

Transcribo dos textos tal como se publicaron hace justo cuatro décadas sólo para exhibir las miserias de entonces como corroboración de ese violento frenesí que emanaba desde la burocracia misma del gobierno en una época donde los jóvenes eran parsimoniosamente ofendidos ante la voluminosa carencia de justicia social. Estas crónicas que forman un solo brutal acontecimiento se editaron en el unomásuno el 8 de noviembre y el 14 de diciembre de 1980, hace ya 40 años, pero no por ello deben dejarse en el olvido porque retratan el rostro de un México irascible, descortés y fiero con su juventud impotente y sin voz en la atmósfera social.

Esta violencia injustificada de las autoridades acaso producida por un miedo desconocido (e insostenible), si bien la sombra del asesinato colectivo cometido contra la juventud estudiantil aún caía pesadamente sobre la sociedad, continuaba incólume en cualquier acto masivo… pero se desbordaba en los asuntos roqueros porque, y no hay que olvidarlo, el rock en ese entonces era una materia prohibida en el país. Sin embargo, en los pocos momentos aprobados (Union Gap, Chicago, John Mayall, Tom Fogerty, éste de Johnny Winter que ahora recordamos) en que se llevaban a cabo, el comportamiento —a veces generalizado, a veces minoritario— de los espectadores dejaba mucho que desear agrediéndose a sí mismos o incluso a los artistas que se presentaban ocasionando destrozos o reyertas innecesarias. Por un desquiciado, alcoholizado o drogado, en efecto, pagaban todos, mas así es la ley de la masividad, o comprendida, o poco comprendida, en aquellas décadas represivas contra la juventud roquera.

2. La cancelación / 8 de noviembre de 1980

Johnny Winter no se presentó en México.

¿La razón?

Sólo un comunicado en el Diario de Morelos, inserto en la página 3, que dice: “La dirección de Gobernación del gobierno del estado de Morelos hace del conocimiento del público en general que el evento anunciado para celebrarse los días 7 y 8 del mes en curso en la ex hacienda de Temizco, municipio del mismo nombre, con la intervención del conjunto del guitarrista Johnny Winter NO ESTÁ AUTORIZADO y, por lo tanto, NO SE CELEBRARÁ. Cuernavaca, Morelos, 7 de noviembre de 1980”.

Y una nota pequeña en el diario capitalino La Prensa, en la cual se dice que el guitarrista texano Johnny Winter [entonces de 36 años, muerto a los 70 años de edad, en Suiza, en 2014] no va a actuar “debido a que los empresarios que lo contrataron no tramitaron a tiempo el permiso que debían obtener de las autoridades correspondientes”. Y finaliza esa nota al afirmarse que “éste es el enésimo artista moderno que no actúa en nuestro país por fallas de organización”.

Pero algo ha de andar mal, porque en el oficio número 1431-IX-80 con número de entrada 04599, fechado el 29 de septiembre de 1980, la Secretaría de Gobernación otorga el permiso correspondiente “a la celebración del baile que se indica”, y en seguida se lee que actuaría Johnny Winter. Y lo signa Alejandro Galván Sánchez.

—Es una cancelación obviamente irresponsable, ilegal —dijo Jorge Howard, uno de los organizadores; el otro es David Tame—, pues ninguna autoridad administrativa puede suspender un acto que ya está permitido.

¿Dónde queda la Constitución?, se preguntó Howard, verdaderamente preocupado por las posibles consecuencias que acarrearía la suspensión del concierto de Winter a última hora, el mero día de la audición.

Aseguró:

—En la mañana [de ayer] fui a Morelos y aprecié a la policía apostada en Temizco e incluso vi cómo golpeaban a los chavos que ya se encontraban en el lugar. Pese a que tenían sus boletos comprados, la policía los golpeaba para sacarlos de ahí.

Howard habló de una posible golpiza a los asistentes.

