Bernardino de Sahagún. / Imagen: Instituto Nacional de Antropología e Historia.

430 aniversario mortuorio de Bernardino de Sahagún

El cronista de la primera América.

La obra de Fray Bernardino de Sahagún constituye una de las fuentes históricas de mayor renombre del México antiguo. Fue el pionero de la antropología moderna y mostró una devoción, una reticencia y una inteligencia singulares. Su obra incluye el Códice Matritense, un manuscrito que contiene importantes investigaciones etnográficas llevadas a cabo en la Nueva España de mitad del siglo XVI y el Códice Florentino, un manuscrito dividido en dos columnas de textos en náhuatl y en español. En este artículo, escribe su autor: “Se apunta que nació en Sahagún, España, en 1499, pero hay quienes anotan el año 1500 como el de su nacimiento, lo cual, de ser cierta esta última fecha, estaríamos festejando su aniversario natal número 520, si bien se desconocen el día y el mes, mas el calendario es exacto en su muerte: el 5 de febrero de 1590, lo que hace a Bernardino de Sahagún un hombre longevo para su tiempo: 91 o 90 años, según el año en que realmente haya visto la luz primera, aunque con certeza sabemos que durante este 2020 se conmemora su 430 aniversario mortuorio”.


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Se apunta que nació en Sahagún, España, en 1499, pero hay quienes anotan el año 1500 como el de su nacimiento, lo cual, de ser cierta esta última fecha, estaríamos festejando su aniversario natal número 520, si bien se desconocen el día y el mes, mas el calendario es exacto en su muerte: el 5 de febrero de 1590, lo que hace a Bernardino de Sahagún un hombre longevo para su tiempo: 91 o 90 años, según el año en que realmente haya visto la luz primera, aunque con certeza sabemos que durante este 2020 se conmemora su 430 aniversario mortuorio.

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En su Historia general de las cosas de la Nueva España, fray  Bernardino de Sahagún escribió que “el juego de pelota se llamaba  tlaxtli o tlachtli”: dos paredes entre las cuales había “veinte o treinta pies, y serían de largo hasta cuarenta o cincuenta pies; estaban muy encaladas las paredes y el suelo, y tendrían de alto como estado y medio, y en medio del juego estaba una raya que hacía al propósito del juego; y en el medio de las paredes, en la mitad del trecho del juego, estaban dos piedras como muelas de molino agujeradas por medio, frontera la una de la otra y tenían sendos agujeros tan anchos que podía caber la pelota por cada uno de ellos. Y el que metía la pelota por allí ganaba el juego; no jugaban con las manos sino con las nalgas herían a la pelota; traían para jugar unos guantes en las manos, y una cincha de cuero en las nalgas, para herir a la pelota”.

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Con el descubrimiento, en 1995, de una cancha de juego en el Paso de la Amada, Chiapas, que data entre 1400 y 1250 antes de Cristo, “se puede entonces considerar —dice Eric Taladoire en su ensayo publicado en la revista Arqueología Mexicana, número 44, correspondiente a julio y agosto de 2000— que el ulama, el juego de pelota más representativo de Mesoamérica, es producto de una tradición cultural de más de tres milenios, tomando en cuenta su pervivencia actual”.

Dicho hallazgo modificó de tajo la historia deportiva, pues la cancha (o “taste”, derivación de tachtli, que significa “cancha”) fue construida “casi cinco siglos antes que las canchas que ya se conocían en El Ujuxté y Abaj Takalik, Guatemala”. Con ello, asimismo, Mesoamérica se convierte en el origen de este tipo de juegos, incluyendo a los mismitos futbol y beisbol (en una pintura en Tepantitla, Teotihuacan, se ha encontrado el dibujo de un hombre dominando la pelota con los pies y en Las Higueras, Veracruz, fueron hallados fragmentos de un mural “con representaciones de personajes —nos dice María Teresa Uriarte en el ejemplar citado— que llevan unos objetos semejantes a bates de béisbol”), de manera que los antecedentes tienen que ser reelaborados para evitar confusiones e ignorancias tales como las registradas en los diccionarios deportivos, que otorgan los méritos a ciudades no americanas, yerro que sigue teniendo sin cuidado a los escribas deportivos.

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“Antes de su nacimiento oficial en 1863, el futbol conoció un largo periodo de gestación —leemos, por ejemplo, en la Enciclopedia Mundial del Deporte de la Editorial Uteha—. Ya, hacia el 2500 aC, en China, los soldados se entretenían en empujar con el pie o el puño una bola de cuero llena de cabellos o de crin. Existen, también, trazas de un juego análogo entre los indígenas del alto Atlas, los asirios, los egipcios y los japoneses. Más tarde los  griegos jugaron al ‘episkyros’; los romanos en el primer siglo AC introdujeron en la Galia y las Islas Británicas el ‘harpastum’, que se practicaba con una vejiga de buey, sobre un terreno rectangular”.

