Agustín Lara, también conocido como El Flaco de Oro.

El romántico tiene un fino sentido de lo cursi: Agustín Lara

Medio siglo después.

Es quizá una de las personas con mayor número de nombres. Lo bautizaron como Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino. Su nombre artístico fue más breve y sencillo: Agustín Lara. El compositor y músico mexicano, conocido también como El Flaco de Oro, fue uno de los más prominentes artistas de su tiempo y su legado se ha acrecentado a lo largo de los años. Existe una controversia sobre su lugar y fecha de nacimiento, así como el pasado de su juventud, sin embargo su fama traspasó fronteras, llegando a ser reconocido en toda Hispanoamérica, también en países como Estados Unidos, Italia o Japón. Eso sí: de su muerte no hay error: 6 de noviembre de 1970 en la Ciudad de México, hace exactamente medio siglo. El periodista y escritor Víctor Roura recuerda al músico mexicano en este aniversario luctuoso…


Hace diez lustros, el 6 de noviembre de 1970, a sus 73 años de edad moría Agustín Lara, la celebridad compositora de Tlacotalpan —donde había visto la luz primera el 30 de octubre de 1897, tres años antes de que feneciera la centuria decimonónica—, acaso habría sido el hijo predilecto musical de Veracruz de no haber nacido también en aquella entidad, sólo que en Orizaba —diez años después, en 1907, ya en el siglo XX—, ese otro prodigioso autor llamado Francisco Gabilondo Soler. (No quisiera dejar de mencionar a Mario Ruiz Armengol, nacido en el puerto veracruzano en 1914, y fallecido en 2002, aunque su vertiente musical es otra, más apegada a la intimidad instrumental de su piano).

Por supuesto, para esta numeralia y para esta codificación calendárica he tenido que eliminar los supuestos, o las dudosas certezas, que dicen que Agustín Lara nació en realidad en la Ciudad de México además del dicho del propio compositor que aseguraba haber nacido en el último año del siglo XIX: 1900. Porque de Tlacotalpan se dice que es originario, y así se ha historiado al grado de que en esa región veracruzana el pianista es el orgullo de la localidad. De su muerte no hay error: 6 de noviembre de 1970 en la Ciudad de México, hace exactamente medio siglo.

Una resonancia inédita

Si las composiciones de José Alfredo Jiménez necesitaron vivencias para ser creadas, Agustín Lara requirió, por el contrario, únicamente de inspiración. Si bien, ya encumbrados en la música, sus respectivos mundos son antagónicos (mientras uno exhibía con modestia sus pertenencias, el otro se ufanaba de su dominio financiero; mientras el primero se saciaba con cualquier tequila en una vieja cantina, el segundo brindaba con champaña en mansiones fluorescentes), proceden de la misma fuente arrabalera: sus búsquedas y sus concreciones artísticas se originan en los bajos fondos de interminables noches melancólicas.

Pero mientras José Alfredo Jiménez busca, y consigue, construir sus hermosas canciones a partir de un lenguaje coloquial, Agustín Lara, convencido de su estro poético, otorga a sus piezas un estilizado giro literario para distanciarse, voluntariamente, de la abigarrada monotonía que parecía fluir en las marquesinas de la nocturnidad. Si, pese a utilizar las “palabras vulgares de la cotidianeidad”, el cantor ranchero logró concretar una cimera personalidad, con sus “expresiones domingueras” el pianista urbano conquistó la cúspide de un terreno no explorado. La música popular, de esta manera, obtuvo con resonancia una perspectiva entonces inédita.

“Todo lo que es sincero, es bueno”

El rebuscamiento de Agustín Lara por los desplazamientos poéticos, por su atrevimiento lingüístico, ocasionó las más de las veces que las canciones adquirieran, acaso de modo inconsciente, un tono ambiguamente épico, como en la siguiente cuarteta endecasílaba perfecta:

Como un abanicar de pavos reales
en el jardín azul de tu extravío,
con trémulas angustias musicales
se asoma en tus pupilas el hastío.

No debe extrañarnos que para el propio compositor estas canciones no le resultaran, en lo absoluto, objetos de cursilería ya que, según su particular visión, cada palabra cantada debía ir exactamente ahí donde estaba puesta. En todo caso, aceptaba con resignación, que el cursi era el artista, no sus canciones.

—Soy ridículamente cursi y me encanta serlo —confesaba—. Porque la mía es una sinceridad que otros rehúyen ridículamente. Cualquiera que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi y no desecharlo es una posición de inteligencia. A las mujeres les gusta que así sea y no por ello voy a preferir a los hombres. Pero ser así es, también, una parte de mi personalidad artística y no voy a renunciar a ella para ser, como tantos, un hombre duro, un payaso de máscaras hechas, de impasibilidades estudiadas.

Y a quien le cuestionaba su ambulante cursilería, solía refutarlo con una frase de Tagore:

—Todo lo que es sincero, es bueno.

Por lo mismo, no rehuía a ningún tema. Ni al de su visible fealdad:

—Pienso que lo único atrayente en mí para las mujeres es precisamente mi fealdad —indicaba—. ¿Por qué han de quererme las mujeres bellas? Porque quieren y pueden. Por puro contraste, además. Un rostro como el mío hace desviar la cara hacia mi acompañante. Me siento feo. Pero no me preocupa porque, por ello, Dios pudo disponer de más tiempo para embellecerme el alma. Es mi cuerpo algo que yo no elaboré, pero reclamo la completa paternidad de mi espíritu.

Agustín Lara ilustrado por Jorge Flores Manjarrez.