—Y queremos desligarnos de esto —asentó—, pues tenemos todos los papeles en orden. No entiendo por qué se suspendió. Cuando tratamos de comunicarnos con algunos representantes, todos se negaron. Hasta el momento no hemos hablado con nadie, ni se nos ha notificado a nosotros, que somos los organizadores, motivo alguno de la cancelación.

Ya van dos suspensiones seguidas: la de Earth, Wind & Fire (anunciada para mañana) y ahora la de Winter, pero ésta en forma evidentemente irresponsable, pues el mismo día se avisó de que no había concierto, sin tomar en cuenta que no hubo avisos previos.

¿Qué sucede?

No hace falta pensar mucho: no hay respeto para los gustos musicales de los jóvenes.

No lo ha habido nunca.

3. ¿Y ahora quién se acuerda de aquella violencia contra la Juventud roquera? / 14 de noviembre de 1980

Nadie se ocupaba de la juventud roquera hace cuatro décadas. Desde el asesinato masivo en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968 perpetrado en las mismas interioridades del sistema político, el joven dejó de tener voz en el país. No sólo eso. Le fueron suprimidas todas las posibles opciones culturales para oprimirlo aún más. La violencia cotidiana contra la juventud se hizo pasmosamente natural.

Y un claro ejemplo de esta discriminación la hallamos en los vericuetos del rock, una música entonces prohibida en México, razón por la cual las fuerzas policiacas se tomaron el derecho de reprimir y maltratar a los jóvenes por sus gustos musicales y por su apariencia considerada heterodoxa. Después de cada concierto dominical clandestino en los denominados hoyos fonquis, la policía la emprendía contra los espectadores confiados, los policías, en la impunidad que los protegía ampliamente. Hubo cientos de violentos casos nunca aclarados ni investigados, como los sucesos ocurridos en noviembre de 1980 en Morelos cuando fue, de manera imprevista, cancelado el concierto de Johnny Winter. La infamia aquella vez no tuvo límites. Y esta es la crónica de la vejación jamás indagada, ni difundida en los medios de comunicación, omitida por completo en la información incluso policiaca.

Hablaron de este atropello, indistintamente, Héctor Jiménez, Jorge Chaires, Carlos Cisneros, Cuauhtémoc Díaz y Víctor Alvarado. Nuestro encuentro se efectuó en la Glorieta de Insurgentes. Ellos son sólo unos cuantos de los vejados por la policía de Morelos. Y pasaron los días sin ninguna explicación oficial. Pasaron los días sin que nadie velara por estos jóvenes violentados.

El gobernador de Morelos entonces era el prominente médico Armando León Bejarano, quien había sido el director de salud en la Villa Olímpica en 1968. Nacido en Morelos en abril de 1916, gobernó su estado natal de 1976 a 1982. Murió el priista en 2016, a los 100 años de edad, sin que fuera molestado por la barbarie cometida durante su gestión.

La crónica de aquel suceso fue publicada los días 14 y 15 de noviembre de 1980 en el unomásuno. Hace ya 40 años.

I

Al salir de la terminal de autobuses de Cuernavaca, unos chavos nos gritaron desde lejos, pero no les entendimos porque el camión iba en marcha. Era una advertencia. Después, una patrulla nos voceó: “Regrésense, porque no va a haber nada de festival”. Pero, igualmente, el camión siguió andando. El chofer no se detuvo. Ni la patrulla hizo nada por detener al camión.

Empezó el desconcierto.

Dejamos a un lado las guitarras. Comenzamos a preguntar que esto y lo otro. Ya teníamos el antecedente de las casetas de Boletrónico, en las que se leía: “Cancelado”; aunque pensamos, como cosa lógica, que era una maniobra para que no fuera mucha gente, sobre todo la que no tenía boleto. Evitar la violencia.

Entonces, al llegar a Temizco, vimos a no sé qué porcentaje del cuerpo de la policía de Morelos que inmediatamente rodeó el camión. Cruzaron una combi en la carretera y obligaron, así, a que el chofer se detuviera. Rodearon el autobús y comenzaron a golpearlo en las láminas con las macanas y a gritar que nos bajáramos: ¡Órale, cabrones, bájense!”, pero cada vez más acelerados. El 90 por ciento era uniformado y un 10 por ciento iba de civil, chavos así de nuestra edad, 23 y 24 años. Pensamos que era una acción para evitar posibles desmanes, atracos a fruterías, al pueblito de Temizco.