Incluso Joanne K. Rowling, la autora británica de las aventuras de Harry Potter, en el primer tomo de la saga, editado en el año 2000, asevera, en la página 142, que el “quidditch” es un juego de magos muy fácil de entender: “Hay siete jugadores en cada equipo —dijo Wood, mientras le mostraba a Harry una pelota rojo brillante—. Tres se llaman cazadores”.

El nombre de la pelota es quaffle. “Los cazadores se tiran la quaffle y tratan de pasarla por uno de los aros de gol —explicó Wood—. Obtienen diez puntos cada vez que la quaffle pasa por un aro”. Harry comprendió: “Entonces es una especie de baloncesto, pero con escobas y seis canastas”.

Quizá Rowling no lo sabía, o siga sin saberlo, pero el origen de su quidditch no es el basquetbol sino el ulama mesoamericano, jugado entre uno y siete jugadores por equipo, tal como el quidditch, que trataban de pasar el balón precisamente por un aro, como le explica Wood al ingenuo Harry, que lo confunde, el aro, con la canasta.

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Y vaya que el juego de pelota era practicado. “Las más de las 1,500 canchas identificadas a la fecha —señala Taladoire— están muy por arriba de las 691 registradas en 1981; éstas se encontraban en 568 sitios, mientras que los 1,500 juegos de pelota registrados actualmente se reparten en más de 1,250, desde los más famosos, como Cantona, Puebla; Xochicalco, Morelos; o Chichén Itzá, Yucatán; hasta sitios menores como Petulton, Chiapas; Ixtapaluca Vieja, Estado de México; o Gualterio Abajo, Durango. En comparación, las instalaciones deportivas griegas o romanas del Viejo Mundo tienen un número mucho menor, a pesar de la importancia que se les concede en numerosos estudios”.

Y dos décadas después de estas escrituras se han hallado todavía más canchas, de modo que el número ha ido creciendo conforme pasa el tiempo.

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Pero no sólo como juego tuvo importancia (o tiene, ya que igual hoy es practicado por algunas asociaciones estatales, acaso cada vez en menor número —a comienzos del siglo XXI se contaba una docena), pues “su papel de rito o de deporte” fue rebasado con amplitud al propagarse como disciplina mental.

Pues el juego y su simbolismo, apuntan los conocedores, “no siempre necesitaban el marco arquitectónico de la cancha para existir”. Pueden consignarse múltiples hipótesis con relación al simbolismo del juego, indica Taladoire: “Rito de fertilidad, ceremonial guerrero, significado astral o papel económico son sólo algunas interpretaciones documentadas”.

Una de sus variadísimas formas consistía en el sacrificio humano: los perdedores eran asesinados, en medio de la cancha, para la supervivencia de sus dioses. Eran tan imprescindibles sus juegos que en lugares como Monte Albán, por ejemplo (tercer volumen de Pasajes de la Historia, Conaculta / México Desconocido, 2000), “hacia el lado oriente, se encontraba un campo (gueya) del juego lachi (tlachtli), donde los guerreros recreaban el rito del movimiento (ollin) con una pelota, para preservar la vida y ganar las guerras. Era tan importante este rito que en el plano de la ciudad se había señalado la construcción de cinco edificios para el mismo fin”.

Hasta en eso, el rito permanece con sus variantes: hoy, el sacrificado es el árbitro (a veces, ciertamente, también los entrenadores), si bien nunca, aunque las ganas no faltan, es descuartizado o degollado en el centro de la cancha… sino un poco más tarde o al otro día en los medios especializados deportivos.

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¿Habríamos sabido o extendido estas prácticas de no haber estado, ahí, un cronista como el fraile Bernardino de Sahagún, que tuvo demasiada vida para no dejar de contemplar todas esas novedades que le sorprendían de inmediato apuntándolas como mejor podía?

El peruano José Miguel Oviedo (1934-2019), en su Historia de la literatura hispanoamericana, conformada en cuatro tomos, dice que el primer reportero en nuestro continente fue Cristóbal Colón (1451-1506) al reportar en sus cartas a los reyes católicos de España, que financiaron su viaje a estas —para ellos “nuevas”— desconocidas y exóticas tierras, pero sin duda, aunque esto no lo subraye, el primer cronista es Bernardino de Sahagún quien no dejó de apuntar un solo detalle de todo lo que, impresionado, veía. Porque no necesitaba, no necesitó nunca, una pulcra escritura para describir lo que contemplaba asombrado. Le bastó, sólo, su abierta sinceridad para no ocultar (o limar, o modificar, o tergiversar, o pulir) la vida que tenían otros seres humanos distintos a las costumbres y convenciones del propio Bernardino de Sahagú, que eso, y no otra cosa, es la función, compleja y sencilla a la vez —si se posee esa facultad, ese prodigioso don, por supuesto—, de un buen, ejemplare, cronista.

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