La última fiesta

Dos años antes de su muerte, acaecida el 6 de noviembre de 1970, Agustín Lara recibió, el 30 de octubre de 1968, el homenaje de sus coterráneos en Tlacotalpan con motivo del aniversario de su natalicio (“hay quienes dicen que fue el último día que vivió feliz; se bebió y se cantó hasta la madrugada”, acota Raymundo Ramos), pero el propio Lara, “por razones del corazón”, determinó haber nacido, en esa región veracruzana, no el 30 sino el 14 de octubre del año 1900 (es decir, tres años después de su nacimiento oficial).

“De hecho —dice Raymundo Ramos— la mitología laresca, como la gardeliana, empieza por las contradicciones sobre su lugar de origen, y la zona de penumbra se extiende a la fecha de nacimiento. A la muerte de Lara aparecieron papeles con otra fecha y otro lugar de nacimiento: 1897, en el Callejón del Cuervo (hoy la calle de Colombia) de la Ciudad de México”.

De ser cierta esta asignatura —que la cronología histórica niega su veracidad—, estaríamos en este 2020 ante dos aniversarios: el 120 natal y el medio siglo de la muerte del compositor poeta, cuyo músico favorito era, y no dejó de subrayarlo ninguna vez a lo largo de su vida artística, Federico Chopin.

“Soy un ingrediente nacional, como el tequila”

Ostentador acérrimo de su prestigio, Agustín Lara no callaba su orgullo económico: “He tocado kilómetros de teclas de piano y con las notas de mis canciones se pueden componer más sinfonías que las de Beethoven. Tres veces he tenido fortunas (fortunas, no tonterías) y tres veces las he perdido. Las joyas que he regalado, puestas como estrellas en el cielo, podrían formar la Osa Mayor en una refulgente constelación de diamantes, esmeraldas, rubíes, zafiros, perlas. He viajado lo suficiente como para dar veinte vueltas al mundo. Hablo el francés como si fuera mi idioma. He gastado más de dos mil trajes de finos casimires ingleses muy bien cortados y los coches que he poseído podrían formar una hilera de Los Indios Verdes a las pirámides de Teotihuacan. Soy un ingrediente nacional como el epazote o el tequila”.

Respetado curiosamente hasta por sus detractores, y pese a su desmedida soberbia, Lara (“siento, luego existo”) fue un gran músico que enriqueció, con su intrínseca cursilería (“que sólo notam los demás”, argüía), los caminos de la música popular al perfeccionar el bolero sacándolo de sus canónicos compases. Aunque su última voluntad fue incumplida (devolver al mar sus cenizas, “porque a mí nada de serenatitas, nada de tumultos, ni nada de nada. Por favor, que me dejen en paz —pidió inútilmente—. Y en cuanto a lo que produzcan, si acaso producen algo, mis pobres, mis tristes canciones, eso será para el Instituto de Cancerología de México”), sus restos descansan no en el océano sino en la Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de Dolores, y las regalías de su repertorio musical no van a dicho centro médico sino directamente a los bolsillos de la familia.

Vivir a tiempo su tiempo

Agustín Lara, y José Alfredo Jiménez, fueron grandes porque su autonomía los hizo crecer en el México de mediados del siglo XX, cuando la esfera creativa dependía exclusivamente de los ingenios y dones particulares, no de los sustratos publicitarios masivos ni de los caprichos monopólicos de empresarios globalizados.

Su presencia, hoy, hubiese sido, a pesar de sus indudables talentos, sencillamente imposible. En un mundo artístico regido con base en manipulaciones y humoradas de los ejecutivos de la industria musical, compositores de esta estatura —independientes y de criterio individual, además de un perfil físico no idóneo (porque ahora ni en la Internet figuran rostros no agraciados: siempre lo bonito, por una capital idea sustentada e impulsada por los medios masivos, tiene que emparentarse con esencia musical)— se hubieran disecado en las salas de espera de los consorcios discográficos… no se diga de las televisoras mercantilizadas. Por alguna razón que sólo la saben los ejecutivos y planeadores de la música popular, los feos no sirven para este oficio, a menos que se dediquen a la ópera o a la música culta. Extraña mas determinante y poderosa premisa que hacen valer a pie juntillas. 

Hoy, una canción de Agustín Lara posee mayor perennidad que cualesquiera de las que, en este momento, se encuentran en los primeros sitios del transitorio y acomodado ranking de la música que suben en los aparatos digitales obteniendo millones de vistas placenteras. Porque, dicen, la vida ya es otra. Ya cambió. Y lo instituido por las grandes empresas visuales ha triunfado clamorosamente.

Agustín Lara, para fortuna de la música popular mexicana, vivió a tiempo su tiempo.

Y ésta es una anáfora correcta y bien diseccionada.

Festival Agustín Lara

Este año se realizará en modalidad virtual el Festival Agustín Lara 2020, del 30 de octubre al 6 de noviembre, a través del Facebook de Casa Museo Agustín Lara, organizado por el Instituto Veracruzano de la Cultura en coordinación con la Secretaría de Turismo y Cultura del Estado de Veracruz, con el apoyo de la Secretaría de Cultura federal a través del Programa de Apoyo a Festivales Culturales y Artísticos. El Festival se lleva a cabo en el marco del 50 aniversario luctuoso del destacado músico y poeta veracruzano, con presentaciones artísticas, conferencias, conversatorios, revista musical y funciones de títeres desde Boca del Río, Veracruz, Xalapa, Tlacotalpan y Ciudad de México. (NdelaR)

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