Todo eso pensábamos, cuando ya estaban metiendo las macanas por las ventanas y a golpear a quien alcanzaban. “¡Bájense aquí, no se hagan pendejos!”, nos gritaban. Se bajaron algunos chavos. Unos traían un poco de droga. En este punto, se debe entender bien: era para consumo personal. Únicamente para eso. A los que les encontraban algo, inmediatamente los jalaban del pelo, de la cintura y con un par de golpes de cajón los metían a las patrullas, a las combis. Pero no todos llevaban droga. Empujones. Golpes. Los policías gritando. “¡Pinches mariguanos, pinches rocanroleros de mierda!” Decían cosas peores. Viendo que todavía no bajábamos todos del camión, los policías se desesperaron y subieron a jalarnos y a empujarnos. Ya abajo, a todos nos revisaron. Al que protestaba con qué derecho o con qué orden nos revisan, le contestaban con un golpe o con un bofetón, un insulto, un jalón de greñas.

A mí no me encontraron nada. Algún policía dijo que nos íbamos a regresar en el mismo camión los que no teníamos cargos; o sea, posesión de droga. Recogí mis cosas, me desformé de la línea y en eso llegaron policías que estaban adentro del camión, que habían bajado a dos o tres personas que viajaban de paso, y que me dicen: “¿A dónde vas?, no, no, nos vale madre que no tengas nada de droga, todos van para arriba”. Nos rompieron cosas. Las guitarras las rompían en el suelo. Una. playera con la imagen de Cristo tocando la guitarra me la rompieron. Todo eso con más violencia, porque a cada momento que pasaba se iban poniendo más violentos los policías. Nosotros llegábamos sin provocar a nadie. Ante el oficial de cargo protesté y la respuesta fue un bofetón. Todavía tengo el labio jodido. Parecíamos braceros apañados en Texas. No éramos mexicanos, sino unos viciosos. En fin, todo lo que la gente joven reunida representa para el Estado. A un camarada lo golpearon, le abrieron el cráneo, por el simple motivo de que no se dejaba golpear.

El cráneo, roto.

Como ser humano, me imagino que cualquiera se defiende. Pero a él le rompieron el cráneo.

¿Y por qué la cancelación ese mismo día?

Para que hubiera una represión, simple y sencillamente.

¿En contra de qué y para qué?

En contra de lo que representas. No porque ibas al festival, sino por ser joven. No tenían ningún justificante para detenernos. Y las violaciones. Las violaciones a las chavas. Un compañero traía a su chica, quien ya en la caseta de Cuernavaca le dijo que había sido objeto, cuando estuvo detenida, de violación por parte de esos infelices cerdos, ¿no? A mucha gente se le golpeó de manera bastante cruel. Un 68, pero sin muertos. Sí muchos heridos.

Calla el relator.

II

Nosotros llegamos tarde al concierto, dice otro testigo, y optamos por regresar a Cuernavaca para instalarnos en un hotel y nadar al día siguiente, el sábado. Nos bajamos del taxi que abordamos. Nos dirigíamos al hotel, cuando se nos cerraron dos polis. Nos subieron sin decir agua va y sin acusación alguna. Nosotros, tranquilos, pensando que íbamos a solucionar ese problema. Llegamos a los separos de la policía judicial de Cuernavaca. La sorpresa al llegar es que encontramos cerca de 200 o 300 detenidos contra la pared, con las manos en la nuca. En cuanto llegamos, en esa posición nos colocaron. Nos revisaron. No nos encontraron nada. Después, los policías preguntaron quién trabajaba y quién no. Formaron hileras. Los que no trabajaban los despacharon en camiones de regreso a México, pero hasta Topilejo. No sé si regresaron caminando o no. Tengo entendido, según me dijeron después, que allá también los golpearon. Ahora bien, los que trabajábamos, los policías vieron que teníamos percepción pecuniaria y éramos los que más probabilidades ofrecíamos para dejarles dinero. Percepción pecuniaria, je. Por lo tanto, no nos dejaron ir. Cargábamos grabadora, casetes, guantes, relojes, una botella de vino cerrada, maletas, ropa, visor, raquetas de ping pong. Todo nos lo quitaron. También libros. El ABChé de Rius, que llevaba un compañero, fue pateado por los policías. Después de eso, nos empezaron a quitar los boletos. Así, no podemos cobrar el importe. Ellos lo cobrarán. Fuimos despojados de todo nuestro dinero. A un camarada de adelante, al protestar porque le quitaron mil 500 pesos y que adujo que era todo lo que tenía para la semana, lo golpearon. Las respuestas eran golpes.

III

Cuando me revisaban, dice otra afligida víctima, yo sólo miré al policía. Traía 500 pesos. Lo miraba solamente. Y me gritaba, ¡qué me ves!, y me golpea en las costillas. Volví a mirarlo, luego, cuando él ya se retiraba. Lo miré, porque creo que es más importante la mirada que las palabras. Y él lo supo, porque se volteó, me vio, regresó y me volvió a golpear.

Todos los boletos de Boletrónico nos quitaron, relata uno de ellos que quizá representa a cientos que no estaban presentes en la charla, y nos pasaron al interior de la cárcel. Nos hicieron quitar cinturones y agujetas y si te agachabas y te tardabas, una patada. Por una tardanza, una patada. Un muchacho se resistió a que le quitaran la cadena de oro. Hasta lloró por defenderla, pero de nada le sirvió pues le dieron varios golpes en el estómago. Yo me identifiqué pero me dijeron, no, aquí vales madres, tú aquí truenas. Y, mira, la cárcel tenía dos pisos, diez celdas y dos baños de lo más fétido que uno se pueda imaginar. Con la pistola arriba, nos dijeron que nos calláramos. A las tres de la mañana golpearon a uno que tenía algunas copas encima. Le dijeron y tú no te nos vas a olvidar, cuando se te baje el pedo te va a ir de la chingada. Toda la noche del sábado ahí, sin podernos comunicar a ningún lado. Según esto, los policías querían dinero para dejarnos salir. Hicimos coperacha, reunimos casi 2 mil pesos entre todos, de dinero que teníamos por ahí escondido o que no nos pudieron quitar. Pero no era suficiente, sólo salieron diez personas. Ahí pudimos leer el nombre del comandante en turno: Luis Villaseñor Quiroga. Llegaron luego tres chicas. Les dijeron: si se portan bien con nosotros, salen; si no, se quedan. Dos chicas se quedaron porque no aceptaron nada. La otra, seis horas más tarde salió. Yo pude salir porque por fin me dejaron hacer una llamada telefónica local. Cuando fueron por mí, antes de salir, los policías me dijeron que me iban a cobrar la llamada. Preguntaba cuánto fue cuando me patearon, eran dos, en la rodilla, caí y me siguieron pateando en las costillas. Ese fue el pago.

IV

Estuvo, este último, detenido 42 horas. Incomunicado.

Y como él, cientos de jóvenes inculpados sólo por su gusto roquero. Vejados, mancillados, maltratados, golpeados, robados, violados. Sin que nadie hablara por ellos. Ninguno recibió ya no digamos las pertenencias que les fueron ultrajadas, sino por lo menos una disculpa. Nada. Jamás hubo una averiguación del caso. Ningún otro medio escrito se interesó por esta barbarie lopezportillista.

Y se dice, ahora, que el concierto cancelado de Johnny Winter no tuvo importancia.

Johnny Winter en la sala de conciertos Cotillion Ballroom, en Wichita, Kansas. En 1980.

4. La aprobación y el infortunio / 14 de diciembre de 1980

PACHUCA, Hidalgo.— Dormir la noche en el suelo de un hotel, luego de los sucesos ocurridos en el estadio de futbol Revolución que derivaron en una persecución policiaca en contra de cientos de jóvenes incontenibles, rabiosos, ingenuos, reventados e incapaces de guardarse respeto entre sí.

El viejo dilema: un concierto de rock que deviene espectáculo deprimente no tanto por lo esporádico del evento como por la falta de convencimiento de una inmadurez del público que no está aún preparado para este tipo de audiciones. Ayer, el asunto se manejó, desde el principio, de tal forma que uno presuponía el final. Al llegar al estadio, la primera pista: decenas de chavos, sin boleto, deciden entrar por la fuerza y se empujan sólo para instantes después dispersarse y salir corriendo cada uno por donde se pueda, ya que los vigilantes de la entrada reparten golpes con lo que tienen en la mano haciendo que las decenas de jóvenes respondan con lo que, de igual forma, sostienen en la mano, como envases vacíos de cerveza o de coca o latas de pepsi o piedras.

Confusión: los proyectiles salen de todos lados. Y el nerviosismo momentáneo es mezclado con el regocijo y todos ya se ríen, se divierten de su acción, menos los organizadores que en la cancha andan de un lado a otro y la lividez se asoma en sus rostros. Promociones Arlequín insistió en el concierto del guitarrista texano Johnny Winter y ayer, sábado, se realizó por fin (recuérdese lo ocurrido en Temizco) en pésimas condiciones debido, sobre todo, al horario, 19 horas, ya que, así, había la manera de empezar el reventón desde la mañana para caerle en la tarde a Pachuca porque la mayoría de los asistentes, punto importante de la agria secuela, habita en la Ciudad de México y, por su apariencia inequívoca, eran o son rocanroleros de hoyo fonqui o, como es lo mismo, rocanroleros sin conciencia, automarginados de la vida social del país, partícipes únicamente del barrio común. No es que gente como Winter sea exclusiva para esas personas, sino que la motivación esencial es dirigida a ellas.

Sí, porque los grupos teloneros mexicanos Daisy, Dug Dug’s y Three Souls in my Mind (que a última hora no actuó) sólo son muy bien conocidos por los asistentes a los hoyos fonquis y precisamente esos tres grupos estaban anunciados para alternar con el blusista albino.

Sí, porque los carteles anunciando el concierto se hicieron basados en experiencias de tocadas; o sea, ve a pegar por las colonias del norte y del oriente estos pósters para que vaya la banda (palabra sustitutiva de raza, en la actualidad). Sí, porque los comerciales en radio se transmitían en radio Capital, extrañamente la difusora que se cree (por opiniones recogidas en estudios undergrounds) la voz de la naquiza. Johnny Winter, el producto Winter, era más bien dirigido para los gruesos [acreditados en cuestiones roqueras pertenecientes a las clases mediana y baja] capitalinos que podían pagar un boleto de una cantidad menor a los 50 pesos para trasladarse a este estado. Y no es que haya tenido el sábado un número superior de funqueros, lo que sucedió es que varios grupúsculos representan una fuerza mayor que la imaginada. Diez nacos juntos hacen más revuelo que cien palomas en lo alto.

Pero esta vez sí hubo exageración. Se descolgaron aquí miles de jóvenes que toman al rock como pretexto para hacer de su diversión un desmadre. Y el juego les funcionó, pues a partir de las 19 horas tomaron a la música como fondo para descargar sus iras contenidas y sus inhibiciones guarnecidas y… Pero son sólo suposiciones. ¿Dónde está la psicología para bien definir este cuadro: mucho público sentado enfrente del entarimado, en el cual se halla el equipo de sonido, y mucho público de pie, atrás de los sentados, y uno de los de a pie baila y se emociona y recoge del suelo una botella vacía de Cheverny y sin pensarlo dos veces la arroja hacia la masa de seres que se encuentra, tomando asiento, muy tranquila escuchando la música y la botella va a dar contra la cabeza de un muchacho que inmediatamente se levanta y la sangre ya le chorrea y no sabe qué hacer y la gente que lo vio no hace nada y sí ríe y dice mira ja ja cómo le cayó esa botella qué mala onda?

Mientras el conjunto Daisy toca piezas de new wave, ahora sí que la mayoría está en otro rollo. Y Daisy ejemplifica la situación de hoy en nuestro rock: pese a ser grupo joven, nuevo, no monta canciones originales y sí se dedica a refritear rolas de Elvis Costello, de los Pretenders. Y atrás, muy atrás del escenario, caminan quienes ya no pueden sostenerse de pie por la embriaguez o por la pachuquez [¡en la mismísima Pachuca, vaya singular similaridad comparativa!] y se dejan caer en el pasto de futbol y ahí quedan como estorbo pues otra gente se tropieza con ellos y cae pero no hay tos. Estar en onda es la consigna, aun sin saber por qué. Después, cuando los Dug Dug’s salen al estrado y tocan lo mismo de siempre pero piden un minuto de silencio por la muerte de John Lennon [ocurrida en Nueva York cinco días antes de este suceso de Johnny Winter en Pachuca], el estadio se hace mudo a medias porque insultos y mentadas de madre al grupo de rock mexicano se oyen claramente y nunca hubo minuto de silencio, pero no importa, que sigan las rolas.

Y no ha pasado absolutamente nada.

Terminan los Dug Dug’s y una larga pausa precede a la aparición de Johnny Winter. Sin embargo, no hay pausas para armar matemáticamente los escándalos, pues con arrojar ya sea una piedra o una botella al centro del público reunido basta y sobra para la carcajada, si no mayoritaria, sí contundente. Y por fin se hace luz, Johnny Winter se asoma, después de una extensa espera. Empieza el rock, de requintos claros pero un tanto imprecisos, extraño en Winter quien no deja de evidenciar un latente nerviosismo por los proyectiles que son lanzados a escena. Y se le dice a la gente: hombre, ya aliviánense, ya déjense de tonterías y madre y media…

Pero ya no digamos la gente sino las personas que avientan objetos no son detenidas ni calmadas y lo siguen haciendo hasta que, después de una o dos o tres o cuatro piezas de Winter, una lata le pega al albino y éste se molesta y dice I don’t play y se retira y ya no aparece más.

Johnny Winter ha dejado de tocar, después de estar en el escenario menos de media hora. Los avisos son innecesarios (ya ven, por andar de latosos, por qué le tiran a Winter de cosas, él ya no quiere salir a tocar) pues al rato ya no hay nadie en el stage por salir disparados a refugiarse porque una grotesca artillería de objetos múltiples quiere derribar el estrado y la gente corre por todos lados de la cancha, se dispersa y se produce el caos, la confusión, los proyectiles no ceden en su coraje.

Todo ha terminado.

Mucho antes de las 10 de la noche el concierto del sábado ha sido enterrado. Y después, a agandallar cañas en los puestos públicos y a comer sin pagar y a llegarle a la Central de Autobuses para romper cristales y saquear algunas tiendas y robar paletas y mentarles la madre y arrojarles de cosas a los dos o tres policías que cuidan la estación. La central camionera está hecha un asco (se avisa de la cancelación de los autobuses a México), cuando de pronto se aparecen como veinte civiles portando rifles y pistolas y al rato más de cinco patrullas y ya todo es silencio. Ya nadie grita. Y en otra parte, en el centro de la ciudad, las patrullas ululan su sirena y recorren la ciudad en pos de los malditos rocanroleros, que han dejado su huella por esta adormecida airosa Pachuca. Y uno se decide a buscar lugar pues los tiras no cejan en recorrer calle por calle y si te ven y te da la de malas pues ya no la hiciste. Y a buscar, hasta encontrar a alta hora un hotel también repleto de gente, como todos, y alojarse en las escaleras para pasar la noche guardando tu integridad física. Dormir la noche en el suelo de un hotel. Y con mucho frío.

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